Capítulo 1

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No sé si recuerdo, o no, el momento en el que este infierno comenzó. Llevo en mi cuerpo – y lo que es peor, en mi alma – la marca imborrable de todo este calvario.

Mi caso no es más diferente de los que se han contado y contarán en los medios de comunicación. Todo es idílico al principio. Una se siente como si viviera en una nube de algodón, la reina del mundo, el centro del universo para esa persona. Te colma de tantas atenciones, detalles y halagos, que una… se deja llevar pensando “solo pasa una vez este tren por tu vida”.  Y a él me subí rápidamente, dispuesta a disfrutar cada momento a su lado, cada mirada, caricia, palabra.

Ese éxtasis preliminar va poco a poco desinflándose. La rutina diaria hace que uno tenga que batallar con diferentes problemas, atenuando el intenso ardor del comienzo. Una cosa es eso y otra muy distinta oír ciertas palabras; que más que caricias al alma se asemejan a puñales hundidos en la carne provocando heridas sangrantes.

Siguiendo el patrón establecido decidí tentar a la suerte y “vivir la aventura”. El destino, tan caprichoso, decidió conducirnos hacia una aldea perdida, rodeada de desconocidos y encerrada en una casa vieja y desvencijada. Mi melancolía y soledad iban aumentando a la misma par que mi jovialidad y alegría se iban apagando. Cualquier contacto con mi mundo hasta entonces era harto difícil, pues en aquel lugar apartado apenas llegaba señal de móvil y para hablar con algún familiar dependía totalmente de que él “estuviera de buenas” y me llevara al pueblo más cercano, distante unos cuantos kilómetros a través de una zigzagueante carretera de montaña.

Cada día era un remedo del anterior, una angustia constante pensando en el final, si sería de buenas (es un decir) o vertiendo toda su frustración, inmadurez y rabia en mí, como de costumbre.

En aquel inhóspito lugar dejado de la mano de Dios las paredes estaban llenas de oídos. Los vecinos debían ser conscientes de la situación, pero daba la impresión de que, al estar anclados en el tiempo, callaban. Unos no querían enfrentarse a un ser violento. Otros recibían de él favores en época invernal. Y aún otros debían de ser una fiel copia, practicando en sus hogares las mismas artes. A ellas las creía víctimas sumisas, silenciosas, como yo.

Los días transcurrían con una monotonía machacona. La luz del sol era muy cara de ver. Una espesa niebla lo cubría todo, la mayoría de días, dando la impresión de atrapar a cada cual en su rutina o condena de vida, como la mía. En muchas ocasiones, esa niebla daba paso a una lluvia fina y persistente cual tortura china. El resto de veces lo hacía caía la nieve cubriéndolo todo con un manto blanco cegador; cuanto más fijaba la vista intentando ver algún ser vivo, más pronto terminaba deslumbrada y con dolor ocular.

Yo no era muy dada a distraerme viendo la televisión pero en esa situación tediosa hasta intenté agarrarme a ella como tabla de salvación, naufragando estrepitosamente. La débil señal que podía sortear estas altas cumbres y adentrarse en este minúsculo valle solo daba para ver la cadena nacional y, sobre todo, la autonómica –atiborrada de programas dirigidos a entretener a la tercera edad local-. Con la radio sucedía algo similar pero con menos cobertura si cabe, terminando cansada de mover el dial porque intentando mejorar la débil señal.

Buscar compañía con alguna lugareña fue otro intento fallido. Los escasos habitantes de esta aldea –en invierno eran dos o tres decenas- no hacían casi vida en la calle, siendo imposible cruzar una sola palabra con alguno. El más cercano –y por el que había llegado hasta aquí- empalmaba la jornada laboral con la cantina llegando solo para cenar y dormir, en el mejor de los casos.

Esta situación comenzó a pasarme factura; mi corazón empezó a enfermarse tanto que parecía estar en carne viva. Mi aspecto físico también se deterioró al mismo paso, hasta caer postrada en cama por largo tiempo…. tanto como lo que duró ese primer invierno, que se me hizo eterno.

Lejos de conseguir la recuperación, uno de esos días en que parecía volver el verdadero ser por quien cogí aquel último tren del amor, fue en busca del Doctor.  

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