Capítulo 22

LA DECISIÓN

Uno de esos días en que la rutina se empeña en escribir líneas similares a los anteriores, la casualidad, el destino, los sentimientos o el azar se encargaron de emborronarlo todo. Él, como cada noche, llegó a la cena. Estaba preparada y lista para tomar. Se repitió el mismo ritual, y cuando estábamos sentados tomando un buen tazón de sopa calentita dijo: Tenemos que hablar.

Esa frase escueta me sonó a despedida, fin de un ciclo o a conclusión de un relato.

Reconozco haber hecho muchas cosas mal. Huí de aquí creyendo que a alejarme de este lugar, los fantasmas de esta casa no me seguirían. Una vez allí me propuse iniciar una nueva vida, totalmente diferente de la anterior en la aldea.

Pensé incluso en tener una familia… una diferente, donde todo fuera paz y amor y los sufrimientos del pasado no tuvieran cabida. Llegué a aquella inmensa mole de asfalto y ladrillo dispuesto a iniciar una nueva etapa. Nuevo trabajo, entorno totalmente diferente, ciudad moderna, abierta…

Me agarré a lo primero que me salió, y como no me daba para alquilar un piso me conformé con una habitación. Allí fue donde te conocí. Aunque tú no lo sabías, yo siempre te observaba. Veía como te desenvolvías en la gran ciudad y me causaba admiración. Sabía que una mujer como tú no estaría dispuesta a pasar por ciertas situaciones y pensé en tí como una buena compañera porque ahuyentarías todos mis miedos. Por eso cuando comenzamos a conversar vi el cielo abierto.

Pero al quedarnos los dos sin trabajo todo mi mundo se hundió. Las oscuras sombras del pasado comenzaron a acecharme de nuevo. No sabía qué hacer o a dónde ir. Volver no entraba en ninguno de mis planes, sería como reabrir viejas y dolorosas heridas que creía haber cicatrizado con mucho esfuerzo. Pero como el azar es tan caprichoso, no quedó otra salida. Intenté convencerme de que traerte al hogar familiar sería diferente, porque los actores éramos otros y la época distinta. Ése fue mi primer y principal error.

Quise convencerme de que todos esos factores auyentarían los fantasmas del pasado acechando a mi alrededor. Muy a mi pesar solo sirvió me hizo ver la realidad; ellos no habitaban en un lugar exterior, sino en mi interior, aletargados esperando la ocasión más propicia para entrar en acción.

Empecé a sumirme en una amargura interna, solo se apaciguada con orujo y en la cantina. Aunque al llegar aquí formaban un cóctel peligroso, provocando su afloramiento con más facilidad. Solo gracias a tu determinación pude dar el paso necesario y empezar a mantenerlos a raya.

Ahora, soy consciente de que ellos me acompañarán durante el resto de mi existencia y en el momento menos esperado aparecerán detrás de mí cual sombra tenebrosa al acecho. Por eso no quiero volver a condicionar la vida de nadie más perpetuando esta pesadilla heredada.

Estoy en deuda contigo al haberme ayudado a ver mi realidad, por dura que sea, pero también por todo el daño causado. Sé que en tu gran bondad ya me has perdonado pero no estoy dispuesto a tenerte atada a mí por pena o compasión. Mereces ser muy feliz. Este proyecto te ha devuelto el brillo a los ojos y rodeándote de gente maravillosa, como tú. Yo necesito alejarme de aquí, poner tierra de por medio. Iniciar una nueva vida en otro lugar donde pueda seguir recibiendo la ayuda necesaria.

He hablado con Paco y me ha dado el contacto de un grupo cerca de su universidad. En cuanto me salga un trabajo, marcharé de nuevo a Barcelona. Tú no te preocupes por nada. Tienes esta casa a tu servicio el tiempo por tiempo indefinido. Entiendo quieras cerrar estas puertas y ventanas alejándote de los fantasmas encerrados entre estas paredes.

No supe qué decir. Seguí tomando la sopa, intentando tragar poco a poco toda aquella confesión en un titánico intento de digerirla. Esa noche no pegué ojo. Mi cabeza era un mar de dudas. A la mañana siguiente, cuando me miré en el espejo, ¡quedé horrorizada! Las ojeras eran tremendas. Tiré de maquillaje y marché en dirección al refugio.

Paco ya estaba allí, como era habitual en él. Al verme intuyó lo ocurrido, pues a su escueto “Bon día (buenos días)” habitual añadió un “has dormit poc” (has dormido poco). Mis escasas energías me impidieron contestarle. Así pasamos casi toda la mañana, hasta que rompió el hielo: Anit segur que va parlar amb tu (anoche seguro que  habló contigo).

Esa frase me contrarió y le pregunté:

  • ¿Cómo lo sabes?
  • Porque lleva días hablando conmigo sobre el tema y le he aconsejado cómo y cuándo hacerlo.
  • Vaya, así me quedo más tranquila. –contesté.
  • Es lo mejor para los dos: él ha de digerir muchas cosas, hacer los cambios pertinentes y adaptar su vida para que los fantasmas no vuelvan a controlarle, y tú has de vivir la tuya, ir tras tus proyectos y dejar atrás las malas experiencias.
  • Ya, pero ahora tengo la cabeza como un bombo.
  • Normal. Aunque no es tan difícil como piensas. Primero has de tener claro lo que quieres hacer y después tomar las decisiones oportunas.
  • Consejitos de psicólogo. – le repliqué.
  • Veiem (Veamos),¿tú quieres quedarte aquí y seguir contribuyendo a este proyecto?
  • ¡Pues claro!
  • Entonces lo más difícil está solucionado.
  • Vuelta con la Psicología. –musité entre dientes.
  • Si te quieres quedar, solo has de decidir el dónde.
  • Ése es el problema, no lo tengo.
  • Pues no es ningún problema. Él anoche te ofreció su casa aunque intuyo tus reticencias, los miedos a los malos recuerdos. Escoge la otra opción.
  • ¿Cuál? – pregunté.
  • ¡Acabáramos! Se le olvidó comentártela. Como intuíamos tu reacción, estas semanas pasadas él se ha encargado de adecuar en la parte de les golfes (las buhardillas) que quedaron sin acondicionar del refugio un pequeño apartamento donde vas a poder vivir, sin muchos lujos, con Wendy y Garfield.

Como siempre, Paco me volvió a dejar sin palabra y con la cabeza a mil por hora.

  • Vine, dona (ven, mujer), te lo enseñaré, y luego decide, no estás obligada a res (nada).

Cuando Paco abrió la puerta del apartamento quedé maravillada al ver todo su esfuerzo. Un lugar abandonado, viejo y casi ruinoso había llegado a ser un apartamento de estilo rústico, pequeño pero muy acogedor. Tenía unas ventanas desde donde se divisaba todo el refugio. Contaba con una sala de estar amplia y una cocinita abierta, separadas por un mostrador central. Colgaban del techo unas cadenas sosteniéndo la lámpara realizada a partir de una rueda de carro antiguo; debajo había una mesa hecha con un trillo y un vidrio en la parte superior, sostenida por unas patas de forja. La rodeaban dos sillas de anea por un lado y un banco de madera esquinero por el otro. Las paredes estaban decoradas con losa de la louseira (cantera) en la que trabajaba. Había colgado en una de las paredes un yugo y diversas herramientas restauradas para trabajar el campo. En la cocina supo poner lo realmente útil para mí: el microondas (compró uno bueno). La chimenea era muy moderna, enseguida miré a Paco con cara de pocos amigos.

  • Tranquila, dona (mujer), no hemos sacado ni un cèntim (céntimo) del presupuesto del refugio. Todo lo que ves ha sido ideado y pagado por él. ¿Recuerdas vuestras largas conversaciones en la ciudad?
  • Y tú, ¿cómo sabes eso?
  • Él conoció todos tus gustos porque durante vuestros paseos, antes de venir aquí pasasteis por muchos escaparates donde te parabas a mirar las cosas que te interesaban; se lo pusiste bastante fácil.   

Seguí observando. El dormitorio era una zona separada por una media pared, posibilitando la entrada de luz natural colándose por encima. El cabezal de la cama era de un hierro negro forjado precioso, un antiguo baúl lucía a los piés de la cama. En una pared lateral estaba el armario rústico con unos espejos biselados maravillosos en ambas puertas. Todas ésas cosas estaban en el almacén de la casa de sus padres y yo quería aprovechar luciéndolas restauradas en el refugio, pero se me adelantó conociéndo mis gustos y restauandolas con esmero. La lámpara era un viejo cedazo reutilizado. El baño era minúsculo aunque tremendamente funcional; tenía una buena ducha, como la de casa de mis padres, ¡algo que echaba tanto de menos…! No faltaba detalle. Incluso había adaptado una pequeña cubeta metálica antigua donde se transportaba la comida sobrante en las casas para alimentar a los animales de la granja como pica de lavamanos, un espejo de metal de la época hacía su servicio.

Tenía claro que cuando saliera de la casa de sus padres no iba a llevarme nada, comenté. Sonreí pensando que sería más temprano que tarde.

No pasaron muchos días cuando una noche, mientras cenábamos, sacó el tema de su marcha. Había encontrado un trabajo bastante interesante cerca de Barcelona. Le permitiría subsistir y seguir asistiendo a la terapia de la Universidad. En pocos días haría las maletas y se iría. En vista de las circunstancias decidí mudarme lo más rápido posible al apartamento en el refugio.

Aproveché un fin de semana y la ayuda de algunas compañeras para el traslado. Antes de hacer el último viaje me dirigí hacia donde estaba con el objetivo de despedirme. Le agradecí la ayuda que me había dado, pero él, cargado con el peso de la responsabilidad y la culpabilidad, me reiteró su pesadumbre por haber sido un lastre en mi vida y me reiteró su idea de merecer alguien mejor a mi lado. Cuando nos fundimos en el último abrazo de despedida, me susurró al oído: Paco es buen tío, muy polaco (así llaman el resto de españoles a los catalanes) pero con un gran corazón. Él te ayudará mucho, hazle caso y déjate llevar.

Esas palabras se grabaron en mi mente como a fuego; una y otra vez se rebobinaban en mi cabeza, repitiéndolas cual disco rayado, sin llegar a comprender el motivo.

Haroldson Hunt (magnate del petróleo americano) dijo: ‘Decide lo que quieres, decide lo que estás dispuesto a dar a cambio. Establece tus prioridades y ponte a trabajar’. Y eso es lo que hice. Decidí trasladarme y comencé a trabajar para lograrlo.

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