Capítulo 11:

MI HISTORIA

El crudo invierno iba dando sus últimos coletazos; la primavera se dejaba entrever. La nieve de la aldea ya se había derretido y comenzaban a salir tímidamente las florecillas en el bosque. El tiempo mejoraba rápidamente y mi ánimo también. Era hora de invitar a “mis amigas”. Me chocaba tanto denominarlas así… máxime cuando había una diferencia abismal de edad entre nosotras y en aquel lugar duro, inhóspito y despoblado donde había ido a parar presa de un amartelamiento quinceañero lo último que se me hubiera pasado por la mente habría sido encontrarlas. No podía eludirlo: era mi turno para la merienda-confesión.

Las cité y acudieron. Cuando estuvimos sentadas alrededor de la mesa, disfrutando de los tenues rayitos solares que se adentraban através de la ventana acariciando nuestro rostro, comencé.

Me crié en una gran ciudad, Barcelona. Mis padres trabajaban duro para poder darnos a mis hermanos y a mí una buena educación y que no nos faltara nada imprescindible. Estudié, estudié y seguí estudiando hasta llegar a la universidad. Me decidí por una carrera moderna relacionada con las nuevas tecnologías. Es el motor del mundo y tendría más oportunidades. Mientras, tuve amigos… algunos fueron más que amigos, pero todo pasajero, pues el caprichoso destino lleva a cada uno por su lado. En el ambiente universitario era lo normal; todos tenemos nuestros sueños y corriendo tras ellos dejamos en el camino familia, amigos, relaciones, lugares…

     Como la subsistencia en la gran ciudad exige tanto de todos, terminamos viviendo vidas paralelas pero distanciadas. El hogar termina convirtiéndose en un lugar de parada y fonda donde únicamente te relacionas con el resto de miembros cuando coincides por casualidad, si es que los exigentes horarios lo permiten.

     Nada me hacía presagiar lo que iba a acontecer. Un día, mientras estábamos todos en casa, aprovechando el momento de la comida, mis padres nos anunciaron una decisión importante: separarse de mutuo acuerdo.

    A pesar de ser una mujer de mente abierta, acostumbrada a dar por finalizada una relación por cuestiones triviales, aquel anuncio me golpeó con la misma sorpresa e intensidad que lo hace un terremoto de máxima escala.

     Su idea era vender el hogar familiar, dándonos la oportunidad de elegir con cuál de ellos convivir, si no queríamos independizarnos.

     Cuantas más vueltas le daba al asunto, no lograba decidirme. Yo los quería a los dos y creía que si decidía vivir con uno el/la otro/a podría dolerse. Determiné rentar una habitación en un piso compartido e iniciar una nueva andadura en solitario.

     El trasiego, en aquel piso compartido, era habitual. Las idas y venidas de nuevos inquilinos estaban a la orden del día. Todo gente joven, dependiente de unos trabajos precarios con sueldos exiguos que daban para bien poco. Me fui fijando en un chico, un habitual, de hecho era el más antiguo, ¡a pesar de llevar solo tres meses allí!

     Coincidíamos bastante por la casa, pues teníamos horarios muy similares. La cocina era común. En numerosas ocasiones coindimos a la hora de la comida, esperando uno a que el otro terminara de usar el microondas. Él era tímido y retraído. Yo no es que fuera desinhibida, pero estaba acostumbrada a tratar con muchas personas. Un día, mientras estábamos en la mesa, decidí romper el hielo lanzando una breve frase. Él respondió con otra un poco más breve.

     Los días pasaban, y como solíamos coincidir nos fuimos acostumbrando a compartir cocina y mesa. La conversación aumentó en duración poco a poco. Gracias a ello supe que provenía de una aldea rural, resultó ser ésta. Estaba en la ciudad buscando un futuro mejor, pues aquí solo hay trabajo en la cantera sacando losa que después se exporta para proteger los tejados de las casas japonesas. También supe que era el único joven de su aldea y cansado de la soledad, había emigrado para poder formar una familia también.

     En uno de esos días libres apeteciendo quedarse en casa porque el tiempo no acompaña, decidí sentarme en el sofá del comedor común a ver la tele arropada con una manta. Para sorpresa mía, él salió de su habitación y se sentó también allí. La película era aburrida y comenzamos a hablar. Me comentó que tiempo antes de marchar de la aldea sus padres habían fallecido en un accidente de coche. Como la carretera es muy serpenteante y en invierno el hielo no se llega a fundir en las partes sombrías, patinaron cayendo por un barranco escarpado. Eso me llegó al corazón, aunque yo ya no convivía con los míos, los tenía físicamente y podía visitarlos cuando me apeteciera. Imaginé la gran soledad que debía de sentir, sin familia cercana, lejos de su aldea, en medio de una gigantesca urbe llena de desconocidos… Esa sensación suscitó en mí un sentimiento de tristeza, compasión y empatía.

     Las conversaciones fueron sucediéndose. A la misma par un sentimiento de ternura iba creciendo en mi interior. Un día me invitó a ir al cine, y así comenzamos a salir.

     Al poco tiempo el destino, que es muy caprichoso, decidió empezar a jugar con nosotros. De la noche a la mañana me quedé sin mi precario trabajo. En esas condiciones no podía aguantar mucho en la habitación alquilada, y tampoco podía seguir costeando mis estudios. Qued´ándome solo una asignatura pendiente para terminar la carrera, decidí no agobiarme. Lo más importante en aquel momento era el trabajo. Me dediqué a buscarlo por todos lados. Tenía poco ahorrado, se acercaba fin de mes y no podría hacer frente a otra mensualidad de la habitación.

     Como último recurso decidí tirar de familia. Pero la maldita crisis, había alargado sus tentáculos por todos lados silenciosa pero inexorablemente. Se me había adelantado, afectando a mis hermanos y obligándoles a regresar también. Mis padres ya tenían cada uno su casa ocupada. Mi situación se complicaba por momentos.

     Un día él me invitó a tomar algo, se interesó en mi situación, porque me veía rara. Se lo conté. Amablemente se ofreció a compartir su habitación conmigo sin costo alguno. Solo había un pequeño problema, la habitación disponía de una cama de matrimonio. Me quedé estupefacta. No sabía si me estaba ofreciendo ayuda o me estaba proponiendo cohabitación en pareja. Notando mi reacción él se apresuró a disipar las dudas. Era una oferta de convivencia sin ningún interés de por medio, solo buscaba ayudarme porque me había cogido cariño.

     Como aún quedaban unos días para terminar el mes, decidí agotar las últimas oportunidades. Busqué, llamé, pedí, imploré ayuda a conocidos y amigos, pero nada resultó. No me quedó otra que embarcarme y aceptar su oferta.

     Al principio, como todo era nuevo, parecíamos dos novatos inocentes. Según fueron pasando los días nos fuimos relajando y compartiendo la pequeña estancia con la normalidad que permiten esas circunstancias.

     A pesar de buscar durante todo el día, no lograba encontrar nada. No quería terminar siendo una carga o un estorbo para él. Mi ánimo fue decayendo, comencé a sucumbir al abatimiento. No pocas veces lloré a solas en la habitación o en la oscuridad de la noche cuando él dormía profundamente. Pero una de esas me pilló. Empezó a consolarme y sin saber cómo… terminamos…

Como no acababa la oración por vergüenza, Claudina, con su energía desbordante, interrumpió: ‘Vaya, que terminasteis dándoos cariño mutuamente, vamos’.

Eso mismo. – contesté – Todo iba trascurriendo con una rara ‘normalidad’ en medio del caos. Me dejaba llevar y la verdad es que él resultó ser un consuelo para mí. En esos momentos difíciles era un verdadero compañero, amable, atento, cariñoso, servicial. Sin saberlo, fue creciendo en mi interior un vínculo fuerte uniéndome a él. Era la necesidad de querer estar a su lado y sentir su protección. Nunca hasta entonces había sentido algo así. Creí reconocer eso que llaman “amor” después de haber pasado por tantas épocas de amartelamiento, embobamiento, encaprichamiento… y hasta atontamiento.

Aunque mi vida se desmoronaba rápidamente, me sentía segura y arropada. Él estaba por mí, me escuchaba, me abrazaba cuando lo necesitaba, me valoraba.

Ésos fueron días de confidencias compartidas. Paseábamos por la ciudad, veíamos escaparates. Como yo soy más parlanchina, no paraba de contarle cómo imaginaba mi “casa ideal”. Él escuchaba y asentía. También aproveché haciéndole de guía turístico improvisado. Le llevé a conocer el ‘Barri Gòtic’, toda la obra del genial Gaudí, las playas de la ciudad ¡hasta la nudista!, el Tibidabo y la huella de los JJOO del 92 (aunque yo ni había nacido). Estábamos solos, los dos juntos, disfrutando de lo que la vida nos ofrecía y haciéndonos compañía.

Decidí presentárselo a mi familia. Como llegaban unos días festivos, aproveché para organizar una comida en casa de mi madre. Él, como buen tímido, al principio se mantuvo callado, contestando con monosílabos acompañados de pequeñas sonrisas nerviosas. Según transcurrió el tiempo, la conversación derivó hacia conocer algo más de sus orígenes, y ahí comenzó a explicar cómo era su hogar, el lugar de donde procedía. Mis padres, como buenos urbanitas desconocedores del terreno, le prestaron toda su atención. Hubo momentos en los que también yo quedé embobada con sus explicaciones.

Contó cómo era la aldea, el lugar donde nació y creció. Estaba en medio de un valle con dos salidas por carretera: por el sur a una pequeña ciudad llamada Quiroga, y por el norte a Pedrafita do Cebreiro, un pueblo bastante conocido porque es el primero en recibir las nieves invernales y está situado en uno de los puntos más altos de la red nacional de carreteras. Por ahí también pasa el Camino de Santiago. Al decir eso se despertó mi curiosidad porque muchos compañeros de universidad habían lo habían hecho y me habían hablado maravillas de los parajes, los habitantes, la hospitalidad…

Una vez en la carretera del valle, por el lado sur se ha de subir un puerto de montaña hasta llegar al pueblo cabeza de partido: Folgoso do Courel, donde está el Concello (Ayuntamiento). Todas las casas son de losa de la zona, un tipo de pizarra de color gris oscuro con la que se hacen también los tejados. Hay ferias unos días concretos de cada mes y acuden los vecinos para comprar en el mercadillo ropa, productos de la zona, etc.

La aldea está junto a un bosque de castaños centenarios en los que te puedes encontrar, además de muchas castañas en otoño, fauna variada como jabalíes, corzos, ardillas, lobos, etc. “Pues a mí me dan mucho miedo los bichos ésos porque nunca he visto uno frente a mí”, dije. Él sonrió y me aseguró que ellos tienen más miedo de toparse con nosotros los humanos, y cuando ven a uno salen corriendo. Sentí cierto alivió.

La belleza del valle es única y le ha valido para ser declarado Geoparque mundial por la Unesco y en tiempo récord. “¿Geoparque?”, le pregunté. Es un territorio donde hay un patrimonio geológico particular. Se cuida mucho que el desarrollo sea sostenible, porque Europa lo vigila atentamente”. ¡Hasta tienen un museo geológico! Quedé sorprendida con esa descripción tan técnica; aclaró que como llevaba tiempo postulándose para lograrlo se lo sabía de memoria. https://www.courelmountains.es/

Describió la aldea como un lugar pequeño, enclavado en el interior de uno de los recovecos del valle y en mitad la ladera, donde la carretera termina. Justo en la entrada hay un riachuelo que baja directo de la montaña, con un agua muy fría pero buenísima. En verano es costumbre antes de comer o cenar ir a llenar la botella, no porque sea más buena que la que sale del grifo (es la misma), sino porque está más fría, incluso, que la de la nevera. Por aquella zona hay varias fuentes de distintos tipos de agua: de hierro, de calcio, etc. Inocente de mí, pregunté cómo se distinguían unas de otras, y echándose a reír me dijo: ‘la de hierro deja las piedras como oxidadas y la de calcio las deja blanquecinas’. Me sorprendió la evidente y a la vez sencilla explicación y me dio sensación de haber hecho el ridículo al preguntar algo tan obvio.

Al estar enclavada en zona montañosa es un lugar muy frío durante parte del otoño, primavera y todo el invierno, siendo imprescindibles unas cocinas de leña que a la vez que dan calor permiten cocinar, preparando platos sustanciosos, cargados de calorías para mitigar las gélidas temperaturas.

Junto a la serpenteante carretera que cruza el valle hay una cantina pegada al cauce del río principal. Es un lugar muy pintoresco y acogedor. El dueño ha tallado trozos de troncos en forma de sillas. Preciosos letreros en madera cincelada indican e informar a los visitantes. Incluso aprovechando una pequeña vaguada han realizado una mini-piscina  con piedras de los alrededores por si en verano algún/a valiente se atreve a desafiar sus heladas aguas dándose un chapuzón. www.oponton.es.   

Causó una buena impresión en mi familia. Hasta mis padres incluso mostraron su deseo de conocer el lugar en alguna escapada, él respondió ofreciéndoles la casa familiar.

Un día llegó de trabajar con la cara desencajada. Nos sentamos al pie de la cama y le pregunté la razón. Iban a reducir la producción en su empresa y despedirían a un grupo de trabajadores incluido él. Pensé: “Ahora es el momento de devolverle la ayuda que me ha estado dando”. Le escuché, le consolé y me lo llevé a dar un paseo.

Como los dos estábamos pasando por lo mismo, nos comprendíamos. Aprovechamos el tiempo para conversar, compartir…

Claudina volvió a interrumpir: ‘Y para intimar, neiniña, ¡que no te sale la palabra!

Eso mismo. – contesté – En poco tiempo forjamos una unión tan fuerte entre ambos que no podíamos estar el uno sin la otra.

Pensándolo fríamente y desde la distancia, quedarse sin trabajo a él le afectó de manera diferente. Se volvió un poco más cerrado, menos comunicativo e incluso diría más irascible. Pero yo había decidido volcarme en ayudarle y tomé esos síntomas como simples efectos secundarios.

Como la situación tampoco era buena para él, pues la crisis estaba golpeando con fuerza y no encontraba trabajo de ningún tipo. Un día me comentó que hablando con un conocido compañero en la cantera de su pueblo. Allí los pedidos para el lejano oriente habían aumentado y necesitaban mano de obra conocida y experta como la suya. Me propuso marchar hacia la aldea. Al principio me pareció una idea descabellada, a mí, nacida en una gran ciudad y total desconocedora de la vida rural. ¿Cómo me adaptaría? ¿Qué haría? ¿De qué viviría? ¿Entendería el cerrado lenguaje?

Con el pasar de los días él hablaba más y más de su aldea natal. Se le notaba ilusionado con la idea. Volver acompañado a la casa familiar cerrada le emocionaba. Yo, aunque más reticente, terminé auto-convenciéndome. No perdía nada por probarlo. Un cambio de aires y una experiencia rural nunca vienen mal, y más si es en plena naturaleza. Me lié la manta a la cabeza. Una oportunidad así no se da todos los días y ese famoso tren no volvería a pasar otra vez, -el ‘amor es todo locura’ y también ‘todo lo cura’-. Me decidí a lanzarme a la aventura a su lado. Aprovechamos otra cena familiar para anunciar nuestra marcha.

A pesar de que a mis padres él les había causado buena impresión, en sus rostros se reflejaba la duda por mí. Yo nunca había pisado una aldea (salvo para ir de colonias con el colegio). Mi único contacto con los demás seres vivos había sido a través de los documentales de la tele. Por no saber no tenía ni idea de cómo encender un fuego. Me estaba embarcando en la “aventura” de mi vida. Pero respetaron mi decisión, nos dieron su aprobación y bendiciones. Y aquí estoy. Ésta es mi historia.

A diferencia de otras veces, en las que cuando una terminaba de contar, ese tema se dejaba aparcado y comenzábamos a disfrutar de la merienda, ellas se quedaron con ganas de saber más. Carmiña me preguntó:

  • ¿Y cómo es tu vida aquí?
  • Bueno, bastante monótona, nunca había probado esto de ser solo una ama de casa como las de antes. Como no dispongo de vehículo y no conozco los alrededores, tampoco sé a dónde ir o qué hacer.
  • ¿El trabajo le va bien?
  • Sí, por lo visto está con amigos de la infancia y se encuentra a gusto.
  • Lo sé porque tengo conocidos en la cantera y me lo han comentado. ¿Ya te encuentras un poquito más animada y repuesta del bajón?
  • Un poco sí, el invierno aquí es demasiado extremo para una urbanita recién llegada como yo, pero lo voy sobrellevando.
  • ¿Y vuestra relación de pareja es como era en la ciudad o se ha resentido algo con el cambio?
  • Bueno, todo afecta. Vida nueva, lugar desconocido, perdida entre montañas, falta de actividad laboral, etc.
  • Cierto, pero esos síntomas no te afectarán solo a ti. Él también ha cambiado de ciudad y de trabajo para volver a su aldea, y además con pareja.
  • Bueno, él tiene su círculo de amistades aquí. El cambio de trabajo no le ha sido nada traumático, y cuando sale va a tomarse un orujo a la cantina con sus amigos.
  • Cierto. – respondió Claudina – Allí le veo todas las tardes y de bastante buen humor.
  • Tiene días………. Algunos viene alegre, y otros…
  • Bueno, como todos los hombres de esta difícil tierra. –  comentó María.

Carmiña añadió:

  • Como sabes, yo fui enfermera y mientras estuve ejerciendo formamos un grupo de terapia para hacer más llevadera la rutina a las mujeres, a pesar de la dureza de sus labores y de los cambios de humor de sus maridos. ¿Qué te parece si nos acompañas una tarde a una de esas sesiones? No perderás nada y verás que no eres la única en esa misma situación.
  • Bueno, no me importará acompañaros.

Esta ha sido ‘Mi historia’ como tituló su libro una ex primera dama de los EEUU. Terminamos la merienda como las veces anteriores, y cada una marchó a sus quehaceres.

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