Capítulo 27

EL TALMUD

Un dicho reza así: ‘No sintamos que el niño enfermó sino la reliquia que le quedó’. La terapia de Paco había tenido muy buenos resultados. Rara era la ocasión en que no nos desplazábamos a atender algún asunto a lomos de su moto.

Nos llegaban numerosas invitaciones para visitar Asociaciones y explicarles nuestra labor. Una, en especial venía del sur y nos hizo mucha ilusión. Un grupo de voluntarias querían realizar algo parecido a lo a lo nuestro con las víctimas de violencia de género pero por tierras andaluzas. Querían información, asesoramiento y demás. Habían logrado el visto bueno del Ayuntamiento y necesitaban saber los pasos seguir para ponerlo en marcha. Pensamos que sería buena idea aprovechar el viaje, visitar las demás Asociaciones de la comunidad atendiendo las numerosas solicitudes llegadas y de paso hacer un poquito de turismo.

Era tiempo de verano, apetecía sentir la brisa en vez de cocerse dentro de la furgoneta del refugio. Decidimos hacer el viaje en moto a iniciativa de Paco; yo no puse ninguna objeción a pesar del respeto que me causaba un viaje tan largo a lomos de un sillín. Preparamos todo y salimos dispuestos a recorrer la distancia con tranquilidad, saboreando los diferentes paisajes según fuéramos atravesando la península de norte a sur.

Al llegar a la capital Paco decidió hacer un poco de turismo y a la misma vez estirar las entumecidas extremidades llevando recorrido medio camino. Visitamos el skyline con las 4 torres, el Faro de Moncloa y el pirulí. Después de años alejados del infernal ruido de la gran ciudad parecíamos peces fuera de su hábitat. La interminable sucesión de edificios nos produjo una sensación de ahogo (eso sin mencionar el famoso smog de la gran urbe). Después de intentar esquivar el denso tráfico recibiendo algún que otro improperio decidimos retomar de nuevo el viaje.  Para nuestro alivio, a los pocos kilómetros volvimos a recuperar la naturaleza como compañera silenciosa dejando atrás la civilización en su expresión más salvaje.

Llegamos al lugar de hospedaje ya entrada la noche. Era una antigua estación de tren perdida en medio de la nada –cerca de Puerto Serrano provincia de Cádiz- reconvertida en un hospedaje con casitas individuales enclavadas en medio de interminables plantaciones de olivos. Por cierto cada casita tenía el nombre de una provincia andaluza y la nuestra era ‘Jaén’.

Enclavada casi en el centro de Andalucía y rodeada de naturaleza rezumaba paz todo en derredor nuestro. Era el lugar idóneo para descansar y desplazarnos a los diferentes puntos donde nos habían invitado. Salíamos por la mañana y regresábamos bien tarde.

Una de las primeras noches, cenando en el jardín de nuestro alojamiento-casita apareció una perra jovencita. Siendo tan tarde y en un lugar alejado de cualquier casa o pueblo nos sorprendió la presencia de la tusa. ‘Quizás sería propiedad del hospedaje’ pensamos. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando al ofrecerle un pedacito de comida comenzó a comer como si llevara días sin probar bocado. Era de tamaño más bien pequeño, blanco con alguna mancha negra. Cuando sació su necesidad se dejó acariciar con excesiva sumisión. Después de compartir un rato de mimos, caricias y carantoñas nos fuimos a dormir.  

A la mañana siguiente, al salir de la casita para seguir con nuestro periplo la sorpresa fue mayúscula al verla durmiendo bajo la moto. Marchamos en dirección a las citas programadas para ese día con el reconcome de si a nuestra vuelta seguiría allí

De regreso, cansados y con un calor sofocante decidimos refrescarnos en la piscina del alojamiento. Mientras estábamos disfrutando del chapuzón Paco señaló detrás de mí. Al girarme quedé asombrada al verla allí de nuevo.

Esa fue la tónica durante los 3 días de estancia en Andalucía. Siempre aprovechábamos por la mañana y por la noche para compartir vianda y querencia.

Al llegar el día de la marcha el dilema fue mayúsculo pues volvíamos haciendo una parada adicional en Toledo. No podíamos llevarla en la moto por seguridad ni hospedarla en el hotel de la capital castellano-manchega. Después de darle muchas vueltas decidimos hablar con Andrés, el responsable del hospedaje. Le pedimos nos hiciera el favor de alimentarla y mantenerla por los alrededores pues se nos partía el alma pensar que en medio de la nada no podría sobrevivir. Él accedió no sin antes mostrarle nuestro firme compromiso de responsabilizarnos de ella si regresaba.

No sabíamos ni cómo ni qué hacer pero teníamos claro no queríamos dejarla allí abandonada. Su final con toda seguridad sería bastante lúgubre después de habernos elegido a nosotros de entre los pocos humanos de aquél inhóspito páramo. 

La despedida fue un mar de lágrimas. Ella solo nos miraba con cara de: ‘No me dejéis aquí sola’.

Esos dos días en Toledo fueron muy tristes. No podíamos parar de pensar en ella.

La mañana siguiente a nuestra llegada al Refugio, nada más entrar en la oficina llamamos a Andrés en busca de nuevas sobre lo ocurrido. Para nuestra sorpresa nos confirmó que volvía cada día por la mañana y de noche ansiosa buscando el alimento. Intuíamos que su regreso era, no solo por el alimento, ella sabía que nos había robado el corazón, ya no podríamos vivir sin tenerla cerca. Pero ¿cómo lo haríamos? Esa noche, en la oficina no parámos de darle vueltas.

En cuanto amaneció Paco, cogió la furgoneta del Refugio y marchó a Cádiz a buscarla. A altas horas lo habíamos planeado y preparado todo.

Llegó de noche y sin tomar un respiro comenzó a buscarla. Yo mientras tanto estaba atacada de los nervios temerosa de un desenlaze negativo. De repente sonó el móvil. Concluí: ‘Ya la han encontrado’. Al descolgar lo primero que escuché fue la voz rota de Paco llorando a lágrima viva y diciéndome: ‘la hemos perdido’. No siendo suficientes sus llamadas por los alrededores pidió la ayuda de Andrés –el responsable del hospedaje- y juntos volvieron a rastrear la zona, pero siendo noche cerrada y sin iluminación, decidieron descansar y comenzar de nuevo con los primeros rallos de sol matutinos.

Nada más amanecer iniciaron de nuevo la búsqueda. Recorrieron los campos y las fincas preguntando a todo el que encontraban laborando. Pasaban las horas, no había ni una señal de ella mientras yo a distancia estaba en una tremenda desazón.

Volvió a caer la noche. Paco me llamó para decirme que si a la mañana siguiente no aparecía emprendería el regreso con todo el dolor de su corazón.

Esa noche ninguno de los dos pudimos pegar ojo. ¿Se habría acercado aquellos días pidiendo socorro y nosotros –a causa de las circunstancias- se lo negamos? Pero ella volvió los siguientes días tras nuestra marcha. ¿Le habría ocurrido algo malo entonces?

Amaneció sin señales de ella. Paco agotó las últimas horas matutinas buscándola. Sobre medio día sonó el teléfono. Yo temía escuchar que abandonaba la búsqueda y regresaba pero cuando me lo acerqué al oído escuché: ¡Ha aparecido ahora mismo! Exultante de alegría Paco me contó como al verla la llamó y ella loca de contenta corrió hacia él.

Emprendieron la vuelta rápido aprovechando las horas de luz solar. El camino de regreso fue largo, 15 horas salteadas de paradas repostando, descansando y aprovechando para alimentarla.

A pesar de estar la noche muy avanzada yo esperaba en la oficina su llegada. Nada más entrar al Refugio, corrí hacia la furgoneta. Ella al verme se volvió loca de contenta. Ya volvíamos a estar otra vez los 3 juntos como en ‘Jaén’ nuestro apartamento. Los veterinarios le hicieron un exhaustivo examen. No tenia chip, estaba en el primer celo. Para parárselo y esperar a esterilizarla decidieron ponerle una inyección.

El primer contacto con Wendy nos preocupaba, ¿cómo reaccionarían? ¿se tolerarían? Como siempre los mal llamados ‘animales’ volvieron a darnos una lección de ‘humanidad’, tolerancia y aceptación. Wendy procedió a inspeccionarla olfateándola y ella se agachó hasta tumbarse en el suelo mostrando su sumisión.

Una vez todo normalizado decidimos ponerla nombre. Después de dar algunas vueltas la llamamos ‘Mila’ diminutivo de Milagro. Eso era lo que había sido nuestro encuentro en aquella estación abandonada y perdida en medio de las interminables plantaciones de olivos andaluzas. Todavía me pregunto cómo llegaría allí, si fue victima de un cruel abandono. Lo único claro es fueron sus muchos miedos y temores, pero a fuerza de cariño los ha ido perdiendo.

Transcurridas tres semanas notamos algo raro. Su vientre empezaba a estar más inflado. Nuestros aprendices de veterinario hicieron una primera revisión encontrando el motivo. Decidimos trasladarla a la clínica veterinaria, colaboradora habitual con nuestro refugio, a ver si con alguna prueba podían sacarnos de la duda y desazón.

Después de una exhaustiva revisión decidieron hacerle una ecografía. Al pasar el aparato por su vientre vieron algo. Insistieron en la zona y después nos comunicaron el resultado. ¡Mila estaba embarazada!. ¿Cómo? ¿Si la habían puesto una inyección al día siguiente de llegar? Lo ocurrido no tenía explicación. La realidad era que llevaba dos peques dentro.

Transcurrieron las semanas. Llegó el momento del parto. El primer chiquitín salió muerto, pero el segundo estaba en perfecto estado. Lo alimentó y cuidó como una buena madre a pesar de ser primeriza. Le enseñó a llevarse bien con el resto de habitantes del Refugio como hizo ella al llegar. Por cierto al peque le pusimos Barry por su panchota cuando se inflaba con toda la leche ingerida de la madre.

Desde sus primeros correteos ha sido el azote de Wendy y su madre Mila. Bien alimentado por Wendy está lleno de energías. No para de corretear y hacer trastadas. Gracias al resto de habitantes dispone de más entretenimiento y las deja descansar de vez en cuando.     

Una frase del Talmud dice: ‘Quien salva una vida salva al mundo entero’ Así nos sentimos nosotros al ayudar a Mila y Barry.

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