Capítulo 4

EMPATÍA

Los cálidos días del verano fueron dando paso a los ocres otoñales. Esa mezcla de diferentes tonalidades cetrinas y cobrizas era algo que nunca había visto y atrapaba mi atención poderosamente.

     Como mi salud había mejorado bastante ya no observaba tanto la tarea de las vecinas. La tregua pasó y la rutina volvió a instalarse en mi vida dentro del “tren” al que me subí en un arrebato de locura pasional, algo de lo que ya me había arrepentido demasiadas veces en un espacio relativamente corto de tiempo.

El frío era cada vez más intenso se estaba haciendo más habitual. El espectáculo era precioso de contemplar. Las estalactitas colgando de los viejos tejados destilando gota a gota según les calentaba el sol del medio día y las heladas matutinas dejando todo el entorno cubierto por un manto blanco nacarado.

Una de esas mañanas, recién levantada, escuché unos gritos procedentes del exterior. Era un vecino y familiar político maldiciendo y dando golpes… ¡golpes a un animal, por los quejidos lastimeros que emitía! Salí sin pensarlo dos veces y pude ver una escena desgarradora. El vecino iba soltando sapos y culebras por su boca. Llevaba atada del cuello y arrastrando por el duro pedregal del hormigón a una perra jovencita. No sé de dónde saqué el instinto, pero salí corriendo tras él y me lancé a agarrarle la cuerda para quitársela. En ese preciso instante él se giró de golpe. Al principio quedó incrédulo viéndome allí detrás impidiéndole seguir su camino, pero cuando reaccionó desvió toda su rabia hacia mi persona, amenazándome, con la firme intención de evitar mi intervención en la situación. Saqué fuerzas de flaqueza y le y le preguntécuál era el mal que había hecho la tusa para merecer ese trato:

  • Haberse escapado del cercado.
  • Y ¿con qué objetivo? Pregunté.
  • Tomar el sol aquí. – espetó.
  • Eso no es justificación, le contesté.
  • Si no me das el can te denunciaré a las autoridades. Apostillé.

A pesar de no saber qué autoridad era la competente allí ni si serviría de algo. Él, preso de una ira descontrolada la lanzó a mis brazos, no sin antes dirigirme un buen puñado de amenazas. Sin pensarlo dos veces la cogí y la llevé a casa.

La pobre estaba temblando como un flan. No sabía qué iba a ocurrir ni por qué me la había llevado y yo tampoco sabía qué hacer. Localicé un botiquín en la casa, empecé a acariciarla y curarla las rozaduras. Solo era una cachorrilla preciosa y juguetona.

Según pasaron las horas ella se fue calmando y yo inquietando. ¿Cómo reaccionaría él esa noche a su regreso del trabajo cuando viera lo que le había hecho y dicho a su familiar? Aunque no lo sabía, estaba casi segura. Me preparé, como ya había aprendido a hacer. A su llegada ya le habían informado de los hechos. Tenía por costumbre pasar por la cantina para distraerse después del trabajo, allí le pusieron en antecedentes. Su beso de llegada fue en forma de bofetada. En ese mismo instante mi mente desconectó, como tantas otras veces, para no sentir más daño, ni físico ni emocional.

Al día siguiente, cuando desperté él ya se había marchado. Mi primera acción fue buscar a la perrita. No la encontré por ningún lado. Concluí que la había devuelto, con todo el dolor de mi corazón ya maltrecho.

Acto seguido salí de la casa y me dirigí al cercado donde la mantenía, para comprobar si estaba. Cuando llegué, la vi allí, atada en un rincón sombrío y húmedo. Se me cayó el alma al suelo. El hombre también estaba. Desafiante, lanzó amenazas no fuera a atreverme a cogerla de nuevo. Entre dientes, con rabia contenida masculló que no era más que un simple animal y que a quien tenía que cuidar y servir era a mi pareja.

Di media vuelta hundida en la mayor de las tristezas, de las humillaciones, de las frustraciones. Es extraño, estando acostumbrada a sufrir ese tipo de trato, sentía todo eso sumado a una rabia e impotencia internas. Prendieron en mi interior un fuego capaz de cualquier cosa… aunque no supiera ni el qué ni el cómo.

El camino de regreso a casa  fue muy frustrante. Sentir los sollozos del animal me partía el alma y escuchar como  algún vecino me recriminó que defendiera al “animal”, siendo propiedad exclusiva de su dueño y teniendo toda la potestad para hacer y deshacer a su antojo, me llenó de rabia. Curioso comentario que me hizo pensar: “si eso siente hacia un ser vivo indefenso, ¿qué aprecio le tendrá a su esposa?”

 Ese día mi cabeza no paró de dar vueltas a la situación. ¿Cómo podía ayudar a ese “animal” y hacer más llevadero su día a día sin complicar mi situación en la intimidad del “hogar”?

La noche fue tranquila en cuanto a hechos (aunque eran evidentes las secuelas del día anterior en mi rostro en forma de equimosis), pero repleta de discursos y reproches. Huelga decir que no dormí nada pensando y repensando.

Amaneció el nuevo día y mi cabeza seguía centrifugando el mismo tema. No podía dejar que malviviera en aquellas condiciones mientras yo me quedaba de brazos cruzados. Me armé de valor (el que me faltaba para plantar cara a mi situación familiar), cogí unos restos de comida de la noche anterior y me dirigí hacia el cercado. Cuando el indeseable familiar me vio aparecer comenzó su retahíla de improperios y amenazas. Yo, acostumbrada a ellos, me dirigí a la perrita, le di las sobras de comida, esperé a que se los terminara, acto seguido volví a casa.

En el camino de vuelta me crucé con algunos vecinos varones. Después de lanzarme miradas despectivas, susurraron entre dientes “no es más que un simple animal” o “enfrentarse a un familiar por un bicho…”. Sin embargo, también pasé junto a alguna vecina que me dirigió una sutil sonrisa y un leve gesto favorable con la cabeza. Eso me contrarió, aunque concluí que sería producto de mi imaginación, no dándole más importancia.

Los días pasaban, mis visitas a la perrita también,  y los reproches del familiar y de mi pareja iban de la mano. Pero algo en mi interior me impulsaba a seguir. Una fuerza invisible me hacía sentir útil ayudándola. Después de tanto tiempo y sufrimiento, estaba convirtiéndose en una poderosa motivación interior. Era algo nuevo en mí, hasta entonces el único contacto con cualquier ser vivo no humano había consistido en ir de pequeña en una excursión colegial al zoo o ver los documentales en la 2 de TVE. Al final iba a ser cierto eso de que ‘el amor todo lo cura’.

El otoño iba transcurriendo y según se iba acercando el invierno mi preocupación por el sufrimiento que el intenso frío provocaría en ella me llevó a ir poco a poco transformando y adecuando la rudimentaria casucha donde se resguardaba en una confortable cabañita bien aislada y acondicionada.

Descubrí unos restos de materiales en el almacén familiar adyacente a la casa donde vivíamos y fui llevándome cada día lo que podía para preparar la caseta. Con unas tiras de corcho blanco un día la aislé del frío y la humedad. Otro día le puse un techo nuevo con unos trozos de planchas plásticas que imitaban a las tejas. Cubrí el corcho blanco interior con los laterales de un armario de plástico exterior, y así poco a poco. Por último, con un neumático y un cojín viejos le hice una confortable cama redondita y mullida.

Según iba avanzando la transformación, los adjetivos proferidos por el familiar político iban in crescendo y las descalificaciones que tenía que aguantar en casa cada noche también. Siendo sincera, las muestras de agradecimiento que cada día recibía de ella me estaban ayudando a aguantar ese calvario. Ir acercándome y salir rauda y veloz de su guarida moviendo el rabo como loca eran el primer recibimiento. Después venían los interminables lametazos mientras estaba allí. Y al regreso, durante el trayecto, me acompañaban sus mejores ladridos hasta ocultarme por el horizonte. Ese cariño era el mejor bálsamo para mi maltrecha alma. Nunca hubiera imaginado en mi urbanita vida que un simple perro fuera un gran alivio para un dolor tan intenso.

Un día el “familiar” dejó caer un comentario desasosegándome en gran manera. Dijo: Esta perra la he comprado para la caza; en cuanto tenga la edad la llevaré al monte y si no sirve, directamente le pego un tiro y se acabó. Tanto malcriarla va a ser su perdición.

Eso sembró en mí una desazón nueva, diferente a cualquier otra hasta aquel momento. Porque sentenciaba a otro ser vivo solo por ayudarle. Y realmente dolía más que cualquier descalificación o agresión hacia mi persona. Intenté no pensar mucho en ello, pero tenía que estar preparada para ese momento. ¿Cómo? ¿A quién pediría ayuda? ¿Quién querría socorrerme? Muchas preguntas y todas sin respuesta.

     Un sabio de la antigüedad dijo: ‘Haz a los demás lo que te gustaría que ellos te hicieran a ti’. Y eso mismo me esforcé por hacer con la tusa.

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