Capítulo 2

OBEDIENCIA

El Doctor era un señor mayor. Llevaba por aquellos lares toda su vida pues nació cerca, marchó a la ciudad a cursar sus estudios de Medicina y volvió con su vocación bien clara: ser médico rural y cuidar de su gente.

En todos los años de profesión había podido ver claramente el patrón que seguían sus conocidos vecinos y los efectos provocados en las sumisas y sufridas víctimas, percibiendo enseguida la situación, aunque yo ni lo intuyera.

Le pidió que nos dejara a solas y entonces comenzó a hacerme preguntas. Eran muy delicadas, sutiles y bien pensadas. Su consejo sonaba a música celestial: debía esforzarme por salir de esa situación, aunque eso no iba a ser fácil. Como ayuda me pautó unas vitaminas para recuperar las fuerzas perdidas por este maltrecho cuerpo. En cuanto me lo permitieran, debía levantarme de la cama, salir a la puerta de la casa y descansar en el banco, contemplando el trajín diario de los escasos vecinos. El resto lo harían el sol primaveral recién llegado y la brisa fresca.

A pesar de mi débil estado hubo algo que llamó poderosamente mi atención: fue la recomendación de entablar pequeñas conversaciones con las vecinas porque seguro que eso contribuiría a acelerar la recuperación. Yo no entendía cómo podían ayudarme unas mujeres ya entradas en años, ancladas en tiempos remotos y acostumbradas a sobrevivir en estas duras tierras.

Al terminar su visita abrió la puerta de la habitación y procedió a darle una serie de instrucciones con un tono serio y tajante, él respondió agachando la cabeza y asintiendo.

Como dice un refrán: “Obediencia y paciencia son la mejor ciencia”. Y de eso el galeno sabia bastante.

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