Capítulo 25

SENSACIONES

Hay días en los que todo sale al revés, el tiempo no acompaña, los problemas irresolubles se amontonan, la mente se satura perdida en un laberinto, pasan las horas y las energías imitan a la batería del móvil entrando en la zona roja predecesora del fin de la energía.

Paco al darse cuenta de cómo estaba, muy decidido me dijo: vamos a tomar algo. Me negué en redondo, no soy de esas que eluden sus obligaciones. Él cerró el libro de cuentas. Por desgracia es similar al resto de protectoras pues tiene siempre los números en rojo.  Cuando iba a recriminarle su gesto ya estaba muy cerca de mí y poniendo su pulgar en mi boca me obligó a callar. Tan solo dijo ‘no digas nada y ven’. Cogiéndome de la mano me levantó casi en volandas siguiéndole como buenamente podía. Nos dirigimos hacia el coche.

Antes de entrar en él recobré mi temperamento y comencé a ponerle todo tipo de excusas, enumerándole la gran cantidad de trabajo pendiente que tenía. Él –tan calmado como siempre- solo soltó por la boca ‘has de desconectar, verás cómo luego rindes más y solucionas los problemas con tu rapidez innata’.

Ya iba siendo habitual esta situación de bloqueo sobre todo como los años me iban cayendo cual sentencia inexorable. Mi estado general ya percibía otro más esperando al día siguiente para caer, significando menos energías restantes en mis reservas. Desde el inicido de esta andadura el paso del tiempo se había acelerado. 

Durante el resto del viaje intenté por activa y por pasiva convencerle. Intenté excusarme con la hora, era bastante tarde y solo me apetecía tomar algo caliente y caer rendida en la cama. Pero ajeno a todos mis pretextos siguió conduciendo. 

Llegamos a la cantina del río, era cerca de media noche, caía una helada que había dejado blanco todo el paisaje, iluminado por una gran luna llena. Me extrañó encontrarla abierta. De golpe se esfumó mi última opción para regresar a casa. Al ser viernes alargaban su horario habitual pues el sábado la louseira (cantera) da fiesta a sus operarios.

Paco pidió por los dos. Le habían hablado muy bien sobre una cerveza de castañas típica de este valle y quería probarla, accedí para acabar cuanto antes. Charlamos sobre mil cosas, con el refugio los temas nunca se acaban. Por el rabillo del ojo divisé el reloj de la pared del fondo, era medianoche en punto. Él al percibir mi cara demudada, consultó el móvil y dijo ‘ya es la hora’. La hora ¿para qué? le pregunté. Cogiéndome de la mano dijo ‘sígueme’ y comenzó a empujarme suavemente hacia la puerta del reservado. Dentro estaba oscuro, no veía nada. Cuando fui a abrir la boca para comunicarle mi deseo de marchar se encendieron todas las luces, cegaron mis ojos y un grito de ¡SORPRESA! ensordeció mis oídos momentáneamente. Al recuperarme del impacto repentino vi que aquello ¡era una fiesta por mi cumpleaños! Estaban mis queridas amigas (las responsables directas) y las colaboradoras de la Asociación. 

Después del riguroso ‘cumpleaños feliz’ o el ‘happy birthday’ re-versionado por la lengua de cada una de las allí presentes comenzó el baile. Todas –sin excepción- se encargaron de vigilar mi copa. Asegurándose de nunca estar vacía. Yo, en los primeros sorbos ya había comenzado a notar el efecto de las burbujas en mi cabeza. Me dejé poseer por esa sensación de alegría desmesurada. Una risa fácil y continua brotaba de mis adentros. No sé si era parte del efecto pero Paco parecía estar más desinhibido (y eso que al conducir no bebió alcohol), no dejándome parar ni un instante. Verlo bailar me sorprendió gratamente pues siendo tan serio no podía ni imaginarlo con ese desparpajo al moverse. 

Llegó el momento tarta. Las chicas se habían encargado de hacerla especial poniendo un toque personal. Era una mezcla explosiva de sabores dulces. Comenzamos a coger cada una su porción y como teníamos los sentidos bastante afectados por las burbujas terminamos todas con la cara manchada por la nata.

Después vino el momento hilarante de los regalos. Algunas, intuyeron cual sería mi estado. Los eligieron buscando provocarme el rubor; harto difícil pues el cava y la cerveza de castañas ya había aflorado en mis mejillas. Pero por si acaso eligieron artículos eróticos. Con el juicio seriamente afectado por las burbujas, le sacaba el punto chistoso a cada uno provocando las carcajadas colectivas.

La madrugada y el alcohol ya habían causado bastantes estragos en mí. Decidimos emprender la vuelta al Refugio. Por suerte Paco solo había bebido la cerveza de castañas horas antes y estaba sobrio, porque yo no atinaba ni a abrir la puerta del coche. Durante el viaje no paraba de mirar los regalitos subidos de tono y reírme a carcajada suelta imaginando cómo usarlos. 

Al llegar tuvo que ayudarme a salir del coche y a entrar a mi apartamento. No acertaba a abrir ni una sola puerta. En muestra de agradecimiento insistí que se quedara un ratito antes de marcharse a su alojamiento. Intenté buscar algo con alcohol para ofrecerle pero al no consumirlo habitualmente no compraba nunca.  Él me sorprendió con una botella de orujo del valle. La había traído expresamente desde la cantina a escondidas –algo bastante fácil dado mi estado-. Continuaba en la fase chistosa y picante creada en la fiesta y los artilugios eróticos repartidos por la mesa eran una tentación. Entre sorbito y sorbito comenzamos a imaginar cómo o en qué raras condiciones se podían usar. Las carcajadas se sucedían según íbamos cambiando de ‘aparato’. 

Con el tonteo de ‘este se usa así o asá’ comenzamos a acercarnos máxime cuando nuestras respectivas autodefensas estaban totalmente anuladas por la embriaguez. Cualquier roce que él me hiciera con uno de los artefactos provocaba en mi cuerpo un cosquilleo fulgurante, recorriéndolo en décimas de segundo desde la punta del pié hasta los cabellos de la cabeza. La temperatura iba subiendo, o quizás era nuestro fuego interior, obligándonos a desprendernos de partes del atuendo poco a poco. 

En uno de los tira y afloja con uno de esos vibradores decidí mostrárselo. Me tumbé en la mesa, ligerita de ropa como ya iba. Lo puse en marcha y comencé a pasármelo lentamente por mis piernas. Él, estando ya influido por el licor tampoco se quedó atrás. Decidió tomar cartas en el asunto y utilizar uno de esos geles de sensaciones e irlo extendiendo poco a poco. Comenzó por las plantas de los pies mientras yo seguía pasando el vibrador por mi abdomen camino de mis pechos. A la misma par, los ‘frotamientos’ se sucedían y la sensación era indescriptible. Notar las yemas suaves de sus dedos recorrer mis extremidades estaba avivando un fuego interior que por momentos me empujaba hacia el precipicio camino del abismo.

El ardor sin límite y su ‘arte’ me estaban metiendo en un mar de sensaciones desconocido hasta entonces para mí. Fue subiendo con el masaje por mis piernas camino del resto del resto del cuerpo. Yo ya no podía contener el virulento incendio interior. Bajé con el ‘juguete’ camino de mi entrepierna. Me desabroché el sujetador y lo lancé rápidamente al suelo. Era la penúltima prenda que me quedaba encima liberándole el camino para llegar con sus caricias sensuales a mis pechos.  Notar sus yemas rozando mis pezones con sutileza y sus manos frotando mis tetas con movimientos firmes y circulares subía mis pulsaciones a cada instante. El vibrador fue recorriendo mi piel bajando. Llegó al ombligo donde se dio varias vueltas. Paco, intuyendo mi intención los dejó momentáneamente y procedió a desposeerme de las braguitas –el último escollo para un desenfreno total.

Liberado el camino, el vibrador siguió hasta llegar a mi vagina impulsando otra tempestad de excitación. Aunada a las ya provocadas me lanzaron a una locura pasional desconocida. Él estaba centrado en potenciar mis zonas erógenas superiores y yo, a la misma vez, estaba concentrada en las inferiores.  Después de unos momentos placenteros en los que todo mi cuerpo se retorcía de puro placer llegó el zénit culminando con un apoteósico orgasmo acompañado de gemidos descontrolados como nunca antes. Mi cuerpo se inclinó de un lado al otro de manera incontenible, espasmódica.

Por un momento mi mente dejó de ser dueña convirtiéndose en esclava, soltando las riendas y lanzándome a lo desconocido, haciéndome sentir una descarga de energía, una relajación y un bienestar infinitos. Él viendo que había alcanzado el clímax dejó mis pechos para hacer con sus yemas unos sutiles roces (pases magnéticos) por todo mi cuerpo alargando todavía más el placer. 

Yo flotaba en el apartamento como si la gravedad hubiese desaparecido de golpe. Mi corazón seguía palpitando rápido y  sentía como mi sangre acelerada lo recorría todo.

Aprovechando ese estado volvió a comenzar con su ritual. Inició los masajes por mi cabeza calmando ese temblor libidinoso. Fue  recorriendo toda mi piel hasta llegar a los pies para centrarse en las plantas. Habiendo desoído todas las señales de alerta de mi conciencia -mermada por los licores ingeridos- y traspasado todas mis fronteras mentales decidí dejarme llevar de nuevo. Entonces se inició otro ciclo de sensaciones. Volví a sentir un fuego interno como el anterior y sin mover un solo dedo.

Mis manos estaban relajadas, mi mente libre de preocupaciones o interferencias y él -centrado en la misma zona- tocaba ciertos puntos, desatando por momentos otra ola de excitación y lujuria sin freno.  Yo -no logrando entender cómo mi deseo volvía a subir veloz y placenteramente- decidí seguir disfrutando. Al poco rato, después de aumentar mi tensión sexual de nuevo hasta el infinito estallé en otro largo y diferente clímax. Varias sacudidas de placer se sucedieron en mi cuerpo -cual terremoto de máxima escala- una tras otra. Días después concluí: ‘eso debe ser un multi-orgasmo’, algo que comentábamos con las amigas de la universidad pero ninguna había experimentado en la realidad.

Quedé relajada y desconectada. Con la sensación de estar fuera de la atmósfera terrestre. Paco me cogió en brazos y me llevó a la cama. Me arropó y se despidió de mí dándome un casto beso en la frente. Dormí todo el resto de madrugada sin despertar hasta mediodía. Cuando fui plenamente consciente de la hora, me levanté de un salto, me quité el pijama, me metí en la ducha y según iba despejándome el agua aproveché para hacer reminiscencia de lo sucedido. Cumpleaños, cava, baile, tarta, regalos y varios orgasmos ¿se podía pedir más? Pues mi cabeza, acostumbrada a ver siempre el punto negro en un folio blanco lo encontró: ¿cómo he tenido una descarga de adrenalina sexual tan brutal y él solo conformarse con ‘masajes’? Y digo ‘masajes’ porque eran totalmente diferentes a los sobeteos de los ‘salidos’ en las discotecas de la gran ciudad. ¿Cómo he podido abrir todo mi ser, mis más escondidos secretos, a un Psicólogo sieso, que me saca de quicio cuando abre la boca? Y lo más sorprendente, ¿qué tecla ha tocado para liberarme del bloqueo mental autoimpuesto después de haberme plegado a los abusos y voluntades sexuales de un maltratador?

Entré en la oficina con la cabeza agachada por un sentimiento pueril de vergüenza. Me había expuesto en exceso perdiendo todas las defensas. Él me miró de la misma manera. A pesar de no haber musitado ni una palabra parecía estar poseído por el mismo sonrojo. Pasó el tiempo sin atrevernos ninguno de los dos a romper la muralla glacial interpuesta. En un arrebato de valentía me decidí a darle las gracias, él atribulado lo agradeció y acto seguido comenzó la conversación:

·     ¿Por qué me das las gracias? Yo solo te llevé a la fiesta sorpresa, bailé contigo y te traje de vuelta.

·      Te olvidas del resto. 

·     ¿Qué resto? Ahhh si te refieres a dejarte dentro de la cama arropada, es lo mínimo que podía hacer.

·      Me refiero a lo ocurrido a nuestra vuelta de la fiesta, en mi apartamento, antes de dejarme en la cama.

·      Bueno, hablas de desvestirte y ponerte el pijama, no pasa nada. Miré lo indispensable.

·     ¿No pasó nada?

·      Que yo recuerde, no.

Quedé estupefacta, lo debía haber soñado. Menos mal que no proseguí con el relato. De haber explicado lo repasado justo antes en la ducha hubiera hecho un tremendo ridículo. Callé y continué con mi trabajo contrariada. 

Por más vueltas que le daba, mi cabeza no lograba encajar las piezas del puzle que él me había dado. Tantas sensaciones y emociones sexuales tan intensas…únicas en mi vida no podían ser fruto de un sueño azuzado por las burbujas del cava y los chupitos del orujo. 

Pasaron los días sin encontrar sentido a lo sucedido. Pero un simple hecho volvió a descolocarme. Garfield como era un gati-perro (así llamamos las voluntarias a los gatos mimosos como los canes) subió de golpe a la mesa de Paco. Anduvo sobre los papeles, comenzó a interponerse entre la pantalla del ordenador y él pasando de un lado a otro. Cuando le pareció se tumbó justo encima del teclado. Él estaba leyendo unos documentos impresos y no precisaba teclear, pero su reacción despertó todos mis sentidos. Comenzó a masajearlo –eso en sí no es ninguna noticia- del mismo modo –con los mismos movimientos circulares- que yo –supuestamente- había soñado la noche de mi aniversario. Después de un instante Garfield se levantó y se marchó. Yo deseché esa idea fugaz de mi cabeza. Una casualidad así solo podía ser fruto de una mente cargada con miles de burbujas estallando al unísono.

Los días se iban sucediendo y la obstinada rutina atrapándonos pegajosa, machacona, despiadadamente. El caprichoso azar jugó de nuevo con nosotros. Yo estaba realizando unas tareas en uno de los cercados del refugio cuando mi bota quedó atrapada por el barro y sin darme cuenta giré sintiendo un ‘crack’ en el tobillo seguido de un intenso y punzante dolor. Los veterinarios que estaban cerca, al escuchar mis quejidos vinieron rápidamente. Entendiendo algo de medicina vieron claramente un esguince. Debía guardar reposo. Como yo no podía quedarme todo el día encerrada en mi apartamento, pedí unas muletas prestadas. Gracias a ellas podía desplazarme a la oficina. Allí ponía un taburete y apoyaba el pié haciendo el prescrito reposo. 

Transcurridos unos días Paco me pidió dejarle echar un vistazo al tobillo. Su manera de tocarme y sobre todo el roce de las yemas de sus dedos volvieron a disparar mis alarmas, aunque el dolor rápidamente se encargó de absorber toda mi atención. Al haber pasado el tiempo prudencial, los masajes ahora ayudarían a recuperar la movilidad de la articulación y reforzarla preparándola para apoyarla de nuevo con normalidad. Accedí y las sesiones las fuimos realizando en la oficina misma. Cuando tenía un hueco se ponía manos a la obra fortificando los puntos clave y estimulando los músculos para acelerar la vuelta a la actividad. 

El último día de esta terapia, estando manos a la obra se le resbaló mi pie embadurnado de gel. Mientras lo cogía y volvía a colocarlo en la posición correcta -entre sus piernas- para proseguir, se despertó mi vena curiosa y le pregunté: 

·     ¿Cómo sabes hacer estos masajes? 

·     ‘Bueno, tuve un accidente hace algunos años y esta terapia me ayudó a acelerar la recuperación’

·     Pues has debido de quedar estupendo porque yo no te noto ninguna secuela a nivel funcional.

Él me miró, esbozó una leve sonrisa de asentimiento y prosiguió. Los días pasaron. Comencé a apoyar el pie acompañándome de las muletas a modo de ayuda. Me costaba horrores andar acompasada con esos artilugios. Más de una vez me lié y estuve a punto de terminar en el suelo. A causa de mi torpeza forcé la zona lumbar. Un día, pretendiendo levantarme de la silla de la oficina se oyó un fuerte ‘crack’. Yo me quedé clavada por un dolor tan agudo como el que debe producir una espada entrando directa en la columna vertebral bajando hasta la punta de los dedos del pié. Paco levantó la cabeza, asustado y me dijo: ‘Ni te muevas, te ha dado un crujido lumbar a causa de una sobrecarga secundaria a la lesión del tobillo. Te ayudo a apoyarte en tu silla y te trasladamos a tu apartamento. Has de hacer reposo absoluto y la enfermera te pondrá calmantes y antiinflamatorios pinchados’.

El dolor tan agudo no me dejaba casi ni moverme. Gracias a la ayuda de mis compañeras estuve asistida todo el tiempo. Paco también se lo tomó tan enserio como con el tobillo y en cuanto el doctor dio su aprobación comenzó con su terapia de masajes. 

Los primeros días tenía la zona adormecida entre el pinzamiento y los pinchazos, pero según fue avanzando Paco fui notando más sensaciones. Y no me refiero a la sensibilidad propia de esa zona sino a las sensaciones de algo conocido o ya experimentado. El último día de tratamiento, cuando me incorporé y me senté en la cama lo miré fijamente y le dije: ‘Si no quieres explicarme nada, lo entiendo, pero vuelve a negarme que me diste masajes la noche de mi cumpleaños aquí en este mismo lugar’. Él se ruborizó de golpe y bajó la cabeza dando unos leves rebotes de asentimiento. ‘Lo sabía, sabía que no había sido un sueño, que a pesar de estar embriagada con el cava aquello fue real. ¿Por qué me lo negaste?’. Él seguía cabizbajo pero hizo un leve movimiento de hombros a modo de no saber qué responder. ‘Pero si no es nada malo. Me hiciste sentir algo NUNCA experimentado, fue genial e inolvidable’ le repliqué. Después de un largo silencio dijo: ‘No siento vergüenza por aquello. Para mí también fue muy especial y lo hice plenamente consciente. Son otros los motivos que me llevaron a negarlo todo en un intento desesperado por evitar las consecuencias’. Pero ¿qué consecuencias? Somos dos personas adultas, libres y plenamente conscientes (bueno, yo no tanto si contamos las copas y los chupitos). ‘No es eso lo que me preocupa, el tema es parte de un secreto íntimo que nunca he desvelado a nadie’. Acabáramos –le respondí-, sabes todos mis ignotos más íntimos porque eran parte de la terapia con mi ex y nunca se me ha pasado por la cabeza sentir pudor o reparo. Sé guardar una confidencia y sobre todo a un amigo especial como te considero pues ya conoces todas las mías. Si quieres abrirte aquí me tienes. Eso sí, me gustaría saber cómo haces esas maravillas con las manos, porque lo de esa noche no es normal, te lo dice una mujer con bastantes experiencias a cuestas y de ese tipo ninguna. 

Verás, yo era un chico normal. Vivía en un pequeño pueblo del pirineo leridano donde disfrutaba entre la naturaleza y los animales de granja de mis padres, siendo como de la familia porque después de criarlos se nos partía el corazón pensar en matarlos para comérnoslos. Al terminar la enseñanza básica mis padres decidieron trasladarnos a una gran ciudad para proseguir con los estudios. Así fue como terminamos viviendo en la zona sur del área metropolitana de Barcelona. A los 16 años me saqué la licencia de moto para tener más autonomía a la hora de desplazarme al centro de estudios. Descubrí la sensación de libertad al pilotar y estuve deseando cumplir los 18 para poder tener entre mis manos las más potentes. Mientras, seguía estudiando secundaria teniendo claro que esa pasión me llevaría un día a diseñar las motos del futuro como ingeniero. Al llegar a la mayoría de edad mis padres –conocedores de mi pasión- me regalaron una Harley-Davidson. Me chiflaba ese rugido característico tantas veces escuchado atentamente en las series míticas americanas. Era mi tesoro, disfrutaba limpiando cada milímetro de su estructura, pero más lo hacía subido en ella. Un día de aquellos apeteciéndome sentir como la brisa de finales de primavera acaricia la piel decidí dar un paseo por las famosas cuestas del Garraf’. ‘Ostras, menudas curvas, pero las vistas del Mediterráneo merecen la pena’ (apunté). ‘Sentir el viento salado característico en la tez es todavía más impresionante para un buen motero. Todo iba sobre ruedas, pero de golpe, a la salida de una de las curvas con visibilidad casi nula me topé frente a un vehículo cruzado intentando acceder a uno de los ‘balcones’para disfruta de las espectaculares vistas. No pude esquivarlo. Choqué de frente y salí despedido por encima. Eso es lo último que recuerdo. Desperté días más tarde en un hospital, lleno de tubos, cables y demás. Poco a poco fueron explicándome la situación. Tenía varias fracturas, lesiones tendinosas y una amputación’. ‘Pues yo te veo entero’ –le comenté-. ‘En un primer momento yo también hice una inspección sensorial, notando las piernas, los brazos y todos los dedos, hecho tranquilizador. Pero según fueron sanando las heridas y quitándome los tubos me comunicaron una noticia traumática. Cambió por completo mi vida. Un chaval de 20 años, en la flor de la vida, disfrutando de manera sana de los placeres, las relaciones, etc., debía replantearse todo su mundo y su futuro de la noche a la mañana’.

     ‘A ver Paco, eres muy melodramático. No creo sería para tanto’ comenté.

Al salir despedido por encima de la moto, el manillar enganchó mi pene y testículos destrozándolos. Intentaron reconstruir la zona de la mejor manera posible para hacer una vida ‘medio normal’, pero las secuelas iban a acompañarme el resto de mis días’.

Quedé estupefacta, nunca había oído algo similar.

Me sumí en una profunda depresión. Rompí con mi anterior vida, amigos, ligues, etc., hasta mis padres tuvieron se vieron obligados cambiar la ciudad de residencia en un intento por ayudarme a empezar de cero. De ahí tengo este carácter introvertido y huraño. Me costó tiempo aceptar -un poco- la situación y comenzar a vivir. Mis objetivos, prioridades, hobbies, etc., habían sufrido un vuelco radical. Pasaba horas en mi habitación. El único contacto con el exterior era internet. Un día, en la última visita con el especialista, después de darme el alta me habló sobre una asociación de víctimas de amputaciones como la mía y me dio su web sabedor, notando lo mucho que necesitaba la ayuda. Al principio no pensé más, autoconvenciéndome de ser una pérdida de tiempo. Como iba a hablar con extraños de algo tan íntimo y vergonzoso para un veinteañero. Pero poco a poco la curiosidad me hizo investigar. Razoné: ‘Si están en mi misma situación no me verán raro, podré contar mis sentimientos y me entenderán’.

‘Contacté por teléfono y concreté una primera visita. Mi primera sorpresa fue encontrarme en la entrevista con una persona en mi misma situación. La impresión fue sorprendentemente agradable y positiva.

Regresé para las terapias grupales. Forjé buenas amistades ayudándome a salir del pozo donde me había sumido.

En una de las sesiones, el terapeuta comentó algo que nos llamó poderosamente la atención, dijo:Vosotros tenéis una cicatriz física pero la mental es más grave y os afecta más de lo que pensáis en vuestro día a día. Creéis que nunca llegaréis a intimar con nadie y que no podréis tener pareja como los demás y estáis muy equivocados’. Esas palabras me contrariaron, yo pensaba exactamente eso mismo, me veía como un bicho raro, incapaz de sentir placer y menos aún de poder llegar a darlo. Condenado a ser un ‘hombre’ solitario, introvertido e incapaz de relacionarme con los demás de una manera ‘normal’ por sentirme acomplejado, mutilado, incompleto.

Semanas después recibimos la visita de una persona. Resultó ser masajista profesional. Se había titulado y había montado su propio centro, y curiosamente también había recibido terapia en la Asociación. Gracias a los sus conocimientos en la materia había desarrollado unas técnicas de masaje íntimo. Aplicadas a ciertas zonas del cuerpo eran muchísimo más eróticas, excitantes, y estimulantes que el ‘mejor orgasmo producido por un ‘polvo convencional’. Algo así es difícil de asimilar de buenas a primeras. Viendo nuestros rostros de incredulidad dijo ‘necesito un voluntario para demostrarlo’. Nos miramos unos a otros y yo que era el más joven decidí ofrecerme para probar que mi recelo era fundado.

Nos citó en su centro, me dejó en una de las habitaciones donde había una cámara de video y una camilla de masaje. Me fuí desnudando. Los demás estaban en una sala anexa viendo todo por circuito cerrado aunque yo no lo supe hasta después. Era imprescindible crear un ambiente tranquilo e íntimo entre él y yo. De golpe me asaltaron pensamientos perturbadores sobre mi orientación sexual, pensaba: ‘dos hombres juntos en una habitación, tocándose y estimulándose….. a ver si ahora ‘voy a salir del armario’; pero ¡si carecemos de órganos sexuales! y ¡estamos en una sesión práctica! Además estamos en pleno siglo XXI y esa manera de pensar es un poco anticuada. Terminé de desvestirme a pesar de tener el pudor de un quinceañero desnudo ante sus progenitores. Me tumbé y cerré los ojos intentando evadirme con el pensamiento. Comenzó a extender por mis pies un gel.  Después pasó las yemas de sus dedos por ciertos puntos. Empezó a provocar en mí una sensación de excitación como antes del accidente; la misma que me provocaba una intensa y prolongada erección. Según iba subiendo por las piernas iba ‘in crecendo’. Mi respiración se aceleró a la misma par que mi pulso. Fue estimulando otros puntos terminando preso de una descarga de adrenalina similar a las sentidas antes del fatídico percance, pero sin necesidad de correrme por una relación sexual o manual. Gemí de placer como un auténtico novato. Mi cuerpo fue preso de un terremoto sensorial único causante de las mismas convulsiones placenteras experimentadas por tí.

A raíz de la experiencia decidí estudiar masaje. Él fue mi maestro, quien me enseñó todas las técnicas necesarias para conducir a la fruición tanto a hombres como a mujeres sin necesidad de tener coito tradicional o de otro tipo, además de poder provocarlo también en uno mismo. Después de eso decidí estudiar psicología para ayudar de manera más completa a otras víctimas como yo. Tiempo después surgió esta oportunidad en la Universidad y decidí cambiar de aires y de víctimas a las que ayudar también.

Como buen Psicólogo he estado analizándote mucho, he visto tus virtudes y defectos. La noche de tu cumpleaños pude trabajar ese bloqueo sexual característico de toda víctima de maltrato como tú. Este es mi secreto. Espero no haberte incomodado’.

Quedé estupefacta por unos segundos pero en cuanto reaccioné le comenté: ‘Tranquilo, tu secreto será NUESTRO secreto. Pero mi silencio tiene un precio’. Él quedó sorprendido y expectante no esperándose mi reacción: ‘No te voy a pedir nada a tu alcance, en tus ‘manos’… ¿entiendes?, tenemos que repetir esa sesión de masaje porque me hizo sentir VIVA y quiero volver a experimentarla. ‘¡Eso está hecho!’. Al final también has sido mi paciente –sin saberlo- y mi tratamiento emocional no iba desencaminado. Pero no esperaba que la terapia hubiera tenido un efecto tan positivo, rápido y adictivo. ‘Ahora te veo con otros ojos, además de buen especialista y terapeuta para todos, eres mi sexólogo particular conocedor de mis más íntimas necesidades y pasiones. ¡Este tratamiento personalizado lo voy a necesitar por bastante tiempo!

El famoso Marqués de Sade dijo: ‘Juzgo todo por las sensaciones’. Y ahora puedo entender la plenitud de esa corta frase.

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