Capítulo 7

AMISTAD

Una de esas mañanas en las que apetece salir buscando sentir algún rayo de sol acariciándote el rostro, después de interminables días y semanas de nieve y niebla espesa, me senté en el banco de la casa. Una de las vecinas que iban y venían de su huerto-corral atendiendo a las verduras, hortalizas, tubérculos y gallinas decidió acercarse a mí y dirigirme sus primeras palabras. Después de presentarse como María, me invitó esa tarde a tomar en su casa una taza de chocolate bien caliente y algún dulce casero. Yo no sabía lo que contestar. Hasta entonces el único trato que había tenido con los habitantes de aquella aldea se circunscribía al familiar “dueño” de Wendy, pero en vista de su insistencia acepté. Además, ella era una de las 3 integrantes del grupo que cada día salían en el destartalado todoterreno volviendo muy sonriente. La idea de averiguar la causa de esa alegría fue un poderosos aliciente.

Llegada la hora y no sabiendo qué ponerme o lo que llevar, decidí arreglarme lo justo (pues tantos días de no ver el sol habían hecho mella en mi maltrecho ánimo). Cogí algún dulce perdido por la despensa y me dirigí hacia la casa de María.

Mi mano temblaba mucho, era el reflejo del resto del cuerpo. Parecía un flan. Apenas pude dar unos leves golpecitos a la puerta. No hizo falta más, María estaba muy atenta y los escuchó. Rauda abrió de par en par con una sonrisa de lado a lado. Era una mujer entrada en años, de complexión fuerte, curtida día a día en los trabajos duros y climas extremos de esta zona. Para mi sorpresa no estaba sola: otras dos mujeres de la aldea también estaban allí esperando mi llegada, como si fuera algún acontecimiento especial, para iniciar la merienda. Resultaron ser las 3 integrantes del grupito que emprendía viaje cargadas de garrafas y latas para volver horas más tarde con las manos vacías pero alegres y satisfechas.

Su edad doblaba la mía, pero su carácter jovial las hacía aparentar más jóvenes de lo que eran. María me las presentó, mi mala memoria me jugó la mala pasada de no recordar sus nombres. Fue una merienda muy amena; ellas contaban historias de la vida de la aldea, anécdotas curiosas y graciosas provocándo una cadena de carcajadas. Yo las observaba y sonreía. Los dulces típicos me sorprendieron. Sobre todo llamaron mi atención unas tortitas delgadas tipo crepes llamadas ‘filloas’ que ungidas con delicioso chocolate caliente habrían hecho las delicias de cualquier ‘santo’.

 Llegó la hora de volver a los quehaceres de cada una y marché de nuevo hacia mi diaria monotonía pensando, en cuál sería el ánimo con el que cenaríamos esa noche y terminaríamos la jornada.

Mi rutina ahora solo se centraba en atender a Garfield. Siempre me sacaba una sonrisa con sus traviesos jugueteos cuando pillaba algo de su agrado. Sus correteos enérgicos de un lado para el otro con el rabito erizado lograban arrancarme una carcajada del alma. Eran verdadero bálsamo para mi hundida autoestima.

Pasaron los días y volvimos a tener otro regalo en forma de radiante cielo azul despejado e incontables rayos de sol que lo iluminaban todo, inundándolo del blanco brillante de la nieve. Decidí repetir la experiencia y volver a sentarme en el banco para aprovecharlo al máximo. Cuando las mujeres regresaban de sus quehaceres en los huertos una de ellas se desvió en dirección a mí. Era una mujer alta, muy delgada y entrada en años. Al llegar a mi lado la recordé, era otra de las integrantes de la merienda, pero no logré acordarme de su nombre. Ella, notando mi sofoco, me dijo: ‘Hola, soy Carmiña y me gustaría que esta tarde vinieras a casa a merendar‘.

Lo único que pude hacer, además de sonrojarme por el bochorno del olvido, fue agradecerle el detalle.

Según iba acercándome a la puerta de Carmiña, el corazón me latía con fuerza. A pesar de que días antes en casa de María me había sentido muy a gusto, no podía controlar ese pánico escénico de quien se enfrenta a algo por primera vez. Además, me preguntaba con insistencia cómo esas mujeres podrían querer pasar una tarde conmigo, si no tenía apenas conversación y mi estado anímico atenazaba mi boca imposibilitándome articular una palabra entera.

Llegué hasta la puerta, golpeé suavemente con los nudillos la dura madera añeja con el deseo de que nadie la abriera. Enseguida Carmiña salió rauda y veloz con una gran sonrisa en su cara: ‘Pasa, guapa. – me dijo con voz alegre – Te estamos esperando’.

Al entrar en el comedor estaban María y la otra mujer de la que tampoco recordaba el nombre. Sonrieron ampliamente, me invitaron a sentarme junto a ellas y comenzaron a charlar. Compartieron conmigo experiencias, vivencias y anécdotas ocurridas durante su larga vida en esa tierra tan inhóspita.

Era curioso percibir cómo a pesar del frío intenso exterior (como cada día) y el blanco manto que lo cubría todo, en aquel comedor se respiraba un ambiente cálido de paz, armonía y alegría. ¡Cuánto habría dado por ser una de ellas y vivir una vida plena sin temer por lo que fuera a pasar cada noche a su regreso del trabajo!.

Del buen surtido de dulces típicos que adornaban la mesa esta vez me atreví con la tarta de Santiago, ¡una delicia al paladar propia de santos!

El sol comenzó a ocultarse tras las blancas montañas y llegó la hora de la despedida. Agradecí amablemente todas las atenciones dispensadas y marché con pena al caer sobre mí la duda de lo que me encontraría de regreso a casa.

La rutina diaria continuó por un largo mes, la nieve fue alternándose con la espesa niebla. Tanto era el tedio de no poder hacer nada más que mirar a través de la ventana sin ver prácticamente nada que tenía los ánimos por los suelos. Por suerte cambió el tiempo y pudimos disfrutar de unos días de sol, así que volví a ser testigo del ajetreo de mis vecinos sentada en aquel banco. Como ocurrió las dos veces anteriores, la última de las 3 mujeres (tampoco recordaba su nombre) se acercó y me invitó a tomar café esa tarde en su casa. Me dijo que se llamaba Claudina. Era una mujer bajita pero tan enérgica que era difícil seguir su paso yendo y viniendo cargada como una hormiguita.

Esa tarde se repitió el ritual; mi corazón latiendo a cien por hora y mis temores asaltándome. Pero ocurrió lo mismo. Claudina parecía estar detrás de la puerta esperando a oír el primer toque y abrió rápidamente. Me hizo pasar,  allí estaban María y Carmiña ya sentadas. Volvimos a pasar una tarde muy animada. Yo, por mi parte, con la boca sellada por el miedo y mi complejo de inferioridad.

Como siempre la mesa estaba salpicada con abundantes dulces. Esta vez mis ojos se centraron en una bica de aspecto espectacular. Aproveché para degustarla con un chocolate ‘moi quente’ (muy caliente).

Llegó la hora de regresar a casa y todo volvió a repetirse, como si estuviera escrito en un guión.

Desde ese día, mi cabeza no paró de dar vueltas a la idea y después de agasajar a esas tres mujeres con una merienda. Era hora de devolverles la invitación. Pero podían más mis miedos y lo iba postergando con excusas variadas: el mal tiempo, un inoportuno dolor de cabeza, etc. Hasta que una noche, cuando parecía reinar un ambiente tranquilo en casa, me decidí a pedirle permiso. Al principio no pareció importarle mucho, lo cual me extrañó a la vez que me alivió.

Pasaban los días y yo cambiaba y recambiaba los preparativos. Pero a la misma vez, según se iba acercando la fecha comenzaron los problemas.  Él iba poniendo pegas, peros y problemas. Yo ya se lo había dicho a María, Carmiña y Claudina. Me encontraba entre la espada y la pared. No podía anular la merienda porque me preguntarían, y ¿qué iba a decirles? ¿que él no quería? ¿que no le hacía ni pizca de gracia que me relacionara con nadie?

           Mi interior parecía un volcán en plena erupción. Por un lado, el deseo de corresponderlas, y, por el otro, la obligación de no enfadarle.

     Probé todo para convencerle, pero cuanto más lo intentaba peor se iba poniendo. La noche previa al día señalado llegó con muy mal humor y, como siempre, su desahogo fui yo. Esa noche fue larga y dura. Garfield desapareció del miedo y yo hubiera querido desaparecer también. Cuando me levanté por la mañana lo primero que hice fue dirigirme al espejo y, ¡ay Dios!, tenía la cara hecha un mapa.

     ¿Qué haría? Si me veían así levantaría sospechas, y si intentaba anular la merienda también. Después de una hora de gran angustia se me ocurrió recurrir al maquillaje. Cuando vivía en la ciudad era mi delirio. Tenía una gran colección y me encantaba ir bien maquillada al salir de casa. Me puse manos a la obra y la verdad es que pude disimular los moretones muy bien.

Llegó la hora y llamaron a la puerta. Cuando abrí, allí estaban las tres muy sonrientes y cargadas de dulces caseros. Entraron, tomaron asiento y comenzaron a charlar. Yo mientras, como buena anfitriona, iba y venía de la cocina para que no faltara de nada y vigilando la estufa de leña no fuera a apagarse. En una de esas idas para atender el fuego, cuando regresé, Claudina me dijo: ‘Ay mi niña, tocaste el carbón y te manchaste la mejilla‘.

Rauda como ella sola cogió un pañuelo blanco almidonado y muy bien planchado que tenía en el bolsillo de su falda, lo mojó un poquito con agua y me lo pasó por la mejilla. Según iba frotándolo su cara fue cambiando y la de las demás también. Noté que mi secreto quedaba al descubierto. Un frío intenso recorrió todo mi cuerpo. María, intentando desviar la atención, dijo: ‘Ve al baño y límpiate bien, que el pañuelo de Claudina te ha extendido más la mancha de tizne’.

Al ir al baño y mirarme en el espejo pude ver que el moratón que tenía en la mejilla había quedado al descubierto; el pañuelo había retirado todo el maquillaje. Volví a maquillarme bien y con un tremendo sentimiento de vergüenza regresé al comedor. En cuanto me vieron, Carmiña le dijo a Claudina: ‘Muller (mujer), a ver si otra vez te aseguras de llevar un pañuelo limpio, que todo el día trajinando con lume (fuego) llevas tizne hasta en el pensamiento‘.

 Claudina y María se miraron, miraron a Carmiña y después mirándome a mí comenzaron a reír a carcajada suelta mientras la primera no paraba de repetir: ‘Estoy tan queimada (quemada) que lo tizno todo‘.

Esas risas y esa confesión lograron distender el ambiente tanto que hasta a mí se me escapó una sonrisa. Tan a gusto estaba que me decidí a contarles un poquito de mi pasado en contestación a sus preguntas. Les expliqué mis orígenes urbanitas de una gran ciudad y como por amor lo había dejado todo yendo a parar a aquel lejano lugar. Cuando vi sus caras callé por un momento creyendo haber dicho algo mal, pero al instante una de ellas dijo: ‘Una de nosotras ha nacido en una capital y las otras en alguna etapa de nuestras vidas hemos vivido en una gran urbe. Incluso hubo quien llegó a conocer el amor allí, como tú’.

En aquel momento me quedé helada. Las cuatro, salvando la edad, teníamos mucho en común.

Llegado el momento, tenía unos panellets típicos de mi región en época de todos los santos que guardaba para alguna ocasión. Aproveché y los saqué, porque cocinar no se me da nada bien.

La tarde tocó a su fin. Las tres mujeres agradecieron muchísimo todo lo que había hecho y se despidieron de mí dándome abrazo efusivo, no sin antes comprometerse a repetir el turno de meriendas con un objetivo: que cada una fuera contando su historia cuando volviera a ser la anfitriona, para conocerlas más y ellas a mí. Me pareció una gran idea. Esa noche, cuando vio que no se había salido con la suya y se había realizado la reunión, volví a tener problemas. Aunque, después de ver el tacto recibido de María, Claudina y Carmiña, siendo prácticamente unas desconocidas, lo bien que me hacían sentir en su compañía, pese a no abrir casi la boca, su daño fue pasajero. Era como si por fin se hubiese abierto una ventana al exterior entrando una brisa suave y reconfortante.

     Un fabulista latino de siglo 1 A.C. dijo: El nombre de amigo es corriente, pero la fe en la amistad, rara’. Esa fe es la que comenzaba a sentir cuando estas tres mujeres me abrieron las puertas de sus casas y de sus corazones.

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