Capítulo 9

CLAUDINA LA TENAZ

Días más tarde, cuando el crudo invierno dio una pequeña tregua, Claudina nos invitó a las tres a su merienda-confesión. Así que allá fui rauda y veloz, deseando conocer las vivencias de una mujer tan llena de vida, energía y nervio.

Una vez sentadas alrededor de la mesa, ella comenzó su relato:

Nací aquí hace muchos años. Éramos cuatro hermanos justo después de la guerra, fue tan dura… que hasta miembros de la misma familia llegaron a matarse entre sí involuntariamente, sin saberlo. Aunque la postguerra prolongó las penurias y la hambruna. Mi padre era un hombre alto, muy alto; ya sé que yo no levanto un palmo del suelo, pero qué le vamos a hacer, no heredé su altura.

Se enamoró de una joven muy guapa de esta aldea con la que estaba emparentado. Formalizaron su situación y comenzaron los preparativos para el enlace. Mis abuelos tenían una de las casas más grandes del pueblo, situada en el centro, con un patio trasero donde guardar los aperos de la labranza, además de bastantes campos repartidos por las laderas de estas montañas que nos rodean, donde sembraban cereales y vegetales para ellos y sus animales. Pero, desgraciadamente, antes de la boda estalló la Guerra Civil. Hubo cambios frecuentes en los frentes de ambos bandos; unas veces estaban sometidos por unos y otras por los contrarios. Según me contaron los vecinos un día, los de un bando vinieron a ajusticiar a los aldeanos que ayudaban a los contrarios. Apresaron al futuro suegro de mi padre con la intención de matarlo. Con su energía característica salió rápido (fue el único, ni su propio hijo tuvo agallas para hacerlo) y se plantó delante de los combatientes recriminándoles que hubieran apresado a un abuelo entrado en años. Ni corto ni perezoso se dio media vuelta agarrando a su suegro, emprendiendo camino de vuelta a la aldea, no sin antes recibir un tiro de venganza en una pierna que le dejó una cojera permanente. En ese tiempo tan convulso los ajustes de cuentas fueron demasiado habituales, chivatazos por envidia y demasiados secuestros, sobre todo de jóvenes lozanas. La prometida de papá fue una de esas víctimas cuando, al ir un día a lavar la ropa al río, cayó en manos de los milicianos. La raptaron junto con algunas más, y se las llevaron a sus campamentos a que satisficieran todas sus necesidades físicas. Mi padre lo dejó todo y emprendió su búsqueda. Recorrió los montes circundantes exponiendo su vida, esquivando las balas y abordando a todos los combatientes en busca de información. En poco tiempo se enteró de que debido a su belleza la habían vendido a un comerciante extranjero y la habían embarcado en un mercante rumbo a la isla de Cuba. No se lo pensó dos veces y marchó para allí. El viaje fue largo, muy largo, lleno de incertidumbres: qué la habría sucedido, donde la tendrían, lograría encontrarla y cual sería su situación.

Una vez desembarcó emprendió la búsqueda. Recorrió toda la isla de cabo a rabo hasta dar que dio con ella. Por desgracia, la encontró agonizante en uno de los mugrientos burdeles de la isla donde la habían explotado hasta la extenuación. Solo pudo regresar con su recuerdo.

Eso lo sumió en un pozo sin fondo del que únicamente salió para casarse con mi madre, huérfana gracias a la misma guerra. Fue un matrimonio concertado por ellos mismos, sin amor porque la guerra se encargó de matarlo. Fruto de esa unión nacimos mis hermanos y yo. Pero el sufrimiento y la penuria seguían rondado la casa familiar. Por causa de todo lo sufrido y las numerosas privaciones de esos tiempos mamá enfermó y murió rápido al no poder recibir la asistencia necesaria a causa de lo que entonces se llamaba el cólico miserere que no era otra cosa que una apendicitis.

Papá, a pesar de seguir sumido en la desesperación doblemente, intentó hacerse cargo de las riendas de la familia, pero al poco tiempo, fruto del sufrimiento pasado, también enfermó y terminó muriendo.

Antes de que nuestras inocentes mentes pudieran darse cuenta nos habíamos convertido en huérfanos. Solos y sin familia cercana. Había que hacer algo rápido. El mayor de todos decidió marchar a la capital para poder ganarse buenamente la vida y de paso ayudarnos a nosotros también, primero enviando dinero y después, según fuéramos haciéndonos un poco mayores, viajando hasta allí para volver a estar juntos. Al llegar a la capital encontró una minúscula habitación donde dormir en casa de una mujer que se compadeció de él. Al poco comenzó a trabajar en los bares como camarero.

Mientras aquí, aprovechando el desamparo en el que nos quedamos los demás hermanos, comenzaron a pulular a nuestro alrededor los vecinos desaprensivos. No se acercaron con el interés de ayudarnos fruto de la compasión; comenzaron a apropiarse de lo que mis padres habían dejado, y nosotros, siendo muy pequeños todavía, ni sabíamos ni podíamos defender.

Recuerdo cómo en el patio trasero de nuestra gran casa, donde se guardaban los aperos de labranza y estaban las entradas a las cuadras de las vacas y los cochos(cerdos), empezaron a aparecer ventanas de la casa colindante sin permiso alguno. Aunque en aquel entonces no entendí la razón, tiempo después, a mi regreso, lo vería todo claro y cristalino como el agua que baja de estas montañas.

Tengo en mi mente grabado cómo en aquellos dificilísimos días tuvimos incluso llegamos a alimentarnos con comida cruda. Sin ayuda, con la nula compasión de los vecinos y sin medios, sobrevivimos como buenamente pudimos.  

Pasaron los meses y mis hermanos fueron marchando hasta que me llegó el turno. Una vez allí tuve me espabilé -aunque solo tenía apenas 11 años- y fui a pedir trabajo puerta a puerta. Por suerte, di con una familia adinerada necesitada de ayuda con sus hijos. Se apiadaron de mí y me contrataron como interina con derecho a un día libre a la semana, ¡a pesar de tener poca más edad que sus hijos y sin experiencia para hacerme cargo de unos niños! Aunque era muy duro, me permitió poder ir ahorrando, vivir en pleno centro de una gran ciudad, con una familia que me trataba con cariño. También pude conocer a personas adineradas.

Como las penurias abundaban en aquellos tiempos, fueron muchos los paisanos jóvenes que terminaron por emigrar a la gran ciudad. Intentábamos ayudarnos como buenamente podíamos y aprovechábamos nuestro día libre para juntarnos, charlar, tomar algo y, si nos quedaba alguna peseta, terminar en el baile.

Según fueron creciendo los niños a los que cuidaba, los matricularon en un internado y solo venían para las fiestas y puentes más importantes. Yo seguí siendo útil en la casa cuidando a los Señores.

Con el tiempo comencé a darle vueltas a la cabeza. Como buena gallega echaba a faltar los productos de mi tierra en esa gran urbe. Solo podíamos conseguirlos pidiéndolos por correo a parientes a pesar de que muchas veces se perdían por el camino. Hablé con los Señores y, como ya no necesitaban a una interina, decidí dar el salto montando una minúscula cantina gallega. Fue la primera en pleno centro gracias a que me cedieron uno de sus numerosos locales arrendados repartidos por toda la ciudad, a un módico precio claro está. La llamé “Cantina O Courel” en honor a este precioso valle. Tuvo mucho éxito porque era la única y la mejor. –   apostilló con contundencia – Por desgracia, eso atraía a algunos vividores y estando sola se creían con el derecho de meterse en mi casa y vivir sin dar palo al agua. ¿Cómo te los quitabas de encima?Pregunté. Bueno, alguno llegó a dármela por algunas semanas o meses, pero como yo no me arrugo ante nada ni nadie, me los quitaba de encima con mi energía característica.

Esa situación era muy habitual, en aquella época los vividores amantes del buen comer, beber y poco trabajar campaban a sus anchas. Además en la capital había muchos llegados de los cuatro puntos cardinales del país en busca de un futuro mejor a costa de vivir como una lapa. No todos eran unos mogrollos. Uno de los que llamó mi atención, por ayudarme al espantar a esos moscones. Era un apuesto y fornido agente de la Seguridad Nacional. Comenzó a venir asiduamente. Al principio era reservado. Pero como la soledad nos obliga a abrirnos y un poquito del orujo de esta tierra suelta la lengua fácilmente, empezó a contarme su historia. Se notaba que provenía de una familia culta y bien posicionada. Él había cursado estudios y era un jefe dentro del Ministerio.

Después de un tiempo me invitó a ir al teatro. No recuerdo lo que vi pero, como era mi primera vez, aquel gesto captó mi atención. Después me acompañó a la puerta de la pensión donde vivía. Percibir que alguien como él se interesaba en mí me hacía sentir bien. Además, como se movía en altas esferas, tenía unos temas de conversación fascinantes; saber de los intríngulis palaciegos llamaba poderosamente mi curiosidad. Allá donde íbamos siempre me presentaba gente a la que conocía. Ver lo bien relacionado que estaba en aquella inmensa ciudad era algo sorprendente, para una humilde aldeana como yo.  

Poco a poco me fui encaprichando (y digo “encaprichando” visto ahora desde la lejanía), llegado el momento en el que caí rendida en sus brazos. Aunque siempre tuve muy presente preservar mi independencia. No quería comprometerme de por vida con ningún hombre porque no quería que nadie coartara mi libertad terminando convertida en la esposa sumisa, encargada de las labores de la casa y la crianza de los hijos. En eso he de reconocerlo, fui un poco adelantada para mi época, y ahora me alegro de haberlo sido.

Terminamos conviviendo juntos en su elegante piso del centro de la capital. Al principio todo eran parabienes y halagos por mi trabajo, pero poco a poco fue cambiando la situación. Comenzó a molestarle llegar de su trabajo en el Ministerio y que yo estuviera en mi cantina; cosa extraña cuando tiempo antes no le importaba venir a degustar la rica comida de mi local y pasarse horas contemplándome trabajar. Después empezó a mostrarse molesto viéndome “servir” en un humilde figón (aunque fuera mío) porque, según él, no era un trabajo acorde con el estatus social propio de la “compañera” de un cargo ministerial.

En aquella época si uno quería disfrutar de una seguridad económica tenía que trabajar mucho y duro. Muchas noches llegaba a casa agotada, con la única intención de tumbarme en el sofá, cenar algo y ver la tele antes del fin de la programación cuando ponían la carta de ajuste. Al principio él era muy amable y me traía algo de cena al sofá (un esfuerzo titánico para un hombre de aquella época, acostumbrado a pasar del cuidado materno al conyugal), pero eso duró poco. Comenzó a mostrarse malhumorado, irascible, gruñón…

Concluí que la tensión de su cargo le estaría pasando factura y desplegué más paciencia de la habitual en mí. Pero el ambiente fue enrareciéndose aceleradamente. Llegado el momento, decidí volver a la habitación de la pensión. Esa decisión no debió de sentarle nada bien. Ser un hombre influyente y que le dejara plantado una aldeana con una pequeña cantina como yo debió de herirle en lo más profundo de su orgullo varonil.

Comenzó a presentarse a la hora de cerrar y a seguirme hasta el hostal. Por la mañana estaba atento a mi salida vigilándome. Durante el día, cuando terminaba su trabajo, se venía con la excusa de tomar algo para controlarme.                      

Al principio no le di mucha importancia, pues pensé que tarde o temprano se acabaría cansando, pero aquello en vez de aflojar fue en aumento. Ya no venía solo, le acompañaban “amigos” del Ministerio. Más tarde esos amigos trajeron a otros, y todo ese grupo se coordinó para visitarme regularmente a diferentes horas del día.

Vaya  situación más tensa. – apunté. Cierto, neiniña (nenita). Esto tuvo su culminación cuando una noche. Antes de entrar en el portal de la casa de huéspedes, me agarró del brazo con mucha fuerza, tiró de mí hacia él y cuando me tuvo a un palmo escaso de su cara me dijo: “A mí ninguna pueblerina inculta como tú me deja tirado. Te voy a hacer la vida imposible para que vuelvas conmigo o desaparezcas de una vez por todas de la ciudad”.

En esas circunstancias me quedaba muy poco margen de maniobra: o me sometía a él y sus caprichos durante el resto de mi vida o desaparecía de golpe sin dejar rastro. Decidí lo segundo. Traspasé en secreto la cantina con la ayuda de mis anteriores jefes (los Señores), lo preparé todo para esfumarme el mismo día y que no me encontrara por ningún lado. Por suerte nunca le mencioné la zona exacta de mi procedencia, lo cual sirvió para poder recuperarme y vivir tranquila hasta el día de hoy.

Aunque a mi llegada me topé con la cruda realidad de tiempo atrás. Todos aquellos vecinos que se habían aprovechado de nosotros apropiándose de lo ajeno cuando quedamos huérfanos, siguieron adueñándose de más propiedades durante nuestra ausencia. El patio trasero, almacén de los aperos y acceso a las cuadras,  lo habían convertido en un parking y trastero familiar exclusivo. En invierno dejaban atravesado un Land Rover viejísimo. A pesar de tener un garage techado en uno de sus terrenos, lo sacaban y estacionaban ahí para impedir que nadie más estacionara. Solo lo devolvían a su lugar en verano para estacionar los vehículos de toda la familia que venía de vacaciones.

¿No notaste nada?¿ fue todo de golpe? –pregunté

     En todos los años que habíamos estado fuera viviendo en la capital ellos tuvieron el uso y disfrute, aunque echando la vista hacia atrás, las veces que volvimos alguno de mis hermanos o yo, en algún viaje rápido para supervisar la casa, ya fueron dando indicios de sus intenciones, pequeños detalles pero vistos ahora desde la distancia eran claros. Ellos se afanaban por mostrarse como vecinos muy allegados, casi familia. Nos agasajaban con invitaciones a café durante nuestra estancia, pero los sus coches aparcados en nuestro patio trasero no se molestaban en moverlos, ni siquiera uno solo para compartir el aparcamiento.

Cuando fueron conscientes de mi retorno definitivo fue cuando los acontecimientos se precipitaron. Un día al lleguar de comprar víveres para la cantina, aproveché ‘casualmente’ un hueco y paré un momento para descargarlos. Ellos salieron como poseídos gritándome que ese espacio no era mío, era suyo e iban a vallarlo impidiéndonos el acceso a nuestra casa familiar por la parte trasera. La apropiación indebida se había consumado.

     En vista de su ambición y de su desfachatez desde el mismo instante del fallecimiento de nuestro querido padre, abriendo ventanas donde no se podía y adueñándose de un lugar nuestro, decidí poner fin a ese atropello.

     Ya había oído cómo se las gastaban con otros vecinos a los que tenían denunciados o les habían ‘obligado’ a demandarle por cuestiones similares. Busqué documentación en todos los archivos históricos de la provincia. Fue entonces cuando me enteré de dos cosas: Primero: el que cede el uso de algo de su propiedad a otra persona durante 30 años sin impedirlo adquiere automáticamente la propiedad. ¡Eso es lo que habían estado haciendo, mientras nos daban el parabién y fingían ser buenos vecinos! Segundo: ese patio había sido catalogado como camino de acceso a una sobeira (paso inferior entre dos calles tipo túnel) muy típica de este valle. Vi claramente que si nos enzarzábamos en una batalla judicial por la propiedad pasarían décadas, pleitos y mucho dinero gastado para, quizás, terminar perdiendo algo que ya era público.

     Años antes la Diputación de Lugo había modernizado las calles de la aldea, habían instalado el alumbrado público, el alcantarillado y asfaltado, inclusive en nuestro patio trasero. El abogado me aconsejó que informásemos al Concello, porque eso era considerado ya como un espacio municipal. Así ellos pleitearían con la administración local, más fuerte y poderosa, quedando nosotros al margen, en segundo plano, libres de excesivos gastos e interminables procesos. Redactamos una instancia al Concello con fotos incluidas y con todos los detalles extraídos del archivo histórico. Cuando tuvimos acceso a su escrito fuimos plenamente conscientes de las incongruencias de su argumento. A pesar de vanagloriarse durante años de ser la secretaria de uno de los abogados más prestigiosos de toda Galicia su escrito contenía numerosas erratas, falsedades e incluso hasta evidencias de su acción ilegal pues reconocían su propiedad desde hacía 40 años y ponían fotos para demostrarlo.

     El alcalde de aquel entonces era Socialista y nos prometió hacer todo lo posible por solucionar el conflicto. Poco tiempo después nos dimos cuenta de la realidad. Se enfrentó a una moción de censura perdiendo la alcaldía, pasando a manos de la oposición popular. Como es normal en cuanto tomó posesión del cargo la nueva alcaldesa solicité una entrevista para ponerla al día del tema. Me atendió con mucha educación y quedamos en que me llamaría cuando lo hubiera analizado bien con los técnicos municipales.

     Después de mucho batallar en los juzgados, las sentencias en su contra fueron cayendo en todas las instancias donde recurrían. Cuando se les acabó esa vía judicial volvieron a iniciar un nuevo pleito basándose en la falsa idea de que la plaza municipal había sido asfaltada a cargo suyo. Según ellos, aprovecharon los trabajos realizados en la aldea para el asfaltado y solicitaron a la empresa que lo hiciera también allí. Cimentándose en esa rocambolesca idea solicitaron del juzgado un análisis el asfaltado de la plaza y el del resto de calles para determinar la diferencia en la composición. El Juez, viendo el resto de sentencias sobre este mismo tema, desestimó la petición arguyendo que ya estaba zanjado y bien aclarado.

-¡Madre mía! Pero que gente más retorcida ¿no? comenté.

 La verdad es que sí. Al fin se dieron por vencidos judicialmente. No fue así en cuanto a seguir haciendo uso de la plaza como su parking particular. El Concello, harto del tema, decidió plantar una señal de “prohibido parar y estacionar” y además unos bolardos impidiéndoles meter sus vehículos. Así es como esta aldea ha sido la primera del valle en tener su placita central protegida por distintivos y pivotes, ¡y eso que vivimos solo unas pocas decenas de personas!

Después de esta explicación, que me dejó en shock, y de haber situado la localización del lugar en el mapa de mi mente, recordando haber pasado por ahí de camino al monte cuando busqué a Wendy, merendamos tranquilamente. Como era habitual, ellas pusieron el toque humorístico con sus innumerables anécdotas de estos lares.

Una de las historias trataba también sobre la ruindad de algunos aldeanos. Según me contaron, como aquí los terrenos aledaños a la aldea se aprovechan para cultivar hortalizas, siendo escasos por lo abrupto de la superficie, alguno cargado de picaresca se había encargado, en la oscuridad de la noche, de mover la valla colindante con el huerto del vecino unos palmos ganando terreno “gratis”. Viendo mi cara de sorpresa e incredulidad me dijeron que aquí había gente muy ruiña (ruin). “Pueblo pequeño, infierno grande”, reza el dicho.

     Napoleón dijo: ‘Con constancia y tenacidad se obtiene lo que se desea; la palabra imposible no tiene significado’. Claudina lo demostró con creces.

A %d blogueros les gusta esto: