Capítulo 12

MAL DE MUCHOS…….

Unos días más tarde, Carmiña se acercó hasta casa para cumplir con la invitación y presentarme al grupo, ampliando amistades. Acepté, al día siguiente vinieron a buscarme. Subimos en el auto de Claudina, el todoterreno viejo y destartalado que convertía cada bache del camino en un latigazo para toda la columna vertebral, y las cuatro y nos dirigimos al pueblo donde se hacían las charlas en el dispensario.

Al entrar en la sala ya había algunas mujeres esperando. Eran de edades variadas; pero predominaban las jóvenes. Me llamó la atención que hubiera tantas en ese recóndito lugar necesitadas de terapia para sobrellevar la monotonía local.

Fueron presentándomelas una a una. Al verme sonreían amablemente y me mostraban bastante cariño a pesar de no conocerme de nada.

Comenzó la sesión. Cada una fue presentándose y explicando la razón de su asistencia; así las podría ir conociendo un poquito más. Cuando la primera comenzó a manifestar sus sentimientos, ¡pensé que estaba hablando de mí! Se expresaba desde lo más profundo de su ser, ¡como si me estuviera mirando en un espejo! Así fue sucediendo con las demás. Parecíamos almas gemelas. Terminó la última y Carmiña me preguntó si quería presentarme y contar lo que me apeteciera. Con vergüenza y pánico escénico, acepté. No pude decir gran cosa, la exigua explicación les bastó, percibiendo que teníamos mucho en común. Al terminar la sesión, recibí abrazos y expresiones de alegría de todas ellas, contentas por conocerme y escucharme. Yo seguía alucinada, no llegaba a entender qué suerte de tertulia era aquélla. Donde no tenía duda era lo agradable y respetuosa de la sesión.

De regreso a casa por la zigzagueante carretera Carmiña se interesó por mi impresión sobre aquella reunión. Le mostré mi sorpresa al ver tantas mujeres en ese apartado rincón de la geografía con sentimientos similares a los míos. Ella sonrió y me comentó que ése había sido el inicio y si repetía la visita aún saldría mucho más animada. Llegamos a casa y nos despedimos.

Esa noche, durante la cena, le comenté a él lo del grupo de terapia. Un gesto de indiferencia se dibujó en su cara y pareció no darle más importancia.

Las siguientes sesiones fueron similares. Percibí que el grupo no se hacía para sobrellevar la dura vida rural de las aldeas perdidas. Analizando los comentarios de las mujeres y comparándolos con mis sentimientos internos, llegué a la conclusión de que, tanto ellas como yo, habíamos vivido algo similar que nos había marcado.

De regreso a casa después de otra reunión, Carmiña me preguntó:  ¿Notas en tu interior algo diferente, algo nuevo? Reflexioné durante un momento y le contesté: ‘El hecho de no ser la única que siente esa desazón interna aquí supone un gran alivio’.

Pero había una pieza del puzle que me faltaba para terminar de ver el cuadro completo.

Carmiña, entonces, me aclaró que el grupo de terapia era para mujeres víctimas de violencia de género. Se hizo un silencio tenso en el coche. Mi cabeza era un hervidero de ideas contrariadas. Una mujer como yo, del siglo XXI, proveniente de una gran ciudad está demasiado informada y concienciada para ser víctima; yo, que había dejado parejas tan solo por no querer aceptar alguna de mis ideas… ¿cómo no iba a detectar el maltrato? Eso solo les ocurre a mujeres que no han podido acceder a una educación superior como la mía… Pero a la vez me invadían otros razonamientos: si realmente no fuera una damnificada, ¿cómo podría sentirme tan identificada con ellas? ¿Cómo había llegado a esa situación tan extrema?

Seguía con mi encrucijada mental cuando Carmiña interrumpió: Voy a contarte algo. Quizás lo desconozcas pero seguro te ayudará a aclarar las ideas. Como bien te ha contado tu pareja, sus padres fallecieron en un accidente de tráfico en esta carretera.  

Sí, cierto. –  contesté.

Quizás hay algunos detalles que haya omitido.

¿Detalles? – pregunté.

Maruxa, así se llamaba su madre, era una mujer extraordinaria. Muy servicial, siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás. No hablaba por no ofender. Éramos vecinas de toda la vida, nacimos en casas contiguas y nuestras familias estaban emparentadas (como las de casi toda la aldea). Desde pequeñas se creó entre nosotras un vínculo especial al ser hijas únicas. Cuando yo marché a la ciudad a estudiar nos carteábamos cada semana. Ella empezó a contarme los inicios de su noviazgo, los planes que iban haciendo y demás. Según se iba acercando la fecha del enlace empecé a notar un ligero pero paulatino alejamiento. Lo atribuí a los típicos nervios caudados por los preparativos. No pude asistir a su boda por estar inmersa en los exámenes finales de la carrera y me entristeció muchísimo pues la apreciaba como una hermana. Ella estaba muy enamorada e ilusionada porque se desposaba con un chico de una aldea vecina y se quedarían a vivir aquí. Pasados unos meses, a mi regreso, empecé a ver un cambio gradual en ella. Se hizo más esquiva, eludía cualquier contacto entre ambas, y cuando no le quedaba más remedio contestaba a mis preguntas con monosílabos. Lo achaqué a mi ausencia el día de su enlace.

Yo estaba muy ocupada con mi trabajo de enfermera en el consultorio y  poniendo en marcha el grupo de terapia. Concluí que serían los cambios típicos producidos por el matrimonio. Pasó el tiempo, quedó embarazada y el nacimiento del niño, tu pareja, ahondó nuestra distancia. Se volcó en su cuidado y atención, alejándose de todo su mundo anterior. Seguíamos teniendo contacto, pues traía regularmente al fillo (hijo) a las visitas con el pediatra y ahí no podía eludir mi presencia. Yo notaba algo extraño; su mirada rehuía la mía todo el tiempo y evitaba entablar una conversación.

Esa situación me iba preocupando cada vez más a pesar de no poder hacer. Pero hace unos dos años se presentó en el consultorio médico con un brazo roto. El médico y la enfermera, que me sustituyó cuando me jubilé, intuyeron algo raro y al preguntarla se desmoronó. Iniciaron el protocolo de malos tratos, la pusieron en contacto con nuestro grupo y comenzó a asistir, como tú.

Allí fue donde escuché de su propia voz la razón del distanciamiento. Ella sabía que en el momento que hablara conmigo me daría cuenta y no pararía hasta empujarla a iniciar los pasos para salir de ese pozo donde la había sumido su marido. El juez lo condenó a asistir a un centro de terapia para culpables de violencia de género. Parecía dar sus frutos como en otros casos ha ocurrido, hasta que Maruxa decidió vivir su vida, ser feliz y libre. El día que le comunicó su intención de separarse tuvo lugar el fatídico accidente. Nos enteramos gracias a una vecina, testigo presencial de la escena. Ella nos avisó justo después que él la sacara de la casa familiar agarrada del brazo, la metiera en el coche de malas maneras y marcharan. Acto seguido, salimos a toda prisa para interceptarlos en la carretera, y al llegar a la curva maldita contemplamos con estupor cómo el quitamiedos estaba roto y del fondo del barranco salía una columna de humo. Al asomarnos vimos el coche destrozado. Cuando llegaron los bomberos y lograron bajar solo pudieron confirmar el fallecimiento de ambos.

Fue culpa del hielo acumulado en las zonas sombrías de la carretera. –  contesté.

Nosotras hicimos el mismo trayecto justo detrás de ellos y no nos topamos con ninguna placa. Además, el marido días antes, estando con un grupo de amigos de la comarca, hizo un comentario insinuando que antes de separarse de su mujer haría una locura. Por desgracia los demás no quisieron tomarlo en serio y ocurrió la desgracia.  

Me quedé perpleja, boquiabierta. No se trataba de un accidente, sino de un asesinato por violencia de género en toda regla.

El hijo de ellos vió y convivió con los continuos malos del padre hacia la madre, palizas incluidas. No me extraña que él haya copiado las pérfidas costumbres paternas.

Pero si es muy bueno conmigo. Ya os conté que me ayudó mucho cuando me quedé sin trabajo. Si estoy aquí es gracias a su generosidad.

Su padre era una bellísima persona para toda la comarca. Siempre presto a ayudar a los demás cuando era necesario, simpático, amable… Vamos, el hombre ideal. Pero de puertas para dentro se transformaba en un ogro, maltratador físico y psicológico sistemático, controlador máximo y un tirano sin escrúpulos. Ése es el perfil seguido por la mayoría de estos maltratadores. La mayoría de hijos terminan repitiendolo; no sería el primer caso por estas tierras en el que los descendientes varones heredan y copian esas malas artes como si estuvieran impresas en su ADN a fuego.

Me quedé helada. No podía procesar en mi mente toda la información recibida.

Huelga decir que en los posteriores días mi cabeza no paró de darle vueltas al asunto. Quería negarme a creerlo, pero cuanto más analizaba lo vivido junto a él hasta entonces y lo que se iba acumulando cada día, más claro lo veía y más pánico me entraba pensando en que mi fin fuera similar al de su madre.

Un refrán dice: ‘Mal de muchos…. consuelo es’ (versión original) Yo puedo corroborarlo.

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