Capítulo 3

CONSEJOS

Como el Doctor gozaba de muy buena reputación y daba la impresión de que tenía ojos por todos lados, la situación en casa pareció suavizarse por un tiempo.

Yo aprovechaba el sol del mediodía para salir un ratito y sentarme en el poyo de la puerta. Cuando sus tímidos rayos templaban mi fría piel, la mente me transportaba por aquellos parajes. Veía las altas cumbres pobladas de frondosos bosques rodeando la aldea, aves surcando un cielo tan azul y limpio que me embargaba una sensación nueva de libertad. Aunque los insectos revoloteando por doquier se encargaban de devolverme rápidamente a la realidad, teniendo que comenzar a lanzar manotazos a diestra y siniestra para intentar alejarlos de mí. Daba la impresión de haber hecho una “quedada” para fastidiarme y devolverme a la realidad que me rodeaba.

Cuando las pesadas moscas me daban un momento de tregua también veía pasar a las pocas vecinas y vecinos, absortos en sus quehaceres diarios.

Al principio solo nos saludábamos amablemente. Ellas iban cargadas de haces de leña fina que acababan de cortar en los bosques aledaños con los que encender el fuego en los días fríos. También acarreaban los aperos para labrar el huerto familiar cercano, del que regresaban con los frutos de la brega en forma de vegetales. Ellos se afanaban en limpiar las cuadras cambiando todo el suelo de paja sucio y redituando el estiércol como abono en sus campos. También comenzaban las obras de restauración de las centenarias casas, sobre todo el cambio de las pesadas planchas de la vieja techumbre por losas más pequeñas y livianas.

Conscientes de mi estado físico, algunas no tardaron en desviarse de su camino, haciendo un alto para, además de tomar aire, interesarse y ofrecer su ayuda, compartiendo las ‘berzas’ recolectadas. Como buena urbanita que soy lo agradecía, pero prefería tirar de microondas y congelados. La cocina no es lo mío.

Al atardecer, cuando el sol se escondía entre las altas cumbres que rodeaban aquella aldea, yo volvía a internarme tras los cristales de la ventana de la cocina, pegada a la estufa de leña. Sentada en una silla de anea, que debía de haber dado servicio a varias generaciones, veía a mis vecinas seguir faenando con sus quehaceres.

Hubo algo de esa usanza que llamó mi atención. En un momento concreto de la tarde, tres de ellas salían de sus casas cargadas con bolsas llenas de latas grandes y garrafas de agua vacías, se dirigían por la calle principal hacia el cauce del río que cruzaba la aldea llenándolas de agua fresquita en la improvisada fuente. Después, una de ellas acercaba un destartalado vehículo.  Por sus formas y hechura parecía más un artilugio sacado de un museo de antigüedades que un todoterreno. Y emprendían la marcha.

Horas después, cuando ya había oscurecido, regresaban con las bolsas y las garrafas vacías. Hasta ahí nada salía de lo normal; lo llamativo era que sus rostros reflejaban alegría y satisfacción. Pero como yo no tenía ni fuerzas ni ánimo, no le di más importancia.

La primavera terminó dando paso al verano. El sol iluminaba más horas el banco de la puerta, calentando el ambiente y posibilitándome disfrutar durante más tiempo de la buena temperatura. La brisa estaba cargada de los intensos olores de las flores repartidas por doquier en las montañas cercanas. Brotes que hacían las delicias de las abejas, afanándose en recolectar la máxima cantidad de polen con el que realizar la típica miel de esta zona. La población de la aldea había comenzado a aumentar con los familiares que venían a pasar sus vacaciones. Era un trasiego continuo de vehículos y maletas. Sin contar con las fiestas locales que salpicaban el valle de bailes y ferias. El bullicio ya comenzaba a parecerse al de una gran urbe pero en miniatura. También estaban los que dedicaban sus vacaciones a recorrer los viejos caminos o las rutas que surcan estas montañas atravesando la aldea en su trayectoria dando, en más de una ocasión a este lugar aire de una pequeña Babilonia con sus lenguajes extranjeros.

Mis vecinas estaban más enfaenadas, todavía si cabe, trabajando en sus tierra, atendiendo sus animales y agasajando a los familiares llegados, pero llegado el momento concreto tenía lugar el mismo ritual: salían las tres muy sonrientes y cargadas, se montaban en el ‘artefacto’ y marchaban. Transcurrido un buen rato, cuando comenzaba a caer la tarde, volvían con las manos vacías pero contentas, incluso dejando escapar alguna carcajada. Como mi estado anímico había mejorado algo, la curiosidad comenzó a rondar por mi cabeza: ¿a dónde irán? ¿qué harán para volver irradiando alegría y felicidad (toda la que a mí se me había perdido por el camino, dicho sea de paso)? Tiempo después obtendría todas las respuestas.

     Un refrán dice: De necios es huir del consejo. De modo que puse todos mis sentidos en aplicar el del galeno para recuperarme lo más rápido posible.

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