Capítulo 15

SOLIDARIDAD

Pocos tiempo después, un día de primavera, de ésos en los que apetece salir y pasear, llamaron a la puerta de casa. No esperaba recibir ninguna visita, y me extrañó. Al abrir me encontré con mis tres amigas delante, sonrientes y cargadas con las bolsas y garrafas de costumbre, listas para su viaje diario hacia el lugar desconocido.

Carmiña me dijo que íbamos a hacer una parte de la terapia y seguro me encantaría. Como confiaba plenamente en ellas, me dejé llevar. Comenzaba a ver la vida con sus verdaderos colores y no como hasta hacía poco en más negro que blanco. Me sentía viva y eso se percibía en mis ganas de hacer cosas. Daba la impresión de haberme quitado una losa de encima, estando enterrada en vida.  Emprendimos viaje en el coche y cuando nos íbamos acercando al lugar decidieron ponerme en antecedentes.

Nos dirigíamos a un lugar muy especial, allí iba a conocer otras víctimas de maltrato, pero muy especiales y diferentes; sufridas, agradecidas y serviciales. Eso aumentó todavía más mi curiosidad; ¿otras víctimas, especiales, sufridas, agradecidas……? ¿Qué suerte de lugar será ese?

Me explicaron que era un refugio de animales. Yo, como buena desconocedora del tema pregunté: ¿Animales víctimas de maltrato? ¿Un refugio? ¿Y qué pinto yo allí?

Ellas me contaron que en esas tierras los más indefensos son los que sufren las consecuencias de la desinformación, el pensamiento retrógrado y el machismo más rancio. Después de las mujeres, ellos son los grandes perjudicados, silenciosos y muchas veces olvidados. Allí llevaban tiempo ayudando a los damnificados de la caza, perros usados y, cuando ya no valen, tiroteados para acabar con su infame esclavitud junto a sus amos y señores opresores. También a los gatos, considerados seres inferiores pues solo sirven para comerse a los ratones; los caballos, a los que les ponen cepos en una pata para impedir su movilidad y libertad; los animales de granja, considerados simple mercancía que se compra y vende o se convierte en comida, las víctimas de la caza, animales salvajes heridos que agonizan en el monte… en fin, a todo ser viviente danmificado por la desgracia de caer en las manos de esos mal autodenominados “seres humanos”. En ese momento me vino al pensamiento mi querida Wendy, una perrita super cariñosa que por las ansias del familiar cazador tuvo un fin atroz.

Quedé estupefacta al escuchar eso. Yo nunca me había parado a pensar en los animales, si son conscientes de su situación, si sienten o padecen, etc. En casa no habíamos tenido “mascotas”. El único trato más cercano había sido en la universidad, donde había un grupo muy activo difundiendo y publicando las atrocidades a las que sometían a algunos animales (perros, conejos, ratas) en las facultades de Veterinaria y Medicina. Como estoy en contra de cualquier abuso, les daba mi apoyo, pero sin profundizar mucho en el tema.

Esa sensación aumentó aún más al llegar al refugio. Era la primera vez que pisaba un lugar así. Allí encontré muchas de las compañeras de la terapia semanal. Me dieron la bienvenida y me mostraron el lugar como una de las iniciativas que habían puesto en marcha. Allí trabajaban duro y en circunstancias muy precarias, pero su rostro irradiaba alegría y felicidad. Fueron enseñándome las diferentes partes donde daban cobijo a las víctimas. Pude ver cerdos, jabalíes, gatos, perros, gallinas, cabritas, ovejas, alguna vaca… Pero al llegar a una zona específica, Carmiña, que ejercía de anfitriona, me dijo: Vas a ver algo que te va a sorprender mucho, pero no puedes comentar nada en el pueblo por seguridad.

Sorprendida y contrariada, accedí al interior. Estaba muy oscuro y mi visión era casi nula a pesar de colarse la luz exterior a través de una ventana. No sabía lo que debía buscar ni lo que me iba a encontrar, pero delante iba ella. Comenzó a llamar cariñosamente a una hembra. Escuche unos sollozos, mi poca información del mundo animal me dijo que parecían de perro. Ella se agachó y comenzó a acariciar al animal; yo estaba llegando y seguía con la curiosidad. Cuando me encontré al lado de Carmiña, ¡mi sorpresa fue mayúscula! ¡Allí estaba mi querida Wendy! Y lo mejor de todo es que ¡me reconoció! No paró de darme lametazos por un buen rato y yo de acariciarla y abrazarla llorando a la vez de alegría. Cuando pude sobreponerme de la emoción comencé a lanzar una batería de preguntas: Pero ¿qué hace aquí? ¿Cómo llegó? Si la daba por muerta… Ella me contestó: Al pegarle un tiro el malnacido la hirió. El animal como pudo escapó, yendo a parar la cuadra de María días después, a las afueras de la aldea. De allí la trasladamos aquí, donde ha recibido la atención necesaria y ahora se está recuperando muy bien aunque le ha costado bastante por la gran cantidad de perdigones incrustado en su cuerpo.

Cuando Wendy nos lo permitió proseguimos la visita, eso sí,  no se separó de nuestro lado ni un instante. Pude hacerme una ligera idea de la titánica envergadura que tenían por delante, algo similar al enorme trabajo de concienciar contra la violencia de género durante décadas. Según me explicó, de la misma manera que habían llegado a ser un punto de referencia en ese campo, iban a lograrlo en la ayuda a los demás seres vivos, porque los animales sufren mucho más a manos de los maltratadores y sin posibilidad de librarse de ellos ni de alzar su voz.

Después de tranquilizarse un poco Wendy me remangué y me puse a ayudar. Llegó la hora del regreso. Durante el trayecto no paré de hacer preguntas sobre el refugio, y así supe que se sostenía económicamente gracias a las donaciones voluntarias y a las manualidades realizadas por las más mañosas vendiéndolas en los mercadillos. El tema veterinario se sufragaba con las ayudas de los centros a los que acudían donde les cobraban solo el material o a veces ni eso.

El terreno y las precarias instalaciones las había cedido el Concello con el propósito de que las víctimas pudieran hacer terapia. En una edificación grande, pero bastantes lustros acuestas. Habían adecuado unas estancias donde convivían algunas de las compañeras que no tenían a dónde ir o que por seguridad habían huido de su hogar con su mascota, no pudiendo ser acogidas en las casas habilitadas por las diferentes administraciones a causa de la prohibición legal de tener “animales de compañía”. De esa manera recibían auxilio y el refugio contaba con vigilancia las 24 horas. Todo era muy humilde, sencillo, básico, obligándoles a agudizar el ingenio para aprovechar todos los materiales que los vecinos desechaban, reutilizándolos.

La iniciativa estaba muy limitada porque en aquellos lares no se estilaba adoptar animales provenientes de maltrato, y no había manera de darles un hogar dejando libre una plaza en el refugio para dar ayuda a otro.

Como deseaba ver y disfrutar de la compañía de Wendy, además de ayudar al resto, sin pensarlo dos veces me uní al grupo.

Un día, de regreso a casa Claudina, con su energía característica, me dijo:

  • Neiniña, no te pienses que ésta es la única ayuda que damos a los animales en esta tierra. Hay muchos fuera de aquí que también la reciben.
  • ¿Ah, sí, ayudáis a más? – pregunté.
  • Sí, mi niña. Están los gatos que sobreviven en las aldeas; vistos como simples plagas. Utilizados únicamente para tener a raya a los ratones y como la distracción de mentes retorcidas y enfermas maltratándolos o envenenándolos.
  • Y ¿cómo lo hacéis?
  • Tenemos puntos en cada aldea, y las del grupo que viven allí se cuidan de alimentarlos, esterilizarlos y controlar que no enfermen aplicando el método CER-M (Captura, Esterilización y Retorno y posterior Monitorización).
  • En nuestra aldea no lo he visto…
  • Porque los puntos de comida los tenemos en lugares discretos y escondidos pasando desapercibidos y no llamando la atención. Los hemos distribuido entre las cuadras abandonadas que tenemos las tres, y así están tranquilos y seguros. Además, utilizamos materiales donados para hacerles camitas calentitas para el duro invierno.
  • Pues me gustaría ayudar también.
  • Tranquila, en cuanto caiga la noche pasamos por tu casa, te enseñamos dónde está y ves lo que hacemos.

Ésa fue la primera noticia sobre “colonias de gatos rurales”. Cuando acompañé a Claudina, María y Carmiña esa noche, quedé asombrada al ver cómo de golpe, al simple ruido de sus bolsas, aparecían un puñado de gatos como mi Garfield con sus rabitos tiesos de alegría y rozándose con nuestras piernas esperando su ración diaria de latita.

De casualidad hubo algo que me sorprendió, todos tenían una muesca en una de las orejas. Como no sabía el significado las pregunté. Me comentaron que es la marca internacionalmente aceptada de esterilización, así pueden distinguirlos fácil y rápidamente de los nuevos miembros llegados a la colonia.

Desde aquella noche no falté ni una. No podía ver lo duro del el invierno allí y quedarme de brazos cruzados sin poner mi granito de arena para hacérselo más llevadero.

La frustración se fue apoderando de mí al ver la envergadura de la labor llevada a cabo por un simple puñado de mujeres muy limitadas en recursos y con poca o nula preparación. No paraba de darle vueltas a la situación. ¿A dónde podía dirigirme para buscar ayuda?

Gioconda Belli (escritora nicaragüense) dijo: ‘La Solidaridad es la ternura de los pueblos’. Y debe ser una característica de los humanos hacia el resto de nuestros compañeros de planeta.

A %d blogueros les gusta esto: