Capítulo 6

RESIGNACIÓN

Una mañana muy fría, incluso diría que gélida (expresión rara para una urbanita como yo, acostumbrada al clima suave del litoral mediterráneo), me dirigí hacia el corral de Wendy como cada uno de los días anteriores.

Según iba acercándome noté que no salía a saludarme como era su costumbre. Al llegar a la altura de la valla, la llamé una y otra vez, sin ningún resultado. Entré en el cercado para mirar en el interior de la caseta, no estuviera enferma y sin fuerzas para salir. Estaba vacía. Busqué por todos lados, la llamé, pero no hubo respuesta. Un vecino que pasaba por allí me dijo: ‘Se la han llevado al monte a cazar. Para eso son los animales, para nuestro servicio y cuando no hacen bien su trabajo “pumba” y se busca otro‘.

Un escalofrío más gélido que el de esa mañana recorrió todo mi cuerpo, desde la punta del cabello hasta las uñas de los dedos de los pies. ¿Qué sería de mi pobre Wendy? ¿Satisfaría las ansias de caza del impresentable familiar o llegaría su final de la manera más atroz, salvaje e infame?

Volví a casa presa de un desasosiego interno que no me dejaba parar. Garfield lo notaba, pues no paraba de mover la cabeza de un lado al otro siguiéndome con la mirada. Pasaron las horas. Algunos tiros se oyeron en la lejanía de las montañas. De pronto los motores de los todoterrenos empezaron a escucharse. Según se acercaban a la aldea el ruido era más notorio. Salí corriendo a esperarlos para ver si volvían con ella. Empezaron a bajar a canes de los remolques, pero mi Wendy seguía sin aparecer. Él salió del último vehículo, sabía que estaba allí esperándole. Me acerqué para preguntarle. Tuve que armarme de valor porque todos los compañeros de caza al verme allí me lanzaban miradas de desprecio y comentarios denigrantes. Sin inmutarse, dijo: ‘La perra me la he llevado hoy porque ya era hora que demostrara si había heredado los genes cazadores de sus padres, pero al oír los disparos se quedaba inmóvil como una estatua. Ese animal era un estorbo y he decidido quitármelo de encima. ¿Cómo, la has matado? pregunté con incredulidad. Él con la sorna característica de los cazadores, creyéndose superiores al resto de seres vivos, me contestó: Eso intenté, pero la bala no la mató de golpe y salió corriendo malherida. Si no se ha muerto ya estará agonizando en cualquier cueva de la montaña.

Como estaba acostumbrada y resignada a morderme la lengua y tragarme el enfado por miedo a las represalias me di media vuelta y volví camino a casa. Una sensación inmensa de rabia e impotencia se fue apoderando de mí al oír como él y sus ‘colegas’ se reían desdeñosamente a carcajadas, burlándose de mi preocupación por Wendy. En ese instante me decidí a emprender su búsqueda lo más pronto posible; no iba a dejarla agonizando en mitad de la montaña muriendo de congelación.

Durante los días siguientes, por la mañana anduve tanto como pude monte a través, llamándola a diestra y siniestra y escuchando atentamente por si emitía el más leve sonido de respuesta, pero todo fue en vano. Lo único que pude encontrar fueron cadáveres de otros pobres canes. Por desgracia habían corrido la misma suerte y descansaban ya de sus maltratadores y abusadores ‘humanos’. Sin contar con una cantidad innumerable de cartuchos sembrados por doquier siendo fuente de contaminación en un entorno tan bello.

Todo sea dicho, mi búsqueda al desconocer los alrededores de la aldea y estos terrenos inhóspitos, era un poco caótica. Mi única obsesión era no pasar dos veces por el mismo lugar y no perderme por esos montes. Para lograrlo iba dejando señales en el camino y sobre todo en las bifurcaciones. No fueron pocas las veces que me topé con algún otro habitante de los bosques, entrando en pánico echando a correr como una posesa sin parar. Según pasaban los días iba siendo más consciente de la gran envergadura de la búsqueda. 

Después de dos semanas decidí poner fin a la búsqueda; Wendy ya no podía seguir viva en aquellos parajes cubiertos de la escarcha nocturna y helados por las bajas temperaturas diurnas. Me resigné de nuevo con la suerte que me había tocado en la vida.

Un dramaturgo y crítico literario italiano dijo: ‘Si no tienes fuerza para imponer tus propias condiciones a la vida, debes aceptar las que ella te ofrece’. Y eso es lo que tuve que hacer sin más remedio, aceptar el trágico final.

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