Capítulo 21

AYUDA

Una de tantas mañanas en las que mi primera labor era leer todos los emails recibidos, quedé sorprendida con uno en especial. Provenía de la facultad de Psicología. Un profesor había hablado largo y tendido con mi tutor y quería hablar conmigo para proponernos algo. Le llamé y me comentó sobre un proyecto aprobado y subvencionado por la Universidad  para desarrollar en nuestro valle. Me explicó en qué consistía: De la misma manera que allí teníamos un grupo de terapia para las víctimas y tomando como referencia el ‘Pacto de estado Contra la Violencia de Género’ donde en su punto 190 dice lo siguiente: ”Impulsar con las Comunidades Autónomas competentes en la materia la asistencia psicológica a los agresores desde el momento de la denuncia, para reducir el nivel de estrés y agresividad y prevenir daños a la víctima”*; sería positivo tener un grupo de terapia para los maltratadores porque eso les ayudaría a rehabilitarse también. (Aunque –como siempre- hasta en este aspecto también nos adelantamos como se verá más adelante).  Pero antes de tomar una decisión quería saber nuestra opinión al respecto, por si preferíamos que siguieran yendo al centro de la capital, distante muchos kilómetros y muy limitado en horas y medios. Le agradecí el interés y quedé en responderle cuando supiera la opinión de todas las compañeras.

 Lo comenté en el grupo y, a pesar de haber algunas no muy conformes,  decidimos darle una oportunidad y ver cómo se desarrollaría ese proyecto.

El Concello dio todas las facilidades, incluso habilitando unas dependencias donde tendrían una pequeña sala de reunión y un apartamento para el psicólogo director del proyecto donde viviría el tiempo que durara.

Como es normal, los medios de un Concello pequeñito gestor de innumerables aldeas perdidas y repartidas por un valle tan grande son muy limitados. Nos pusimos manos a la obra y tiramos de contactos, solicitando materiales desechados para adecuar las instalaciones. Conseguimos sillas provenientes de un instituto cercano que habían cambiado gracias a una subvención (su estado era muy bueno), el proyector de una biblioteca municipal de Lugo y enseres para el apartamento del psicólogo donados por personas de la comarca.

Llegó el día de la llegada del psicólogo. Fuimos a la estación más cercana de tren (San Clodio-Quiroga) a recibirle; ni qué decir tiene que era un viaje largo. Como por aquí no aterrizan aviones ni pasa el AVE la única manera de llegar es el tren convencional; doce horas de largo trayecto con alguna avería incluida transportando al viajero del siglo XXI a inicios de la segunda mitad del siglo XX. Cuando conseguimos averiguar quién era de entre los pocos viajeros apeados en la estación, le dimos la bienvenida y marchamos de vuelta hacia el apartamento, pasando otra vez por las famosas curvas, poniendo a prueba hasta el más duro de los estómagos. Durante el viaje le fuimos preguntando si se mareaba, más que nada para no terminar todas salpicadas de un repentino vómito. Por si las moscas decidimos hacer alguna parada para estirar las piernas, irse familiarizando con el paisaje y el aire fresco de las montañas despejara el posible mareo.

Era un psicólogo joven y a primera impresión bastante tímido. Para complicar más la situación, se trataba de un catalán nacido en el Pirineo, se expresaba en “catañol” (mezcla de catalán cerrado de Lleida y español) y venía a una zona donde se habla el gallego más cerrado de las montañas.  Solo conseguimos sacarle monosílabos como respuesta a nuestras preguntas, entre ellas su nombre, Francesc (Francisco). Le dije que, sintiéndolo mucho allí, para evitar problemas con los idiomas sería Paco, si quería facilitar las cosas y ahorrarse dar largas explicaciones sobre la traducción del nombre y su complicada pronunciación para estas gentes aldeanas. Le dejamos descansar en su apartamento después de tanto trote y quedamos en recogerle al día siguiente para mostrarle su nuevo lugar de trabajo.

Fue muy madrugador, ya nos estaba esperando en la calle cuando llegamos. Le enseñamos la sala donde se reuniría con su grupo y le hicimos un tour por el refugio, donde pudo ver nuestro trabajo in-situ. El descanso en estos lares dió la impresión de haberle hecho más expresivo y un poquito más comunicativo, aunque no demasiado. El único problema era la conexión a internet, tendríamos que compartirla. Preparé un espacio en el pequeño despacho donde pudiese trabajar cuando lo necesitara.

No se hizo esperar mucho. A la mañana siguiente, para mi sorpresa, ya estaba allí cuando llegué. Por lo visto había madrugado bastante, pues ése era su proyecto y no quería dejar nada al azar. Wendy estaba tumbada a sus pies, aunque él no parecía hacerle mucho caso.

Pasaron las semanas. El grupo de terapia se puso en marcha y las visitas de Paco eran diarias preparando la información de las sesiones, casi pasaba desapercibido por lo callado que era. Uno de esos días me aventuré a preguntarle por el que era mi pareja, integrante de su grupo fruto de mi recomendación. Su respuesta, en vez de disipar mis dudas intentado escuchar lo que mi subconsciente quería oír, disparó en mi mente un sinnúmero de pensamientos contradictorios. Por lo visto, no terminaba de asumir y aceptar la realidad vivida desde pequeño. Le costaba reconocer la verdad,  llamar a sus padres por lo que verdaderamente habían sido: él, un maltratador, y ella, su  víctima. La terapia le iba sumiendo en un hermetismo impenetrable. Era como si estuviera en mitad de una tormenta en el océano, perdido, sin rumbo fijo.

Como el trabajo en el refugio era mucho me quedaba muy poco tiempo libre. La verdad sea dicha, el mismo que teníamos cuando estaba confinada en la casa, solo que ahora yo pasaba el mismo tiempo ocupada todo el día. Cuando coincidíamos gastaba el poco tiempo en intentos de entablar una conversación, lo menos parecida a un interrogatorio… a pesar de recibir monosílabos por respuesta.

Uno de esos días en que la ley del “maldito” Murphy se cumple a rajatabla, complicándose todo sobremanera, Paco soltó una frase corta frenándome en seco y dejándome con la cabeza llena de esas ideas fugaces pasando a la velocidad de la luz. Dijo:

  • Creo que necesitáis ayuda.

En mi mente no paraban quietas cuestiones como: ¿De dónde la íbamos a sacar? ¿Quiénes nos podían ayudar? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Al ver que me había quedado en shock, añadió:

  • Llevo semanas observando vuestra labor aquí; hacéis demasiado trabajo vosotras solas. No es bueno, porque la terapia de ayuda tanto para vosotras como para los animales termina siendo una carga agotadora hasta la extenuación, privándoles a ellos de recibir su necesaria dosis de cariño y mimos imprescindibles para su recuperación.

¡Y se quedó tan pancho!

Paco tenía la cualidad de acelerar mi cabeza. Una de sus peculiaridades era la de pasar en un solo instante de esa timidez que raya casi con la mudez a soltar afirmaciones equiparables a sentencias firmes, logrando descolocarme del todo. Algo no estábamos haciendo bien por desconocimiento… ¿y qué era? Me armé de paciencia y le pregunté:

  • ¿Tienes alguna idea, consejo o solución? ¡Porque yo ya tengo el cerebro derretido de tanto pensar!
  • Esa ayuda necesaria la tenéis más cerca de lo que pensáis.
  • ¡Vamos Paco, suéltalo de una vez que me van a estallar los sesos!
  • Tranquila, dona (mujer en catalán). El refugio necesita un mantenimiento constante. Ese trabajo requiere conocimientos de construcción y rehabilitación para irlo adecuando a vosotras, minimizando vuestro esfuerzo físico, porque cualquier despilfarro de energías es un lujo que no podéis permitíos. Quedaréis extenuadas y al final caeréis enfermas por largo tiempo.
  • ¡Vale, eso lo ve hasta un ciego, Paco! –interrumpí.
  • Déjame terminar y lo entenderás. Éste es un lugar especial donde además de cuidar animales se hace terapia como recuperación de una situación grave de maltrato. Vuestro objetivo debe ser ése: centraros en reparar los daños causados por los maltratadores, ellos son los responsables de que esto haya llegado hasta aquí, comprens (comprendes)?
  • Eso hace tiempo que lo entiendo; lo que no veo es a dónde quieres tú llegar.
  • Ara hi arribo (ahora llego). Los responsables de esta situación han de involucrarse en solucionar los problemas ocasionados. Mi propuesta es que los integrantes de mi grupo de terapia sean los encargados de mantener y mejorar las instalaciones del refugio. Eso les pondrá frente a la realidad causada, y el esfuerzo duro les hará desechar cualquier atisbo de repetirlo en el futuro. Será un trabajo doblemente útil, para vosotras y para mí, porque, como dice el dicho, una imagen vale más que mil palabras, y la imagen del coste que tiene esa ayuda, económico, emocional y físico –resarciendo los efectos causados por su violencia- seguro supondrán un fuerte golpe interno haciéndoles reaccionar.

Quedé paralizada. Mi cabeza estaba peor que una olla a presión. Acababa de proponer una solución para nuestro agotamiento extremo pero me invadían un montón de dudas y preguntas. Él, ajeno a mi terremoto mental, apostilló:

  • Ahora estás bloqueada y tendrás muchas dudas, llevo semanas preparando este proyecto y ha sido supervisado y aprobado por la Universitat (Universidad).

Él se quedó bien a gusto y yo con un terremoto, un tsunami y un volcán en erupción juntos en mi cabeza.

Transcurrieron los días y, como el proyecto de Paco era algo que iba a afectar a todas, nos visitó una tarde después de nuestra sesión de terapia. Al principio las caras de sorpresa fueron mezclándose con las de temor: algunas seguían conviviendo con los que habían sido sus maltratadores, pero otras no. Según fue aclarando, las dudas al final se transformaron en caras de alegría, alivio e ilusión. Los hombres harían las labores de mantenimiento una vez por semana, y ese día sería el sábado porque ellos tienen fiesta en la louseira (cantera) y nosotras estamos fuera en el mercadillo de la comarca vendiendo nuestras manualidades y difundiendo nuestros adoptables. Paco sería el encargado del grupo de obreros y la lista de trabajos se la pasaría yo. Tema cerrado y problema resuelto.

Todo hay que decirlo, fuimos un poquito meigas (brujillas) con los trabajos. Les encargamos cimentar bien las vallas de los cercados para que aguantaran mucho y reparar todas las puertas. También acondicionar espacios para que en invierno nuestros acogidos tuvieran un lugar seco y protegido donde resguardarse de la humedad, el frío y la lluvia, adaptado a las necesidades de cada especie. Incluso les encargamos la instalación con punto de agua en cada cercado ahorrándonos el agotador transporte de cubos para limpiar y reponer los bebederos.

Otra necesidad imperiosa era poder aligerar las cargas transportadas, otro trabajo sería allanar los pasillos de acceso a las diferentes instalaciones y alicatarlos con adoquines que el Concello sacaba de la vía pública cuando efectuaba obras de reparación. Eso evitaría que quedásemos hundidas en el fango durante las interminables semanas lluviosas. De esa manera podríamos transportar en un solo viaje las comidas y materiales necesarios a la ida, volviendo con las basuras a la vuelta. También nos trajeron unos contenedores de basura que un supermercado cambió a pesar estar en perfecto estado donde cargábamos todo lo necesario.

     Huelga decir que con unos operarios tan numerosos como nosotras y tan bien dirigidos por su psicólogo Paco en poco tiempo las mejoras aliviaron nuestro esfuerzo físico de manera notable. Los trabajos que continúan realizando han convertido el lugar en un paraíso. Cuidar de los acogidos es tan gratificante que hasta parecemos ‘privilegiadas’ porque todo se ha diseñado y montado minimizando el trabajo que tenemos que realizar recayendo lo más pesado siempre en ellos.

Como dijo William Sakespeare: ‘No es bastante levantar al débil, es necesario aún sostenerlo después’. Nosotras –como víctimas- éramos las débiles que necesitábamos ayuda y sostén.

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