Capítulo 17

VALOR

A todo esto, la situación que me llevó a tener contacto con todas aquellas mulleres (perdonen los galleguismos, pero en este valle tan cerrado al final hasta a una urbanita como yo se le pegan) dio un cambio radical. Yo ya no era la sumisa víctima de los cambiantes estados de ánimo de su pareja. Y él (que estaba beneficiándose de los efectos la terapia) ya no era el macho dominante que tiene en casa el pozo –cosificado en un cuerpo femenino- donde verter todas sus ansiedades y frustraciones.

Pasaba fuera gran parte del día. Coincidíamos por la noche y mientras preparaba la cena (o mejor: calentaba algo en el micro) intercambiábamos algunas palabras y frases escuetas. Al no estar ya sumida en aquel agujero negro de insatisfacción, humillación, maltrato y desatención, había recuperado parte de mi energía vital característica. Iniciaba las conversaciones y seguía contándole los progresos que íbamos haciendo en el refugio, los proyectos, etc. Él escuchaba con rostro y ánimo alicaído.

El almacén de la casa de sus padres estaba lleno de útiles de labranza heredados de sus antepasados. Se me ocurrió ir restaurándolos (en el poco tiempo libre que me quedaba) para poder lucirlos a modo de museo cuando tuviéramos el nuevo refugio construido. ¡Qué mejor manera de integrarlo en el entorno que mostrando los aperos usados por los habitantes tiempo atrás! Ya había visitado la famosa cantina del valle y visto algunas maneras de reutilizarlos como decoración, y estaba dispuesta a mostrar ese legado adaptándolo a las necesidades modernas, sin olvidar la correspondiente placa donde se explicara brevemente qué era y para qué se utilizaba antaño.

Al pedirle permiso no se negó, incluso me dio la impresión de que lo tomó como una especie de venganza contra el causante de todo su sufrimiento.

Fueron algunas las veces –a su llegada- que me pilló atareada con la restauración apuntándose a ayudarme, explicándome para qué servía cada uno. Yo, como buena estudiante de universidad, dejé una libreta y un bolígrafo cerca para ir tomando las notas pertinentes, pues ‘vale más un lápiz corto que una memoria larga’.

Un refrán dice: ’Quien teme la muerte no goza la vida’. El valor es imprescindible para tomar decisiones en momentos difíciles y no quedarse estancado.

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