Capítulo 23

SORPRESA

Uno de esos días que el teléfono no para de sonar, poniendo mis nervios a prueba, lo agarré agotada y con la oreja colorada, casi fundida con el auricular. Después de hacer el saludo de rigor oí una voz familiar. ¡Era mamá! ¡Qué sorpresa y alegría!

Cuando pude calmarme -y después de lanzar a modo de metralleta un montón de preguntas- me comentó que mis hermanos, mi padre y ella habían buscado un hueco en sus agendas para hacerme una visita sorpresa en las cercanas navidades. Querían que estuviéramos todos juntos esas fechas tan señaladas, que les contara y ver de haberme quedado en estas perdidas tierras gallegas. Por lo visto seguían por internet el día a día del Refugio, se habían hecho fans de nuestras redes.

Como era normal en mí, comencé a ponerme nerviosa. ¿Dónde se alojarían durante su estancia? ¿Sería favorable su parecer sobre mi labor aquí? ¿Lo aprobarían?

Esa desazón se colocó en mi estómago y, cerrándolo cual muralla medieval protectora de la ciudad,  no dejaba entrar ni un solo bocado.

Llegó el día. Los fui a recoger a la estación de tren de Quiroga-Sanclodio. Cuando bajaron del vagón corrí hacia ellos y nos fundimos todos en un abrazo tan interminable como fuerte. Les ayudé con las maletas y marchamos hacia el refugio, donde se instalarían aprovechando algunos apartamentos vacíos por las fiestas.

Al pasar todo el día en el tren y llegar entrada la noche, les enseñé sus apartamentos para que colocaran lo indispensable, se dieran una ducha relajante con esa agua milagrosa proveniente de las montañas y después cenar tranquilamente.

Ya en la mesa no pararon de preguntar. Había tanto para contarles y tan poco tiempo que no sabía por dónde comenzar. Tampoco quise abrumarlos con muchos detalles, ya habría ocasión de minuciosas explicaciones. Terminamos tarde y nos fuimos a dormir agotados pero emocionados.

A la mañana siguiente les hice un tour por las instalaciones del refugio. Les fui presentando a las diferentes compañeras y, sobre todo, a mis tres queridas amigas. Mis padres, estando al tanto de toda la historia, no pararon de agradecerles todo lo que habían hecho por mí en ese tiempo. Ellas se afanaban en quitarle importancia repitiendo, cual estribillo de canción navideña pegadiza, que el mérito era mío y que era una chica con un corazón inmenso. También les presenté a Paco, aunque preso de su peculiar timidez no articuló mucha conversación.

Según transcurrieron los días las conversaciones adquirieron profundidad. Esa semana repartí mi tiempo entre el trabajo en el refugio y ellos, así vieron de primera mano nuestra rutina diaria y la estrecha colaboración. Durante las comidas se interesaron por los detalles de mi sufrimiento, al oírlos a duras penas conseguían limpiarse las lágrimas que brotaban de sus ojos, embargados por la emoción de las vicisitudes.

Llegó la última noche antes de su partida. Yo ya les había contado todo lo que querían saber. Ahora era su turno. Necesitaba estar al día sobre sus vidas y sentimientos. Mis hermanos habían terminado sus respectivas carreras y estaban trabajando. En uno de los silencios cuando has de ir disfrutando de los manjares preparados para la ocasión, pregunté a mis padres por sus respectivas vidas. Su reacción llamó poderosamente mi atención. Instintivamente se miraron mutuamente como para decidir quién de ellos rompería el hielo. Clavé mi mirada de manera alternativa hasta que mi padre comenzó a balbucear cual quinceañero pillado in fraganti. Me contó que a pesar de la separación y de los ajetreos propios de la gran ciudad habían seguido teniendo muy buena relación y amistad (la prueba era tenerlos allí a los dos juntos, en un viaje y compartiendo el mismo apartamento).

Esa relación tan cordial y estrecha les había ayudado a darse cuenta de todas las cosas en común por lo que continuar luchando. Yo, en mi tremenda ingenuidad, me emocioné; me parecía maravilloso que siguieran llevándose tan bien, aunque yo quería saber si ya tenían otras parejas. Sus miradas volvieron a juntarse intentando dirimir quién de ellos sería el que respondería. Mi madre, siendo clara y sin cortapisas, decidió tomar la palabra con la siguiente frase:

  • Hija, lo que tu padre quiere decirte es que hemos vuelto a ser una familia otra vez.

Presa de una dosis extra de ingenuidad comenté:

  • Ya veo vuestra buena relación, habéis venido los dos juntos a verme.
  • No, hija, tu madre no se refiere a este hecho puntual; se refiere a que volvemos a estar juntos como matrimonio. – puntualizó mi padre.  

¡En ese instante me pinchan y no logran hacer ni una mísera prueba de glucemia con mi sangre!

  • ¡Eso hay que celebrarlo! – apostillé, y cogiendo la botella de cava, alicaída hasta entonces en la mesa, llené todas las copas y lanzamos un brindis a la salud de la familia.

El día siguiente llegó el momento de la despedida. No parábamos de abrazarnos, intentando recuperar todo el tiempo transcurrido alejados. Mi madre me preguntó:

  • Hija, ¿y tú? ¿Tienes alguna pareja ahora?
  • No, mamá, estoy centrada en este trabajo que me llena y me da la vida. No tengo tiempo para pensar en amores. – le contesté.
  • Bueno, yo solo te digo que ese chico que se llama Francesc (Paco) se ve muy majo. Además, es un catalán de pura cepa, y solo hace falta mirarle cuando estás hablando para ver en sus ojos algo más que admiración por ti.
  • Mamá, te agradezco la información pero por ahora estoy servida. – contesté.

Nos fundimos en un último abrazo, subieron al tren y no me moví del andén hasta ver al convoy perderse por el horizonte.

Como cantaba Rubén Blades: ‘ La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida….’. ¡Y esta fue una de las más agradables!.

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