Capítulo 11:

UN HOGAR DEFINITIVO

Poco tiempo transcurrió en la casa de acogida cuando llegó el día en que encontré una verdadera familia. Vinieron a buscarme a la casa de ‘la voluntaria’ -mi ángel de la guarda-. Por lo visto se conocían ya que había mucha familiaridad entre ellas, cosa que me tranquilizó bastante, estoy segura que no me dejaría en manos de alguien desconocido o en quién no confiara. Me metieron en una jaulita y emprendimos el viaje hacia mi nueva vida.

Estuve un buen rato metida en esa cosa veloz. Aunque me tumbé, los vaivenes no paraban y terminaron provocándome un buen mareo. Por fin paró y me sacaron. Lo que pude ver y oler me llamó la atención, no eran olores comunes a los que estaba acostumbrada desde pequeña, siempre había estado en unos lugares en los que humanos viven hacinados unos sobre los otros llamados edificios. Aquí había amplitud, mucho verde y mucho espacio. Hasta llegar recorrimos un trecho a pesar de que fuimos directos a una habitación donde tenía todo lo necesario, allí comencé mi adaptación al nuevo hogar.

Me fui familiarizando con los nuevos olores; había uno que me inquietaba y que no conseguía descifrar a qué ser vivo pertenecía. Fui investigando la habitación y cuanto más la conocía más vueltas la daba. Los humanos iban entrando para que me fuera acostumbrando a ellos, la verdad es que me lo pusieron muy fácil, eran muy solidarios y me ayudaron en todo. Llegó el día en que dejaron abierta la puerta de la habitación para que hiciera la primera inspección al nuevo hogar. Fui visitando todos los rincones familiarizándome con los nuevos olores, la situación de mi comida, de mi arenero,……… hasta que me topé con la fuente de ese olor que me inquietaba ¡POR TODOS LOS GATOS DEL MUNDO MUNDIAL! ¿Quién es esta?, era grande, muy delgada y de color negro. Ella se quedó mirándome fijamente y olfateando la situación. Los humanos no hacían nada, esperando ver cómo íbamos a reaccionando.

Me dejé guiar por mi olfato y lo usé tanto como pude, ¡casi me mareo!. No percibía ningún olor a rabia, celos, posesión, hostigamiento o dominación. Me di media vuelta y me fui hacia mi habitación a tumbarme en mi camita. Estuvimos así varios días, nos olfateábamos, nos observábamos y nos tolerábamos. Lo cierto es que me extrañó no encontrar un ápice de sentimiento negativo en ella, todo era bondad, amor y sumisión. Dejé estar esa situación debido a que no intuí ningún problema a la vista.

Soy felina, la curiosidad me corroía, y la táctica de no mostrar el más mínimo interés no funcionó por lo que un día que pasé junto a ella me paré y mirándola la dije: ‘Hola, me llamo Yuè’, seguido me contestó: ‘y yo Xuàn’ y soy hembra,. Xuàn significa negro por el color de mi pelo. ¿Qué significa el tuyo? ‘Yuè significa luna llena igual a la que había la noche en qué me rescataron. ‘Vaya, ya tenemos algo más en común, que nuestros nombres tienen significado’ me contestó.

Pregunté a Xuàn: ‘¿Y tu como llegaste aquí? ¿Te compraron o te adoptaron?’ ‘Esta es una historia igual de larga que dolorosa, el final ya lo puedes ver, si quieres te la cuento’. ¡Sí, sí, que me encanta escuchar historias, mi madre empezó y desde entonces no he parado de escucharlas, y más si tiene buen final!

Verás, yo soy una perrita de una raza que a los cazadores les encanta utilizar para capturar las presas que abaten con sus armas en el bosque. ‘Si tu eres muy delgada, ¿podías coger esas presas que los cazadores matan y cuelgan a modo de trofeos en sus casas?’ repliqué. ¡No! no me refiero a ese tipo de cazadores; son los que cazan en la montaña por placer –matan y se comen sus víctimas-. ‘¡No sabía yo que había cazadores de varios tipos!’ comenté. Tienes toda la razón, sin embargo estos parecían diferentes. El cazar para satisfacer una necesidad vital como es el alimentarse es lo que hacemos el resto de seres vivos, pero en este caso –y después de todo lo que viví- me di cuenta de que el cazador no caza por la necesidad de alimentarse, caza para saciar su ego de superioridad, por el placer de ver en la mesa lo que él ha conseguido y agasajar a sus compañeros de cacería o amistades más apreciadas con el resultado que le da la superioridad de sus armas de fuego en el bosque. No se diferencian nada del cazador que caza por –lo que ellos denominan- deporte -de eso tiene bien poco- o lucir luego el trofeo en la pared de su mansión con la retorcida idea de que eso les da un prestigio que el resto de humanos no tiene.

La raza a la que pertenezco se llama galgo. Mi mamá era una señora esbelta, de color negro azabache. Nací en uno de tantos cortijos que hay en aquella zona. Los cortijos son grandes casas con extensiones de terreno inmensas donde viven bastantes humanos, los dueños –que son los ‘señores’- y sus sirvientes. Como es una zona montañosa, desde siempre les ha gustado a los señoritos ir a cazar seres vivos y después comérselos –aunque no es necesidad sino placer-. Después colgaban la cabeza en las pareces de su cortijo a modo de trofeo, por lo que las paredes están repletas de sus víctimas. Me contaba mi madre que desde tiempos muy antiguos a los humanos con cortijos o dueños de grandes casas en otras partes del planeta les encantaba venir y pasar unas semanas participando en cacerías que terminaban en bacanales. ‘¿Qué son bacanales?’ pregunté, son grandes comilonas que duran muchas horas. ‘¿Y todo ese tiempo se pasan comiendo?’ Sí, comiendo y bebiendo. Ten en cuenta que esa gente son y han sido humanos muy influyentes, con poder y esa era una manera diferente de divertirse para ellos. ‘¡Vaya diversión más macabra!’ apuntillé. Es verdad Yuè.

Mamá ya de muy chiquitines nos fue instruyendo en lo que teníamos que hacer y lo que no. Llevaba toda su vida con el ‘señorito’ cazador lo conocía bien y quería ahorrarnos problemas. Decidió darnos unas charlas que al final se convertían en sermones. ‘¡Sí, a mí me pasaba lo mismo con mi mamá!’ apunté.

Ella nos decía que el cazador cuidaba muy bien de sus galgos siempre que ellos hiciesen bien su trabajo que era estar muy atentos a donde apuntaba él con el rifle, fueran rápido a por la presa y la trajeron a su mano sin hacerla ningún desgarro con los dientes. Le encantaba la caza, tenía todo tipo de artilugios y –claro está- cuantos más galgos mejor. A las hembras las tenía de cría, a mamá la hacía parir siempre. ‘¿Seríais muchos no?’ pregunté. No Yuè, de eso se encargaba él mismo. La selección empezaba siendo todavía cachorrillos, los que enfermaban o tenían alguna discapacidad los metía en una bolsa y se los llevaba, a veces cogía ese rifle con el que mataba sus presas y oíamos a lo lejos el sonido de disparos similares a los de cazar………., otras veces simplemente decía que los había llevado a un lugar donde les iban a cuidar. ‘¡Vaya, mis primeros amos hacían algo parecido!’ comenté. Sí Yuè, por lo visto la mayoría hacen lo mismo, carecen de los sentimientos que han de hacer diferente al ser humano y carecen del más mínimo remordimiento al deshacerse de lo que ellos consideran ‘problemas’.

En el cortijo había muchos tipos de seres vivos, sobre todo de granja. ‘¡Ah!, esos son los que ellos utilizan de alimento, ¿verdad?’ Sí Yuè. Había muchos gatos que campaban a sus anchas, así los ratones brillaban por su ausencia. De ahí que al verte me asustara, os conozco bien y sé como he de trataros. ‘¡Con razón al cruzarnos tú ni te inmutabas!’ apunté. Bueno, también es parte de nuestro carácter. Somos de gentiles y sociables con los humanos y otras mascotas, a pesar de que nos utilizan para cazar, a vosotros no os vemos como presas. Mamá comenzó a entrenarnos en las diferentes labores que tendríamos que hacer cuando llegáramos a la madurez, siempre estaba enseñándonos –o intentándolo- porque la verdad es que o terminábamos dormidos del aburrimiento o nos enzarzábamos en jugueteos unos con los otros. He de decir que según fue pasando el tiempo todas aquellas charlas que parecían caer en saco roto fueron entrando en nuestras cabecitas y grabándose; más tarde, al llegar a la edad adulta nos fueron viniendo a la memoria dependiendo de las circunstancias y situaciones.

A mis hermanitos machos les fue dando las directrices para que fueran buenos galgos cazadores; los mejores. Los machos adultos la contaban todo lo que ocurría en el bosque así ella sabía muy bien lo que el amo quería y lo que no quería en un galgo. Algo que nunca entendí es la manía que tenía en tiempo de caza de alimentar lo mínimo a los machos con la creencia de que correrían más deprisa, llegarían los primeros a coger las presas y no se les escaparían, total si los pobres no iban a probar ni un solo bocado de la caza ya que todos esos seres muertos iban a la cocina, donde las cocineras se esmeraban en aderezarlo para que los invitados del señorito disfrutaran de su bacanal ¡saliendo con sus tripas a punto de reventar! Eso sí, después de haberles dado el paseo de rigor por los salones en los que las paredes están repletas de las cabezas disecadas de los ‘trofeos de caza mayor’: ciervos, lobos, venados y alguno que otro protegido pero que después de pagar una cantidad de dinero o de hacer algún favor le habían dejado matar. A nosotras las hembras nos fue enseñando a cuidar y preparar a nuestras crías para que fueran adultos de los que el amo pudiera estar orgulloso. A veces entre los cazadores se creaba un vínculo muy estrecho de amistad, había alguno que quedaba atónito con la obediencia y eficiencia de los galgos del amo y le pedía alguno, entonces venía a donde nosotras teníamos nuestros cachorrillos, escogía al que a él le parecía el mejor y se lo regalaba como si fuéramos meros objetos de su posesión.

Según pasaba el tiempo fui viendo que cada día podía ser el último en el que viera a un compañero galgo, fuera macho, hembra, cachorro o adulto; todo dependía de si le era útil o dejaba de serlo debido a vejez o enfermedad. Recuerdo que conocí a un galgo, un poquito más mayor que yo, que me impresionó. A él no le gustaba la caza y su mamá ya no sabía qué hacer para sacarle esa idea de la cabeza debido a que se acercaba el tiempo en el que tendría que acompañar al amo y se daría cuenta. Él me decía que por qué tenía que correr tras unos seres vivos que no le habían hecho nada y cogerlos para que el señorito, que no los necesitaba, agasajara a sus ilustres invitados quienes tampoco tenían ninguna necesidad. Yo le decía que la vida era así y nosotros teníamos que seguir lo que estaba establecido. Él me repetía lo mismo una y otra vez, eso lo ha establecido el señorito porque le gusta y le conviene, pero nosotros no tenemos por qué obedecerle, si quiere cazar que vaya él solito ¿a ver cómo vuelve? Además el señorito te dejará vivir siempre que le hagas el trabajo que él quiere bien o muy bien, en el momento que no puedas hacerlo serás una carga de la que deshacerse lo más rápido posible. Piensa que como ordena a sus empleados y le obedecen nosotros también tenemos que hacerlo, que somos posesión suya con la que hacer y deshacer a su entero capricho.

Llegó el día en el que tuvo que ir a cazar. Al ir llegando la hora del regreso estábamos todos expectantes. Vimos la manada acercarse por el horizonte y cuanto más intentábamos ver si volvía menos lo conseguíamos. Al llegar los primeros les  preguntamos y nos dijeron que al primer disparo salió corriendo en dirección opuesta y desapareció en la montaña. Un sentimiento agridulce me invadió, tristeza de no volver a verle y alegría porque escapó vivo pudiendo elegir su camino.

Fui creciendo y llegó el momento de ser mamá. El amo escogió al macho más activo de su manada, el que mejor cazaba, el más obediente y atento y me lo trajo para que me montara. Así ocurrió una vez tras otra hasta que en uno de los embarazos algo empezó a ir mal. Yo no me encontraba bien, tenía fuertes dolores en mi barriga, el amo no quería llevarme a que me vieran los humanos de las batas verdes porque ‘total tengo más hembras y parir lo están haciendo a cada momento’. Un día que vino por casualidad, vio que en vez de mejorar empeoré y empecé a perder sangre. Me cogió en sus brazos y me metió en uno de esos cacharros que usaba al desplazarse de un lugar a otro. Yo no sabía donde iba, recordé las charlas de mamá en las que decía que una veces se llevaba su rifle y se oían disparos a lo lejos y otras se iba sin él. Esta vez no lo llevaba –cosa que me tranquilizó- pero sabía que me iba a abandonar en algún lugar. ¿Qué sería de mí tan enferma y débil como estaba? ¿Se apiadaría alguien y me ayudaría o moriría sola, en medio de la nada desangrada?

Después de un rato el cacharro se paró. El amo volvió a cogerme y me llevó andando hasta una valla. Fue tan delicado que se subió al cacharro y como no tenía techo me cogió y me lanzó por encima hacia el interior del recinto sin contemplaciones. El golpe fue tremendo y la hemorragia empeorando por momentos, además de unos dolores intensos por todo el cuerpo. Me dejó allí sola, abandonada y malherida bajo un sol infernal sin una sola gota de agua. La gran debilidad que tenía me impedía abrir los ojos. Tuve tiempo de repasar todas las charlas de mamá sobre lo crueles que llegan a ser los humanos cuando algo no les interesa y ahora yo lo sufría en mis propias carnes esa crueldad. Poco a poco entré en un sueño profundo según me iba debilitando.

Al tiempo comencé a escuchar unas voces humanas. Al estar acostumbrada a oírlas y descifrarlas por el tono intuí preocupación. Comenzaron a acercarse más rápidamente. Me empezaron a observar, y vieron que todavía respiraba. Me cogieron en brazos y me introdujeron en una habitación. Pude escuchar los ladridos de otros muchos galgos allí, ladridos lastimeros de dolor a causa del abandono y la mayoría de veces debidas al dolor físico de alguna lesión mal curada por falta de atención especializada. Debía de estar bastante mal en un instante que pude abrir uno de mis ojos haciendo un tremendo esfuerzo vi que me habían colocado sobre una mesa de metal y estaba toda encharcada de sangre. Me clavaron algo en una de mis patas delanteras y empecé a notar como pasaban su mano sobre mi cabeza y espalda y me decían con tono cariñoso: ‘Duérmete bonita que vamos a curarte, para que puedas recuperarte y vivir’.

Logré despertarme muy aturdida, dolorida y agotada. Notaba algo en mi vientre, era una tremenda cicatriz que lo recorría todo de arriba hacia abajo. No podía casi moverme y seguía muy débil, mis salvadores venían a todas horas a ver cómo me encontraba debido a que seguía con eso clavado en una de mis patas metiéndome un líquido. Estuve allí convaleciente una semana aunque no estaba sola, había más perros en otras jaulas. De noche cuando todo se quedaba más tranquilo podíamos intercambiar vivencias y pareceres. Todos teníamos en común el mismo denominador, a saber: el ser humano como causante de nuestra situación aunque también es cierto que habíamos tenido la misma suerte de toparnos con esas humanas tan solidarias que nos curaban y cuidaban.

Cada día me encontraba un poquito mejor y empezaron a darme comida suave para ver si la toleraba. Al fin pude salir de esa jaula y comenzar a moverme poco a poco, la gran debilidad que tenía impedía que aguantara mi peso, se me doblaban las patas y me quedaba tendida en el suelo. Una de las veces que vino uno de mis salvadores me dijo: ‘Tranquila bonita que te hemos curado, tenías una infección tremenda en tu matriz que te provocó un aborto y hemos tenido que limpiarte muy bien.. Intuí por ese tono que podía contarlo a pesar de haber perdido a mis chiquitines y no poder volver a tener más.

Al principio noté ese vacío, otras galgas que estaban allí recuperándose me dieron muchos ánimos. Ellas me contaron que ese lugar es un refugio que recogen galgos abandonados porque el abandono y el maltrato que sufrimos es tremendo. Su preocupación primordial es nuestra salud, aquí llegamos en muy malas condiciones.

El refugio está en la zona donde más galgos son utilizados para la caza también es el lugar en el que más se nos mata y abandona en pésimas condiciones cuando enfermamos o nos accidentamos. Algunos cazadores tienen tan pocos sentimientos que lavan sus conciencias dejándonos moribundos por encima de las vallas refugio de la zona y que otros nos curen porque ellos no quieren cargar con un galgo discapacitado o no asumir el coste del tratamiento. Les pregunté que si existían más refugios como este, ellos me dijeron que de estos refugios hay pocos debido a que las humanas que ahí ayudan son voluntarias y han de pagarlo de su propio bolsillo, además están saturados con tanta cantidad de casos que hay cuya causa es la negativa de los cazadores a esterilizar a muchas de las hembras, ha hacerse cargo de los galgos heridos o discapacitados y a no querer cuidar de los que ya no pueden serles útiles por la edad.

Allí me contaron muchas experiencias. Los galgueros no siempre nos abandonan en un refugio, la mayoría de veces nos hacen morir atrozmente y con tanta saña que todo el mundo entero ya es consciente de sus atrocidades. Hubo un caso que me impactó: Un humano acompañó a unos familiares suyos a ver como cazaban a pesar de que a él no le gustaba. De repente oyó un disparo y un quejido lastimero de un galgo que cada vez parecía más cerca de ellos hasta que el galgo fue a parar a sus piernas. El humano le hizo un reconocimiento en todo su cuerpo para ver qué le ocurría y vio que había recibido un tiro que ‘solo’ le había rozado la cabeza. Cuando este humano preguntó a sus familiares qué era eso, ellos sin ningún sentimiento en su rostro le dijeron que era un galgo al que sus dueños acababan de intentar matarlo debido a que ya no les servía. El humano no comprendiendo tanta atrocidad les dijo que ese galgo se lo llevaba a su casa a pesar de ver que ponían cara de asombro e incredulidad. Poco tiempo después se fueron acercando dos cazadores que al pasar por su lado y ver al galgo quejarse lastimeramente entre las piernas del humano dijeron: ‘¡Anda si hasta ha sobrevivido, no si encima tendrá suerte!’ El humano que no pudo reprimirse les preguntó: ‘¿Este galgo es de ustedes? ¿Le han intentado asesinar?’ A lo que el dueño le contestó afirmativamente. El humano descargó toda su rabia e ira en él y después llamó a las autoridades, les contó lo que le habían confesado y se lo llevaron acusado de un caso de maltrato, aunque poco le iba a ocurrir gracias a las leyes tan suaves que hay.

         También me contaron la cara buena de todo esto y es que desde lugares muy lejanos hay cada vez más humanos que les duele ese trato tan cruel que recibimos y solicitan adoptar uno a pesar de que conlleva un alto coste debido al papeleo y el largo viaje que han de hacer en esos artilugios que van por los aires. Incluso quieren adoptar los que están más necesitados de hogar y cariño que son los discapacitados. ‘¡Vaya! Eso no es lo que ocurre en los refugios de gatos, aquí se quedan sin hogar los más necesitados’ repliqué.

         ‘¿Y como te adoptaron?’ pregunté. Bueno, un día de tantos vinieron unos humanos –que pasaban las vacaciones cerca- a adoptar uno de nosotros ya que estaban al corriente de todo el sufrimiento que nos hacen pasar, querían dar hogar y cariño a uno, dieron varias vueltas y cada vez su rostro reflejaba más la tristeza y el desespero de no poder ayudarles a todos. Se pararon delante de mí y el humano pequeño les dijo a los mayores: ‘Papis ¿Habéis visto el color negro tan bonito que tiene este?’ acto seguido extendió su mano para acariciarme, yo agaché la cabeza para que pudiera hacerlo, después le obsequié con unos lametones en su mano. ‘¡Este es muy cariñoso! ¡Vamos a llevarnos este!. Y después de arreglar todas las cosas me sacaron del refugio y me trajeron aquí. Desde ese día vivo muy feliz, muy querida y respetada  no solo por los humanos mayores, el pequeño es mi delirio porque damos largos paseos al aire libre. Ah Yuè, verás que aquí tienes mucho espacio, fuera hay una gran extensión de terreno que investigar, descubrir y disfrutar. También verás que no somos las únicas. ‘Ah ¿no?’ pregunté. No, esta familia es muy solidaria y tienen contacto y amistad con muchas voluntarias que les han ayudado a hacer un verdadero Arca de Noé en el que se protege, cuida y mima a sus adoptados sin importar la raza o especie que sea.  ‘Vaya, estoy deseando poder salir, conocerles a todos y que me cuenten sus experiencias’ comenté.

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