CONCLUSIÓN

De aquel fatídico día del abandono solo me quedan unos vagos recuerdos y el nombre que me puso la voluntaria YUÈ. Parece imposible que de una experiencia traumática a tan temprana edad haya podido extraer tan buenas lecciones y conocer tan buena gente: las voluntarias, los callejeritos, etc. Como decía mamá: ‘De lo malo se aprende….’ ¡y tenía toda la razón!. He aprendido muchísimas lecciones, a saber quién me puede ayudar y quién hacerme mal, a no mirar hacia otro lado y ver que hay muchos en mi situación o peor aún y a creer en que hay humanos buenos y solidarios como las voluntarias. Ellas merecen una mención especial, son bastantes humanas, en muchos lugares, en diferentes épocas y en distintos puestos de responsabilidad que se apiadan de nosotros, los seres vivos. Por toda la historia han sido las adalides de sentimientos como: el amor, la compasión, la empatía, la ternura, la solidaridad, etc. Siempre se han esforzado por ayudar a los demás independientemente de su género, raza, creencias, lugar de nacimiento o posición social. No es extraño ver que en la historia de las guerras que han tenido los humanos entre ellos, las que han estado curando, cuidando y ayudando han sido ellas, a pesar de que se las ha utilizado como carne de cañón sufriendo violaciones y todo tipo de abusos.

Hoy día ellas son las más activas en la ayuda a sus propios congéneres que están pasándolo mal a causa del egoísmo desmesurado de algunos. A veces esa necesidad imperiosa de ayudar les ha llevado a exponer hasta sus vidas o dedicarlas enteramente a ese fin tan loable. Estas ‘voluntarias’  han llegado a ganar premios tan prestigiosos como el Nobel por su tremenda labor de solidaridad y difusión. Mujeres como la madre Teresa de Calcuta o Jane Goodall son un claro ejemplo de dedicación a los demás sean humanos o primates.  Y organizaciones internacionales como Greenpeace, Cruz Roja, Médicos sin fronteras, etc., día a día están allí donde se necesita ayuda a pesar de los peligros y las limitaciones que impone la falta de recursos. Gracias a ese ejemplo de humanidad y solidaridad ya no es extraño ver a humanos varones uniéndose a este grupo y solidarizándose de manera activa. Cada vez son más los que se apuntan al carro de poner su granito de arena e intentar hacer de este mundo un lugar mejor en que vivir y convivir. Ellas, por no mirar hacia otro lado, son las causantes de que el género masculino haya aparcado el cliché del machismo, la rudeza y la dureza y se haya impregnado de valores tan necesarios e imprescindibles como la empatía, el amor y la compasión.

Algo que diferencia al ser humano del resto de seres vivos son la conciencia e inteligencia. Estas son las que deberían haberse entrenado bien desde la infancia y que al llegar a la madurez esos valores les motivaran a ayudar al prójimo, por ende al resto de seres y así hacer de este mundo un lugar mejor para vivir. Pero la ambición desmesurada de unos pocos nos está conduciendo a todos hacia un callejón sin salida, sin retorno. Está provocando diferencias abismales entre nosotros mismos y se está convirtiendo en la gasolina que alimenta el fuego de la rabia y la venganza. Este egoísmo desmesurado está haciendo que no haya día en que a la lista de especies extinguidas se sume como mínimo una nueva. No hay día en que a la interminable lista de maltratos y vejaciones -que están infringiendo al resto de seres vivos se sumen en un número interminable y exageradamente horrendo.

De ahí que hayamos decidido poner por escrito todas estas vivencias basadas en hechos reales, para poner nuestro granito de arena en remover conciencias y denunciar abusos. Y la hemos querido dedicar a las ‘voluntarias’ indistintamente de a qué o a quienes ayuden ni donde lo hagan, porque lo importante es el aporte que han hecho y siguen haciendo a esta sociedad enferma y necesitada de recuperar los valores perdidos.

Y como broche final me gustaría hacer mías las palabras del escritor y filósofo irlandés Edmund Burke que dijo: Para que triunfe el mal, sólo es  necesario que los buenos no hagan nada”.

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