Capítulo 8

LA LUCHADORA MARÍA

Llegó el día en que le tocó a María ser la anfitriona de la merienda. Ya no me acerqué a su casa temblorosa ni rezando para que no oyera mi tenue llamada. Algo en mi interior me impulsaba a estar en compañía de esas tres mujeres, pues a su lado sentía paz, armonía y comprensión. Años rodeada de tanta gente de mi edad en la gran ciudad para al final encontrar la amistad en unas aldeanas de un villorrio tan alejado… ¡y que podrían ser hasta mis nanas!

Cuando estuvimos las cuatro sentadas en la mesa disfrutando de un buen tazón de chocolate hirviendo aderezado con un chorrito de orujo hecho en el valle, al calor de la chimenea y degustando alguno de los variados dulces que la adornaban, María comenzó a contar su historia:

Nací y crecí en una gran ciudad. Mis padres nos criaron a mis hermanos y a mí con mucho amor, se esforzaron por que pudiéramos tener los estudios necesarios para ser autosuficientes. Mi padre trabajaba en dos sitios a la vez y mamá atendía la casa, nos cuidaba, educaba y de paso también complementaba los ingresos familiares vendiendo productos típicos de su tierra . Se los encargaba a algún paisano y luego vendía entre vecinas y conocidas ganándose así algunas perrillas.

Cursé los estudios obligatorios (la EGB de entonces) y conseguí un trabajo que me permitía cierta independencia, algún caprichito y ahorrar para cuando conociera a un buen chico e iniciáramos una vida juntos.

La dictadura daba sus últimos coletazos. España se puso de moda para el resto de Europa por sus gentes, monumentos, naturaleza y sol. La economía comenzó a avanzar amparada por un turismo en aumento, necesitándose mucha mano de obra. Eso abrió a las mujeres las puertas del mercado laboral, hasta entonces solo se habían dedicado a ‘sus quehaceres’. Yo no fui la excepción. Me enteré de una oferta de empleo, me presenté y me admitieron.

En la empresa donde trabajaba éramos un buen grupo de jóvenes de la misma edad. Comenzamos a entablar amistad en el tiempo del descanso y eso terminó quedando para salir, ir a tomar algo y bailar un poco cuando nos apetecía. Éramos chicos y chicas del tiempo de la transición. Todo era maravilloso, comenzaba a haber más libertad, las mujeres podíamos decidir por nosotras y comenzábamos a igualarnos en derechos con los hombres, aunque para terminar con algunas cosas se hayan necesitado décadas y sufrimiento. – esa frase última me golpeó la razón aunque no sabía a lo que se refería.

Un compañero de trabajo del grupo, bastante apuesto, comenzó a cortejarme. Me hacía pequeños regalos e invitaba a tomar algo al terminar la jornada. Poco a poco fui encariñándome. Llegó el día de presentárselo a mis padres. Cuando abrí la puerta de casa él estaba deslumbrante con traje y corbata, además de un ramo de rosas en la mano. Yo estaba hecha un flan. Mis padres fueron haciéndole preguntas y él contestándolas todas. Cuando terminó la visita y salió de casa yo estaba exultante de emoción. Embargada por un abanico de sensaciones y sentimientos que me llevaban a la euforia les pregunté su opinión esperando un aprobado, pero apercibí una sombra de recelo en sus rostros. “No nos gusta, María”.“¿Por qué?” pregunté. Resulta que conocían a su familia y por lo visto ya tenían algunas referencias no muy positivas. Por más que insistí, ellos no quisieron darme más detalles; solo me aconsejaron observar y observar antes de tomar alguna decisión. Pero como yo era una joven inexperta viviendo lo que creía que era mi primer amor, en vez de observar, me fui enamorando de sus detalles, palabras y miradas.

Un día, viendo en casa que lo nuestro seguía hacia delante, mis padres decidieron hablar seria y abiertamente conmigo. Se habían enterado de su caracter un poco violento por alguna trifulca acaecida en el barrio. Pero él ya se había adelantado y me había contado su versión. Me empeciné negándolo todo, acusarles de no querer mi felicidad. Salí de casa deprisa, envuelta en un mar de lágrimas, directa a la suya. Le conté lo sucedido y me hizo una propuesta: “Vayámonos lejos e iniciemos una vida juntos los dos solos”. “¿Dónde?”, pregunté.  “Hacía el norte, mi familia tiene una casa y podremos vivir tranquilos, trabajo no falta y nos apañaremos bien”. Ni corta ni perezosa hice la maleta y dejando a mi familia con el corazón en un puño me lancé a la aventura del amor.

Recuerdo durante los primeros meses la sensación de estar viviendo una luna de miel: un lugar apartado, tiempo veraniego y nosotros dos solos, sin injerencias, sin obstáculos, disfrutando del amor en toda su plenitud. En fin, que el ‘amor es todo locura’.

¡Vaya, eso suena muy bonito! – apunté. Sí, pero la realidad ya se ocupó de hacerme pisar con los pies en la tierra más pronto que tarde. Llegamos aquí después de horas de agotador viaje. El último trayecto desde Quiroga fue por una carretera serpenteante, con muchos baches, metida en las entrañas de un frondoso e interminable bosque. Era tan frondoso que creí no volver a ver el cielo despejado con tanto árbol. Yo era desconocedora de la vida en un pueblo… y menos aún en una aldea tan pequeña como ésta. El primer invierno fue tremendo. Tuve que aprender a encender y mantener el fuego para poder aguantar el intenso frío. Habitualmente quitaba la nieve con una pala para poder salir de la casa y llegar hasta el lugar donde habíamos acumulado la leña. Pasar todo el día sola mientras él trabajaba fuera fue haciendo mella en mi ánimo llegando a caer en melancolía. Para colmo tuve que ir viendo la cruda realidad de mi compañero.

Se hizo un denso silencio y prosiguió: Esto ahora está de lujo, en aquel tiempo las calles eran de tierra y con tanta lluvia el barro entraba hasta en las casas. Hoy las tiendas rodantes traen aquí mismo, el pan, el pescado, la carne, los congelados, etc., pero entonces no había nada de eso. Lo más cercano era a 40km, en Quiroga, sin autobús ni casi coches, pues eran un artículo de lujo al alcance de muy pocos privilegiados. El agua no llegaba a las casas, había que ir al río, ahora vamos por gusto para beberla más fresquita. Las casas carecían de aseo yendo a la cuadra, entre los animales. Había semanas que me quedaba sola en casa porque él salía a faenar lejos, a Lugo capital y no volvía hasta terminar o disponer de unos días de descanso. En ese momento debía volcarme exclusivamente en su servicio, estando para ‘todo’ lo que él quisiera o le viniera en gana porque para eso trabajaba, como si yo hubiera estado ese tiempo de brazos cruzados o tumbada al sol aquí. Comenzó a coger la costumbre de gastarse mucho del dinero ganado en tabernas y cantinas. Mientras yo, me rebanaba los sesos aplicando la economía imaginativa para ahorrar de todos lados. Por desgracia este tipo de personas son una maravilla los primeros meses. Pero una vez te tienen controlada y apartada de cualquier contacto con tu mundo comienza la transformación, pasando de Dr. Jekyll a Mr. Hyde dejándote absolutamente bloqueada, sin posibilidad de reacción y a su entera merced.

Yo no podía dar crédito, me daba la impresión de que María estaba narrando mi vida con todo lujo de detalles.

Como mi situación anímica se agravaba, la única solución era visitar al Doctor. Pero, ¿cómo ir? No conocía a nadie, el dispensario estaba en el pueblo cabeza de partido y necesitaba transporte de ida y vuelta.

Fue entonces cuando apareció por casa Claudina, con su energía incansable. Ella regentaba la cantina del pueblo y escuchó una conversación, entre orujo y orujo, mencionando que estaba enferma. Intuyendo la situación, cerró la cantina y vino directa a casa. Yo no la conocía casi y me chocó verla en la puerta, cuando a duras penas pude incorporarme y abrirla. Me ayudó a vestirme y me llevó al consultorio.

Una vez estuve ante el médico noté que no era uno como los demás. Comenzó preguntándome por mi pasado y cómo había llegado hasta allí. Continuó con mi situación, el ambiente en la aldea y terminó por el día a día en el hogar. Yo no sabía cómo expresar mis sentimientos y mi estado tampoco acompañaba, pero él supo hacer las preguntas adecuadas obteniendo las respuestas que buscaba. Me recetó unas vitaminas y unas pastillas para descansar. Esa fue la primera de muchas visitas que tuve con él y su enfermera ayudante. Haciendo reminiscencia, he de decir que estas dos buenas personas y excelentes profesionales hicieron más de psicólogos que de médico y enfermera; esa fue la ayuda para salir del pozo donde me sumió mi pareja.

Aparté un momento la mirada de María porque noté de reojo que Carmiña se llevaba un pañuelo a los ojos para secar unas lágrimas que le estaban brotando. No le di más importancia, quizás la emoción la embargaba.Pero sigues con él, ¿no? – pregunté.

Sí, es que este proceso fue muy lento. En el pozo entras rápido y terminas pensando que no hay vida fuera. Has de ir poniendo cada cosa en su lugar, primero en tu interior y después a tu alrededor. En mi caso esto duró años, pero gracias al Doctor y a estas dos grandes amigas he podido salir y recuperarme.

Pues me alegro mucho de que a pesar de ser una minúscula aldea haya tan buena gente. – comenté.

De lo que yo me alegro es de haber podido escucharte hablar y expresarte, ¡ya pensábamos que se te había comido la lengua el gato!

Yo me ruboricé y esto provocó un estallido de carcajadas en las tres, al ver el rubor aflorando en mis blancas mejillas.

La merienda se prolongó a pesar de que seguir ruborosa y con un nudo en la garganta impidiéndome articular palabra. Ellas se encargaron de seguir con las anécdotas habituales provocando  momentos hilarantes.

Contaron una que me sorprendió. En uno de los cercados de los aldeanos, donde cuidaban a las gallinas, un vecino trajo un pavo grande con el que agasajar a la familia en la cena de Navidad. Lo iba cuidando para que engordara máximo posible. Uno de los días, al llegar al cercado, no lo encontró por ningún lado. Preguntó a los demás vecinos y buscó sin encontrar ninguna pista ni respuesta. Todo era muy extraño porque no había quedado ni rastro de él por los alrededores. Pasados unos días, apareció una bolsa colgada en la cancela de su huerto con la siguiente nota: “El pavo estaba muy bueno, muchas gracias” y las plumas del animal en su interior.

     Como reza un dicho: ‘El dolor es temporal … el orgullo y la victoria son para siempre’. María es un fiel reflejo.

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