Capítulo 1:

MI HISTORIA

Mis primeros recuerdos se remontan a sentir algo húmedo, rasposo y caliente que recorría todo mi cuerpecito, varias veces al día y en sesiones que se prolongaban. Era la lengua de mamá limpiándome y acicalándome; ¡con qué dedicación se pasaba horas uno a uno con todos mis hermanitos incluida yo! Entre limpiarnos y alimentarnos no tenía tiempo ni para ella por lo que en pocos días se quedó muy delgadita.

Éramos 6 hermanitos. Todos arremolinados en la barriguita de mamá. Cuando llegaba la hora de la toma había que coger el mejor lugar. Ni qué decir tiene que era toda una odisea, estaba el más tragón que nos pisoteaba a los demás con tal de coger la mama más rellenita o la más quejica que chillaba antes incluso de rozarla para que mamá intermediase pudiendo elegir sin estorbos. Yo me conformaba con el lugar que me tocaba o quedaba. Lo que más me gustaba era lo que venía después:  mamá –con mucha delicadeza y dedicación- nos cogía con su imponente dentadura del cuellecito, uno a uno de forma cuidadosa para acercarnos a su regazo y poder lamernos con esmero.

Recuerdo que cuanto tocaba limpieza de orejitas me hacía unas cosquillas insoportables y comenzaba a moverlas muy rápido. Los ojitos era otra parte donde se centraba, una y otra vez pasaba su lengua quitándonos las lagañas secas y la mucosidad acumulada que a veces nos hacían despertar con los párpados pegados. Después pasaba a limpiar los costados y por fin venía el momento pancha. Me pasaba su gran lengua de arriba hacia abajo y de un lado al otro lo que provocaba unas cosquillitas agradables, además de sentir un movimiento en el interior señal de que el masaje surtía su efecto. Con todo esto lucíamos bien gorditos y limpitos.

Al principio era un no parar, una toma se juntaba con la sesión de acicalamiento y masaje y volvíamos a empezar con la siguiente toma. Según pasaban los días las sesiones se iban espaciando y entre toma y toma -con el acicalamiento incluido- ya quedaba un espacio para que mamá descansara un poquito y nosotros empezáramos a juguetear unos con otros.

Cuando pude abrir los ojos vi lo guapa que era, un mismo color le recorría todo su cuerpo musculoso y estilizado. Un pelaje espeso y largo la hacía más elegante y señorial, incluso el tono gris azulado tenía reflejos plateados. Sus mofletes eran pronunciados haciendo que sus bigotes parecieran más largos dotándola de un aire de elegancia sin igual. Su carácter era cariñoso, juguetón, tranquilo y dulce. Había elegido a la humana adulta de dueña y en cuanto tenía un poquito de tiempo la seguía por toda la casa rascándose con sus piernas. Pero en cuanto aparecían humanos desconocidos volvía para ocultarse y protegernos.  Tiempo después supe ella pertenecía a ‘la raza azul ruso’, una de las más antiguas. Huelga decir que yo no sabía distinguir ninguna raza, los veía a todos iguales, solo diferenciaba entre machos y hembras.

Estaba en un lugar cómodo y calentito gracias a esos seres a los que mamá llamaba ‘humanos’. Los había de varias edades; los más pequeños se pasaban horas mirándonos, observándonos y toqueteándonos. Nos ponían en su pecho, nos metían en sus cacharros, nos paseaban por todos sitios y después cuando se cansaban nos dejaban bien mareados a punto de devolver lo comido, mamá bufaba intentando que nos dejaran tranquilitos y reposáramos bien la comida. Los humanos mayores eran menos impulsivos, se nos acercaban, susurraban sonidos que yo no entendía. Al mirarme a mí el tono se volvía frío y distante.  Después entendería el por qué.

Poco tiempo pasó hasta conocer lo que es el sufrimiento y la muerte, aunque huelga decir que mi joven cabecita no lo entendió del todo. Uno de mis hermanitos, el más débil y delgadito dejó de comer y de jugar con nosotros. Apenas se movía. Yo me acercaba a él rozando mi cabecita con la suya intentando animarlo, pero no surtía ningún efecto. A las pocas horas mamá empezó a lamerlo con mucho esmero sollozando. No sabíamos qué pasaba, intuíamos que no era bueno. El resto de hermanitos intentámos animarla sin éxito alguno; ella no podía dejar de acariciar el cuerpecito inmóvil de nuestro hermanito derramando un mar de lágrimas y diciéndole ‘adiós mi pequeñín’ ‘siento que tu vida haya sido tan corta’ ‘te llevaré siempre en mi corazón’ ‘descansa en paz’. Al escuchar los maullidos de dolor de mamá vinieron los humanos alarmados. Cuando percibieron que nuestro hermanito no se movía lo cogieron le miraron por todos lados emitieron sonidos fríos moviendo la cabeza de un lado a otro y se lo llevaron. Pregunté a mamá dónde lo llevaban y me contestó que iba a cruzar el arcoíris, cosa que no entendí.

Nosotros –los peques- seguíamos ajenos al dolor jugueteando y comiendo a todas horas además de echarnos unas siestas bien largas. Entre comer, dormir y las sesiones de acicalamiento que nos seguía dando mamá teníamos todo el tiempo ocupado. ¡Eso sí que era vida! Los juegos habitualmente terminaban con la intervención de mamá porque el hermano más tragón y corpulento  siempre imponía su fuerza sobre el resto al que no le quedaba otra opción que maullar fuerte y rápido reclamando la intervención de mamá regañándolo y librándonos de esa situación. Cuando ella se daba la vuelta aprovechábamos lanzándonos todos sobre él, devolviéndole los mordiscos y zarpazos anteriores. Los juegos entre nosotras eran más livianos, giraban en torno a aprender a lamernos igual que mamá y a intentar cogernos con la boca de la misma forma que ella hacía. Al verla perfecta intentábamos copiar todo a pesar de que pocas veces lográbamos que se pareciera remotamente.

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