Capítulo 6:

VOLUNTARIAS

Yo no entendía eso de las voluntarias. Ellos me explicaron que son un grupo de humanas, que en vista de su tesón y constancia en ayudar a los callejeritos (como ellas llaman a los gatitos abandonados que sobreviven en las calles), se han ganado el respeto de los demás humanos, incluidos los que mandan en el conjunto de calles que es la ciudad; debido a que la ley humana impide que se nos alimente sin seguir unas pautas. Así que nuestro ‘ángel de la guarda’ forma parte de uno de los muchos grupos de voluntarias que se encargan de ayudarnos. Haga frío o calor, llueva o nieve, estas ‘voluntarias’ no faltan a su cita en la que llevan buena comida, agua limpia, alguna latita y ayuda de los humanos de las batas verdes cuando enferman o sufren alguna agresión o accidente.

Zipi me contó que fue una de esas ‘voluntarias’ la que le socorrió justo en el momento que artilugio le arrancó su rabito y lo llevó a curarse. Allí tuvieron que operarle y curarle las heridas, estuvo varios días recibiendo esos cuidados, después decidió llevárselo a casa y que dejara de sufrir. ‘No pienses que esos cuidados se los dan a todos o no cuestan nada’ me dijo Zipi, ‘son muy costosos’, pero gracias a que en esta ciudad donde le pasó hay mucha solidaridad de las humanas responsables y las voluntarias  hacia nosotros, pude recibirlos sin que ella tuviese que pagarlo ella’. 

Aunque su relación con esta voluntaria se remontaba a algunos años antes de ese suceso, cuando él buscando un bocado qué comer la vio dejar debajo de esos cacharros veloces un cuenco con unos granos y otro con agua fresquita y limpia, se acercó y comenzó a comer. Zipi vio reflejado en mi rostro alegría y me dijo: ‘No creas que a partir de entonces todo fue más fácil, lo único que tenía seguro es que esa humana voluntaria no fallaba ni un solo día a su cita conmigo y otros callejeritos de la zona. Fueron numerosas las veces que justo después de dejar ella la comida y el agua venía otro humano y lo arrebataba tirándolo a la basura con rabia, provocándole una profunda tristeza que hacía que se fuera llorando después de recibir amenazas e insultos. Comida que había tenido que pagar de su bolsillo’.    

‘En cierta ocasión escuché a un humano decirla: ‘Si tanto le gustan esos bichos: ‘LLÉVESELOS A SU CASA’. Otra vez le dijeron: ‘Esos animales abandonados traen enfermedades, son una plaga igual que las ratas, hay que exterminarlos’. O parar un cacharro de esos veloces y decirle: ‘Voy a pegar un tiro a cada gato y después te lo voy a pegar a ti’’.

No fueron pocas las veces que Zipi se encontró con algún otro callejerito que agonizando le avisó de que no ingiriera el alimento que un humano desconocido había dejado pues contenía algo que le provocó un sufrimiento terrible y poco después le hizo cruzar el arcoíris. Con el tiempo descubrió que eso era veneno y que los humanos lo usaban para deshacerse de los seres vivos que no querían en su entorno. Por todo esto y demás –me dijo Zipi-, ‘No tengo mejor manera de devolverle todo el cuidado y atención que me ha dado desde aquel día que cuando la veo lanzarme a sus pies y rascarme todo lo que puedo con ella ronroneando de gratitud’.

Noa también me contó su experiencia con la voluntaria. Ella me dijo que deambulando alrededor de la que había sido su casa hasta el día del abandono y marcha de su anterior familia vio a una humana a la que otros congéneres increpaban y aunque ella les decía que tenía autorización ellos no paraban de amenazar con denunciarla.’ No eran pocas las veces que al ir a comer a ese lugar me encontré restos de comida humana, deshechos y hasta basura’ –dijo Noa- ‘con el objetivo de denunciar a la voluntaria e impedirle seguir alimentándonos. Pero ella con mucho cariño retiraba esos restos y nos ponía el pienso, el agua y la latita cada día sin ofenderse ni enfadarse; siempre con una expresión cariñosa y agradable. Cargaba a diario con una garrafa de agua y una bolsa grande en la que llevaba todo lo necesario: los artículos de limpieza que hiciera falta y los recipientes con los que comer limpiamente para no dejar rastro. Así los individuos a los que no les gustamos no podrían quejarse’.

Llegó el fatídico día en el que hambrienta por el embarazo se acercó a un humano que, viendo que estaba comiendo algo, con la esperanza de que se compadeciera de ella y le diera un pedacito, lo único que recibió fue tal puntapié que la dejó tirada y malherida, con una gran hemorragia. Una de las humanas que vivían allí, conociendo a la voluntaria que nos alimentaba la llamó a toda prisa y  llegó a socorrerme. Me cogió y rápidamente me llevó al lugar donde atienden a los que nos ponemos malitos. Allí tuvieron que abrirme la barriguita y sacarme a los pequeñines que habían muerto debido al fuerte golpe y alguna cosa más.

A causa de la flojedad en la que me encontraba por la gran hemorragia la voluntaria decidió llevarme a un refugio que se encarga de atender a los callejeritos que han sufrido agresiones o los que están en lugares peligrosos mientras les encuentran un buen hogar. A pesar de que recibí todo tipo de cuidados la recuperación fue lenta. Veía muy a menudo a la voluntaria porque esta también iba regularmente a ayudar allí.

Cuando estuve recuperada me pusieron en un recinto vallado junto a varias decenas de compañeros y compañeras en mi misma situación que me explicaron todo tipo de penurias, padecimientos y sufrimientos, lo que hizo que me sumiera en una gran tristeza. Perdí el apetito, las ganas de vivir, luchar y cada vez estaba más apagadita hasta el punto de perder mucho peso de golpe. La voluntaria me llevó de nuevo a la clínica. Allí me hicieron varias pruebas rápidas que mostraron lo que le ocurría, todo lo que la había sufrido me hizo perder la alegría y las ganas de vivir, provocándome una disminución del hambre tal que mi cuerpo se iba debilitando hasta el punto de casi emprender el viaje para cruzar el arcoíris .

La aconsejaron ingresarme en un hospital –que es un lugar en el que vigilarían nuestra salud todo el día dándo los cuidados necesarios- a pesar de que no le aseguraron mi recuperación por lo que le dieron a la voluntaria la posibilidad de atenderla en su hogar debido a que el tratamiento iba a ser largo y agotador pues había que darle mucha medicación muy a menudo y alimentarla varias veces al día. La voluntaria decidió intentarlo, me llevó a su casa junto con todo un arsenal de medicinas y alimentos especiales. Durante un par de meses tuvo que obligarme a comer, le costó mucho lograrlo, además de tener que darme todas las medicaciones en forma de jarabes, pastillas, inyecciones, etc. Poquito a poquito fui ganando peso y aumentando las ganas de vivir. Hasta el día en que la dieron la buena noticia de que me había curado gracias a uss cuidadosos cuidados. Podía estar orgullosa, ya que con mejores atenciones ingresados en el lugar donde los vigilan y cuidan no habían sobrevivido. Gracias a su tesón y cariño logró darme las fuerzas necesarias con las que seguir luchando. Tal fue el vínculo que se creó entre ambas que la voluntaria decidió adoptarme definitivamente.

Noa me dijo que estaba tan agradecida de haber encontrado un hogar ‘de verdad’ junto a ‘la voluntaria’ que aprovechaba cualquier oportunidad para acurrucarse en su regazo y ronronear cuando después de alimentar a los callejeritos llegaba y caía rendida y se sentaba en el sofá.

Rex me explicó que él también dio con una de las ‘voluntarias’. Deambulando en busca de un poquito de cariño y comida vio como una mano dejaba debajo de un coche un cuenco con pienso y otro con agua y allí que fue a husmear descubriendo que era comida. Ella al verme percibió que había sido abandonado y comenzó a acariciarme y a colmarme de halagos y expresiones agradables. Desde ese día no falté a nuestra cita diaria ni ella faltó. No sé lo que más me gustaba si la comida o las sesiones de mimitos y caricias que me regalaba cada día, creo que le hacían mucho bien dármelas, le cambiaba la cara al verme y se alegraba un montón.

Un día durante esas sesiones de mimos antes de la comida otro humano que pasaba por allí quiso ‘hacer una gracia’ y asustarme repentinamente, tal fue la magnitud del susto que salté plantándome en medio de la calle y un artilugio que pasaba velozmente me golpeó la cadera. Sentí un fuerte crack pero el miedo me hizo correr rápido y esconderme lo más lejos posible del lugar del accidente. Entonces noté el alcance del golpe. El crack no era otra cosa que mi cadera rompiéndose, al ir pasando las horas el dolor fue aumentando tanto que apenas podía moverme. Mis patas traseras no tenían movilidad y solo podía desplazarme un poquito arrastrándome. Pasaron las horas y los días. Estaba exhausto por la falta de alimento y el intenso dolor. Sentí una llamada y pensé que soñaba; volví a sentirla, me era familiar. A duras penas levanté la cabeza y presté toda la atención que mis mermadas fuerzas me permitieron, ¡ERA LA VOLUNTARIA BUSCÁNDOME DESESPERADA! Arrastrando salí como pude y maullé a ver si me oía aunque eran tan pocas las fuerzas que me quedaban que no me oyó. Mi último recuerdo antes de desvanecerme de dolor e inanición fue verla venir corriendo hacia mí y acariciarme suavemente derramando un mar de lágrimas. Después me desperté en un lugar llamado clínica donde había estado recibiendo todos los cuidados necesarios para restablecerme. Recuerdo que estuve metido en una jaula y tumbado varios días. Habían clavado en mi patita delantera una cosa similar a una astilla por la que entraba un líquido. Además alrededor de mi cadera tenía unas tiras enrolladas que me impedían el movimiento. Cada día venía la voluntaria a visitarme varias veces. Al principio solo podía meter su mano y acariciarme muy suavemente; he de reconocer que me ayudó muchísimo ese cariño que me daba, me dio las fuerzas para seguir luchando. Según pasaron los días y la mejoría fue evidente ya pudo empezar a tenerme en sus brazos durante sus visitas; ni que decir tiene que era todo un placer estar colmado de mimos, caricias y halagos. Llegó el día en el que me dejaron marchar de la clínica y mi ángel de la guarda me trajo a su hogar pues había llegado a ser parte de su familia. Del golpe me ha quedado una leve cojera que se acrecienta cuando va a cambiar el tiempo, aún así aprovecho los pocos instantes que ella tiene de relajación y me lanzo a su cara colmándola de lametones y ronroneos en muestra de agradecimiento.

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