Capítulo 5:

LA REALIDAD

En esa casa tan solidaria no era extraño que yo no fuera la única que estaba allí, encontré a compañeros más mayores que me contaron sus historias. Hablaban de lo difícil que es la vida en las calles, son lugares llenos de humanos, sin cobijos donde poder guarecerse y unas cosas que van a mucha velocidad. Todo aquello me asustó mucho, yo no creía que la vida pudiera ser tan complicada. Aunque recordé que lo repetía insistentemente mamá.

Zipi (el más mayor) llevaba años intentando sobrevivir entre esas cosas veloces. En invierno con el frío y la humedad no había otro lugar en el que pasar la noche calentito y resguardado que dentro de esos cacharros. En unos era más fácil guarecerse que en otros pero en todos había que tener mucho cuidado porque en cualquier momento podía ponerse a funcionar y todas sus piezas comenzaban a girar y moverse a mucha velocidad convirtiéndose en una trampa mortal. De hecho una de las veces su rabito quedó enganchado en una de esas piezas que se lo arrancó de cuajo. Salió como pudo aunque casi pierde la vida por la hemorragia y el intenso dolor que eso le provocó.

Además de huir de esos cacharros endemoniados también tenía que huir de los cachorros humanos debido a que a la gran mayoría de ellos, sus progenitores, no les habían enseñado el respeto a los demás seres vivos. Por esta causa había recibido numerosas patadas y hasta pedradas, dejándole  huesos mal soldados y frecuentes dolores. La época del año más peligrosa de esos cachorros es el verano, al no tener que ir a estudiar al colegio, se pasaban todo el día en la calle ingeniándose trastadas y gamberradas a cual más grave. Comparadas con esas salvajadas las trastadas que nos hacían a mis hermanitos y a mí los cachorros humanos cuando estaba con mamá eran bromitas y jugueteos, algunos de dudoso gusto y con algún dolorcillo, todo hay que decirlo.

Noa me contó que a ella la echaron de casa por culpa de la crisis, ‘¿crisis? ¿qué es la crisis?’ pregunté. Es un cambio en la vida de la gente. ‘¿Qué tipo de cambio?’ Un cambio a peor me contestó Noa. Es un cambio que les lleva a tener que desprenderse de todo gasto que vean innecesario. ‘¿Innecesario?’ pregunté, sí lo que ellos crean que menos falta les hace. Cada humano tiene una escala de valores o una lista de cosas importantes en la que se gasta el dinero que tiene, si ese dinero se reduce tienen que prescindir de lo que no esté en los primeros lugares. ‘Eso ¿qué tiene que ver con nosotros?’ pregunté, pues que algunos que tienen una mascota lo primero que está en su escala de valores es el divertirse, los vicios y disfrutar por delante de seguir compartiendo su vida con ese ser vivo. Entonces se convierte en un lastre que les impide tener el mismo dinero que gastar en sus distracciones habituales. Yo no entendí lo que eran esas cosas y Noa me explicó que los humanos cada vez dedican más tiempo y dinero al esparcimiento -salir de la rutina diaria- y a los vicios (el tabaco, alcohol, etc) cosas que solo hacen daño a uno mismo. ‘¿Como pueden ver más importante el perjudicarse o el salir de la rutina durante unas horas que el disfrutar de la compañía de su mascota?’ repliqué. ‘Es el orden que establecen de cosas, ahí demuestran lo insensibles, inhumanos y vacíos que están abandonando a un ser vivo que ha sido parte integrante de su familia’, me contestó.

O han de cambiarse de vivienda y –con la excusa de que en la nueva no les permiten animales de compañía- se llevan todas sus pertenencias y a ti te dejan en la calle sola y abandonada. ‘¿Por qué no nos dejan vivir en esas casas? pregunté’ Hay humanos que son muy indisciplinados y en vez de cuidar la propiedad ajena lo dejan todo lleno de basura y suciedad y si hay seres vivos más todavía. Aunque esto está cambiando; conocí en una visita rutinaria a los batas verdes a unas compañeras que las rescataron de la calle y fueron a vivir a un piso. Tiempo después el dueño del piso tuvo que meter a otros congéneres para que le ayudaran a pagar los gastos. En su escala de valores nuestras compañeras ocupaban el primer lugar, tenía clarísimo que los candidatos tendrían que convivir con ellas. El único requisito que les puso fue que las cuidaran igual que si fueran suyas, aunque él les suministraría todo lo ellas necesitaran: la comida, el agua y la atención veterinaria. La convivencia –transcurridos los años- fue muy satisfactoria para ambas partes. ¡Incluso el dueño les rebajó el precio que tenían que pagar solo por cuidarlas!

La mala suerte hizo que a Noa le tocaran los humanos insolidarios. No la habían esterilizado y se quedó embarazada teniendo que buscarse la vida. Según el embarazo iba avanzando el hambre hacía más mella. Una de las veces que se acercó a un humano a pedirle un pedacito de comida, en vez de ayudarla recibió tal puntapié que quedó tirada y sin conocimiento. Cuando pudo recobrarlo el dolor abdominal era tan intenso que no podía moverse, tiempo después en un esfuerzo titánico levantó un poco su cabeza y vio que estaba tumbada en un charco de sangre; mal herida y con una hemorragia debido al aborto que a punto estuvo de enviarla a cruzar el arcoíris.

Rex (el más joven) había sido abandonado jovencito en la calle por culpa de las ‘vacaciones’. Yo no entendía que era eso tan importante de las ‘vacaciones’ que había llevado al abandono de un ser indefenso como Rex, él me explicó que es un período de tiempo en el que los humanos descansan, se relajan, recuperan fuerzas para volver a la rutina diaria. ‘¿Cómo podía alguien descansar y recuperar fuerzas con la conciencia tranquila habiendo abandonado a la mascota que es parte integrante de  su familia?’ Pregunté enfadada. Rex me comentó que los humanos tienen la extraña costumbre de hacer regalos en el invierno, el cachorro humano se encaprichó de un cachorrillo gatuno y eso es lo que le regalaron; el cachorrillo gatuno creció y lo que era una diversión se convirtió en una carga de la que había que deshacerse en cuanto se pudiera. Llegado el tiempo de las ‘vacaciones’ Rex quedó solo y abandonado en la difícil ‘calle’. Nadie le había explicado los peligros a los que tendría que enfrentarse, aunque sus anteriores compañeros humanos tranquilizaban sus muertas conciencias pensando que el instinto de Rex le guiaría pues ya se preparó hace miles de años con el objetivo de que supieran esquivar los peligros que la ciencia moderna ha inventado. Él no conocía esos cacharros veloces, no sabía lo peligrosos que eran. Tampoco sabía que los humanos no son todos buenos, que los que le habían abandonado no eran de fiar, pero otros son peores, peligrosos y malvados teniendo que ser muy vigilante y cuidadoso. Sin embargo su problema vino por esos artilugios del demonio que algunos humanos llevan a toda velocidad sin tener ningún tipo de cuidado. Un día  mientras intentaba llevarse algo a la boca recibió un golpe dejándole al borde de cruzar el arcoíris.

Estos relatos me hicieron temblar de miedo al pensar qué me ocurriría cuando me abandonaran en la temible ‘calle’. ¿Me golpearán esos cacharros veloces? ¿recibiré puntapiés al pedir algo de comer? ¿Me cogerán los cachorros humanos y harán conmigo perrerías hasta enviarme a cruzar el arcoíris? ¿Serán de fiar los humanos que decidan adoptarme o me abandonarán en vacaciones o por la crisis? ¿Tendré que esconderme dentro de esos artilugios del demonio y dormir con un ojo abierto por si se pone en marcha repentinamente? Eran tantas las dudas y el miedo tan grande que sin darme cuenta comencé a temblar. No podía parar, era un temblor nervioso de terror. Miedo a lo desconocido, a la soledad, a los peligros que acechaban, a no tener alguien que te proteja……. MIEDO en toda su amplitud y profundidad como nunca lo había sentido.

Al ver el pánico reflejado en mi rostro y mi cuerpo temblando incontroladamente Zipi, Noa y Rex empezaron a tranquilizarme. Según ellos no todo es negativo en la temible calle. También hay cosas buenas. Me hablaron de una humana perteneciente a un grupo de ‘voluntarias’ que les había ayudado a los tres.

A %d blogueros les gusta esto: