Capítulo 5

EL AMOR

Cada vez hacía más frío y en la misma proporción disminuían las ganas de salir de casa. Menos aún temprano, con la helada en pleno apogeo, el suelo congelado y resbaladizo obligando a hacer auténticos equilibrios circenses. Pero la obligación me llamaba y la perrita esperaba ansiosa mi visita como si de su ángel de la guarda se tratara.

Una vez en casa las horas se me antojaban eternas, así que intenté mantenerme activa haciendo lo que se me ocurría. Recordaba el dicho repetido machaconamente por mi madre siempre en nuestra niñez: ‘gente parada malos pensamientos’. Unos días cambiaba cosas de sitio y otros redecoraba… hasta que una tarde al mover un armario salieron unos ratones corriendo. Del susto metí un brinco yendo directa a la cama. Estuve allí, subida de pié, hasta que vino él. Ni qué decir tiene que al verme allí primero se sorprendió y cuando supo el motivo comenzó a espetar por su boca sapos y culebras, burlándose y denigrándome como era habitual. Lo único diferente y llamativo de esa ‘bronca’ fue su intención de que al día siguiente traería la solución.

Cuando desperté por la mañana me costó horrores levantarme de la cama por el pánico que sentía de encontrarme de nuevo con esas “criaturitas” campando a sus anchas. El miedo me impidió mover ningún mueble de la casa. Cada cosa que tocaba me aseguraba bien antes por si había escondido algún roedor agazapado debajo. Después de algún que otro conato de cruce por ambas partes, llegó la noche. Él entró por la puerta, vi que traía una cesta de mimbre en la mano. La soltó en la mesa con desgana y dijo: Ahí tienes la solución.

La duda me embargó. ¿Qué solución sería? Noté algún movimiento en su interior. Me apresuré a abrirla rápidamente. Ésa es la solución, un gato. Él se comerá a los ratones. No le des nada de comer. A un compañero le han parido en su cuadra y tiene varios. Iba a matar a este porque le sobraba y me lo ha dado encantado.

Un escalofrío recorrió toda mi espalda al tener entre mis manos esa cosita tan bella y delicada y oír la palabra “muerte”. Era un gatito de unos dos mesecitos, rubito a rayas, con la tripita redondita de haberse alimentado bien con la leche materna. Sus ojitos eran de un color miel intenso y su mirada era tan dulce que en un instante logró llenarme de ilusión.

Esa noche, desoyendo alguna de su larga lista de prohibiciones durmió junto a mí, acurrucado como una bolita y ronroneando sin parar. Nada más amanecer comenzó a investigar su entorno y de paso a jugar con lo que pillaba. Le dejé entretenido mientras fui a hacer mi visita diaria a Wendy, la perrita (no se me ocurrió otro nombre, la verdad es que para esto soy un desastre). Cuando volví, Garfield (así bauticé al gatito, un nombre bastante obvio y común) seguía entretenido. Como no estaba dispuesta a acatar ‘ciertas normas injustas’ decidí desoír la prohibición macabra de alimentarlo y empecé a probar con comida hasta dar con algo que resultó ser su predilección, devorándolo en un abrir y cerrar de ojos: el jamón dulce. Ese día se me pasó rapidísimo, pues estuve muy entretenida con Garfield y él conmigo.

Puede parecer poca cosa, pero esos seres vivos contribuyeron a llenar mi día a día con actividad y cariño, ingredientes que contribuyeron a que mi estado de ánimo mejorara a pesar de seguir metida en el infierno. Cuando él estaba presente intentaba mostrarme menos cariñosa con Garfield intentando evitar alguno de sus arrebatos peligrosos. No quería que terminara pagándolo muy caro el pobre. Pero como eso siempre es el fruto de una mente enferma, cualquier excusa era bienvenida para iniciar el maldito y doloroso ciclo.

El amor es uno de los mayores y más poderosos sentimientos. Tendría que ser una de nuestras características si no fuera porque, con insistencia machacona, muchos mal llamados ‘humanos’ se comportan con total carencia de esta cualidad. Sin embargo estos dos ‘seres’ lograron aliviar todo mi dolor. Hicieron verdad el dicho: ‘El amor todo lo cura’.

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