Capítulo 10

LA EMPRENDEDORA CARMIÑA

Transcurrido un tiempo prudencial para digerir las experiencias narradas por mis compañeras, Carmiña decidió invitarnos a su casa con el objetivo de que la conociera mejor.

     Esas tardes de tertulia y confidencias ya estaban haciendose imprescindibles en mi monótona rutina aldeana. Las esperaba como lo hacía de pequeña con las vacaciones, las fiestas, los cumpleaños, etc., una mezcla de emoción, intriga y sobretodo un aprecio y cariño que sentía en mi interior e iba acrecentándose con cada sesión. Como he mencionado antes, nunca hubiera esperado en este apartado confín, esta minúscula aldea, este ancestral valle y estas gentes ancladas en el pasado, sentir algo así hacia unas personas desconocidas y con una edad considerablemente superior a la mía. Ver como ellas, a pesar de haber nacido y crecido en una época muy diferente, en un tiempo bastante más atrasado y con unos recursos limitados, luchaban contra viento y marea por ser diferentes y alcanzar sus objetivos era algo que prendía en mi ser una llamita de valor que creí haber perdido hace mucho.

Una vez sentadas en torno a la mesa comenzó: Yo, a diferencia de Claudina y María, nunca estuve casada o conviví con una pareja. Eso no es sinónimo de no haber tenido pretendientes eh, aquí donde me veis he sido muy conquistadora y he roto muchos corazones. Pero mi juventud me marcó tanto que casarme quedó relegado a un segundo plano.

Nací en esta misma aldea. Mi madre era una mujer buena como pocas. Se desvivió por criarme y educarme lo mejor de la mejor manera a pesar de que las circunstancias la obligaron a nadar contracorriente.

     Ella no era de aquí; nació en una ciudad y conoció al que sería mi padre allí mientras estaba haciendo el servicio militar. Según me contó, fue un flechazo, estaba tan elegante y apuesto con el uniforme que el inocente corazón de una jovencita de apenas dieciocho años cayó a sus pies nada más cruzarse por la calle. En aquellos tiempos se estilaba salir en grupo, las chicas por un lado y los chicos por otro. Era habitual ver grupos de soldados de reemplazo pasear por la ciudad en su día libre porque había un cuartel militar. Jóvenes recién salidos de sus respectivas aldeas o pueblos llegados a la ciudad ansiosos por descubrir mundo y dipuestos a abrir sus corazones a nuevas sensaciones, incluido el amor (o lo que ellos creían que era). Cuando un grupo de chicas se cruzaba con uno de soldaditos se sucedían los cruces de miradas, piropos y requiebros; casi siempre terminaban con una cita posterior en algún lugar de la ciudad otro día. Allí se iniciaba el cortejo (o tonteo) terminando normalmente con un noviazgo que duraba lo que durara el servicio militar. Una vez concluido o seguía la relación a distancia o terminaba con el consiguiente desengaño femenino.

Como el amor a esa edad es un torrente de emociones tan intensoe incontrolable, mi madre no pudo resistirse y decidió presentárselo a sus padres. Ellos conocedores de la realidad mostraron sus reticencias, sabedores de los peligros de ese tipo de relación, terminando muchas de ellas con un ‘regalito’ en su vientre y abandonadas por el ‘don juan’. Pero a pesar de la negativa de su familia a aceptar el noviazgo ellos decidieron casarse en secreto y al licenciarse del servicio militar poner tierra de por medio viniéndose aquí a la tierra de mi padre.

Para mi madre debió de ser muy duro, acostumbrada a las comodidades de una gran ciudad, encontrarse de golpe con la vida rudimentaria de la aldea. Sin luz ni agua corriente, perdida en medio de un valle al que se accedía por un camino forestal sin asfaltar después de horas atravesando bosques frondosos. Pero como dicen que ‘el amor es todo locura’ y ella estaba muy enamorada, lo aceptó de buen grado.

El tiempo se encargó de poner a cada uno en su debido lugar y mamá fue viendo la cruda realidad lentamente. En un ambiente tan cerrado y anclado en el pasado, hostil y difícil como era esta aldea en aquella época, no le quedó más remedio que resignarse.

 Como la vida era tan dura aquí, cuando le llegó la notificación del fallecimiento de sus padres ya habían sido enterrados, eso sin contar con el elevado coste del largo viaje, además de ser yo muy pequeña y no poder dejarme al cargo de nadie.

La soledad le hizo volcarse en mi crianza, no dejando de lado sus obligaciones como fiel esposa, ama de casa y puntal de la familia. Aquí el cabeza solo tenía la obligación de proveer el sustento y después distraerse en la cantina tomando orujo. Cuando llegaba la hora de la cena regresaba a casa con el ánimo un poco caldeado por el licor y la única que estaba aquí para aguantarlo era ella, aunque siempre se aseguró de tenerme en la cama y dormida para no ver su cara amarga.

Esa actitud protectora facilitó mi desarrollo equilibrado como persona, libre de traumas y tensiones. Siendo hija única, mi padre no pudo dar los estudios que él nunca tuvo a ningún hijo varón. No quedándole más remedio que plegarse a las peticiones de mamá y ser yo la receptora de esa educación superior, yendo así en contra de la rancia y arcaica tradición ancestral utilizada no pocas veces por algunos vecinos para humillarle y de paso cizañar su relación de pareja. Ella siempre me inculcó la necesidad de formarme en algún campo donde ayudara a otras personas. Pero yo estaba anonadada con el cine y soñaba con ser una de las actrices famosas de la época.

Marché a la capital, estudiando el Bachillerato y persiguiendo mi sueño. Allí fui muy bien recibida y tratada por la familia de mamá. No permitieron que viviera en una residencia de estudiantes o una pensión. Eso me facilitó estrechar lazos con tíos y primos.

El poco tiempo que me dejaban los estudios lo dedicaba a ayudar en los quehaceres de la casa para no ser una carga. Compartí muy buenas charlas con todos ellos. Me hacían preguntas sobre la vida de la aldea y cómo se había integrado mamá. Cómo era papá, pues para ellos seguía siendo “el gran desconocido” que en un abrir y cerrar de ojos la encandiló y se la llevó, perdiendo casi todo el contacto. Yo, como siempre había estado con mamá, de papá solo podía contar que era un hombre serio, poco dado a mostrar sentimientos (de hecho, sus besos pueden contarse con los dedos de las manos), siempre trabajando, ayudando a algún vecino o charlando con vecinos en la cantina.

Para ayudar con los gastos de mi manutención mamá siempre enviaba regularmente un paquete con viandas, dulces, miel y orujo que ella misma había aprendido a hacer o intercambiaba con alguna vecina por otros productos. De esta manera mis tíos y primos disfrutaban de toda la rica gastronomía gallega en plena capital sin costo alguno.

 Al final del último curso de Bachillerato mi tía me comunicó una noticia impactante. Me pidió que me sentara con ella y me dijo: “Tu madre está en el hospital. Por lo visto tiene una enfermedad grave y tu padre ha mandado aviso de que vayas lo más rápido posible. Tu tío ha pedido permiso en el trabajo y vamos a ir contigo también”. Algo muy serio debía ocurrir para mandar mensaje urgente papá. Hicimos las maletas y salimos camino del sanatorio provincial.

El viaje se me hizo eterno. Las carreteras eran estrechas, llenas de curvas y baches. No fueron pocas las paradas, bien por calentones del coche en los puertos de montaña o bien por habernos perdido y buscar a alguien a quién preguntar. Era la primera vez que mis tíos se adentraban en terreno gallego y por aquel entonces era muy inhóspito y salvaje. Cuando llegamos encontramos a papá en la entrada esperándonos. Le di un abrazo, percibí como me rodeaba con los suyos y me daba un beso en la cabeza. Eso me contrarió porque nunca había sido tan efusivo, pero como mi único deseo era ver a mamá me solté rápido y le apremié para que nos guiara hasta ella.

Era la primera vez que yo pisaba un nosocomio y me chocó bastante ver gente por todos lados, unos entrando en las habitaciones y otros saliendo, además del trajín habitual de las monjas, camillas y médicos. La sala estaba dividida en varios departamentos separados por unas cortinas correderas. Papá me indicó en cuál estaba ella. Abrí un poquito el velo para mirar. Llevaba meses sin verla y me impactó la imagen. Estaba muy delgada y demacrada, además de tener un color amarillento pálido que impresionaba mucho más. Aunque tenía muy pocas fuerzas, al verme se dibujó una tenue sonrisa en sus labios, extendió las manos intentando darme un abrazo. Me lancé a ella y la llené de besos.

Me contó, con mucho esfuerzo, que después de mi última visita en las navidades había empezado a encontrarse cansada. La ingresaron de urgencia y las pruebas practicadas no dejaron lugar a dudas: sufría una enfermedad terminal. Le recriminé que no me hubiera avisado antes y me dijo: “No quería interrumpir tus estudios estando papá para cuidarme”.

Sonreí sarcásticamente, pues no le había visto nunca fregar un solo plato pero ella me corrigió: “Ha cambiado mucho, ha estado velándome muy bien”.

Hice un esfuerzo por creérmelo, y le dije: “Vale, pero ahora estoy yo aquí y no te voy a dejar sola”.

Los siguientes días fueron un no parar. Como estaban mis tíos allí nos fuimos turnando para acompañarla siempre a pesar de distar bastante de la aldea y ser el trayecto toda una odisea: largo, malo y sinuoso. Pude contarle muchas cosas que había ido conociendo de mi sueño cinematográfico; ella asentía y esbozaba una leve sonrisa.

Según pasaban las horas era más evidente el avance rápido de su deterioro, pero mi amor hacia ella me impedía ver la realidad y mi inexperiencia pueril me mandaba mensajes erróneos viendo mejoría donde solo había una recuperación final.

Una de las últimas noches que puede acompañarla marcó mi vida. Era una vigilia de tormenta con muchos truenos y relámpagos. Impresionaba estar allí y ver cómo se iluminaba la habitación de golpe. Mamá había empeorado bastante y necesitaba los calmantes más a menudo. La ventana estaba un poco abierta, entrando renovando el aire interior. Le pregunté si necesitaba una mantita debido a la bajada de temperatura típica de una galerna, me dijo: “Siéntate aquí a mi lado, he de contarte una cosa”.

Me senté, cogí su mano y con mucho cuidado se la fui acariciando suavemente mientras ella empezó a hablar: “Hija, la vida no siempre es cómo te la imaginas. Cuando yo tenía tu edad también tenía muchos sueños. Recuerdo haber escuchado a las cantantes de la época e imaginar sus viajes, vivencias, etc. Me tumbaba en mi cama y me veía de tourneé por esos mundos, copleando ante personas y personalidades. Era muy joven, inexperta e inocente.

Un día, cuando salíamos de la academia donde estábamos estudiando mecanografía unas amigas y yo, nos cruzamos con un grupo de chicos. Después de lanzarnos algunos piropos y nosotras devolvérselos con miradas pueriles, nos invitaron a tomar algo y quedamos en volvernos a ver. En la siguiente cita, uno de ellos, alto y apuesto, se acercó a mí para charlar. Me contó que vivía en una aldea pero estaba en la capital haciendo la mili”.

“Ah, ese era papá”, comenté.

“Sí hija, era tu padre. Me enamoré perdidamente, era mi primer amor, el que dicen que no se olvida nunca, pero a tus abuelos no les gustó mucho. En vista de la situación familiar él me propuso marchar, casarnos y emprender una vida juntos.”

“No debió de ser fácil para ti, supongo.”

“Cuando una está enamorada cualquier cumbre se convierte en un simple montículo, hija.”

“¿Quieres decir que tu vida no ha sido cómo te la imaginabas?”

“Pues ahí es donde quiero ir a parar. La realidad es la que es y más pronto que tarde se encarga de poner las cosas en su sitio. El aldeorrio era un lugar anclado en el pasado, muy disímil de la ciudad. La gente recelaba de los de la capital, nos veían diferentes, nos hacían más libertinos, desinhibidos, liberales y ahí es donde comenzó todo.”

“¿A qué te refieres, mamá?”

“Pues ese fue el principio del problema. La familia de papá nunca creyó que una niña inexperta y criada en una gran urbe pudiera integrarse y aprender la dura vida rural. Y así se lo hacían saber a tu padre. Sin embargo tú has sido testigo de que siempre hemos sido autosuficientes, me he encargado del huerto, de la granja, de la casa, de ti y de papá. Ellos también vieron cómo mi tremendo esfuerzo daba sus frutos, pero desgraciadamente ya era demasiado tarde.”

“¿Tarde para qué?”

“Para que tu padre pudiese dar marcha atrás en su actitud.”

“No te entiendo, mamá.”

“Sí, hija, fueron largos años malmetiéndole. Criticándome primero por no saber, y después inventándose falsas relaciones con vecinos, cuando eso no era cierto.”

“¿Quieres decir que la gente es tan retorcida? Yo nunca he visto nada y papá no es tonto para creerse esas mentiras.”

“Hija, aquí en la aldea la gente no tienen otra cosa que camandulear. El orujo y el badajear son malos compañeros porque llegan a lanzar acusaciones infundadas. Solían atribuir sus escarceos libertinos a los demás para encubrirlos, dirigiendo la atención hacia los que envidiaban por su capacidad o laboriosidad. Bastantes veces veces corrieron la voz de que estaba en el pajar de algún vecino retozando lujuriosamente cuando la realidad era muy diferente. Tu padre no era tonto, pero al principio como las discusiones por mi inexperiencia eran habituales él comenzó a refugiarse en la cantina, llegando a casa con la lucidez influida por el orujo y las malas lenguas. Le contaban ‘de oídas’ o simplemente alguna cosa fruto de su retorcida imaginación. Además, la envidia es muy mala y cuando uno ve en casa ajena lo que no tiene en la suya intenta destrozarlo; eso es lo que hacían los demás hombres, y entre ellos algunos familiares.”

“Ahora entiendo por qué insistías tanto en que antes que volviera papá por la noche yo debía estar acostada y dormida.”

“Para que no vieras ni oyeras su mal genio.”

“Bueno, pero discusiones las hay hasta en las mejores familias; la tita y el tito también las tienen.”

“Mi niña, una cosa son disentimientos que hablando se llega a un acuerdo, y otra, acusaciones serias de infidelidades, con el alcohol como agravante.”

“Bueno, pero nunca pasaron de ser verbales.” El silencio de mamá me preocupó. “¿Hubo más que palabras?” Pregunté inquieta.

“Al principio eran solo palabras, pero cuando el tema dejó de ser por mi inexperiencia y comenzó a ser por mis supuestos escarceos, las palabras dejaron paso a las manos.”

“Mamá, ¿papá llegó a pegarte?”

 “Sí, hija. Al principio me intentaba convencer  que sería pasajero, que se daría cuenta de la realidad. Como él ya tenía la mosca detrás de la oreja, cualquier insinuación era suficiente para estallar. Según un dicho: “pueblo pequeño, infierno grande”. Aquí se conoce todo el mundo y conocen la vida de los demás, pudiendo inventarse cosas fácilmente. Ese es el deporte preferido de los lugareños.

No quería marcharme sin mostrarte la verdad, pero tampoco quería hacerlo sabiendo que eso levante una barrera entre ambos de por vida. Papá ha sido una víctima de las habladurías. Tú eres su única hija; se ha tragado su orgullo y ha defendido su derecho a darte una educación superior no siguiendo la rancia costumbre de este lugar. A veces le he observado a escondidas mirar tu foto, tus excelentes notas y las cartas que nos envías, porque las guarda en un lugar secreto. Pero tampoco quiero que mi sufrimiento quede en el olvido. Hija, estudia para ayudar a otras mujeres, sobre todo aquellas que estén en un infierno parecido. Aquí en las aldeas es muchísimo peor. Prepárate para ayudar a que las mujeres de tu generación no pasen por esto.”

“Mamá, descansa un poco, no te conviene hacer tanto esfuerzo y menos para hablar”.

“Sí, hija, comienza a dolerme bastante otra vez. Llama a la hermana, a ver si me pone otro calmante y duermo un poquito.”

Avisé a la Sor, le administró la dosis de morfina y descansó. Esa noche no pude pegar ojo. En mi cabeza había un mar de recuerdos y en mi corazón una tempestad de emociones dispares. De madrugada, cuando todo estaba más tranquilo (menos mi cabeza y mi corazón), pude charlar un poco con la enfermera de turno. Ella me explicó la gravedad de la enfermedad. También sabía lo que mamá había pasado, porque al asearla le había visto cicatrices. Le comenté su consejo sobre ayudar a otras víctimas de malos tratos. Ella me un grupo formado en la universidad de la capital. Supo de do él hacia el fin de sus estudios. Eso me llamó la atención.

Los pocos días transcurridos allí me ayudaron a ver la gran labor realizada por el personal del hospital, sobre todo con los enfermos terminales como ella. Uno de esos días, la enfermera con la que hablé me entregó un papel con información sobre ese grupo especializado. Se lo agradecí y lo guardé, en esos duros momentos solo estaba para atender a mamá.

El fatídico día llegó. La despedimos como se merecía. Mis tíos volvieron a la capital y yo a la aldea con papá. Ese verano tuve mucho tiempo para poner en claro la cabeza. Mi afición cinematográfica se iba desinflando a la misma par que aumentaba el deseo de ayudar a mujeres que estuvieran en ese infierno. A la misma par sentía el peso de la obligación como hija para con papá. Me esforzaba por tenerle todo preparado a su regreso para la cena. Durante el día me encargaba, como buenamente podía, de los innumerables quehaceres. Dicen que no se sabe el valor de algo hasta que se pierde, y ese verano pude percibir el valor de mamá en toda su plenitud.

Se iba acercando el final de la canícula. Yo seguía debatiéndome entre el deber para con la voluntad de mamá y el cuidado de papá. Una noche, mientras estábamos cenando, rompió el hielo y me preguntó: “¿Qué piensas hacer?” Me quedé sorprendida y le contesté la verdad: “No lo sé. Mamá me pidió que continuara con mis estudios y a la vez siento que no puedo dejarte aquí solo sin ayuda. Tengo la cabeza hecha un lio.”

Después de unos segundos de silencio interminable dijo: “Yo he perdido a mi mujer y tú nunca podrás ocupar su lugar porque eres mi hija. Has de buscar tu futuro. Prepárate bien. Eres la única heredera aprovéchalo adquiriendo toda la educación que puedas. Yo necesito poco para vivir. Tengo mi trabajo y ayuda no me faltará aquí. Ya tiraré de familia, que para eso están. Céntrate en tus estudios, esa es tu obligación.”

Me chocó escuchar eso, pero según fui meditándolo vi que tenía toda la razón. No podía desperdiciar mi vida intentando cargar con las responsabilidades de mamá, por un desmedido sentido del deber. Papá era todavía joven y podía valerse por él mismo, yo debía de prepararme bien, como era su deseo.

Volví a la casa de mis tíos en la capital y busqué en la universidad el grupo que la enfermera me había informado.

A mis tíos les extrañó ese repentino cambio de objetivo en la vida. No entendían nada de lo que estaba haciendo. Yo tampoco quería desvelar todas las intimidades de la vida marital de mis padres porque podía prender un fuego de odio hacia él, no sirviendo de nada. Simplemente les dije que durante la estancia en el hospital con mamá me había impresionado tanto el buen hacer y la dedicación de las enfermeras que quería dedicarme a ello.

Me diplomé en enfermería y me especialicé para ayudar en ese campo y, como me aconsejó mamá, pedí el traslado aquí, donde he podido ayudar mucho junto al médico de la comarca.

Mis tíos con todo el dolor de su corazón me dejaron volver a mi tierra aunque nunca perdimos el contacto. A mi llegada mi padre enfermó. Como buena enfermera le di todos los cuidados expertos que precisó hasta su fallecimiento.

No me casé porque a los lugareños ver una mujer tan preparada como yo por estas tierras les intimidaba y ahuyentaba. Pero mi único interés ha sido dar el máximo de ayuda y auxilio a las mujeres en estos lares tan apartados y anclados en la rancia tradición machista. Puedo decir con orgullo que las mujeres de estos Concellos(Ayuntamientos) han dejado atrás la Edad Media y se han convertido en ciudadanas conocedoras de todos sus derechos en este siglo XXI.

Ahora entendí las lágrimas de Carmiña cuando María contó su experiencia. Fue ella, la enfermera que la ayudó a salir de ese trance y por eso las tres habían forjado esa amistad tan fuerte y bonita.

Así terminó Carmiña su historia. El resto de la tarde siguió el patrón de las anteriores.

Para mostrarme hasta donde llegan los aldeanos ruiños (en su ruindad o ambición), me contaron que había una familia peleada con media aldea por cuestiones tan tontas como quién debía pagar el arreglo de una pared medianera. Si se trataba de una muro compartido por dos propietarios indiscutiblemente eran ambos los responsables de su arreglo… pero por lo visto ellos no lo veían así y estaban gastando mucho más dinero del necesario para la reparación en pleitos interminables y costosas minutas.

     Como dijo Confucio: ‘Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día en tu vida’. Carmiña hizo lo que le gustó y más que un trabajo fue una gratificante labor.

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