El amor todo lo-cura

Corazón

INICIO

No sé si recuerdo o no el momento cuando este infierno comenzó. Llevo en mi cuerpo – y lo que es peor, en mi alma – la marca imborrable de todo este calvario.

Mi caso no es más diferente de los que se han contado y recontado una y otra vez. Todo es idílico al principio; de hecho una se siente como si viviera en una nube de algodón, la reina del mundo, el centro del universo para esa persona. Te colma de tantas atenciones, detalles y halagos, que una… se deja llevar pensando “solo pasa una vez este tren por tu vida”.  Y a él me subí rápidamente, dispuesta a disfrutar de cada momento a su lado, de cada mirada, caricia, palabra.

Ese éxtasis preliminar va poco a poco desinflándose. La rutina diaria hace que uno tenga que batallar con diferentes problemas, atenuando el intenso ardor del comienzo. Una cosa es eso y otra muy distinta oír ciertas palabras; que más que caricias al alma se asemejan a puñales hundidos en la carne provocando heridas sangrantes.

Siguiendo el patrón establecido decidí tentar a la suerte y “vivir la aventura”. El destino, tan caprichoso, decidió conducirnos hacia una aldea perdida, rodeada de desconocidos y encerrada en una casa vieja y desvencijada. Mi melancolía y soledad iban aumentando a la misma par que mi jovialidad y alegría se iban apagando. Cualquier contacto con mi mundo hasta entonces era harto difícil, pues en aquel lugar apartado apenas llegaba señal de móvil y para hablar con algún familiar dependía totalmente de que él “estuviera de buenas” y me llevara al pueblo más cercano, distante unos cuantos kilómetros a través de una zigzagueante carretera de montaña.

Cada día era un remedo del anterior, una angustia constante pensando en el final, si sería de buenas (es un decir) o vertiendo toda su frustración, inmadurez y rabia en mí, como de costumbre.

En aquel inhóspito lugar dejado de la mano de Dios las paredes estaban llenas de oídos. Los vecinos debían ser conscientes de la situación, pero daba la impresión de que, al estar anclados en el tiempo, callaban. Unos no querían enfrentarse a un ser violento. Otros recibían de él favores en época invernal. Y aún otros debían de ser una fiel copia, practicando en sus hogares las mismas artes. A ellas las creía víctimas sumisas, silenciosas, como yo.

Los días transcurrían con una monotonía machacona. La luz del sol era muy cara de ver. Una espesa niebla lo cubría todo, la mayoría de días, dando la impresión de atrapar a cada cual en su rutina o condena de vida, como la mía. En muchas ocasiones, esa niebla daba paso a una lluvia fina y persistente cual tortura china. El resto de veces lo hacía caía la nieve cubriéndolo todo con un manto blanco cegador; cuanto más fijaba la vista intentando ver algún ser vivo, más pronto terminaba deslumbrada y con dolor ocular.

Yo no era muy dada a distraerme viendo la televisión pero en esa situación tediosa hasta intenté agarrarme a ella como tabla de salvación, naufragando estrepitosamente. La débil señal que podía sortear estas altas cumbres y adentrarse en este minúsculo valle solo daba para ver la cadena nacional y, sobre todo, la autonómica –atiborrada de programas dirigidos a entretener a la tercera edad local-. Con la radio sucedía algo similar pero con menos cobertura si cabe, terminando cansada de mover el dial porque intentando mejorar la débil señal.

Buscar compañía con alguna lugareña fue otro intento fallido. Los escasos habitantes de esta aldea –en invierno eran dos o tres decenas- no hacían casi vida en la calle, siendo imposible cruzar una sola palabra con alguno. El más cercano –y por el que había llegado hasta aquí- empalmaba la jornada laboral con la cantina llegando solo para cenar y dormir, en el mejor de los casos.

Esta situación comenzó a pasarme factura; mi corazón empezó a enfermarse tanto que parecía estar en carne viva. Mi aspecto físico también se deterioró al mismo paso, hasta caer postrada en cama por largo tiempo…. tanto como lo que duró ese primer invierno, que se me hizo eterno.

Lejos de conseguir la recuperación, uno de esos días en que parecía volver el verdadero ser por quien cogí aquel último tren del amor, fue en busca del Doctor.  

OBEDIENCIA

El Doctor era un señor mayor. Llevaba por aquellos lares toda su vida pues nació cerca, marchó a la ciudad a cursar sus estudios de Medicina y volvió con su vocación bien clara: ser médico rural y cuidar de su gente.

En todos los años de profesión había podido ver claramente el patrón que seguían sus conocidos vecinos y los efectos provocados en las sumisas y sufridas víctimas, percibiendo enseguida la situación, aunque yo ni lo intuyera.

Le pidió que nos dejara a solas y entonces comenzó a hacerme preguntas. Eran muy delicadas, sutiles y bien pensadas. Su consejo sonaba a música celestial: debía esforzarme por salir de esa situación, aunque eso no iba a ser fácil. Como ayuda me pautó unas vitaminas para recuperar las fuerzas perdidas por este maltrecho cuerpo. En cuanto me lo permitieran, debía levantarme de la cama, salir a la puerta de la casa y descansar en el banco, contemplando el trajín diario de los escasos vecinos. El resto lo harían el sol primaveral recién llegado y la brisa fresca.

A pesar de mi débil estado hubo algo que llamó poderosamente mi atención: fue la recomendación de entablar pequeñas conversaciones con las vecinas porque seguro que eso contribuiría a acelerar la recuperación. Yo no entendía cómo podían ayudarme unas mujeres ya entradas en años, ancladas en tiempos remotos y acostumbradas a sobrevivir en estas duras tierras.

Al terminar su visita abrió la puerta de la habitación y procedió a darle una serie de instrucciones con un tono serio y tajante, él respondió agachando la cabeza y asintiendo.

Como dice un refrán: “Obediencia y paciencia son la mejor ciencia”. Y de eso el galeno sabia bastante.

CONSEJOS

Como el Doctor gozaba de muy buena reputación y daba la impresión de que tenía ojos por todos lados, la situación en casa pareció suavizarse por un tiempo.

Yo aprovechaba el sol del mediodía para salir un ratito y sentarme en el poyo de la puerta. Cuando sus tímidos rayos templaban mi fría piel, la mente me transportaba por aquellos parajes. Veía las altas cumbres pobladas de frondosos bosques rodeando la aldea, aves surcando un cielo tan azul y limpio que me embargaba una sensación nueva de libertad. Aunque los insectos revoloteando por doquier se encargaban de devolverme rápidamente a la realidad, teniendo que comenzar a lanzar manotazos a diestra y siniestra para intentar alejarlos de mí. Daba la impresión de haber hecho una “quedada” para fastidiarme y devolverme a la realidad que me rodeaba.

Cuando las pesadas moscas me daban un momento de tregua también veía pasar a las pocas vecinas y vecinos, absortos en sus quehaceres diarios.

Al principio solo nos saludábamos amablemente. Ellas iban cargadas de haces de leña fina que acababan de cortar en los bosques aledaños con los que encender el fuego en los días fríos. También acarreaban los aperos para labrar el huerto familiar cercano, del que regresaban con los frutos de la brega en forma de vegetales. Ellos se afanaban en limpiar las cuadras cambiando todo el suelo de paja sucio y redituando el estiércol como abono en sus campos. También comenzaban las obras de restauración de las centenarias casas, sobre todo el cambio de las pesadas planchas de la vieja techumbre por losas más pequeñas y livianas.

Conscientes de mi estado físico, algunas no tardaron en desviarse de su camino, haciendo un alto para, además de tomar aire, interesarse y ofrecer su ayuda, compartiendo las ‘berzas’ recolectadas. Como buena urbanita que soy lo agradecía, pero prefería tirar de microondas y congelados. La cocina no es lo mío.

Al atardecer, cuando el sol se escondía entre las altas cumbres que rodeaban aquella aldea, yo volvía a internarme tras los cristales de la ventana de la cocina, pegada a la estufa de leña. Sentada en una silla de anea, que debía de haber dado servicio a varias generaciones, veía a mis vecinas seguir faenando con sus quehaceres.

Hubo algo de esa usanza que llamó mi atención. En un momento concreto de la tarde, tres de ellas salían de sus casas cargadas con bolsas llenas de latas grandes y garrafas de agua vacías, se dirigían por la calle principal hacia el cauce del río que cruzaba la aldea llenándolas de agua fresquita en la improvisada fuente. Después, una de ellas acercaba un destartalado vehículo.  Por sus formas y hechura parecía más un artilugio sacado de un museo de antigüedades que un todoterreno. Y emprendían la marcha.

Horas después, cuando ya había oscurecido, regresaban con las bolsas y las garrafas vacías. Hasta ahí nada salía de lo normal; lo llamativo era que sus rostros reflejaban alegría y satisfacción. Pero como yo no tenía ni fuerzas ni ánimo, no le di más importancia.

La primavera terminó dando paso al verano. El sol iluminaba más horas el banco de la puerta, calentando el ambiente y posibilitándome disfrutar durante más tiempo de la buena temperatura. La brisa estaba cargada de los intensos olores de las flores repartidas por doquier en las montañas cercanas. Brotes que hacían las delicias de las abejas, afanándose en recolectar la máxima cantidad de polen con el que realizar la típica miel de esta zona. La población de la aldea había comenzado a aumentar con los familiares que venían a pasar sus vacaciones. Era un trasiego continuo de vehículos y maletas. Sin contar con las fiestas locales que salpicaban el valle de bailes y ferias. El bullicio ya comenzaba a parecerse al de una gran urbe pero en miniatura. También estaban los que dedicaban sus vacaciones a recorrer los viejos caminos o las rutas que surcan estas montañas atravesando la aldea en su trayectoria dando, en más de una ocasión a este lugar aire de una pequeña Babilonia con sus lenguajes extranjeros.

Mis vecinas estaban más enfaenadas, todavía si cabe, trabajando en sus tierra, atendiendo sus animales y agasajando a los familiares llegados, pero llegado el momento concreto tenía lugar el mismo ritual: salían las tres muy sonrientes y cargadas, se montaban en el ‘artefacto’ y marchaban. Transcurrido un buen rato, cuando comenzaba a caer la tarde, volvían con las manos vacías pero contentas, incluso dejando escapar alguna carcajada. Como mi estado anímico había mejorado algo, la curiosidad comenzó a rondar por mi cabeza: ¿a dónde irán? ¿qué harán para volver irradiando alegría y felicidad (toda la que a mí se me había perdido por el camino, dicho sea de paso)? Tiempo después obtendría todas las respuestas.

     Un refrán dice: De necios es huir del consejo. De modo que puse todos mis sentidos en aplicar el del galeno para recuperarme lo más rápido posible.

EMPATÍA

Los cálidos días del verano fueron dando paso a los ocres otoñales. Esa mezcla de diferentes tonalidades cetrinas y cobrizas era algo que nunca había visto y atrapaba mi atención poderosamente.

     Como mi salud había mejorado bastante ya no observaba tanto la tarea de las vecinas. La tregua pasó y la rutina volvió a instalarse en mi vida dentro del “tren” al que me subí en un arrebato de locura pasional, algo de lo que ya me había arrepentido demasiadas veces en un espacio relativamente corto de tiempo.

El frío era cada vez más intenso se estaba haciendo más habitual. El espectáculo era precioso de contemplar. Las estalactitas colgando de los viejos tejados destilando gota a gota según les calentaba el sol del medio día y las heladas matutinas dejando todo el entorno cubierto por un manto blanco nacarado.

Una de esas mañanas, recién levantada, escuché unos gritos procedentes del exterior. Era un vecino y familiar político maldiciendo y dando golpes… ¡golpes a un animal, por los quejidos lastimeros que emitía! Salí sin pensarlo dos veces y pude ver una escena desgarradora. El vecino iba soltando sapos y culebras por su boca. Llevaba atada del cuello y arrastrando por el duro pedregal del hormigón a una perra jovencita. No sé de dónde saqué el instinto, pero salí corriendo tras él y me lancé a agarrarle la cuerda para quitársela. En ese preciso instante él se giró de golpe. Al principio quedó incrédulo viéndome allí detrás impidiéndole seguir su camino, pero cuando reaccionó desvió toda su rabia hacia mi persona, amenazándome, con la firme intención de evitar mi intervención en la situación. Saqué fuerzas de flaqueza y le y le preguntécuál era el mal que había hecho la tusa para merecer ese trato:

  • Haberse escapado del cercado.
  • Y ¿con qué objetivo? Pregunté.
  • Tomar el sol aquí. – espetó.
  • Eso no es justificación, le contesté.
  • Si no me das el can te denunciaré a las autoridades. Apostillé.

A pesar de no saber qué autoridad era la competente allí ni si serviría de algo. Él, preso de una ira descontrolada la lanzó a mis brazos, no sin antes dirigirme un buen puñado de amenazas. Sin pensarlo dos veces la cogí y la llevé a casa.

La pobre estaba temblando como un flan. No sabía qué iba a ocurrir ni por qué me la había llevado y yo tampoco sabía qué hacer. Localicé un botiquín en la casa, empecé a acariciarla y curarla las rozaduras. Solo era una cachorrilla preciosa y juguetona.

Según pasaron las horas ella se fue calmando y yo inquietando. ¿Cómo reaccionaría él esa noche a su regreso del trabajo cuando viera lo que le había hecho y dicho a su familiar? Aunque no lo sabía, estaba casi segura. Me preparé, como ya había aprendido a hacer. A su llegada ya le habían informado de los hechos. Tenía por costumbre pasar por la cantina para distraerse después del trabajo, allí le pusieron en antecedentes. Su beso de llegada fue en forma de bofetada. En ese mismo instante mi mente desconectó, como tantas otras veces, para no sentir más daño, ni físico ni emocional.

Al día siguiente, cuando desperté él ya se había marchado. Mi primera acción fue buscar a la perrita. No la encontré por ningún lado. Concluí que la había devuelto, con todo el dolor de mi corazón ya maltrecho.

Acto seguido salí de la casa y me dirigí al cercado donde la mantenía, para comprobar si estaba. Cuando llegué, la vi allí, atada en un rincón sombrío y húmedo. Se me cayó el alma al suelo. El hombre también estaba. Desafiante, lanzó amenazas no fuera a atreverme a cogerla de nuevo. Entre dientes, con rabia contenida masculló que no era más que un simple animal y que a quien tenía que cuidar y servir era a mi pareja.

Di media vuelta hundida en la mayor de las tristezas, de las humillaciones, de las frustraciones. Es extraño, estando acostumbrada a sufrir ese tipo de trato, sentía todo eso sumado a una rabia e impotencia internas. Prendieron en mi interior un fuego capaz de cualquier cosa… aunque no supiera ni el qué ni el cómo.

El camino de regreso a casa  fue muy frustrante. Sentir los sollozos del animal me partía el alma y escuchar como  algún vecino me recriminó que defendiera al “animal”, siendo propiedad exclusiva de su dueño y teniendo toda la potestad para hacer y deshacer a su antojo, me llenó de rabia. Curioso comentario que me hizo pensar: “si eso siente hacia un ser vivo indefenso, ¿qué aprecio le tendrá a su esposa?”

 Ese día mi cabeza no paró de dar vueltas a la situación. ¿Cómo podía ayudar a ese “animal” y hacer más llevadero su día a día sin complicar mi situación en la intimidad del “hogar”?

La noche fue tranquila en cuanto a hechos (aunque eran evidentes las secuelas del día anterior en mi rostro en forma de equimosis), pero repleta de discursos y reproches. Huelga decir que no dormí nada pensando y repensando.

Amaneció el nuevo día y mi cabeza seguía centrifugando el mismo tema. No podía dejar que malviviera en aquellas condiciones mientras yo me quedaba de brazos cruzados. Me armé de valor (el que me faltaba para plantar cara a mi situación familiar), cogí unos restos de comida de la noche anterior y me dirigí hacia el cercado. Cuando el indeseable familiar me vio aparecer comenzó su retahíla de improperios y amenazas. Yo, acostumbrada a ellos, me dirigí a la perrita, le di las sobras de comida, esperé a que se los terminara, acto seguido volví a casa.

En el camino de vuelta me crucé con algunos vecinos varones. Después de lanzarme miradas despectivas, susurraron entre dientes “no es más que un simple animal” o “enfrentarse a un familiar por un bicho…”. Sin embargo, también pasé junto a alguna vecina que me dirigió una sutil sonrisa y un leve gesto favorable con la cabeza. Eso me contrarió, aunque concluí que sería producto de mi imaginación, no dándole más importancia.

Los días pasaban, mis visitas a la perrita también,  y los reproches del familiar y de mi pareja iban de la mano. Pero algo en mi interior me impulsaba a seguir. Una fuerza invisible me hacía sentir útil ayudándola. Después de tanto tiempo y sufrimiento, estaba convirtiéndose en una poderosa motivación interior. Era algo nuevo en mí, hasta entonces el único contacto con cualquier ser vivo no humano había consistido en ir de pequeña en una excursión colegial al zoo o ver los documentales en la 2 de TVE. Al final iba a ser cierto eso de que ‘el amor todo lo cura’.

El otoño iba transcurriendo y según se iba acercando el invierno mi preocupación por el sufrimiento que el intenso frío provocaría en ella me llevó a ir poco a poco transformando y adecuando la rudimentaria casucha donde se resguardaba en una confortable cabañita bien aislada y acondicionada.

Descubrí unos restos de materiales en el almacén familiar adyacente a la casa donde vivíamos y fui llevándome cada día lo que podía para preparar la caseta. Con unas tiras de corcho blanco un día la aislé del frío y la humedad. Otro día le puse un techo nuevo con unos trozos de planchas plásticas que imitaban a las tejas. Cubrí el corcho blanco interior con los laterales de un armario de plástico exterior, y así poco a poco. Por último, con un neumático y un cojín viejos le hice una confortable cama redondita y mullida.

Según iba avanzando la transformación, los adjetivos proferidos por el familiar político iban in crescendo y las descalificaciones que tenía que aguantar en casa cada noche también. Siendo sincera, las muestras de agradecimiento que cada día recibía de ella me estaban ayudando a aguantar ese calvario. Ir acercándome y salir rauda y veloz de su guarida moviendo el rabo como loca eran el primer recibimiento. Después venían los interminables lametazos mientras estaba allí. Y al regreso, durante el trayecto, me acompañaban sus mejores ladridos hasta ocultarme por el horizonte. Ese cariño era el mejor bálsamo para mi maltrecha alma. Nunca hubiera imaginado en mi urbanita vida que un simple perro fuera un gran alivio para un dolor tan intenso.

Un día el “familiar” dejó caer un comentario desasosegándome en gran manera. Dijo: Esta perra la he comprado para la caza; en cuanto tenga la edad la llevaré al monte y si no sirve, directamente le pego un tiro y se acabó. Tanto malcriarla va a ser su perdición.

Eso sembró en mí una desazón nueva, diferente a cualquier otra hasta aquel momento. Porque sentenciaba a otro ser vivo solo por ayudarle. Y realmente dolía más que cualquier descalificación o agresión hacia mi persona. Intenté no pensar mucho en ello, pero tenía que estar preparada para ese momento. ¿Cómo? ¿A quién pediría ayuda? ¿Quién querría socorrerme? Muchas preguntas y todas sin respuesta.

     Un sabio de la antigüedad dijo: ‘Haz a los demás lo que te gustaría que ellos te hicieran a ti’. Y eso mismo me esforcé por hacer con la tusa.

EL AMOR

Cada vez hacía más frío y en la misma proporción disminuían las ganas de salir de casa. Menos aún temprano, con la helada en pleno apogeo, el suelo congelado y resbaladizo obligando a hacer auténticos equilibrios circenses. Pero la obligación me llamaba y la perrita esperaba ansiosa mi visita como si de su ángel de la guarda se tratara.

Una vez en casa las horas se me antojaban eternas, así que intenté mantenerme activa haciendo lo que se me ocurría. Recordaba el dicho repetido machaconamente por mi madre siempre en nuestra niñez: ‘gente parada malos pensamientos’. Unos días cambiaba cosas de sitio y otros redecoraba… hasta que una tarde al mover un armario salieron unos ratones corriendo. Del susto metí un brinco yendo directa a la cama. Estuve allí, subida de pié, hasta que vino él. Ni qué decir tiene que al verme allí primero se sorprendió y cuando supo el motivo comenzó a espetar por su boca sapos y culebras, burlándose y denigrándome como era habitual. Lo único diferente y llamativo de esa ‘bronca’ fue su intención de que al día siguiente traería la solución.

Cuando desperté por la mañana me costó horrores levantarme de la cama por el pánico que sentía de encontrarme de nuevo con esas “criaturitas” campando a sus anchas. El miedo me impidió mover ningún mueble de la casa. Cada cosa que tocaba me aseguraba bien antes por si había escondido algún roedor agazapado debajo. Después de algún que otro conato de cruce por ambas partes, llegó la noche. Él entró por la puerta, vi que traía una cesta de mimbre en la mano. La soltó en la mesa con desgana y dijo: Ahí tienes la solución.

La duda me embargó. ¿Qué solución sería? Noté algún movimiento en su interior. Me apresuré a abrirla rápidamente. Ésa es la solución, un gato. Él se comerá a los ratones. No le des nada de comer. A un compañero le han parido en su cuadra y tiene varios. Iba a matar a este porque le sobraba y me lo ha dado encantado.

Un escalofrío recorrió toda mi espalda al tener entre mis manos esa cosita tan bella y delicada y oír la palabra “muerte”. Era un gatito de unos dos mesecitos, rubito a rayas, con la tripita redondita de haberse alimentado bien con la leche materna. Sus ojitos eran de un color miel intenso y su mirada era tan dulce que en un instante logró llenarme de ilusión.

Esa noche, desoyendo alguna de su larga lista de prohibiciones durmió junto a mí, acurrucado como una bolita y ronroneando sin parar. Nada más amanecer comenzó a investigar su entorno y de paso a jugar con lo que pillaba. Le dejé entretenido mientras fui a hacer mi visita diaria a Wendy, la perrita (no se me ocurrió otro nombre, la verdad es que para esto soy un desastre). Cuando volví, Garfield (así bauticé al gatito, un nombre bastante obvio y común) seguía entretenido. Como no estaba dispuesta a acatar ‘ciertas normas injustas’ decidí desoír la prohibición macabra de alimentarlo y empecé a probar con comida hasta dar con algo que resultó ser su predilección, devorándolo en un abrir y cerrar de ojos: el jamón dulce. Ese día se me pasó rapidísimo, pues estuve muy entretenida con Garfield y él conmigo.

Puede parecer poca cosa, pero esos seres vivos contribuyeron a llenar mi día a día con actividad y cariño, ingredientes que contribuyeron a que mi estado de ánimo mejorara a pesar de seguir metida en el infierno. Cuando él estaba presente intentaba mostrarme menos cariñosa con Garfield intentando evitar alguno de sus arrebatos peligrosos. No quería que terminara pagándolo muy caro el pobre. Pero como eso siempre es el fruto de una mente enferma, cualquier excusa era bienvenida para iniciar el maldito y doloroso ciclo.

El amor es uno de los mayores y más poderosos sentimientos. Tendría que ser una de nuestras características si no fuera porque, con insistencia machacona, muchos mal llamados ‘humanos’ se comportan con total carencia de esta cualidad. Sin embargo estos dos ‘seres’ lograron aliviar todo mi dolor. Hicieron verdad el dicho: ‘El amor todo lo cura’.

RESIGNACIÓN

Una mañana muy fría, incluso diría que gélida (expresión rara para una urbanita como yo, acostumbrada al clima suave del litoral mediterráneo), me dirigí hacia el corral de Wendy como cada uno de los días anteriores.

Según iba acercándome noté que no salía a saludarme como era su costumbre. Al llegar a la altura de la valla, la llamé una y otra vez, sin ningún resultado. Entré en el cercado para mirar en el interior de la caseta, no estuviera enferma y sin fuerzas para salir. Estaba vacía. Busqué por todos lados, la llamé, pero no hubo respuesta. Un vecino que pasaba por allí me dijo: ‘Se la han llevado al monte a cazar. Para eso son los animales, para nuestro servicio y cuando no hacen bien su trabajo “pumba” y se busca otro‘.

Un escalofrío más gélido que el de esa mañana recorrió todo mi cuerpo, desde la punta del cabello hasta las uñas de los dedos de los pies. ¿Qué sería de mi pobre Wendy? ¿Satisfaría las ansias de caza del impresentable familiar o llegaría su final de la manera más atroz, salvaje e infame?

Volví a casa presa de un desasosiego interno que no me dejaba parar. Garfield lo notaba, pues no paraba de mover la cabeza de un lado al otro siguiéndome con la mirada. Pasaron las horas. Algunos tiros se oyeron en la lejanía de las montañas. De pronto los motores de los todoterrenos empezaron a escucharse. Según se acercaban a la aldea el ruido era más notorio. Salí corriendo a esperarlos para ver si volvían con ella. Empezaron a bajar a canes de los remolques, pero mi Wendy seguía sin aparecer. Él salió del último vehículo, sabía que estaba allí esperándole. Me acerqué para preguntarle. Tuve que armarme de valor porque todos los compañeros de caza al verme allí me lanzaban miradas de desprecio y comentarios denigrantes. Sin inmutarse, dijo: ‘La perra me la he llevado hoy porque ya era hora que demostrara si había heredado los genes cazadores de sus padres, pero al oír los disparos se quedaba inmóvil como una estatua. Ese animal era un estorbo y he decidido quitármelo de encima. ¿Cómo, la has matado? pregunté con incredulidad. Él con la sorna característica de los cazadores, creyéndose superiores al resto de seres vivos, me contestó: Eso intenté, pero la bala no la mató de golpe y salió corriendo malherida. Si no se ha muerto ya estará agonizando en cualquier cueva de la montaña.

Como estaba acostumbrada y resignada a morderme la lengua y tragarme el enfado por miedo a las represalias me di media vuelta y volví camino a casa. Una sensación inmensa de rabia e impotencia se fue apoderando de mí al oír como él y sus ‘colegas’ se reían desdeñosamente a carcajadas, burlándose de mi preocupación por Wendy. En ese instante me decidí a emprender su búsqueda lo más pronto posible; no iba a dejarla agonizando en mitad de la montaña muriendo de congelación.

Durante los días siguientes, por la mañana anduve tanto como pude monte a través, llamándola a diestra y siniestra y escuchando atentamente por si emitía el más leve sonido de respuesta, pero todo fue en vano. Lo único que pude encontrar fueron cadáveres de otros pobres canes. Por desgracia habían corrido la misma suerte y descansaban ya de sus maltratadores y abusadores ‘humanos’. Sin contar con una cantidad innumerable de cartuchos sembrados por doquier siendo fuente de contaminación en un entorno tan bello.

Todo sea dicho, mi búsqueda al desconocer los alrededores de la aldea y estos terrenos inhóspitos, era un poco caótica. Mi única obsesión era no pasar dos veces por el mismo lugar y no perderme por esos montes. Para lograrlo iba dejando señales en el camino y sobre todo en las bifurcaciones. No fueron pocas las veces que me topé con algún otro habitante de los bosques, entrando en pánico echando a correr como una posesa sin parar. Según pasaban los días iba siendo más consciente de la gran envergadura de la búsqueda. 

Después de dos semanas decidí poner fin a la búsqueda; Wendy ya no podía seguir viva en aquellos parajes cubiertos de la escarcha nocturna y helados por las bajas temperaturas diurnas. Me resigné de nuevo con la suerte que me había tocado en la vida.

Un dramaturgo y crítico literario italiano dijo: ‘Si no tienes fuerza para imponer tus propias condiciones a la vida, debes aceptar las que ella te ofrece’. Y eso es lo que tuve que hacer sin más remedio, aceptar el trágico final.

AMISTAD

Una de esas mañanas en las que apetece salir buscando sentir algún rayo de sol acariciándote el rostro, después de interminables días y semanas de nieve y niebla espesa, me senté en el banco de la casa. Una de las vecinas que iban y venían de su huerto-corral atendiendo a las verduras, hortalizas, tubérculos y gallinas decidió acercarse a mí y dirigirme sus primeras palabras. Después de presentarse como María, me invitó esa tarde a tomar en su casa una taza de chocolate bien caliente y algún dulce casero. Yo no sabía lo que contestar. Hasta entonces el único trato que había tenido con los habitantes de aquella aldea se circunscribía al familiar “dueño” de Wendy, pero en vista de su insistencia acepté. Además, ella era una de las 3 integrantes del grupo que cada día salían en el destartalado todoterreno volviendo muy sonriente. La idea de averiguar la causa de esa alegría fue un poderosos aliciente.

Llegada la hora y no sabiendo qué ponerme o lo que llevar, decidí arreglarme lo justo (pues tantos días de no ver el sol habían hecho mella en mi maltrecho ánimo). Cogí algún dulce perdido por la despensa y me dirigí hacia la casa de María.

Mi mano temblaba mucho, era el reflejo del resto del cuerpo. Parecía un flan. Apenas pude dar unos leves golpecitos a la puerta. No hizo falta más, María estaba muy atenta y los escuchó. Rauda abrió de par en par con una sonrisa de lado a lado. Era una mujer entrada en años, de complexión fuerte, curtida día a día en los trabajos duros y climas extremos de esta zona. Para mi sorpresa no estaba sola: otras dos mujeres de la aldea también estaban allí esperando mi llegada, como si fuera algún acontecimiento especial, para iniciar la merienda. Resultaron ser las 3 integrantes del grupito que emprendía viaje cargadas de garrafas y latas para volver horas más tarde con las manos vacías pero alegres y satisfechas.

Su edad doblaba la mía, pero su carácter jovial las hacía aparentar más jóvenes de lo que eran. María me las presentó, mi mala memoria me jugó la mala pasada de no recordar sus nombres. Fue una merienda muy amena; ellas contaban historias de la vida de la aldea, anécdotas curiosas y graciosas provocándo una cadena de carcajadas. Yo las observaba y sonreía. Los dulces típicos me sorprendieron. Sobre todo llamaron mi atención unas tortitas delgadas tipo crepes llamadas ‘filloas’ que ungidas con delicioso chocolate caliente habrían hecho las delicias de cualquier ‘santo’.

 Llegó la hora de volver a los quehaceres de cada una y marché de nuevo hacia mi diaria monotonía pensando, en cuál sería el ánimo con el que cenaríamos esa noche y terminaríamos la jornada.

Mi rutina ahora solo se centraba en atender a Garfield. Siempre me sacaba una sonrisa con sus traviesos jugueteos cuando pillaba algo de su agrado. Sus correteos enérgicos de un lado para el otro con el rabito erizado lograban arrancarme una carcajada del alma. Eran verdadero bálsamo para mi hundida autoestima.

Pasaron los días y volvimos a tener otro regalo en forma de radiante cielo azul despejado e incontables rayos de sol que lo iluminaban todo, inundándolo del blanco brillante de la nieve. Decidí repetir la experiencia y volver a sentarme en el banco para aprovecharlo al máximo. Cuando las mujeres regresaban de sus quehaceres en los huertos una de ellas se desvió en dirección a mí. Era una mujer alta, muy delgada y entrada en años. Al llegar a mi lado la recordé, era otra de las integrantes de la merienda, pero no logré acordarme de su nombre. Ella, notando mi sofoco, me dijo: ‘Hola, soy Carmiña y me gustaría que esta tarde vinieras a casa a merendar‘.

Lo único que pude hacer, además de sonrojarme por el bochorno del olvido, fue agradecerle el detalle.

Según iba acercándome a la puerta de Carmiña, el corazón me latía con fuerza. A pesar de que días antes en casa de María me había sentido muy a gusto, no podía controlar ese pánico escénico de quien se enfrenta a algo por primera vez. Además, me preguntaba con insistencia cómo esas mujeres podrían querer pasar una tarde conmigo, si no tenía apenas conversación y mi estado anímico atenazaba mi boca imposibilitándome articular una palabra entera.

Llegué hasta la puerta, golpeé suavemente con los nudillos la dura madera añeja con el deseo de que nadie la abriera. Enseguida Carmiña salió rauda y veloz con una gran sonrisa en su cara: ‘Pasa, guapa. – me dijo con voz alegre – Te estamos esperando’.

Al entrar en el comedor estaban María y la otra mujer de la que tampoco recordaba el nombre. Sonrieron ampliamente, me invitaron a sentarme junto a ellas y comenzaron a charlar. Compartieron conmigo experiencias, vivencias y anécdotas ocurridas durante su larga vida en esa tierra tan inhóspita.

Era curioso percibir cómo a pesar del frío intenso exterior (como cada día) y el blanco manto que lo cubría todo, en aquel comedor se respiraba un ambiente cálido de paz, armonía y alegría. ¡Cuánto habría dado por ser una de ellas y vivir una vida plena sin temer por lo que fuera a pasar cada noche a su regreso del trabajo!.

Del buen surtido de dulces típicos que adornaban la mesa esta vez me atreví con la tarta de Santiago, ¡una delicia al paladar propia de santos!

El sol comenzó a ocultarse tras las blancas montañas y llegó la hora de la despedida. Agradecí amablemente todas las atenciones dispensadas y marché con pena al caer sobre mí la duda de lo que me encontraría de regreso a casa.

La rutina diaria continuó por un largo mes, la nieve fue alternándose con la espesa niebla. Tanto era el tedio de no poder hacer nada más que mirar a través de la ventana sin ver prácticamente nada que tenía los ánimos por los suelos. Por suerte cambió el tiempo y pudimos disfrutar de unos días de sol, así que volví a ser testigo del ajetreo de mis vecinos sentada en aquel banco. Como ocurrió las dos veces anteriores, la última de las 3 mujeres (tampoco recordaba su nombre) se acercó y me invitó a tomar café esa tarde en su casa. Me dijo que se llamaba Claudina. Era una mujer bajita pero tan enérgica que era difícil seguir su paso yendo y viniendo cargada como una hormiguita.

Esa tarde se repitió el ritual; mi corazón latiendo a cien por hora y mis temores asaltándome. Pero ocurrió lo mismo. Claudina parecía estar detrás de la puerta esperando a oír el primer toque y abrió rápidamente. Me hizo pasar,  allí estaban María y Carmiña ya sentadas. Volvimos a pasar una tarde muy animada. Yo, por mi parte, con la boca sellada por el miedo y mi complejo de inferioridad.

Como siempre la mesa estaba salpicada con abundantes dulces. Esta vez mis ojos se centraron en una bica de aspecto espectacular. Aproveché para degustarla con un chocolate ‘moi quente’ (muy caliente).

Llegó la hora de regresar a casa y todo volvió a repetirse, como si estuviera escrito en un guión.

Desde ese día, mi cabeza no paró de dar vueltas a la idea y después de agasajar a esas tres mujeres con una merienda. Era hora de devolverles la invitación. Pero podían más mis miedos y lo iba postergando con excusas variadas: el mal tiempo, un inoportuno dolor de cabeza, etc. Hasta que una noche, cuando parecía reinar un ambiente tranquilo en casa, me decidí a pedirle permiso. Al principio no pareció importarle mucho, lo cual me extrañó a la vez que me alivió.

Pasaban los días y yo cambiaba y recambiaba los preparativos. Pero a la misma vez, según se iba acercando la fecha comenzaron los problemas.  Él iba poniendo pegas, peros y problemas. Yo ya se lo había dicho a María, Carmiña y Claudina. Me encontraba entre la espada y la pared. No podía anular la merienda porque me preguntarían, y ¿qué iba a decirles? ¿que él no quería? ¿que no le hacía ni pizca de gracia que me relacionara con nadie?

           Mi interior parecía un volcán en plena erupción. Por un lado, el deseo de corresponderlas, y, por el otro, la obligación de no enfadarle.

     Probé todo para convencerle, pero cuanto más lo intentaba peor se iba poniendo. La noche previa al día señalado llegó con muy mal humor y, como siempre, su desahogo fui yo. Esa noche fue larga y dura. Garfield desapareció del miedo y yo hubiera querido desaparecer también. Cuando me levanté por la mañana lo primero que hice fue dirigirme al espejo y, ¡ay Dios!, tenía la cara hecha un mapa.

     ¿Qué haría? Si me veían así levantaría sospechas, y si intentaba anular la merienda también. Después de una hora de gran angustia se me ocurrió recurrir al maquillaje. Cuando vivía en la ciudad era mi delirio. Tenía una gran colección y me encantaba ir bien maquillada al salir de casa. Me puse manos a la obra y la verdad es que pude disimular los moretones muy bien.

Llegó la hora y llamaron a la puerta. Cuando abrí, allí estaban las tres muy sonrientes y cargadas de dulces caseros. Entraron, tomaron asiento y comenzaron a charlar. Yo mientras, como buena anfitriona, iba y venía de la cocina para que no faltara de nada y vigilando la estufa de leña no fuera a apagarse. En una de esas idas para atender el fuego, cuando regresé, Claudina me dijo: ‘Ay mi niña, tocaste el carbón y te manchaste la mejilla‘.

Rauda como ella sola cogió un pañuelo blanco almidonado y muy bien planchado que tenía en el bolsillo de su falda, lo mojó un poquito con agua y me lo pasó por la mejilla. Según iba frotándolo su cara fue cambiando y la de las demás también. Noté que mi secreto quedaba al descubierto. Un frío intenso recorrió todo mi cuerpo. María, intentando desviar la atención, dijo: ‘Ve al baño y límpiate bien, que el pañuelo de Claudina te ha extendido más la mancha de tizne’.

Al ir al baño y mirarme en el espejo pude ver que el moratón que tenía en la mejilla había quedado al descubierto; el pañuelo había retirado todo el maquillaje. Volví a maquillarme bien y con un tremendo sentimiento de vergüenza regresé al comedor. En cuanto me vieron, Carmiña le dijo a Claudina: ‘Muller (mujer), a ver si otra vez te aseguras de llevar un pañuelo limpio, que todo el día trajinando con lume (fuego) llevas tizne hasta en el pensamiento‘.

 Claudina y María se miraron, miraron a Carmiña y después mirándome a mí comenzaron a reír a carcajada suelta mientras la primera no paraba de repetir: ‘Estoy tan queimada (quemada) que lo tizno todo‘.

Esas risas y esa confesión lograron distender el ambiente tanto que hasta a mí se me escapó una sonrisa. Tan a gusto estaba que me decidí a contarles un poquito de mi pasado en contestación a sus preguntas. Les expliqué mis orígenes urbanitas de una gran ciudad y como por amor lo había dejado todo yendo a parar a aquel lejano lugar. Cuando vi sus caras callé por un momento creyendo haber dicho algo mal, pero al instante una de ellas dijo: ‘Una de nosotras ha nacido en una capital y las otras en alguna etapa de nuestras vidas hemos vivido en una gran urbe. Incluso hubo quien llegó a conocer el amor allí, como tú’.

En aquel momento me quedé helada. Las cuatro, salvando la edad, teníamos mucho en común.

Llegado el momento, tenía unos panellets típicos de mi región en época de todos los santos que guardaba para alguna ocasión. Aproveché y los saqué, porque cocinar no se me da nada bien.

La tarde tocó a su fin. Las tres mujeres agradecieron muchísimo todo lo que había hecho y se despidieron de mí dándome abrazo efusivo, no sin antes comprometerse a repetir el turno de meriendas con un objetivo: que cada una fuera contando su historia cuando volviera a ser la anfitriona, para conocerlas más y ellas a mí. Me pareció una gran idea. Esa noche, cuando vio que no se había salido con la suya y se había realizado la reunión, volví a tener problemas. Aunque, después de ver el tacto recibido de María, Claudina y Carmiña, siendo prácticamente unas desconocidas, lo bien que me hacían sentir en su compañía, pese a no abrir casi la boca, su daño fue pasajero. Era como si por fin se hubiese abierto una ventana al exterior entrando una brisa suave y reconfortante.

     Un fabulista latino de siglo 1 A.C. dijo: El nombre de amigo es corriente, pero la fe en la amistad, rara’. Esa fe es la que comenzaba a sentir cuando estas tres mujeres me abrieron las puertas de sus casas y de sus corazones.

LA LUCHADORA MARÍA

Llegó el día en que le tocó a María ser la anfitriona de la merienda. Ya no me acerqué a su casa temblorosa ni rezando para que no oyera mi tenue llamada. Algo en mi interior me impulsaba a estar en compañía de esas tres mujeres, pues a su lado sentía paz, armonía y comprensión. Años rodeada de tanta gente de mi edad en la gran ciudad para al final encontrar la amistad en unas aldeanas de un villorrio tan alejado… ¡y que podrían ser hasta mis nanas!

Cuando estuvimos las cuatro sentadas en la mesa disfrutando de un buen tazón de chocolate hirviendo aderezado con un chorrito de orujo hecho en el valle, al calor de la chimenea y degustando alguno de los variados dulces que la adornaban, María comenzó a contar su historia:

Nací y crecí en una gran ciudad. Mis padres nos criaron a mis hermanos y a mí con mucho amor, se esforzaron por que pudiéramos tener los estudios necesarios para ser autosuficientes. Mi padre trabajaba en dos sitios a la vez y mamá atendía la casa, nos cuidaba, educaba y de paso también complementaba los ingresos familiares vendiendo productos típicos de su tierra . Se los encargaba a algún paisano y luego vendía entre vecinas y conocidas ganándose así algunas perrillas.

Cursé los estudios obligatorios (la EGB de entonces) y conseguí un trabajo que me permitía cierta independencia, algún caprichito y ahorrar para cuando conociera a un buen chico e iniciáramos una vida juntos.

La dictadura daba sus últimos coletazos. España se puso de moda para el resto de Europa por sus gentes, monumentos, naturaleza y sol. La economía comenzó a avanzar amparada por un turismo en aumento, necesitándose mucha mano de obra. Eso abrió a las mujeres las puertas del mercado laboral, hasta entonces solo se habían dedicado a ‘sus quehaceres’. Yo no fui la excepción. Me enteré de una oferta de empleo, me presenté y me admitieron.

En la empresa donde trabajaba éramos un buen grupo de jóvenes de la misma edad. Comenzamos a entablar amistad en el tiempo del descanso y eso terminó quedando para salir, ir a tomar algo y bailar un poco cuando nos apetecía. Éramos chicos y chicas del tiempo de la transición. Todo era maravilloso, comenzaba a haber más libertad, las mujeres podíamos decidir por nosotras y comenzábamos a igualarnos en derechos con los hombres, aunque para terminar con algunas cosas se hayan necesitado décadas y sufrimiento. – esa frase última me golpeó la razón aunque no sabía a lo que se refería.

Un compañero de trabajo del grupo, bastante apuesto, comenzó a cortejarme. Me hacía pequeños regalos e invitaba a tomar algo al terminar la jornada. Poco a poco fui encariñándome. Llegó el día de presentárselo a mis padres. Cuando abrí la puerta de casa él estaba deslumbrante con traje y corbata, además de un ramo de rosas en la mano. Yo estaba hecha un flan. Mis padres fueron haciéndole preguntas y él contestándolas todas. Cuando terminó la visita y salió de casa yo estaba exultante de emoción. Embargada por un abanico de sensaciones y sentimientos que me llevaban a la euforia les pregunté su opinión esperando un aprobado, pero apercibí una sombra de recelo en sus rostros. “No nos gusta, María”.“¿Por qué?” pregunté. Resulta que conocían a su familia y por lo visto ya tenían algunas referencias no muy positivas. Por más que insistí, ellos no quisieron darme más detalles; solo me aconsejaron observar y observar antes de tomar alguna decisión. Pero como yo era una joven inexperta viviendo lo que creía que era mi primer amor, en vez de observar, me fui enamorando de sus detalles, palabras y miradas.

Un día, viendo en casa que lo nuestro seguía hacia delante, mis padres decidieron hablar seria y abiertamente conmigo. Se habían enterado de su caracter un poco violento por alguna trifulca acaecida en el barrio. Pero él ya se había adelantado y me había contado su versión. Me empeciné negándolo todo, acusarles de no querer mi felicidad. Salí de casa deprisa, envuelta en un mar de lágrimas, directa a la suya. Le conté lo sucedido y me hizo una propuesta: “Vayámonos lejos e iniciemos una vida juntos los dos solos”. “¿Dónde?”, pregunté.  “Hacía el norte, mi familia tiene una casa y podremos vivir tranquilos, trabajo no falta y nos apañaremos bien”. Ni corta ni perezosa hice la maleta y dejando a mi familia con el corazón en un puño me lancé a la aventura del amor.

Recuerdo durante los primeros meses la sensación de estar viviendo una luna de miel: un lugar apartado, tiempo veraniego y nosotros dos solos, sin injerencias, sin obstáculos, disfrutando del amor en toda su plenitud. En fin, que el ‘amor es todo locura’.

¡Vaya, eso suena muy bonito! – apunté. Sí, pero la realidad ya se ocupó de hacerme pisar con los pies en la tierra más pronto que tarde. Llegamos aquí después de horas de agotador viaje. El último trayecto desde Quiroga fue por una carretera serpenteante, con muchos baches, metida en las entrañas de un frondoso e interminable bosque. Era tan frondoso que creí no volver a ver el cielo despejado con tanto árbol. Yo era desconocedora de la vida en un pueblo… y menos aún en una aldea tan pequeña como ésta. El primer invierno fue tremendo. Tuve que aprender a encender y mantener el fuego para poder aguantar el intenso frío. Habitualmente quitaba la nieve con una pala para poder salir de la casa y llegar hasta el lugar donde habíamos acumulado la leña. Pasar todo el día sola mientras él trabajaba fuera fue haciendo mella en mi ánimo llegando a caer en melancolía. Para colmo tuve que ir viendo la cruda realidad de mi compañero.

Se hizo un denso silencio y prosiguió: Esto ahora está de lujo, en aquel tiempo las calles eran de tierra y con tanta lluvia el barro entraba hasta en las casas. Hoy las tiendas rodantes traen aquí mismo, el pan, el pescado, la carne, los congelados, etc., pero entonces no había nada de eso. Lo más cercano era a 40km, en Quiroga, sin autobús ni casi coches, pues eran un artículo de lujo al alcance de muy pocos privilegiados. El agua no llegaba a las casas, había que ir al río, ahora vamos por gusto para beberla más fresquita. Las casas carecían de aseo yendo a la cuadra, entre los animales. Había semanas que me quedaba sola en casa porque él salía a faenar lejos, a Lugo capital y no volvía hasta terminar o disponer de unos días de descanso. En ese momento debía volcarme exclusivamente en su servicio, estando para ‘todo’ lo que él quisiera o le viniera en gana porque para eso trabajaba, como si yo hubiera estado ese tiempo de brazos cruzados o tumbada al sol aquí. Comenzó a coger la costumbre de gastarse mucho del dinero ganado en tabernas y cantinas. Mientras yo, me rebanaba los sesos aplicando la economía imaginativa para ahorrar de todos lados. Por desgracia este tipo de personas son una maravilla los primeros meses. Pero una vez te tienen controlada y apartada de cualquier contacto con tu mundo comienza la transformación, pasando de Dr. Jekyll a Mr. Hyde dejándote absolutamente bloqueada, sin posibilidad de reacción y a su entera merced.

Yo no podía dar crédito, me daba la impresión de que María estaba narrando mi vida con todo lujo de detalles.

Como mi situación anímica se agravaba, la única solución era visitar al Doctor. Pero, ¿cómo ir? No conocía a nadie, el dispensario estaba en el pueblo cabeza de partido y necesitaba transporte de ida y vuelta.

Fue entonces cuando apareció por casa Claudina, con su energía incansable. Ella regentaba la cantina del pueblo y escuchó una conversación, entre orujo y orujo, mencionando que estaba enferma. Intuyendo la situación, cerró la cantina y vino directa a casa. Yo no la conocía casi y me chocó verla en la puerta, cuando a duras penas pude incorporarme y abrirla. Me ayudó a vestirme y me llevó al consultorio.

Una vez estuve ante el médico noté que no era uno como los demás. Comenzó preguntándome por mi pasado y cómo había llegado hasta allí. Continuó con mi situación, el ambiente en la aldea y terminó por el día a día en el hogar. Yo no sabía cómo expresar mis sentimientos y mi estado tampoco acompañaba, pero él supo hacer las preguntas adecuadas obteniendo las respuestas que buscaba. Me recetó unas vitaminas y unas pastillas para descansar. Esa fue la primera de muchas visitas que tuve con él y su enfermera ayudante. Haciendo reminiscencia, he de decir que estas dos buenas personas y excelentes profesionales hicieron más de psicólogos que de médico y enfermera; esa fue la ayuda para salir del pozo donde me sumió mi pareja.

Aparté un momento la mirada de María porque noté de reojo que Carmiña se llevaba un pañuelo a los ojos para secar unas lágrimas que le estaban brotando. No le di más importancia, quizás la emoción la embargaba.Pero sigues con él, ¿no? – pregunté.

Sí, es que este proceso fue muy lento. En el pozo entras rápido y terminas pensando que no hay vida fuera. Has de ir poniendo cada cosa en su lugar, primero en tu interior y después a tu alrededor. En mi caso esto duró años, pero gracias al Doctor y a estas dos grandes amigas he podido salir y recuperarme.

Pues me alegro mucho de que a pesar de ser una minúscula aldea haya tan buena gente. – comenté.

De lo que yo me alegro es de haber podido escucharte hablar y expresarte, ¡ya pensábamos que se te había comido la lengua el gato!

Yo me ruboricé y esto provocó un estallido de carcajadas en las tres, al ver el rubor aflorando en mis blancas mejillas.

La merienda se prolongó a pesar de que seguir ruborosa y con un nudo en la garganta impidiéndome articular palabra. Ellas se encargaron de seguir con las anécdotas habituales provocando  momentos hilarantes.

Contaron una que me sorprendió. En uno de los cercados de los aldeanos, donde cuidaban a las gallinas, un vecino trajo un pavo grande con el que agasajar a la familia en la cena de Navidad. Lo iba cuidando para que engordara máximo posible. Uno de los días, al llegar al cercado, no lo encontró por ningún lado. Preguntó a los demás vecinos y buscó sin encontrar ninguna pista ni respuesta. Todo era muy extraño porque no había quedado ni rastro de él por los alrededores. Pasados unos días, apareció una bolsa colgada en la cancela de su huerto con la siguiente nota: “El pavo estaba muy bueno, muchas gracias” y las plumas del animal en su interior.

     Como reza un dicho: ‘El dolor es temporal … el orgullo y la victoria son para siempre’. María es un fiel reflejo.

CLAUDINA LA TENAZ

Días más tarde, cuando el crudo invierno dio una pequeña tregua, Claudina nos invitó a las tres a su merienda-confesión. Así que allá fui rauda y veloz, deseando conocer las vivencias de una mujer tan llena de vida, energía y nervio.

Una vez sentadas alrededor de la mesa, ella comenzó su relato:

Nací aquí hace muchos años. Éramos cuatro hermanos justo después de la guerra, fue tan dura… que hasta miembros de la misma familia llegaron a matarse entre sí involuntariamente, sin saberlo. Aunque la postguerra prolongó las penurias y la hambruna. Mi padre era un hombre alto, muy alto; ya sé que yo no levanto un palmo del suelo, pero qué le vamos a hacer, no heredé su altura.

Se enamoró de una joven muy guapa de esta aldea con la que estaba emparentado. Formalizaron su situación y comenzaron los preparativos para el enlace. Mis abuelos tenían una de las casas más grandes del pueblo, situada en el centro, con un patio trasero donde guardar los aperos de la labranza, además de bastantes campos repartidos por las laderas de estas montañas que nos rodean, donde sembraban cereales y vegetales para ellos y sus animales. Pero, desgraciadamente, antes de la boda estalló la Guerra Civil. Hubo cambios frecuentes en los frentes de ambos bandos; unas veces estaban sometidos por unos y otras por los contrarios. Según me contaron los vecinos un día, los de un bando vinieron a ajusticiar a los aldeanos que ayudaban a los contrarios. Apresaron al futuro suegro de mi padre con la intención de matarlo. Con su energía característica salió rápido (fue el único, ni su propio hijo tuvo agallas para hacerlo) y se plantó delante de los combatientes recriminándoles que hubieran apresado a un abuelo entrado en años. Ni corto ni perezoso se dio media vuelta agarrando a su suegro, emprendiendo camino de vuelta a la aldea, no sin antes recibir un tiro de venganza en una pierna que le dejó una cojera permanente. En ese tiempo tan convulso los ajustes de cuentas fueron demasiado habituales, chivatazos por envidia y demasiados secuestros, sobre todo de jóvenes lozanas. La prometida de papá fue una de esas víctimas cuando, al ir un día a lavar la ropa al río, cayó en manos de los milicianos. La raptaron junto con algunas más, y se las llevaron a sus campamentos a que satisficieran todas sus necesidades físicas. Mi padre lo dejó todo y emprendió su búsqueda. Recorrió los montes circundantes exponiendo su vida, esquivando las balas y abordando a todos los combatientes en busca de información. En poco tiempo se enteró de que debido a su belleza la habían vendido a un comerciante extranjero y la habían embarcado en un mercante rumbo a la isla de Cuba. No se lo pensó dos veces y marchó para allí. El viaje fue largo, muy largo, lleno de incertidumbres: qué la habría sucedido, donde la tendrían, lograría encontrarla y cual sería su situación.

Una vez desembarcó emprendió la búsqueda. Recorrió toda la isla de cabo a rabo hasta dar que dio con ella. Por desgracia, la encontró agonizante en uno de los mugrientos burdeles de la isla donde la habían explotado hasta la extenuación. Solo pudo regresar con su recuerdo.

Eso lo sumió en un pozo sin fondo del que únicamente salió para casarse con mi madre, huérfana gracias a la misma guerra. Fue un matrimonio concertado por ellos mismos, sin amor porque la guerra se encargó de matarlo. Fruto de esa unión nacimos mis hermanos y yo. Pero el sufrimiento y la penuria seguían rondado la casa familiar. Por causa de todo lo sufrido y las numerosas privaciones de esos tiempos mamá enfermó y murió rápido al no poder recibir la asistencia necesaria a causa de lo que entonces se llamaba el cólico miserere que no era otra cosa que una apendicitis.

Papá, a pesar de seguir sumido en la desesperación doblemente, intentó hacerse cargo de las riendas de la familia, pero al poco tiempo, fruto del sufrimiento pasado, también enfermó y terminó muriendo.

Antes de que nuestras inocentes mentes pudieran darse cuenta nos habíamos convertido en huérfanos. Solos y sin familia cercana. Había que hacer algo rápido. El mayor de todos decidió marchar a la capital para poder ganarse buenamente la vida y de paso ayudarnos a nosotros también, primero enviando dinero y después, según fuéramos haciéndonos un poco mayores, viajando hasta allí para volver a estar juntos. Al llegar a la capital encontró una minúscula habitación donde dormir en casa de una mujer que se compadeció de él. Al poco comenzó a trabajar en los bares como camarero.

Mientras aquí, aprovechando el desamparo en el que nos quedamos los demás hermanos, comenzaron a pulular a nuestro alrededor los vecinos desaprensivos. No se acercaron con el interés de ayudarnos fruto de la compasión; comenzaron a apropiarse de lo que mis padres habían dejado, y nosotros, siendo muy pequeños todavía, ni sabíamos ni podíamos defender.

Recuerdo cómo en el patio trasero de nuestra gran casa, donde se guardaban los aperos de labranza y estaban las entradas a las cuadras de las vacas y los cochos(cerdos), empezaron a aparecer ventanas de la casa colindante sin permiso alguno. Aunque en aquel entonces no entendí la razón, tiempo después, a mi regreso, lo vería todo claro y cristalino como el agua que baja de estas montañas.

Tengo en mi mente grabado cómo en aquellos dificilísimos días tuvimos incluso llegamos a alimentarnos con comida cruda. Sin ayuda, con la nula compasión de los vecinos y sin medios, sobrevivimos como buenamente pudimos.  

Pasaron los meses y mis hermanos fueron marchando hasta que me llegó el turno. Una vez allí tuve me espabilé -aunque solo tenía apenas 11 años- y fui a pedir trabajo puerta a puerta. Por suerte, di con una familia adinerada necesitada de ayuda con sus hijos. Se apiadaron de mí y me contrataron como interina con derecho a un día libre a la semana, ¡a pesar de tener poca más edad que sus hijos y sin experiencia para hacerme cargo de unos niños! Aunque era muy duro, me permitió poder ir ahorrando, vivir en pleno centro de una gran ciudad, con una familia que me trataba con cariño. También pude conocer a personas adineradas.

Como las penurias abundaban en aquellos tiempos, fueron muchos los paisanos jóvenes que terminaron por emigrar a la gran ciudad. Intentábamos ayudarnos como buenamente podíamos y aprovechábamos nuestro día libre para juntarnos, charlar, tomar algo y, si nos quedaba alguna peseta, terminar en el baile.

Según fueron creciendo los niños a los que cuidaba, los matricularon en un internado y solo venían para las fiestas y puentes más importantes. Yo seguí siendo útil en la casa cuidando a los Señores.

Con el tiempo comencé a darle vueltas a la cabeza. Como buena gallega echaba a faltar los productos de mi tierra en esa gran urbe. Solo podíamos conseguirlos pidiéndolos por correo a parientes a pesar de que muchas veces se perdían por el camino. Hablé con los Señores y, como ya no necesitaban a una interina, decidí dar el salto montando una minúscula cantina gallega. Fue la primera en pleno centro gracias a que me cedieron uno de sus numerosos locales arrendados repartidos por toda la ciudad, a un módico precio claro está. La llamé “Cantina O Courel” en honor a este precioso valle. Tuvo mucho éxito porque era la única y la mejor. –   apostilló con contundencia – Por desgracia, eso atraía a algunos vividores y estando sola se creían con el derecho de meterse en mi casa y vivir sin dar palo al agua. ¿Cómo te los quitabas de encima?Pregunté. Bueno, alguno llegó a dármela por algunas semanas o meses, pero como yo no me arrugo ante nada ni nadie, me los quitaba de encima con mi energía característica.

Esa situación era muy habitual, en aquella época los vividores amantes del buen comer, beber y poco trabajar campaban a sus anchas. Además en la capital había muchos llegados de los cuatro puntos cardinales del país en busca de un futuro mejor a costa de vivir como una lapa. No todos eran unos mogrollos. Uno de los que llamó mi atención, por ayudarme al espantar a esos moscones. Era un apuesto y fornido agente de la Seguridad Nacional. Comenzó a venir asiduamente. Al principio era reservado. Pero como la soledad nos obliga a abrirnos y un poquito del orujo de esta tierra suelta la lengua fácilmente, empezó a contarme su historia. Se notaba que provenía de una familia culta y bien posicionada. Él había cursado estudios y era un jefe dentro del Ministerio.

Después de un tiempo me invitó a ir al teatro. No recuerdo lo que vi pero, como era mi primera vez, aquel gesto captó mi atención. Después me acompañó a la puerta de la pensión donde vivía. Percibir que alguien como él se interesaba en mí me hacía sentir bien. Además, como se movía en altas esferas, tenía unos temas de conversación fascinantes; saber de los intríngulis palaciegos llamaba poderosamente mi curiosidad. Allá donde íbamos siempre me presentaba gente a la que conocía. Ver lo bien relacionado que estaba en aquella inmensa ciudad era algo sorprendente, para una humilde aldeana como yo.  

Poco a poco me fui encaprichando (y digo “encaprichando” visto ahora desde la lejanía), llegado el momento en el que caí rendida en sus brazos. Aunque siempre tuve muy presente preservar mi independencia. No quería comprometerme de por vida con ningún hombre porque no quería que nadie coartara mi libertad terminando convertida en la esposa sumisa, encargada de las labores de la casa y la crianza de los hijos. En eso he de reconocerlo, fui un poco adelantada para mi época, y ahora me alegro de haberlo sido.

Terminamos conviviendo juntos en su elegante piso del centro de la capital. Al principio todo eran parabienes y halagos por mi trabajo, pero poco a poco fue cambiando la situación. Comenzó a molestarle llegar de su trabajo en el Ministerio y que yo estuviera en mi cantina; cosa extraña cuando tiempo antes no le importaba venir a degustar la rica comida de mi local y pasarse horas contemplándome trabajar. Después empezó a mostrarse molesto viéndome “servir” en un humilde figón (aunque fuera mío) porque, según él, no era un trabajo acorde con el estatus social propio de la “compañera” de un cargo ministerial.

En aquella época si uno quería disfrutar de una seguridad económica tenía que trabajar mucho y duro. Muchas noches llegaba a casa agotada, con la única intención de tumbarme en el sofá, cenar algo y ver la tele antes del fin de la programación cuando ponían la carta de ajuste. Al principio él era muy amable y me traía algo de cena al sofá (un esfuerzo titánico para un hombre de aquella época, acostumbrado a pasar del cuidado materno al conyugal), pero eso duró poco. Comenzó a mostrarse malhumorado, irascible, gruñón…

Concluí que la tensión de su cargo le estaría pasando factura y desplegué más paciencia de la habitual en mí. Pero el ambiente fue enrareciéndose aceleradamente. Llegado el momento, decidí volver a la habitación de la pensión. Esa decisión no debió de sentarle nada bien. Ser un hombre influyente y que le dejara plantado una aldeana con una pequeña cantina como yo debió de herirle en lo más profundo de su orgullo varonil.

Comenzó a presentarse a la hora de cerrar y a seguirme hasta el hostal. Por la mañana estaba atento a mi salida vigilándome. Durante el día, cuando terminaba su trabajo, se venía con la excusa de tomar algo para controlarme.                      

Al principio no le di mucha importancia, pues pensé que tarde o temprano se acabaría cansando, pero aquello en vez de aflojar fue en aumento. Ya no venía solo, le acompañaban “amigos” del Ministerio. Más tarde esos amigos trajeron a otros, y todo ese grupo se coordinó para visitarme regularmente a diferentes horas del día.

Vaya  situación más tensa. – apunté. Cierto, neiniña (nenita). Esto tuvo su culminación cuando una noche. Antes de entrar en el portal de la casa de huéspedes, me agarró del brazo con mucha fuerza, tiró de mí hacia él y cuando me tuvo a un palmo escaso de su cara me dijo: “A mí ninguna pueblerina inculta como tú me deja tirado. Te voy a hacer la vida imposible para que vuelvas conmigo o desaparezcas de una vez por todas de la ciudad”.

En esas circunstancias me quedaba muy poco margen de maniobra: o me sometía a él y sus caprichos durante el resto de mi vida o desaparecía de golpe sin dejar rastro. Decidí lo segundo. Traspasé en secreto la cantina con la ayuda de mis anteriores jefes (los Señores), lo preparé todo para esfumarme el mismo día y que no me encontrara por ningún lado. Por suerte nunca le mencioné la zona exacta de mi procedencia, lo cual sirvió para poder recuperarme y vivir tranquila hasta el día de hoy.

Aunque a mi llegada me topé con la cruda realidad de tiempo atrás. Todos aquellos vecinos que se habían aprovechado de nosotros apropiándose de lo ajeno cuando quedamos huérfanos, siguieron adueñándose de más propiedades durante nuestra ausencia. El patio trasero, almacén de los aperos y acceso a las cuadras,  lo habían convertido en un parking y trastero familiar exclusivo. En invierno dejaban atravesado un Land Rover viejísimo. A pesar de tener un garage techado en uno de sus terrenos, lo sacaban y estacionaban ahí para impedir que nadie más estacionara. Solo lo devolvían a su lugar en verano para estacionar los vehículos de toda la familia que venía de vacaciones.

¿No notaste nada?¿ fue todo de golpe? –pregunté

     En todos los años que habíamos estado fuera viviendo en la capital ellos tuvieron el uso y disfrute, aunque echando la vista hacia atrás, las veces que volvimos alguno de mis hermanos o yo, en algún viaje rápido para supervisar la casa, ya fueron dando indicios de sus intenciones, pequeños detalles pero vistos ahora desde la distancia eran claros. Ellos se afanaban por mostrarse como vecinos muy allegados, casi familia. Nos agasajaban con invitaciones a café durante nuestra estancia, pero los sus coches aparcados en nuestro patio trasero no se molestaban en moverlos, ni siquiera uno solo para compartir el aparcamiento.

Cuando fueron conscientes de mi retorno definitivo fue cuando los acontecimientos se precipitaron. Un día al lleguar de comprar víveres para la cantina, aproveché ‘casualmente’ un hueco y paré un momento para descargarlos. Ellos salieron como poseídos gritándome que ese espacio no era mío, era suyo e iban a vallarlo impidiéndonos el acceso a nuestra casa familiar por la parte trasera. La apropiación indebida se había consumado.

     En vista de su ambición y de su desfachatez desde el mismo instante del fallecimiento de nuestro querido padre, abriendo ventanas donde no se podía y adueñándose de un lugar nuestro, decidí poner fin a ese atropello.

     Ya había oído cómo se las gastaban con otros vecinos a los que tenían denunciados o les habían ‘obligado’ a demandarle por cuestiones similares. Busqué documentación en todos los archivos históricos de la provincia. Fue entonces cuando me enteré de dos cosas: Primero: el que cede el uso de algo de su propiedad a otra persona durante 30 años sin impedirlo adquiere automáticamente la propiedad. ¡Eso es lo que habían estado haciendo, mientras nos daban el parabién y fingían ser buenos vecinos! Segundo: ese patio había sido catalogado como camino de acceso a una sobeira (paso inferior entre dos calles tipo túnel) muy típica de este valle. Vi claramente que si nos enzarzábamos en una batalla judicial por la propiedad pasarían décadas, pleitos y mucho dinero gastado para, quizás, terminar perdiendo algo que ya era público.

     Años antes la Diputación de Lugo había modernizado las calles de la aldea, habían instalado el alumbrado público, el alcantarillado y asfaltado, inclusive en nuestro patio trasero. El abogado me aconsejó que informásemos al Concello, porque eso era considerado ya como un espacio municipal. Así ellos pleitearían con la administración local, más fuerte y poderosa, quedando nosotros al margen, en segundo plano, libres de excesivos gastos e interminables procesos. Redactamos una instancia al Concello con fotos incluidas y con todos los detalles extraídos del archivo histórico. Cuando tuvimos acceso a su escrito fuimos plenamente conscientes de las incongruencias de su argumento. A pesar de vanagloriarse durante años de ser la secretaria de uno de los abogados más prestigiosos de toda Galicia su escrito contenía numerosas erratas, falsedades e incluso hasta evidencias de su acción ilegal pues reconocían su propiedad desde hacía 40 años y ponían fotos para demostrarlo.

     El alcalde de aquel entonces era Socialista y nos prometió hacer todo lo posible por solucionar el conflicto. Poco tiempo después nos dimos cuenta de la realidad. Se enfrentó a una moción de censura perdiendo la alcaldía, pasando a manos de la oposición popular. Como es normal en cuanto tomó posesión del cargo la nueva alcaldesa solicité una entrevista para ponerla al día del tema. Me atendió con mucha educación y quedamos en que me llamaría cuando lo hubiera analizado bien con los técnicos municipales.

     Después de mucho batallar en los juzgados, las sentencias en su contra fueron cayendo en todas las instancias donde recurrían. Cuando se les acabó esa vía judicial volvieron a iniciar un nuevo pleito basándose en la falsa idea de que la plaza municipal había sido asfaltada a cargo suyo. Según ellos, aprovecharon los trabajos realizados en la aldea para el asfaltado y solicitaron a la empresa que lo hiciera también allí. Cimentándose en esa rocambolesca idea solicitaron del juzgado un análisis el asfaltado de la plaza y el del resto de calles para determinar la diferencia en la composición. El Juez, viendo el resto de sentencias sobre este mismo tema, desestimó la petición arguyendo que ya estaba zanjado y bien aclarado.

-¡Madre mía! Pero que gente más retorcida ¿no? comenté.

 La verdad es que sí. Al fin se dieron por vencidos judicialmente. No fue así en cuanto a seguir haciendo uso de la plaza como su parking particular. El Concello, harto del tema, decidió plantar una señal de “prohibido parar y estacionar” y además unos bolardos impidiéndoles meter sus vehículos. Así es como esta aldea ha sido la primera del valle en tener su placita central protegida por distintivos y pivotes, ¡y eso que vivimos solo unas pocas decenas de personas!

Después de esta explicación, que me dejó en shock, y de haber situado la localización del lugar en el mapa de mi mente, recordando haber pasado por ahí de camino al monte cuando busqué a Wendy, merendamos tranquilamente. Como era habitual, ellas pusieron el toque humorístico con sus innumerables anécdotas de estos lares.

Una de las historias trataba también sobre la ruindad de algunos aldeanos. Según me contaron, como aquí los terrenos aledaños a la aldea se aprovechan para cultivar hortalizas, siendo escasos por lo abrupto de la superficie, alguno cargado de picaresca se había encargado, en la oscuridad de la noche, de mover la valla colindante con el huerto del vecino unos palmos ganando terreno “gratis”. Viendo mi cara de sorpresa e incredulidad me dijeron que aquí había gente muy ruiña (ruin). “Pueblo pequeño, infierno grande”, reza el dicho.

     Napoleón dijo: ‘Con constancia y tenacidad se obtiene lo que se desea; la palabra imposible no tiene significado’. Claudina lo demostró con creces.

LA EMPRENDEDORA CARMIÑA

Transcurrido un tiempo prudencial para digerir las experiencias narradas por mis compañeras, Carmiña decidió invitarnos a su casa para conocerla mejor.

     Esas tardes de tertulia y confidencias ya estaban haciendose imprescindibles en mi monótona rutina aldeana. Las esperaba como lo hacía de pequeña con las vacaciones, las fiestas, los cumpleaños, etc., una mezcla de emoción, intriga y sobretodo un aprecio y cariño que sentía en mi interior e iba acrecentándose con cada sesión. Como he mencionado antes, nunca hubiera esperado en este apartado confín, esta minúscula aldea, este ancestral valle y estas gentes ancladas en el pasado, sentir algo así hacia unas personas desconocidas y con una edad considerablemente superior a la mía. Ver como ellas, a pesar de haber nacido y crecido en una época muy diferente, en un tiempo bastante más atrasado y con unos recursos limitados, luchaban contra viento y marea por ser diferentes y alcanzar sus objetivos era algo que prendía en mi ser una llamita de valor que creí haber perdido hace mucho.

Una vez sentadas en torno a la mesa comenzó: Yo, a diferencia de Claudina y María, nunca estuve casada o conviví con una pareja. Eso no es sinónimo de no haber tenido pretendientes eh, aquí donde me veis he sido muy conquistadora y he roto muchos corazones. Pero mi juventud me marcó tanto que casarme quedó relegado a un segundo plano.

Nací en esta misma aldea. Mi madre era una mujer buena como pocas. Se desvivió por criarme y educarme lo mejor de la mejor manera a pesar de que las circunstancias la obligaron a nadar contracorriente.

     Ella no era de aquí; nació en una ciudad y conoció al que sería mi padre allí mientras estaba haciendo el servicio militar. Según me contó, fue un flechazo, estaba tan elegante y apuesto con el uniforme que el inocente corazón de una jovencita de apenas dieciocho años cayó a sus pies nada más cruzarse por la calle. En aquellos tiempos se estilaba salir en grupo, las chicas por un lado y los chicos por otro. Era habitual ver grupos de soldados de reemplazo pasear por la ciudad en su día libre porque había un cuartel militar. Jóvenes recién salidos de sus respectivas aldeas o pueblos llegados a la ciudad ansiosos por descubrir mundo y dipuestos a abrir sus corazones a nuevas sensaciones, incluido el amor (o lo que ellos creían que era). Cuando un grupo de chicas se cruzaba con uno de soldaditos se sucedían los cruces de miradas, piropos y requiebros; casi siempre terminaban con una cita posterior en algún lugar de la ciudad otro día. Allí se iniciaba el cortejo (o tonteo) terminando normalmente con un noviazgo que duraba lo que durara el servicio militar. Una vez concluido o seguía la relación a distancia o terminaba con el consiguiente desengaño femenino.

Como el amor a esa edad es un torrente de emociones tan intensoe incontrolable, mi madre no pudo resistirse y decidió presentárselo a sus padres. Ellos conocedores de la realidad mostraron sus reticencias, sabedores de los peligros de ese tipo de relación, terminando muchas de ellas con un ‘regalito’ en su vientre y abandonadas por el ‘don juan’. Pero a pesar de la negativa de su familia a aceptar el noviazgo ellos decidieron casarse en secreto y al licenciarse del servicio militar poner tierra de por medio viniéndose aquí a la tierra de mi padre.

Para mi madre debió de ser muy duro, acostumbrada a las comodidades de una gran ciudad, encontrarse de golpe con la vida rudimentaria de la aldea. Sin luz ni agua corriente, perdida en medio de un valle al que se accedía por un camino forestal sin asfaltar después de horas atravesando bosques frondosos. Pero como dicen que ‘el amor es todo locura’ y ella estaba muy enamorada, lo aceptó de buen grado.

El tiempo se encargó de poner a cada uno en su debido lugar y mamá fue viendo la cruda realidad lentamente. En un ambiente tan cerrado y anclado en el pasado, hostil y difícil como era esta aldea en aquella época, no le quedó más remedio que resignarse.

 Como la vida era tan dura aquí, cuando le llegó la notificación del fallecimiento de sus padres ya habían sido enterrados, eso sin contar con el elevado coste del largo viaje, además de ser yo muy pequeña y no poder dejarme al cargo de nadie.

La soledad le hizo volcarse en mi crianza, no dejando de lado sus obligaciones como fiel esposa, ama de casa y puntal de la familia. Aquí el cabeza solo tenía la obligación de proveer el sustento y después distraerse en la cantina tomando orujo. Cuando llegaba la hora de la cena regresaba a casa con el ánimo un poco caldeado por el licor y la única que estaba aquí para aguantarlo era ella, aunque siempre se aseguró de tenerme en la cama y dormida para no ver su cara amarga.

Esa actitud protectora facilitó mi desarrollo equilibrado como persona, libre de traumas y tensiones. Siendo hija única, mi padre no pudo dar los estudios que él nunca tuvo a ningún hijo varón. No quedándole más remedio que plegarse a las peticiones de mamá y ser yo la receptora de esa educación superior, yendo así en contra de la rancia y arcaica tradición ancestral utilizada no pocas veces por algunos vecinos para humillarle y de paso cizañar su relación de pareja. Ella siempre me inculcó la necesidad de formarme en algún campo donde ayudara a otras personas. Pero yo estaba anonadada con el cine y soñaba con ser una de las actrices famosas de la época.

Marché a la capital, estudiando el Bachillerato y persiguiendo mi sueño. Allí fui muy bien recibida y tratada por la familia de mamá. No permitieron que viviera en una residencia de estudiantes o una pensión. Eso me facilitó estrechar lazos con tíos y primos.

El poco tiempo que me dejaban los estudios lo dedicaba a ayudar en los quehaceres de la casa para no ser una carga. Compartí muy buenas charlas con todos ellos. Me hacían preguntas sobre la vida de la aldea y cómo se había integrado mamá. Cómo era papá, pues para ellos seguía siendo “el gran desconocido” que en un abrir y cerrar de ojos la encandiló y se la llevó, perdiendo casi todo el contacto. Yo, como siempre había estado con mamá, de papá solo podía contar que era un hombre serio, poco dado a mostrar sentimientos (de hecho, sus besos pueden contarse con los dedos de las manos), siempre trabajando, ayudando a algún vecino o charlando con vecinos en la cantina.

Para ayudar con los gastos de mi manutención mamá siempre enviaba regularmente un paquete con viandas, dulces, miel y orujo que ella misma había aprendido a hacer o intercambiaba con alguna vecina por otros productos. De esta manera mis tíos y primos disfrutaban de toda la rica gastronomía gallega en plena capital sin costo alguno.

 Al final del último curso de Bachillerato mi tía me comunicó una noticia impactante. Me pidió que me sentara con ella y me dijo: “Tu madre está en el hospital. Por lo visto tiene una enfermedad grave y tu padre ha mandado aviso de que vayas lo más rápido posible. Tu tío ha pedido permiso en el trabajo y vamos a ir contigo también”. Algo muy serio debía ocurrir para mandar mensaje urgente papá. Hicimos las maletas y salimos camino del sanatorio provincial.

El viaje se me hizo eterno. Las carreteras eran estrechas, llenas de curvas y baches. No fueron pocas las paradas, bien por calentones del coche en los puertos de montaña o bien por habernos perdido y buscar a alguien a quién preguntar. Era la primera vez que mis tíos se adentraban en terreno gallego y por aquel entonces era muy inhóspito y salvaje. Cuando llegamos encontramos a papá en la entrada esperándonos. Le di un abrazo, percibí como me rodeaba con los suyos y me daba un beso en la cabeza. Eso me contrarió porque nunca había sido tan efusivo, pero como mi único deseo era ver a mamá me solté rápido y le apremié para que nos guiara hasta ella.

Era la primera vez que yo pisaba un nosocomio y me chocó bastante ver gente por todos lados, unos entrando en las habitaciones y otros saliendo, además del trajín habitual de las monjas, camillas y médicos. La sala estaba dividida en varios departamentos separados por unas cortinas correderas. Papá me indicó en cuál estaba ella. Abrí un poquito el velo para mirar. Llevaba meses sin verla y me impactó la imagen. Estaba muy delgada y demacrada, además de tener un color amarillento pálido que impresionaba mucho más. Aunque tenía muy pocas fuerzas, al verme se dibujó una tenue sonrisa en sus labios, extendió las manos intentando darme un abrazo. Me lancé a ella y la llené de besos.

Me contó, con mucho esfuerzo, que después de mi última visita en las navidades había empezado a encontrarse cansada. La ingresaron de urgencia y las pruebas practicadas no dejaron lugar a dudas: sufría una enfermedad terminal. Le recriminé que no me hubiera avisado antes y me dijo: “No quería interrumpir tus estudios estando papá para cuidarme”.

Sonreí sarcásticamente, pues no le había visto nunca fregar un solo plato pero ella me corrigió: “Ha cambiado mucho, ha estado velándome muy bien”.

Hice un esfuerzo por creérmelo, y le dije: “Vale, pero ahora estoy yo aquí y no te voy a dejar sola”.

Los siguientes días fueron un no parar. Como estaban mis tíos allí nos fuimos turnando para acompañarla siempre a pesar de distar bastante de la aldea y ser el trayecto toda una odisea: largo, malo y sinuoso. Pude contarle muchas cosas que había ido conociendo de mi sueño cinematográfico; ella asentía y esbozaba una leve sonrisa.

Según pasaban las horas era más evidente el avance rápido de su deterioro, pero mi amor hacia ella me impedía ver la realidad y mi inexperiencia pueril me mandaba mensajes erróneos viendo mejoría donde solo había una recuperación final.

Una de las últimas noches que puede acompañarla marcó mi vida. Era una vigilia de tormenta con muchos truenos y relámpagos. Impresionaba estar allí y ver cómo se iluminaba la habitación de golpe. Mamá había empeorado bastante y necesitaba los calmantes más a menudo. La ventana estaba un poco abierta, entrando renovando el aire interior. Le pregunté si necesitaba una mantita debido a la bajada de temperatura típica de una galerna, me dijo: “Siéntate aquí a mi lado, he de contarte una cosa”.

Me senté, cogí su mano y con mucho cuidado se la fui acariciando suavemente mientras ella empezó a hablar: “Hija, la vida no siempre es cómo te la imaginas. Cuando yo tenía tu edad también tenía muchos sueños. Recuerdo haber escuchado a las cantantes de la época e imaginar sus viajes, vivencias, etc. Me tumbaba en mi cama y me veía de tourneé por esos mundos, copleando ante personas y personalidades. Era muy joven, inexperta e inocente.

Un día, cuando salíamos de la academia donde estábamos estudiando mecanografía unas amigas y yo, nos cruzamos con un grupo de chicos. Después de lanzarnos algunos piropos y nosotras devolvérselos con miradas pueriles, nos invitaron a tomar algo y quedamos en volvernos a ver. En la siguiente cita, uno de ellos, alto y apuesto, se acercó a mí para charlar. Me contó que vivía en una aldea pero estaba en la capital haciendo la mili”.

“Ah, ese era papá”, comenté.

“Sí hija, era tu padre. Me enamoré perdidamente, era mi primer amor, el que dicen que no se olvida nunca, pero a tus abuelos no les gustó mucho. En vista de la situación familiar él me propuso marchar, casarnos y emprender una vida juntos.”

“No debió de ser fácil para ti, supongo.”

“Cuando una está enamorada cualquier cumbre se convierte en un simple montículo, hija.”

“¿Quieres decir que tu vida no ha sido cómo te la imaginabas?”

“Pues ahí es donde quiero ir a parar. La realidad es la que es y más pronto que tarde se encarga de poner las cosas en su sitio. El aldeorrio era un lugar anclado en el pasado, muy disímil de la ciudad. La gente recelaba de los de la capital, nos veían diferentes, nos hacían más libertinos, desinhibidos, liberales y ahí es donde comenzó todo.”

“¿A qué te refieres, mamá?”

“Pues ese fue el principio del problema. La familia de papá nunca creyó que una niña inexperta y criada en una gran urbe pudiera integrarse y aprender la dura vida rural. Y así se lo hacían saber a tu padre. Sin embargo tú has sido testigo de que siempre hemos sido autosuficientes, me he encargado del huerto, de la granja, de la casa, de ti y de papá. Ellos también vieron cómo mi tremendo esfuerzo daba sus frutos, pero desgraciadamente ya era demasiado tarde.”

“¿Tarde para qué?”

“Para que tu padre pudiese dar marcha atrás en su actitud.”

“No te entiendo, mamá.”

“Sí, hija, fueron largos años malmetiéndole. Criticándome primero por no saber, y después inventándose falsas relaciones con vecinos, cuando eso no era cierto.”

“¿Quieres decir que la gente es tan retorcida? Yo nunca he visto nada y papá no es tonto para creerse esas mentiras.”

“Hija, aquí en la aldea la gente no tienen otra cosa que camandulear. El orujo y el badajear son malos compañeros porque llegan a lanzar acusaciones infundadas. Solían atribuir sus escarceos libertinos a los demás para encubrirlos, dirigiendo la atención hacia los que envidiaban por su capacidad o laboriosidad. Bastantes veces veces corrieron la voz de que estaba en el pajar de algún vecino retozando lujuriosamente cuando la realidad era muy diferente. Tu padre no era tonto, pero al principio como las discusiones por mi inexperiencia eran habituales él comenzó a refugiarse en la cantina, llegando a casa con la lucidez influida por el orujo y las malas lenguas. Le contaban ‘de oídas’ o simplemente alguna cosa fruto de su retorcida imaginación. Además, la envidia es muy mala y cuando uno ve en casa ajena lo que no tiene en la suya intenta destrozarlo; eso es lo que hacían los demás hombres, y entre ellos algunos familiares.”

“Ahora entiendo por qué insistías tanto en que antes que volviera papá por la noche yo debía estar acostada y dormida.”

“Para que no vieras ni oyeras su mal genio.”

“Bueno, pero discusiones las hay hasta en las mejores familias; la tita y el tito también las tienen.”

“Mi niña, una cosa son disentimientos que hablando se llega a un acuerdo, y otra, acusaciones serias de infidelidades, con el alcohol como agravante.”

“Bueno, pero nunca pasaron de ser verbales.” El silencio de mamá me preocupó. “¿Hubo más que palabras?” Pregunté inquieta.

“Al principio eran solo palabras, pero cuando el tema dejó de ser por mi inexperiencia y comenzó a ser por mis supuestos escarceos, las palabras dejaron paso a las manos.”

“Mamá, ¿papá llegó a pegarte?”

 “Sí, hija. Al principio me intentaba convencer  que sería pasajero, que se daría cuenta de la realidad. Como él ya tenía la mosca detrás de la oreja, cualquier insinuación era suficiente para estallar. Según un dicho: “pueblo pequeño, infierno grande”. Aquí se conoce todo el mundo y conocen la vida de los demás, pudiendo inventarse cosas fácilmente. Ese es el deporte preferido de los lugareños.

No quería marcharme sin mostrarte la verdad, pero tampoco quería hacerlo sabiendo que eso levante una barrera entre ambos de por vida. Papá ha sido una víctima de las habladurías. Tú eres su única hija; se ha tragado su orgullo y ha defendido su derecho a darte una educación superior no siguiendo la rancia costumbre de este lugar. A veces le he observado a escondidas mirar tu foto, tus excelentes notas y las cartas que nos envías, porque las guarda en un lugar secreto. Pero tampoco quiero que mi sufrimiento quede en el olvido. Hija, estudia para ayudar a otras mujeres, sobre todo aquellas que estén en un infierno parecido. Aquí en las aldeas es muchísimo peor. Prepárate para ayudar a que las mujeres de tu generación no pasen por esto.”

“Mamá, descansa un poco, no te conviene hacer tanto esfuerzo y menos para hablar”.

“Sí, hija, comienza a dolerme bastante otra vez. Llama a la hermana, a ver si me pone otro calmante y duermo un poquito.”

Avisé a la Sor, le administró la dosis de morfina y descansó. Esa noche no pude pegar ojo. En mi cabeza había un mar de recuerdos y en mi corazón una tempestad de emociones dispares. De madrugada, cuando todo estaba más tranquilo (menos mi cabeza y mi corazón), pude charlar un poco con la enfermera de turno. Ella me explicó la gravedad de la enfermedad. También sabía lo que mamá había pasado, porque al asearla le había visto cicatrices. Le comenté su consejo sobre ayudar a otras víctimas de malos tratos. Ella me un grupo formado en la universidad de la capital. Supo de do él hacia el fin de sus estudios. Eso me llamó la atención.

Los pocos días transcurridos allí me ayudaron a ver la gran labor realizada por el personal del hospital, sobre todo con los enfermos terminales como ella. Uno de esos días, la enfermera con la que hablé me entregó un papel con información sobre ese grupo especializado. Se lo agradecí y lo guardé, en esos duros momentos solo estaba para atender a mamá.

El fatídico día llegó. La despedimos como se merecía. Mis tíos volvieron a la capital y yo a la aldea con papá. Ese verano tuve mucho tiempo para poner en claro la cabeza. Mi afición cinematográfica se iba desinflando a la misma par que aumentaba el deseo de ayudar a mujeres que estuvieran en ese infierno. A la misma par sentía el peso de la obligación como hija para con papá. Me esforzaba por tenerle todo preparado a su regreso para la cena. Durante el día me encargaba, como buenamente podía, de los innumerables quehaceres. Dicen que no se sabe el valor de algo hasta que se pierde, y ese verano pude percibir el valor de mamá en toda su plenitud.

Se iba acercando el final de la canícula. Yo seguía debatiéndome entre el deber para con la voluntad de mamá y el cuidado de papá. Una noche, mientras estábamos cenando, rompió el hielo y me preguntó: “¿Qué piensas hacer?” Me quedé sorprendida y le contesté la verdad: “No lo sé. Mamá me pidió que continuara con mis estudios y a la vez siento que no puedo dejarte aquí solo sin ayuda. Tengo la cabeza hecha un lio.”

Después de unos segundos de silencio interminable dijo: “Yo he perdido a mi mujer y tú nunca podrás ocupar su lugar porque eres mi hija. Has de buscar tu futuro. Prepárate bien. Eres la única heredera aprovéchalo adquiriendo toda la educación que puedas. Yo necesito poco para vivir. Tengo mi trabajo y ayuda no me faltará aquí. Ya tiraré de familia, que para eso están. Céntrate en tus estudios, esa es tu obligación.”

Me chocó escuchar eso, pero según fui meditándolo vi que tenía toda la razón. No podía desperdiciar mi vida intentando cargar con las responsabilidades de mamá, por un desmedido sentido del deber. Papá era todavía joven y podía valerse por él mismo, yo debía de prepararme bien, como era su deseo.

Volví a la casa de mis tíos en la capital y busqué en la universidad el grupo que la enfermera me había informado.

A mis tíos les extrañó ese repentino cambio de objetivo en la vida. No entendían nada de lo que estaba haciendo. Yo tampoco quería desvelar todas las intimidades de la vida marital de mis padres porque podía prender un fuego de odio hacia él, no sirviendo de nada. Simplemente les dije que durante la estancia en el hospital con mamá me había impresionado tanto el buen hacer y la dedicación de las enfermeras que quería dedicarme a ello.

Me diplomé en enfermería y me especialicé para ayudar en ese campo y, como me aconsejó mamá, pedí el traslado aquí, donde he podido ayudar mucho junto al médico de la comarca.

Mis tíos con todo el dolor de su corazón me dejaron volver a mi tierra aunque nunca perdimos el contacto. A mi llegada mi padre enfermó. Como buena enfermera le di todos los cuidados expertos que precisó hasta su fallecimiento.

No me casé porque a los lugareños ver una mujer tan preparada como yo por estas tierras les intimidaba y ahuyentaba. Pero mi único interés ha sido dar el máximo de ayuda y auxilio a las mujeres en estos lares tan apartados y anclados en la rancia tradición machista. Puedo decir con orgullo que las mujeres de estos Concellos(Ayuntamientos) han dejado atrás la Edad Media y se han convertido en ciudadanas conocedoras de todos sus derechos en este siglo XXI.

Ahora entendí las lágrimas de Carmiña cuando María contó su experiencia. Fue ella, la enfermera que la ayudó a salir de ese trance y por eso las tres habían forjado esa amistad tan fuerte y bonita.

Así terminó Carmiña su historia. El resto de la tarde siguió el patrón de las anteriores.

Para mostrarme hasta donde llegan los aldeanos ruiños (en su ruindad o ambición), me contaron que había una familia peleada con media aldea por cuestiones tan tontas como quién debía pagar el arreglo de una pared medianera. Si se trataba de una muro compartido por dos propietarios indiscutiblemente eran ambos los responsables de su arreglo… pero por lo visto ellos no lo veían así y estaban gastando mucho más dinero del necesario para la reparación en pleitos interminables y costosas minutas.

     Como dijo Confucio: ‘Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día en tu vida’. Carmiña hizo lo que le gustó y más que un trabajo fue una gratificante labor.

MI HISTORIA

El crudo invierno iba dando sus últimos coletazos; la primavera se dejaba entrever. La nieve de la aldea ya se había derretido y comenzaban a salir tímidamente las florecillas en el bosque. El tiempo mejoraba rápidamente y mi ánimo también. Era hora de invitar a “mis amigas”. Me chocaba tanto denominarlas así… máxime cuando había una diferencia abismal de edad entre nosotras y en aquel lugar duro, inhóspito y despoblado donde había ido a parar presa de un amartelamiento quinceañero lo último que se me hubiera pasado por la mente habría sido encontrarlas. No podía eludirlo: era mi turno para la merienda-confesión.

Las cité y acudieron. Cuando estuvimos sentadas alrededor de la mesa, disfrutando de los tenues rayitos solares que se adentraban através de la ventana acariciando nuestro rostro, comencé.

Me crié en una gran ciudad, Barcelona. Mis padres trabajaban duro para poder darnos a mis hermanos y a mí una buena educación y que no nos faltara nada imprescindible. Estudié, estudié y seguí estudiando hasta llegar a la universidad. Me decidí por una carrera moderna relacionada con las nuevas tecnologías. Es el motor del mundo y tendría más oportunidades. Mientras, tuve amigos… algunos fueron más que amigos, pero todo pasajero, pues el caprichoso destino lleva a cada uno por su lado. En el ambiente universitario era lo normal; todos tenemos nuestros sueños y corriendo tras ellos dejamos en el camino familia, amigos, relaciones, lugares…

     Como la subsistencia en la gran ciudad exige tanto de todos, terminamos viviendo vidas paralelas pero distanciadas. El hogar termina convirtiéndose en un lugar de parada y fonda donde únicamente te relacionas con el resto de miembros cuando coincides por casualidad, si es que los exigentes horarios lo permiten.

     Nada me hacía presagiar lo que iba a acontecer. Un día, mientras estábamos todos en casa, aprovechando el momento de la comida, mis padres nos anunciaron una decisión importante: separarse de mutuo acuerdo.

    A pesar de ser una mujer de mente abierta, acostumbrada a dar por finalizada una relación por cuestiones triviales, aquel anuncio me golpeó con la misma sorpresa e intensidad que lo hace un terremoto de máxima escala.

     Su idea era vender el hogar familiar, dándonos la oportunidad de elegir con cuál de ellos convivir, si no queríamos independizarnos.

     Cuantas más vueltas le daba al asunto, no lograba decidirme. Yo los quería a los dos y creía que si decidía vivir con uno el/la otro/a podría dolerse. Determiné rentar una habitación en un piso compartido e iniciar una nueva andadura en solitario.

     El trasiego, en aquel piso compartido, era habitual. Las idas y venidas de nuevos inquilinos estaban a la orden del día. Todo gente joven, dependiente de unos trabajos precarios con sueldos exiguos que daban para bien poco. Me fui fijando en un chico, un habitual, de hecho era el más antiguo, ¡a pesar de llevar solo tres meses allí!

     Coincidíamos bastante por la casa, pues teníamos horarios muy similares. La cocina era común. En numerosas ocasiones coindimos a la hora de la comida, esperando uno a que el otro terminara de usar el microondas. Él era tímido y retraído. Yo no es que fuera desinhibida, pero estaba acostumbrada a tratar con muchas personas. Un día, mientras estábamos en la mesa, decidí romper el hielo lanzando una breve frase. Él respondió con otra un poco más breve.

     Los días pasaban, y como solíamos coincidir nos fuimos acostumbrando a compartir cocina y mesa. La conversación aumentó en duración poco a poco. Gracias a ello supe que provenía de una aldea rural, resultó ser ésta. Estaba en la ciudad buscando un futuro mejor, pues aquí solo hay trabajo en la cantera sacando losa que después se exporta para proteger los tejados de las casas japonesas. También supe que era el único joven de su aldea y cansado de la soledad, había emigrado para poder formar una familia también.

     En uno de esos días libres apeteciendo quedarse en casa porque el tiempo no acompaña, decidí sentarme en el sofá del comedor común a ver la tele arropada con una manta. Para sorpresa mía, él salió de su habitación y se sentó también allí. La película era aburrida y comenzamos a hablar. Me comentó que tiempo antes de marchar de la aldea sus padres habían fallecido en un accidente de coche. Como la carretera es muy serpenteante y en invierno el hielo no se llega a fundir en las partes sombrías, patinaron cayendo por un barranco escarpado. Eso me llegó al corazón, aunque yo ya no convivía con los míos, los tenía físicamente y podía visitarlos cuando me apeteciera. Imaginé la gran soledad que debía de sentir, sin familia cercana, lejos de su aldea, en medio de una gigantesca urbe llena de desconocidos… Esa sensación suscitó en mí un sentimiento de tristeza, compasión y empatía.

     Las conversaciones fueron sucediéndose. A la misma par un sentimiento de ternura iba creciendo en mi interior. Un día me invitó a ir al cine, y así comenzamos a salir.

     Al poco tiempo el destino, que es muy caprichoso, decidió empezar a jugar con nosotros. De la noche a la mañana me quedé sin mi precario trabajo. En esas condiciones no podía aguantar mucho en la habitación alquilada, y tampoco podía seguir costeando mis estudios. Qued´ándome solo una asignatura pendiente para terminar la carrera, decidí no agobiarme. Lo más importante en aquel momento era el trabajo. Me dediqué a buscarlo por todos lados. Tenía poco ahorrado, se acercaba fin de mes y no podría hacer frente a otra mensualidad de la habitación.

     Como último recurso decidí tirar de familia. Pero la maldita crisis, había alargado sus tentáculos por todos lados silenciosa pero inexorablemente. Se me había adelantado, afectando a mis hermanos y obligándoles a regresar también. Mis padres ya tenían cada uno su casa ocupada. Mi situación se complicaba por momentos.

     Un día él me invitó a tomar algo, se interesó en mi situación, porque me veía rara. Se lo conté. Amablemente se ofreció a compartir su habitación conmigo sin costo alguno. Solo había un pequeño problema, la habitación disponía de una cama de matrimonio. Me quedé estupefacta. No sabía si me estaba ofreciendo ayuda o me estaba proponiendo cohabitación en pareja. Notando mi reacción él se apresuró a disipar las dudas. Era una oferta de convivencia sin ningún interés de por medio, solo buscaba ayudarme porque me había cogido cariño.

     Como aún quedaban unos días para terminar el mes, decidí agotar las últimas oportunidades. Busqué, llamé, pedí, imploré ayuda a conocidos y amigos, pero nada resultó. No me quedó otra que embarcarme y aceptar su oferta.

     Al principio, como todo era nuevo, parecíamos dos novatos inocentes. Según fueron pasando los días nos fuimos relajando y compartiendo la pequeña estancia con la normalidad que permiten esas circunstancias.

     A pesar de buscar durante todo el día, no lograba encontrar nada. No quería terminar siendo una carga o un estorbo para él. Mi ánimo fue decayendo, comencé a sucumbir al abatimiento. No pocas veces lloré a solas en la habitación o en la oscuridad de la noche cuando él dormía profundamente. Pero una de esas me pilló. Empezó a consolarme y sin saber cómo… terminamos…

Como no acababa la oración por vergüenza, Claudina, con su energía desbordante, interrumpió: ‘Vaya, que terminasteis dándoos cariño mutuamente, vamos’.

Eso mismo. – contesté – Todo iba trascurriendo con una rara ‘normalidad’ en medio del caos. Me dejaba llevar y la verdad es que él resultó ser un consuelo para mí. En esos momentos difíciles era un verdadero compañero, amable, atento, cariñoso, servicial. Sin saberlo, fue creciendo en mi interior un vínculo fuerte uniéndome a él. Era la necesidad de querer estar a su lado y sentir su protección. Nunca hasta entonces había sentido algo así. Creí reconocer eso que llaman “amor” después de haber pasado por tantas épocas de amartelamiento, embobamiento, encaprichamiento… y hasta atontamiento.

Aunque mi vida se desmoronaba rápidamente, me sentía segura y arropada. Él estaba por mí, me escuchaba, me abrazaba cuando lo necesitaba, me valoraba.

Ésos fueron días de confidencias compartidas. Paseábamos por la ciudad, veíamos escaparates. Como yo soy más parlanchina, no paraba de contarle cómo imaginaba mi “casa ideal”. Él escuchaba y asentía. También aproveché haciéndole de guía turístico improvisado. Le llevé a conocer el ‘Barri Gòtic’, toda la obra del genial Gaudí, las playas de la ciudad ¡hasta la nudista!, el Tibidabo y la huella de los JJOO del 92 (aunque yo ni había nacido). Estábamos solos, los dos juntos, disfrutando de lo que la vida nos ofrecía y haciéndonos compañía.

Decidí presentárselo a mi familia. Como llegaban unos días festivos, aproveché para organizar una comida en casa de mi madre. Él, como buen tímido, al principio se mantuvo callado, contestando con monosílabos acompañados de pequeñas sonrisas nerviosas. Según transcurrió el tiempo, la conversación derivó hacia conocer algo más de sus orígenes, y ahí comenzó a explicar cómo era su hogar, el lugar de donde procedía. Mis padres, como buenos urbanitas desconocedores del terreno, le prestaron toda su atención. Hubo momentos en los que también yo quedé embobada con sus explicaciones.

Contó cómo era la aldea, el lugar donde nació y creció. Estaba en medio de un valle con dos salidas por carretera: por el sur a una pequeña ciudad llamada Quiroga, y por el norte a Pedrafita do Cebreiro, un pueblo bastante conocido porque es el primero en recibir las nieves invernales y está situado en uno de los puntos más altos de la red nacional de carreteras. Por ahí también pasa el Camino de Santiago. Al decir eso se despertó mi curiosidad porque muchos compañeros de universidad habían lo habían hecho y me habían hablado maravillas de los parajes, los habitantes, la hospitalidad…

Una vez en la carretera del valle, por el lado sur se ha de subir un puerto de montaña hasta llegar al pueblo cabeza de partido: Folgoso do Courel, donde está el Concello (Ayuntamiento). Todas las casas son de losa de la zona, un tipo de pizarra de color gris oscuro con la que se hacen también los tejados. Hay ferias unos días concretos de cada mes y acuden los vecinos para comprar en el mercadillo ropa, productos de la zona, etc.

La aldea está junto a un bosque de castaños centenarios en los que te puedes encontrar, además de muchas castañas en otoño, fauna variada como jabalíes, corzos, ardillas, lobos, etc. “Pues a mí me dan mucho miedo los bichos ésos porque nunca he visto uno frente a mí”, dije. Él sonrió y me aseguró que ellos tienen más miedo de toparse con nosotros los humanos, y cuando ven a uno salen corriendo. Sentí cierto alivió.

La belleza del valle es única y le ha valido para ser declarado Geoparque mundial por la Unesco y en tiempo récord. “¿Geoparque?”, le pregunté. Es un territorio donde hay un patrimonio geológico particular. Se cuida mucho que el desarrollo sea sostenible, porque Europa lo vigila atentamente”. ¡Hasta tienen un museo geológico! Quedé sorprendida con esa descripción tan técnica; aclaró que como llevaba tiempo postulándose para lograrlo se lo sabía de memoria. https://www.courelmountains.es/

Describió la aldea como un lugar pequeño, enclavado en el interior de uno de los recovecos del valle y en mitad la ladera, donde la carretera termina. Justo en la entrada hay un riachuelo que baja directo de la montaña, con un agua muy fría pero buenísima. En verano es costumbre antes de comer o cenar ir a llenar la botella, no porque sea más buena que la que sale del grifo (es la misma), sino porque está más fría, incluso, que la de la nevera. Por aquella zona hay varias fuentes de distintos tipos de agua: de hierro, de calcio, etc. Inocente de mí, pregunté cómo se distinguían unas de otras, y echándose a reír me dijo: ‘la de hierro deja las piedras como oxidadas y la de calcio las deja blanquecinas’. Me sorprendió la evidente y a la vez sencilla explicación y me dio sensación de haber hecho el ridículo al preguntar algo tan obvio.

Al estar enclavada en zona montañosa es un lugar muy frío durante parte del otoño, primavera y todo el invierno, siendo imprescindibles unas cocinas de leña que a la vez que dan calor permiten cocinar, preparando platos sustanciosos, cargados de calorías para mitigar las gélidas temperaturas.

Junto a la serpenteante carretera que cruza el valle hay una cantina pegada al cauce del río principal. Es un lugar muy pintoresco y acogedor. El dueño ha tallado trozos de troncos en forma de sillas. Preciosos letreros en madera cincelada indican e informar a los visitantes. Incluso aprovechando una pequeña vaguada han realizado una mini-piscina  con piedras de los alrededores por si en verano algún/a valiente se atreve a desafiar sus heladas aguas dándose un chapuzón. www.oponton.es.   

Causó una buena impresión en mi familia. Hasta mis padres incluso mostraron su deseo de conocer el lugar en alguna escapada, él respondió ofreciéndoles la casa familiar.

Un día llegó de trabajar con la cara desencajada. Nos sentamos al pie de la cama y le pregunté la razón. Iban a reducir la producción en su empresa y despedirían a un grupo de trabajadores incluido él. Pensé: “Ahora es el momento de devolverle la ayuda que me ha estado dando”. Le escuché, le consolé y me lo llevé a dar un paseo.

Como los dos estábamos pasando por lo mismo, nos comprendíamos. Aprovechamos el tiempo para conversar, compartir…

Claudina volvió a interrumpir: ‘Y para intimar, neiniña, ¡que no te sale la palabra!

Eso mismo. – contesté – En poco tiempo forjamos una unión tan fuerte entre ambos que no podíamos estar el uno sin la otra.

Pensándolo fríamente y desde la distancia, quedarse sin trabajo a él le afectó de manera diferente. Se volvió un poco más cerrado, menos comunicativo e incluso diría más irascible. Pero yo había decidido volcarme en ayudarle y tomé esos síntomas como simples efectos secundarios.

Como la situación tampoco era buena para él, pues la crisis estaba golpeando con fuerza y no encontraba trabajo de ningún tipo. Un día me comentó que hablando con un conocido compañero en la cantera de su pueblo. Allí los pedidos para el lejano oriente habían aumentado y necesitaban mano de obra conocida y experta como la suya. Me propuso marchar hacia la aldea. Al principio me pareció una idea descabellada, a mí, nacida en una gran ciudad y total desconocedora de la vida rural. ¿Cómo me adaptaría? ¿Qué haría? ¿De qué viviría? ¿Entendería el cerrado lenguaje?

Con el pasar de los días él hablaba más y más de su aldea natal. Se le notaba ilusionado con la idea. Volver acompañado a la casa familiar cerrada le emocionaba. Yo, aunque más reticente, terminé auto-convenciéndome. No perdía nada por probarlo. Un cambio de aires y una experiencia rural nunca vienen mal, y más si es en plena naturaleza. Me lié la manta a la cabeza. Una oportunidad así no se da todos los días y ese famoso tren no volvería a pasar otra vez, -el ‘amor es todo locura’ y también ‘todo lo cura’-. Me decidí a lanzarme a la aventura a su lado. Aprovechamos otra cena familiar para anunciar nuestra marcha.

A pesar de que a mis padres él les había causado buena impresión, en sus rostros se reflejaba la duda por mí. Yo nunca había pisado una aldea (salvo para ir de colonias con el colegio). Mi único contacto con los demás seres vivos había sido a través de los documentales de la tele. Por no saber no tenía ni idea de cómo encender un fuego. Me estaba embarcando en la “aventura” de mi vida. Pero respetaron mi decisión, nos dieron su aprobación y bendiciones. Y aquí estoy. Ésta es mi historia.

A diferencia de otras veces, en las que cuando una terminaba de contar, ese tema se dejaba aparcado y comenzábamos a disfrutar de la merienda, ellas se quedaron con ganas de saber más. Carmiña me preguntó:

  • ¿Y cómo es tu vida aquí?
  • Bueno, bastante monótona, nunca había probado esto de ser solo una ama de casa como las de antes. Como no dispongo de vehículo y no conozco los alrededores, tampoco sé a dónde ir o qué hacer.
  • ¿El trabajo le va bien?
  • Sí, por lo visto está con amigos de la infancia y se encuentra a gusto.
  • Lo sé porque tengo conocidos en la cantera y me lo han comentado. ¿Ya te encuentras un poquito más animada y repuesta del bajón?
  • Un poco sí, el invierno aquí es demasiado extremo para una urbanita recién llegada como yo, pero lo voy sobrellevando.
  • ¿Y vuestra relación de pareja es como era en la ciudad o se ha resentido algo con el cambio?
  • Bueno, todo afecta. Vida nueva, lugar desconocido, perdida entre montañas, falta de actividad laboral, etc.
  • Cierto, pero esos síntomas no te afectarán solo a ti. Él también ha cambiado de ciudad y de trabajo para volver a su aldea, y además con pareja.
  • Bueno, él tiene su círculo de amistades aquí. El cambio de trabajo no le ha sido nada traumático, y cuando sale va a tomarse un orujo a la cantina con sus amigos.
  • Cierto. – respondió Claudina – Allí le veo todas las tardes y de bastante buen humor.
  • Tiene días………. Algunos viene alegre, y otros…
  • Bueno, como todos los hombres de esta difícil tierra. –  comentó María.

Carmiña añadió:

  • Como sabes, yo fui enfermera y mientras estuve ejerciendo formamos un grupo de terapia para hacer más llevadera la rutina a las mujeres, a pesar de la dureza de sus labores y de los cambios de humor de sus maridos. ¿Qué te parece si nos acompañas una tarde a una de esas sesiones? No perderás nada y verás que no eres la única en esa misma situación.
  • Bueno, no me importará acompañaros.

Esta ha sido ‘Mi historia’ como tituló su libro una ex primera dama de los EEUU. Terminamos la merienda como las veces anteriores, y cada una marchó a sus quehaceres.

MAL DE MUCHOS…….

Unos días más tarde, Carmiña se acercó hasta casa para cumplir con la invitación y presentarme al grupo, ampliando amistades. Acepté, al día siguiente vinieron a buscarme. Subimos en el auto de Claudina, el todoterreno viejo y destartalado que convertía cada bache del camino en un latigazo para toda la columna vertebral, y las cuatro y nos dirigimos al pueblo donde se hacían las charlas en el dispensario.

Al entrar en la sala ya había algunas mujeres esperando. Eran de edades variadas; pero predominaban las jóvenes. Me llamó la atención que hubiera tantas en ese recóndito lugar necesitadas de terapia para sobrellevar la monotonía local.

Fueron presentándomelas una a una. Al verme sonreían amablemente y me mostraban bastante cariño a pesar de no conocerme de nada.

Comenzó la sesión. Cada una fue presentándose y explicando la razón de su asistencia; así las podría ir conociendo un poquito más. Cuando la primera comenzó a manifestar sus sentimientos, ¡pensé que estaba hablando de mí! Se expresaba desde lo más profundo de su ser, ¡como si me estuviera mirando en un espejo! Así fue sucediendo con las demás. Parecíamos almas gemelas. Terminó la última y Carmiña me preguntó si quería presentarme y contar lo que me apeteciera. Con vergüenza y pánico escénico, acepté. No pude decir gran cosa, la exigua explicación les bastó, percibiendo que teníamos mucho en común. Al terminar la sesión, recibí abrazos y expresiones de alegría de todas ellas, contentas por conocerme y escucharme. Yo seguía alucinada, no llegaba a entender qué suerte de tertulia era aquélla. Donde no tenía duda era lo agradable y respetuosa de la sesión.

De regreso a casa por la zigzagueante carretera Carmiña se interesó por mi impresión sobre aquella reunión. Le mostré mi sorpresa al ver tantas mujeres en ese apartado rincón de la geografía con sentimientos similares a los míos. Ella sonrió y me comentó que ése había sido el inicio y si repetía la visita aún saldría mucho más animada. Llegamos a casa y nos despedimos.

Esa noche, durante la cena, le comenté a él lo del grupo de terapia. Un gesto de indiferencia se dibujó en su cara y pareció no darle más importancia.

Las siguientes sesiones fueron similares. Percibí que el grupo no se hacía para sobrellevar la dura vida rural de las aldeas perdidas. Analizando los comentarios de las mujeres y comparándolos con mis sentimientos internos, llegué a la conclusión de que, tanto ellas como yo, habíamos vivido algo similar que nos había marcado.

De regreso a casa después de otra reunión, Carmiña me preguntó:  ¿Notas en tu interior algo diferente, algo nuevo? Reflexioné durante un momento y le contesté: ‘El hecho de no ser la única que siente esa desazón interna aquí supone un gran alivio’.

Pero había una pieza del puzle que me faltaba para terminar de ver el cuadro completo.

Carmiña, entonces, me aclaró que el grupo de terapia era para mujeres víctimas de violencia de género. Se hizo un silencio tenso en el coche. Mi cabeza era un hervidero de ideas contrariadas. Una mujer como yo, del siglo XXI, proveniente de una gran ciudad está demasiado informada y concienciada para ser víctima; yo, que había dejado parejas tan solo por no querer aceptar alguna de mis ideas… ¿cómo no iba a detectar el maltrato? Eso solo les ocurre a mujeres que no han podido acceder a una educación superior como la mía… Pero a la vez me invadían otros razonamientos: si realmente no fuera una damnificada, ¿cómo podría sentirme tan identificada con ellas? ¿Cómo había llegado a esa situación tan extrema?

Seguía con mi encrucijada mental cuando Carmiña interrumpió: Voy a contarte algo. Quizás lo desconozcas pero seguro te ayudará a aclarar las ideas. Como bien te ha contado tu pareja, sus padres fallecieron en un accidente de tráfico en esta carretera.  

Sí, cierto. –  contesté.

Quizás hay algunos detalles que haya omitido.

¿Detalles? – pregunté.

Maruxa, así se llamaba su madre, era una mujer extraordinaria. Muy servicial, siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás. No hablaba por no ofender. Éramos vecinas de toda la vida, nacimos en casas contiguas y nuestras familias estaban emparentadas (como las de casi toda la aldea). Desde pequeñas se creó entre nosotras un vínculo especial al ser hijas únicas. Cuando yo marché a la ciudad a estudiar nos carteábamos cada semana. Ella empezó a contarme los inicios de su noviazgo, los planes que iban haciendo y demás. Según se iba acercando la fecha del enlace empecé a notar un ligero pero paulatino alejamiento. Lo atribuí a los típicos nervios caudados por los preparativos. No pude asistir a su boda por estar inmersa en los exámenes finales de la carrera y me entristeció muchísimo pues la apreciaba como una hermana. Ella estaba muy enamorada e ilusionada porque se desposaba con un chico de una aldea vecina y se quedarían a vivir aquí. Pasados unos meses, a mi regreso, empecé a ver un cambio gradual en ella. Se hizo más esquiva, eludía cualquier contacto entre ambas, y cuando no le quedaba más remedio contestaba a mis preguntas con monosílabos. Lo achaqué a mi ausencia el día de su enlace.

Yo estaba muy ocupada con mi trabajo de enfermera en el consultorio y  poniendo en marcha el grupo de terapia. Concluí que serían los cambios típicos producidos por el matrimonio. Pasó el tiempo, quedó embarazada y el nacimiento del niño, tu pareja, ahondó nuestra distancia. Se volcó en su cuidado y atención, alejándose de todo su mundo anterior. Seguíamos teniendo contacto, pues traía regularmente al fillo (hijo) a las visitas con el pediatra y ahí no podía eludir mi presencia. Yo notaba algo extraño; su mirada rehuía la mía todo el tiempo y evitaba entablar una conversación.

Esa situación me iba preocupando cada vez más a pesar de no poder hacer. Pero hace unos dos años se presentó en el consultorio médico con un brazo roto. El médico y la enfermera, que me sustituyó cuando me jubilé, intuyeron algo raro y al preguntarla se desmoronó. Iniciaron el protocolo de malos tratos, la pusieron en contacto con nuestro grupo y comenzó a asistir, como tú.

Allí fue donde escuché de su propia voz la razón del distanciamiento. Ella sabía que en el momento que hablara conmigo me daría cuenta y no pararía hasta empujarla a iniciar los pasos para salir de ese pozo donde la había sumido su marido. El juez lo condenó a asistir a un centro de terapia para culpables de violencia de género. Parecía dar sus frutos como en otros casos ha ocurrido, hasta que Maruxa decidió vivir su vida, ser feliz y libre. El día que le comunicó su intención de separarse tuvo lugar el fatídico accidente. Nos enteramos gracias a una vecina, testigo presencial de la escena. Ella nos avisó justo después que él la sacara de la casa familiar agarrada del brazo, la metiera en el coche de malas maneras y marcharan. Acto seguido, salimos a toda prisa para interceptarlos en la carretera, y al llegar a la curva maldita contemplamos con estupor cómo el quitamiedos estaba roto y del fondo del barranco salía una columna de humo. Al asomarnos vimos el coche destrozado. Cuando llegaron los bomberos y lograron bajar solo pudieron confirmar el fallecimiento de ambos.

Fue culpa del hielo acumulado en las zonas sombrías de la carretera. –  contesté.

Nosotras hicimos el mismo trayecto justo detrás de ellos y no nos topamos con ninguna placa. Además, el marido días antes, estando con un grupo de amigos de la comarca, hizo un comentario insinuando que antes de separarse de su mujer haría una locura. Por desgracia los demás no quisieron tomarlo en serio y ocurrió la desgracia.  

Me quedé perpleja, boquiabierta. No se trataba de un accidente, sino de un asesinato por violencia de género en toda regla.

El hijo de ellos vió y convivió con los continuos malos del padre hacia la madre, palizas incluidas. No me extraña que él haya copiado las pérfidas costumbres paternas.

Pero si es muy bueno conmigo. Ya os conté que me ayudó mucho cuando me quedé sin trabajo. Si estoy aquí es gracias a su generosidad.

Su padre era una bellísima persona para toda la comarca. Siempre presto a ayudar a los demás cuando era necesario, simpático, amable… Vamos, el hombre ideal. Pero de puertas para dentro se transformaba en un ogro, maltratador físico y psicológico sistemático, controlador máximo y un tirano sin escrúpulos. Ése es el perfil seguido por la mayoría de estos maltratadores. La mayoría de hijos terminan repitiendolo; no sería el primer caso por estas tierras en el que los descendientes varones heredan y copian esas malas artes como si estuvieran impresas en su ADN a fuego.

Me quedé helada. No podía procesar en mi mente toda la información recibida.

Huelga decir que en los posteriores días mi cabeza no paró de darle vueltas al asunto. Quería negarme a creerlo, pero cuanto más analizaba lo vivido junto a él hasta entonces y lo que se iba acumulando cada día, más claro lo veía y más pánico me entraba pensando en que mi fin fuera similar al de su madre.

Un refrán dice: ‘Mal de muchos…. consuelo es’ (versión original) Yo puedo corroborarlo.

LA ALTERNATIVA

Llegó la hora de volver a terapia. Ahora tenía claro por qué me sentía tan cercana a todas. Era una víctima más. El problema que se me planteaba era cómo salir de ese pozo sin tener a la familia cerca. Cuanto más lo pensaba, más me angustiaba.

Llamó mi atención el hecho de que todas fueran de la comarca y ninguna hubiera optado por huir. Ellas me contaron lo que las había ayudado a escapar de ese pozo: hacer causa común y ser una piña. Eso las hacía sentirse fuertes y sus maltratadores no las veían desvalidas, indefensas ni vulnerables. El empoderamiento femenino había sido el acicate perfecto para atacar al maltrato y abuso. Además habían puesto otras iniciativas en marcha ayudándolas en esa terapia y que, además, les hacía sentirse útiles y valiosas. Eso despertó mi curiosidad, ¿cuales serían para lograr levantar el ánimo y la estima personal? Poco tiempo después lo descubriría.  

Los inicios de ese grupo habían sido complicados. Máxime siendo una práctica común y una característica de la masculinidad que consideraba a la mujer una esclava sumisa de su esposo, que todo lo que ocurría en casa allí se quedaba y tenía la obligación de aguantar lo que él quisiera hacerle estuviera sobrio o ebrio porque era de su exclusiva propiedad. Carmiña y el médico fueron concienciando con tesón y entrega, dando parte a las autoridades impidiendo que ningún culpable quedara impune o creyera que le saldría barata esa violencia.

Al irse conociendo en las charlas de terapia grupal, las mujeres iban haciendo causa común utilizando las herramientas que la justicia ponía a su alcance para acorralarlos, la exposición pública y la vigilancia de la Guardia Civil siempre presta a acudir rápidamente ante cualquier amenaza, les sirvieron como armas intimidatorias.

Carmiña me explicó durante los trayectos de ida y vuelta de las sesiones el proceso para acabar con esa situación. Había que prepararlo todo bien y entonces tener una conversación con él clara y directa, explicándole las únicas alternativas posibles y los pasos a dar. Además de las consecuencias de no hacerlo. Ahora solo me faltaba dar el paso hacia delante terminando con este sombrío capítulo de mi vida y comenzar a recuperar la autoestima.

Robert Fisher escribió: Las decisiones son fáciles cuando sólo hay una alternativa. Y la verdad es que la situación solo tenía una solución posible.

DETERMINACIÓN

Como soy una persona con recursos y fuerza interior, decidí pasar a la acción. Días antes se lo comuniqué a Carmiña y ella lo preparó todo, previendo las posibles reacciones para minimizar y frenar cualquier reacción adversa. Tenía mucha experiencia en ese tema y eso me transmitía la tranquilidad necesaria, a pesar de que  la inquietud se apoderaba de mí por momentos.

Esa noche llegó cansado, como era habitual. No pude ni analizar su estado de ánimo por los nervios y el pánico internos. Serví la mesa, por suerte no se me ocurrió hacer sopa porque con el tembleque recorriendo todo mi cuerpo hubiera terminado vertida en el suelo. Una vez sentada le dije: ‘Tengo que hablar contigo’. Sería por el agotamiento, haber tenido un día raro de trabajo o por su estado de ánimo bajo, no supo o pudo reaccionar.

Rápidamente le expliqué todo lo que había estado haciendo en el grupo de terapia. Pareció no inmutarse. Le advertí que estaba todo preparado por si tenía una reacción violenta y le informé sus únicas dos opciones: presentarse ante la Guardia Civil reconociendo su problema o dar el aviso yo misma.

Intentó justificarse por activa y por pasiva. Fue entonces cuando le conté lo que había averiguado sobre la verdadera causa de la muerte de sus padres. Me lo negó tajantemente, pero le di todos los detalles: que su madre estaba participando en las sesiones, que el médico fue el que activó el protocolo de violencia de género cuando acudió con el brazo roto de una paliza y que, en vista de no querer cambiar de actitud, ella decidió separarse, aunque por desgracia no pudo consumarlo porque él se encargó de matarla en el accidente.

No articuló palabra durante un buen rato. Le costaba digerir tanta información y, sobre todo, el desengaño por quien consideraba un padre ejemplar, sin olvidar que además fuera el causante del asesinato de su madre, a la que estaba muy unido.

Esa noche no pude pegar ojo. Yo me fui temprano a la cama y allí no pude pegar ojo porque mi cabeza era un hervidero de pensamientos. ¿Qué haría? ¿Cómo respondería? Él se quedó en el sofá viendo la televisión quedándose dormido hasta altas horas.

Esa mañana madrugué o mejor dicho trasnoché. Estaba peor que cuando me iba de fiesta y regresaba de madrugada para tomar el desayuno. Estaba como si me hubieran dado una paliza, tenía todo mi cuerpo entumecido y dolorido. Él estaba en el sofá tumbado. Preparé un café caliente y saqué alguna galleta. Mientras estábamos sentados a la mesa él me comunicó su decisión. Había estado toda la noche dándole vueltas. Era un capítulo de su niñez que su mente había borrado u ocultado para no causarle más dolor pero al enfrentarlo con la realidad comenzó el proceso de recuerdo. Vio claramente todo y decidió encauzar su rabia hacia el culpable de todos sus males.

Se dirigió a iniciar el proceso en el cuartel de la Guardia Civil, y buscar la ayuda necesaria en la terapia.

Charles Chaplin dijo: ‘Bueno es ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivir con pasión’.

SOLIDARIDAD

Pocos tiempo después, un día de primavera, de ésos en los que apetece salir y pasear, llamaron a la puerta de casa. No esperaba recibir ninguna visita, y me extrañó. Al abrir me encontré con mis tres amigas delante, sonrientes y cargadas con las bolsas y garrafas de costumbre, listas para su viaje diario hacia el lugar desconocido.

Carmiña me dijo que íbamos a hacer una parte de la terapia y seguro me encantaría. Como confiaba plenamente en ellas, me dejé llevar. Comenzaba a ver la vida con sus verdaderos colores y no como hasta hacía poco en más negro que blanco. Me sentía viva y eso se percibía en mis ganas de hacer cosas. Daba la impresión de haberme quitado una losa de encima, estando enterrada en vida.  Emprendimos viaje en el coche y cuando nos íbamos acercando al lugar decidieron ponerme en antecedentes.

Nos dirigíamos a un lugar muy especial, allí iba a conocer otras víctimas de maltrato, pero muy especiales y diferentes; sufridas, agradecidas y serviciales. Eso aumentó todavía más mi curiosidad; ¿otras víctimas, especiales, sufridas, agradecidas……? ¿Qué suerte de lugar será ese?

Me explicaron que era un refugio de animales. Yo, como buena desconocedora del tema pregunté: ¿Animales víctimas de maltrato? ¿Un refugio? ¿Y qué pinto yo allí?

Ellas me contaron que en esas tierras los más indefensos son los que sufren las consecuencias de la desinformación, el pensamiento retrógrado y el machismo más rancio. Después de las mujeres, ellos son los grandes perjudicados, silenciosos y muchas veces olvidados. Allí llevaban tiempo ayudando a los damnificados de la caza, perros usados y, cuando ya no valen, tiroteados para acabar con su infame esclavitud junto a sus amos y señores opresores. También a los gatos, considerados seres inferiores pues solo sirven para comerse a los ratones; los caballos, a los que les ponen cepos en una pata para impedir su movilidad y libertad; los animales de granja, considerados simple mercancía que se compra y vende o se convierte en comida, las víctimas de la caza, animales salvajes heridos que agonizan en el monte… en fin, a todo ser viviente danmificado por la desgracia de caer en las manos de esos mal autodenominados “seres humanos”. En ese momento me vino al pensamiento mi querida Wendy, una perrita super cariñosa que por las ansias del familiar cazador tuvo un fin atroz.

Quedé estupefacta al escuchar eso. Yo nunca me había parado a pensar en los animales, si son conscientes de su situación, si sienten o padecen, etc. En casa no habíamos tenido “mascotas”. El único trato más cercano había sido en la universidad, donde había un grupo muy activo difundiendo y publicando las atrocidades a las que sometían a algunos animales (perros, conejos, ratas) en las facultades de Veterinaria y Medicina. Como estoy en contra de cualquier abuso, les daba mi apoyo, pero sin profundizar mucho en el tema.

Esa sensación aumentó aún más al llegar al refugio. Era la primera vez que pisaba un lugar así. Allí encontré muchas de las compañeras de la terapia semanal. Me dieron la bienvenida y me mostraron el lugar como una de las iniciativas que habían puesto en marcha. Allí trabajaban duro y en circunstancias muy precarias, pero su rostro irradiaba alegría y felicidad. Fueron enseñándome las diferentes partes donde daban cobijo a las víctimas. Pude ver cerdos, jabalíes, gatos, perros, gallinas, cabritas, ovejas, alguna vaca… Pero al llegar a una zona específica, Carmiña, que ejercía de anfitriona, me dijo: Vas a ver algo que te va a sorprender mucho, pero no puedes comentar nada en el pueblo por seguridad.

Sorprendida y contrariada, accedí al interior. Estaba muy oscuro y mi visión era casi nula a pesar de colarse la luz exterior a través de una ventana. No sabía lo que debía buscar ni lo que me iba a encontrar, pero delante iba ella. Comenzó a llamar cariñosamente a una hembra. Escuche unos sollozos, mi poca información del mundo animal me dijo que parecían de perro. Ella se agachó y comenzó a acariciar al animal; yo estaba llegando y seguía con la curiosidad. Cuando me encontré al lado de Carmiña, ¡mi sorpresa fue mayúscula! ¡Allí estaba mi querida Wendy! Y lo mejor de todo es que ¡me reconoció! No paró de darme lametazos por un buen rato y yo de acariciarla y abrazarla llorando a la vez de alegría. Cuando pude sobreponerme de la emoción comencé a lanzar una batería de preguntas: Pero ¿qué hace aquí? ¿Cómo llegó? Si la daba por muerta… Ella me contestó: Al pegarle un tiro el malnacido la hirió. El animal como pudo escapó, yendo a parar la cuadra de María días después, a las afueras de la aldea. De allí la trasladamos aquí, donde ha recibido la atención necesaria y ahora se está recuperando muy bien aunque le ha costado bastante por la gran cantidad de perdigones incrustado en su cuerpo.

Cuando Wendy nos lo permitió proseguimos la visita, eso sí,  no se separó de nuestro lado ni un instante. Pude hacerme una ligera idea de la titánica envergadura que tenían por delante, algo similar al enorme trabajo de concienciar contra la violencia de género durante décadas. Según me explicó, de la misma manera que habían llegado a ser un punto de referencia en ese campo, iban a lograrlo en la ayuda a los demás seres vivos, porque los animales sufren mucho más a manos de los maltratadores y sin posibilidad de librarse de ellos ni de alzar su voz.

Después de tranquilizarse un poco Wendy me remangué y me puse a ayudar. Llegó la hora del regreso. Durante el trayecto no paré de hacer preguntas sobre el refugio, y así supe que se sostenía económicamente gracias a las donaciones voluntarias y a las manualidades realizadas por las más mañosas vendiéndolas en los mercadillos. El tema veterinario se sufragaba con las ayudas de los centros a los que acudían donde les cobraban solo el material o a veces ni eso.

El terreno y las precarias instalaciones las había cedido el Concello con el propósito de que las víctimas pudieran hacer terapia. En una edificación grande, pero bastantes lustros acuestas. Habían adecuado unas estancias donde convivían algunas de las compañeras que no tenían a dónde ir o que por seguridad habían huido de su hogar con su mascota, no pudiendo ser acogidas en las casas habilitadas por las diferentes administraciones a causa de la prohibición legal de tener “animales de compañía”. De esa manera recibían auxilio y el refugio contaba con vigilancia las 24 horas. Todo era muy humilde, sencillo, básico, obligándoles a agudizar el ingenio para aprovechar todos los materiales que los vecinos desechaban, reutilizándolos.

La iniciativa estaba muy limitada porque en aquellos lares no se estilaba adoptar animales provenientes de maltrato, y no había manera de darles un hogar dejando libre una plaza en el refugio para dar ayuda a otro.

Como deseaba ver y disfrutar de la compañía de Wendy, además de ayudar al resto, sin pensarlo dos veces me uní al grupo.

Un día, de regreso a casa Claudina, con su energía característica, me dijo:

  • Neiniña, no te pienses que ésta es la única ayuda que damos a los animales en esta tierra. Hay muchos fuera de aquí que también la reciben.
  • ¿Ah, sí, ayudáis a más? – pregunté.
  • Sí, mi niña. Están los gatos que sobreviven en las aldeas; vistos como simples plagas. Utilizados únicamente para tener a raya a los ratones y como la distracción de mentes retorcidas y enfermas maltratándolos o envenenándolos.
  • Y ¿cómo lo hacéis?
  • Tenemos puntos en cada aldea, y las del grupo que viven allí se cuidan de alimentarlos, esterilizarlos y controlar que no enfermen aplicando el método CER-M (Captura, Esterilización y Retorno y posterior Monitorización).
  • En nuestra aldea no lo he visto…
  • Porque los puntos de comida los tenemos en lugares discretos y escondidos pasando desapercibidos y no llamando la atención. Los hemos distribuido entre las cuadras abandonadas que tenemos las tres, y así están tranquilos y seguros. Además, utilizamos materiales donados para hacerles camitas calentitas para el duro invierno.
  • Pues me gustaría ayudar también.
  • Tranquila, en cuanto caiga la noche pasamos por tu casa, te enseñamos dónde está y ves lo que hacemos.

Ésa fue la primera noticia sobre “colonias de gatos rurales”. Cuando acompañé a Claudina, María y Carmiña esa noche, quedé asombrada al ver cómo de golpe, al simple ruido de sus bolsas, aparecían un puñado de gatos como mi Garfield con sus rabitos tiesos de alegría y rozándose con nuestras piernas esperando su ración diaria de latita.

De casualidad hubo algo que me sorprendió, todos tenían una muesca en una de las orejas. Como no sabía el significado las pregunté. Me comentaron que es la marca internacionalmente aceptada de esterilización, así pueden distinguirlos fácil y rápidamente de los nuevos miembros llegados a la colonia.

Desde aquella noche no falté ni una. No podía ver lo duro del el invierno allí y quedarme de brazos cruzados sin poner mi granito de arena para hacérselo más llevadero.

La frustración se fue apoderando de mí al ver la envergadura de la labor llevada a cabo por un simple puñado de mujeres muy limitadas en recursos y con poca o nula preparación. No paraba de darle vueltas a la situación. ¿A dónde podía dirigirme para buscar ayuda?

Gioconda Belli (escritora nicaragüense) dijo: ‘La Solidaridad es la ternura de los pueblos’. Y debe ser una característica de los humanos hacia el resto de nuestros compañeros de planeta.

INICIATIVA

Un día recordé que cuando yo estudiaba en la universidad había visto en los jardines por casualidad un pequeño cobertizo hecho con trozos de madera y plásticos reutilizados. Pregunté pero ningún compañero supo darme explicación acerca de su propósito. Tiempo después, estando sentada en el césped entre clase y clase vi merodeando como un gato entró en el casucho. Acto seguido una de las docentes se acercó con bolsas y, de golpe, un grupo de gatos acudieron al lugar rozándose con sus piernas. No le di más importancia pero ahora concluí que aquello debía de ser una colonia felina dentro de las instalaciones de la Universidad y decidí llamarles para ver si podían aconsejarme.

Contacté con uno de mis profesores le sorprendió mi llamada y se interesó por mi situación, máxime cuando no había vuelto a tener ninguna noticia mía desde que me quedé en paro y dejé la última asignatura pendiente de terminar y la carrera aparcada. Después de comentarle donde me había llevado la vida –al otro extremo de la península- expliqué la labor que mis amigas llevaban a cabo desde hacía años con el grupo de terapia y el refugio de animales. Me confirmó la presencia de una colonia en los jardines del campus cuidada por un grupo de docentes voluntarias. Como era un tema que nunca había tocado se iba a informar para ver lo que se podía hacer.

Mientras, el tiempo transcurría, el día a día era agotador. Lo más extenuante no era el tremendo trabajo sino la cantidad de casos a los que ayudar. Según me comentaron mis amigas en época de caza todo se multiplica, no solo la cantidad de perros y animales salvajes malheridos necesitados de atención por llegar en un estado lamentable, también la factura veterinaria que se inclementa por sus cuidados, curas y atención. Pero, a la vez, es reconfortante por la sensación de utilidad y de dependencia que esos seres vivos forjaban con nosotras al vernos como sus ángeles de la guarda. Es milagroso ver el milagro de la recuperación cuando perciben un poquito de amor; por eso nosotras tenemos colgada en la pared de la entrada del refugio la frase: “El amor todo lo cura”.

Pasadas unas semanas recibí contestación de mi antiguo profesor de universidad en forma de llamada de teléfono. Su explicación estuvo cargada de tecnicismos y como ya no estaba acostumbrada solo entendí algunas cosas. A pesar de ello, decidí convocar una reunión para transmitir la información a todas las voluntarias así evitaríamos malentendidos .

Al día siguiente, justo después de una sesión de terapia grupal, pedí la palabra. Mis tres amigas estaban expectantes, no sabían mi propósito. Expliqué que unas semanas atrás se me había ocurrido llamar a mi tutor de la universidad porque recordé como ciertos maestros cuidaban una colonia de gatos en los jardines del campus. La devolución de la llamada se había producido en día anterior y lo único claro es que iban a enviar una delegación a hacernos una visita para tener una idea completa de la situación y entonces estudiar y sopesar todo lo que se podía hacer. Las reacciones no se hicieron esperar. Unas aplaudieron de emoción, otras sonrieron con esperanza y el resto se dividió entre la sorpresa y el miedo por si cuando lo vieran aconsejarían cerrarlo debido a las numerosas carencias y la falta de los permisos pertinentes. Sobra decir tiene que ese tiempo de himpas lo aprovechamos para adecentar más si cabe el refugio y los acogidos.

A la semana recibimos el aviso de que la comitiva salía con rumbo a estos lares y llegaría al día siguiente en el tren. No teníamos que preocuparnos por ir a recogerlos porque ya habían alquilado una furgoneta para desplazarse con total autonomía y no suponiéndonos ningún problema debido a nuestra apretada agenda diaria. Con puntualidad anglosajona se presentó la comitiva de la Universidad en el Centro de Salud. Estábamos esperándoles ansiosas y a la vez temerosas. Una vez estuvimos tod@s presentad@s y saludad@s emprendimos camino al refugio. Allí tomaron buena nota de la situación y las necesidades, además de hacer muchas fotos y tomar un sinfín de medidas incluso con aparatos laser. Nos colmaron de preguntas, para algunas de ellas no teníamos idea y ni respuesta. También se interesaron por ver algunas colonias felinas y los materiales que reutilizábamos para dignificarlas. Como era normal la Alcaldesa también quiso agasajarlos con una reunión-comida en el Concello con todos los concelleiros presentes. Además de degustar los manjares típicos pudieron recibir respuestas técnicas del proyecto, el estado legal del refugio, los permisos, etc.. Acto seguido se marcharon rumbo a la estación para tomar el tren de vuelta y elaborar el ansiado proyecto sin soltar ni una palabra.

La envergadura del trabajo agotaba sobre todo mentalmente, había que agudizar todos los sentidos para dar la ayuda necesaria. Un día de esos tenía que atravesar el puerto de montaña para hacer la compra más grande del mes en los supermercados de la pequeña Quiroga. Casualmente observando en el autoservicio me di cuenta de la cantidad de alimentos desaprovechados a diario por cercanía a su caducidad o por tener alguna pequeña picadita, como el caso de frutas y verduras.

Una vez llegué al refugio, estando con mis compañeras, lo comenté. Inquirí su opinión al respecto y ocurrió algo sorprendente: comenzó un aluvión de ideas; tal fue la avalancha que nos vimos en la necesidad de aplazar la charla para hablarlo con más calma después de la siguiente sesión de terapia. Lo único claro fue la cantidad de ideas que todas teníamos para obtener recursos imprescindibles, reutilizando sin costo alguno, productos u objetos muy necesarios para el refugio.

Llegó el momento de la reunión. Todas queríamos hablar; habíamos pasado la noche dándole muchas vueltas a la cabeza y veníamos cargadas de ideas muy buenas. Establecimos turnos de palabra y comenzamos ordenadamente a exponerlas, mientras yo hacía de secretaria poniendo todo por escrito todo. El documento-resumen fue el siguiente:

  • En el Centro de Saúde (Salud) tiran cajas de porexpan donde transportan las medicinas perecederas, serían un excelente aislante para que los gatos de las colonias felinas puedan protegerse del frío y descansen calentitos.
  • En el punto SIGRE de las farmacias, los clientes depositan algunos medicamentos que pueden usarse para tratar a nuestros acogidos, y como aquí están especializados en medicina veterinaria por la cantidad de ganaderos, los apartarían para nuestro uso.
  • En los supermercados retiran fruta y verdura madura o dañada, también comida envasada a punto de caducar, que no se puede poner a la venta y que nos vendría muy bien para alimentar a nuestros acogidos.
  • En el desguace de vehículos tienen neumáticos con una larguísima vida con los que podemos hacer camitas para los canes. Así pondremos nuestro granito de arena evitando que terminen tirados en descampados contaminando el precioso entorno.
  • El hijo de una de nuestras compañeras trabaja en una Asociación donde reciclan material electrónico. A las carcasas de plástico de los monitores antiguos no le han encontrado utilidad y nosotros podríamos convertirlas en camitas para los acogidos. Decoradas pueden venderse en los mercadillos para las mascotas caseras. Esto nos ayudaría a conseguir más fondos para sufragar los gastos.
  • Las panaderías desechan pan y bollería sobrante muy apropiada para algunos animales.
  • La recogida y el posterior traslado al refugio de estos productos lo realizarán las compañeras que viven cerca. De esta manera dispondremos de un suministro regular sin hacer largos desplazamientos ahorrando tiempo y viajes.
  • Tampoco hay que olvidar que en otoño las habitantes del refuxio (refugio), en sus momentos de descanso, dan paseos por los bosques colindantes aprovechando para recoger las castañas caídas. Luego las secan ahumándolas en el lume y disponiendo de una buena reserva de comida para algunos acogidos durante el duro invierno.

Dicho y hecho, empezamos a poner en marcha todas esas iniciativas y fue impresionante la cantidad de alimento y material que comenzó a llegarnos.

Aunque estábamos muy atareadas, los días pasaban y la angustia y preocupación iban haciendo mella en el ánimo colectivo esperando noticias de la Universidad.  Pasado un tiempo, que nos pareció eterno, volví a tener contacto con mi profesor. Me dijo que habíamos de determinar si queríamos seguir hacia delante o continuar como hasta ahora. Si decidíamos dar nuestro consentimiento volverían a hacernos una visita para presentar el proyecto delante de todo el grupo y algunos responsables más.

En la siguiente sesión de terapia volví a pedir la palabra. Expliqué, lo mejor que pude, el mensaje de mi interlocutor, esperando que todas hubieran entendido lo máximo. Mis tres amigas ya no sabían cómo reaccionar al ver el cariz que aquello estaba tomando. Siendo todavía escasa la información y nuestra visión muy limitada, decidimos por mayoría tirar hacia delante, envueltas en una mezcla de emoción y miedo a partes iguales no sabiendo a ciencia cierta donde nos estábamos embarcando.

Según se acercaba la fecha recibimos la visita de la Alcaldesa. Nos informó sobre la reunión prevista con la comitiva de la Universidad en la que también estarían ella y los responsables municipales. Eso nos inquietó más aún.

Pero ahí no quedaba todo: días antes nos informaron que también vendría una delegación de la Diputación Provincial de Lugo y de la Xunta de Galicia encabezada por altos cargos de las Consellerías do Medio Rural y do Medio Ambiente. Al enterarse el resto de compañeras comenzaron a inquietarse no sabiendo cómo actuar. Estábamos hechas un flan con tanto responsable público; ¿por qué se había liado aquello? ¿Cómo una simple iniciativa de un puñado de víctimas de violencia de género había llamado tanto la atención?

La noche de antes los nervios no nos dejaron pegar ojo. Era la primera vez que íbamos a ser anfitrionas de altos cargos institucionales sin olvidar el objetivo de la reunión: enteraríamos de la solución que nos traían los enviados de la facultad. Llegó el día de la presentación. Todas, sin excepción, teníamos los nervios a flor de piel. Recibimos a las comitivas con nuestras mejores galas.

Entramos en la sala de reuniones del Concello y nos sentamos, aunque parecía que las butacas estaban llenas de alfileres impidiéndonos parar quietas un instante. Comenzaron a tomar la palabra uno a uno los miembros de las diferentes delegaciones, primero la universitaria con mi profesor a la cabeza. Hablaron un poco sobre los orígenes del refugio y cómo aquello había sido iniciativa del grupo de terapia de víctimas de violencia de género. Comentaron que para ser un lugar remoto y perdido entre valles de zona montañosa había demostrado ser un proyecto único y novedoso, todo un ejemplo a seguir no solo para el resto del país sino Europa entera. Nosotras quedamos alucinadas al escuchar eso.

La Alcaldesa alabó la pionera labor puesta en marcha por Carmiña junto con el anterior médico de la comarca, atrayendo el interés de una Universidad de las más importantes del país y de las instituciones públicas hacia este despoblado y perdido valle. Eso, acaecido décadas atras, era el motor que iba a acelerar la marcha a partir de hoy.

Las delegaciones de la Diputación y la Xunta escuchaban atentamente, como nosotras pensando que hablaban de unas desconocidas.

Llegado el momento, se apagaron las luces y comenzó la proyección de un audiovisual. Daba la impresión de estar en un cine de los de la capital un día de estreno. Primero fueron mostrando las fotos del estado actual del refugio, la situación, las instalaciones y demás. Para que las delegaciones de la administración autonómica pudieran hacerse una idea del árduo trabajo realizado hasta ahora y de la tremenda labor diaria realizada solo por nosotras. Acto seguido comenzó lo que nos pareció una película de ciencia ficción. Con realidad virtual 3d mostraron el proyecto que habían elaborado teniendo en cuenta ingenieros, técnicos y todos los profesionales necesarios. Vimos las instalaciones nuevas, adecuadas a las necesidades y las normativas vigentes según los expertos, integrándose en el entorno rural de la comarca, diseñadas con materiales sostenibles y hasta energías renovables. Nos parecía estar presenciando un sueño, algo imposible de alcanzar para unas simples víctimas sin más herramientas que sus tremendas ganas de ayudar y ser útiles.

Daba la impresión de estar presenciando un verdadero sueño. Con la tecnología actual ¡nos regalaron hasta una visita virtual a las instalaciones modernizadas! Después tomó la palabra el responsable económico del proyecto, analizando los costes y demás. A nosotras se nos iba haciendo un nudo en la garganta con tanta cifra y número.  Algo en lo que hizo especial hincapié fue en la reutilización de materiales que estábamos haciendo y que era un ejemplo de economía circular, ejemplo a tomar buena nota. Mi profesor terminó la exposición solicitando la colaboración de las diferentes administraciones allí presentes. Aplaudimos hasta que las palmas de las manos comenzaron a dolernos de la emoción de ver tanta gente involucrada en nuestra aventura. Ya no éramos unas simples mujeres corriendo tras una quimera, éramos unas emprendedoras visionarias que habíamos abierto un camino a seguir.

A continuación, y como buenas anfitrionas de aquellos lares, agasajamos a los asistentes con todo tipo de dulces locales aderezados por algunos licores y, por supuesto, alguna bebida sin alcohol. La Alcaldesa hizo las veces de convidante, presentándonos una a una a los responsables institucionales. No paraban de mostrar su asombro y admiración por el valor demostrado durante todos esos años y la ayuda tanto a las víctimas humanas como animales.

Una vez las autoridades marcharon, me acerqué a mi profesor para ver qué me podía contar. Solo pude sacarle que siendo un proyecto ambicioso y novedoso, uniendo la ayuda a los seres vivos víctimas del maltrato con la terapia a las víctimas de violencia de género, la universidad habían decidido involucrar a todos los responsables. Ése era el primer paso, pero no se iban a quedar ahí, tenían preparado mucho más.

Había que digerir tanta información y emoción, al fin y al cabo solo éramos unas simples mulleres aldeanas tolas (locas) con la manta liada a la cabeza por su intenso deseo de ayudar a otros más necesitados que ellas.   

 La rutina seguía y nosotras con ella, ayudándonos y ayudando a la vez en el refugio.

Un viejo refrán reza así: “El que quiere, va en persona; el que no quiere, envía a otro en su lugar.”  Tomar la iniciativa es la clave para conseguir lo que uno se propone.

VALOR

A todo esto, la situación que me llevó a tener contacto con todas aquellas mulleres (perdonen los galleguismos, pero en este valle tan cerrado al final hasta a una urbanita como yo se le pegan) dio un cambio radical. Yo ya no era la sumisa víctima de los cambiantes estados de ánimo de su pareja. Y él (que estaba beneficiándose de los efectos la terapia) ya no era el macho dominante que tiene en casa el pozo –cosificado en un cuerpo femenino- donde verter todas sus ansiedades y frustraciones.

Pasaba fuera gran parte del día. Coincidíamos por la noche y mientras preparaba la cena (o mejor: calentaba algo en el micro) intercambiábamos algunas palabras y frases escuetas. Al no estar ya sumida en aquel agujero negro de insatisfacción, humillación, maltrato y desatención, había recuperado parte de mi energía vital característica. Iniciaba las conversaciones y seguía contándole los progresos que íbamos haciendo en el refugio, los proyectos, etc. Él escuchaba con rostro y ánimo alicaído.

El almacén de la casa de sus padres estaba lleno de útiles de labranza heredados de sus antepasados. Se me ocurrió ir restaurándolos (en el poco tiempo libre que me quedaba) para poder lucirlos a modo de museo cuando tuviéramos el nuevo refugio construido. ¡Qué mejor manera de integrarlo en el entorno que mostrando los aperos usados por los habitantes tiempo atrás! Ya había visitado la famosa cantina del valle y visto algunas maneras de reutilizarlos como decoración, y estaba dispuesta a mostrar ese legado adaptándolo a las necesidades modernas, sin olvidar la correspondiente placa donde se explicara brevemente qué era y para qué se utilizaba antaño.

Al pedirle permiso no se negó, incluso me dio la impresión de que lo tomó como una especie de venganza contra el causante de todo su sufrimiento.

Fueron algunas las veces –a su llegada- que me pilló atareada con la restauración apuntándose a ayudarme, explicándome para qué servía cada uno. Yo, como buena estudiante de universidad, dejé una libreta y un bolígrafo cerca para ir tomando las notas pertinentes, pues ‘vale más un lápiz corto que una memoria larga’.

Un refrán dice: ’Quien teme la muerte no goza la vida’. El valor es imprescindible para tomar decisiones en momentos difíciles y no quedarse estancado.

CAMBIOS

Algunas semanas después volvimos a tener contacto de la Universidad. Nos informaron de los primeros pasos a dar: poner en marcha una asociación y difundirla por internet y medios de comunicación. Quedé paralizada. ¿Asociación? ¿Difusión? ¿Medios de comunicación? Por cuestiones legales el refugio lo tenía que dirigir una entidad y debíamos elegir un nombre y un logo para ella rápido.

Como esa tarde teníamos sesión de terapia, después de mucho deliberar llegamos al consenso. Nuestra asociación era diferente por el lugar en el que estaba: el valle do Courel y los objetivos: la ayuda a las víctimas de maltrato femeninas y animales. Así, decidimos llamarla “Mulleres do Courel & Cía” (Mujeres del Courel y compañía). El logo lo hizo una de nuestras integrantes aficionada al dibujo, donde plasmó nuestra esencia de manera sencilla pero clara. Llamé a mi profesor para comunicarle el nombre. En cuanto estuviera inscrita volvería a avisarnos para emprender la difusión. Pero, ¿cómo nos conectaríamos a internet si allí carecíamos de buena conexión? Solo me contestó: el Concello contactará con vosotras para informaros.

Días más tarde, la Alcaldesa se acercó al terminar una de nuestras sesiones de terapia. Allí fue donde nos comunicó que después de la presentación llevada a cabo por Universidad, las diferentes Administraciones (Deputación, Xunta y Concello) habían empezado a repartirse responsabilidades. El Concello se iba a hacer cargo de las más básicas.

El refugio iba a disponer en breve de internet de calidad para poder conectarse y difundir el día a día. También nos cedían una sección en la web consistorial; así nos ahorraríamos los costes de crearla y mantenerla. A cambio haríamos las veces de refugio municipal pero con autonomía y poder de decisión absolutos. Todos los permisos y trámites oficiales correrían a su cargo. Y todas las subvenciones a las que pudiéramos optar las tramitarían directamente. ¡El tema burocrático estaba solucionado!

Y en vista de la necesidad de materiales que teníamos, el Concello ponía a nuestra disposición todos los desechados en el punto limpio por los cidadans (ciudadanos) o las pocas empresas del valle. Para informar a todos los habitantes iban a emprender una campaña instando a que antes de deshacerse de algo contactaran con nosotras por si nos eran útiles. De esa manera se establecería una sinergia beneficiosa para nosotros y nuestros animales, el cuidado del medio ambiente y el consiguiente ahorro en las arcas municipales por la gestión de residuos.

Los días pasaron y la tan ansiada conexión a internet llegó. Como yo era la única entendida en el tema informático, me tocó mantenerla, actualizarla y difundirla. En cuanto la tuve lista avisé a mi profesor para ayudarnos en la difusión, pero nos encontramos con un pequeño obstáculo. No disponíamos de un móvil decente con el que fotografiar nuestro día a día y mostrar los acogidos.

Se me ocurrió hacer un apartado en la web para “necesidades”, y en cuanto lo vieron los estudiantes universitarios no dudaron en solicitar una donación de alguna de las empresas patrocinadoras. Una de ellas, gustosamente, nos hizo llegar uno de última generación con varios objetivos y lentes de calidad logrando que nuestros amigos ‘animales’ lucieran sus mejores galas en las instantáneas.

Los primeros días, al entrar por la cancela del refugio el estómago se me hacía un nudo esperando ver si habría habido alguna visita a nuestra web o algún email. Al principio la cosa iba lenta. Una mañana, me encontré con el primer correo. Lo abrí y mi sorpresa fue mayúscula al ver que era de una asociación cercana. Al enterarse de nuestra labor nos ofrecía ayuda, a pesar de sus escasos medios; como es normal nosotras también pusimos a su disposición los materiales que no necesitáramos por si a ellos les hiciesen falta.  

En sucesivos días fuimos contactando con más asociaciones y protectoras de nuestro alrededor. A todas las invitábamos a visitarnos, y de cada una recibimos consejos y ayuda para mejorar. Así fue como pudimos prepararnos para gestionar las adopciones, pues nos facilitaron una copia de un contrato y un cuestionario pre-adopción. Eran tantas cosas que nos colapsábamos, pero gracias a la generosidad mostrada pudimos contar con su ayuda cuando realizamos las primeras. Nosotras a su vez les ofrecíamos los materiales recuperados pues seguro les irían de perlas para economizar gastos.

Nos informaron de cómo poder obtener más fondos haciendo socios, teamers o iniciando un crowdfunding. Yo no entendí ni papa de lo que me contaban, ¡a pesar de estar habituada a trabajar con internet! Después de una explicación detallada pude comprender que eran diferentes variantes de financiación. Hasta ese momento ésta la habíamos conseguido vendiendo manualidades en los mercadillos, pero las nuevas herramientas podían ayudarnos más con menos esfuerzo.

Françoise Giroud, una escritora francesa dijo: Nunca creí que pudiéramos transformar el mundo, pero creo que todos los días se pueden transformar las cosas. Y eso es lo que estábamos experimentando en nuestro humilde refugio.

TRABAJO

En vista de la difusión realizada desde la Universidad, no tardaron en llegar solicitudes de información desde muchos puntos. Lo que más les llamaba la atención era la terapia llevada a cabo con las víctimas humanas y animales y la reutilización de materiales tanto en el refugio como en las colonias rurales. Comenzamos a abrirnos cuentas en Facebook, Twitter e Instagram, donde narrábamos nuestro día a día.

Algunos meses después volvimos a tener contacto con la Universidad. Tenían noticias para compartir. Habían tenido reuniones con diferentes empresas colaboradoras habituales con ellos aportando materiales o fondos a sus proyectos. Al exponerles el nuestro, algunas mostraron su deseo de contribuir. Cuando les trasladé las noticias al grupo a todas les embargó una emoción tan grande que hubo un estallido de aplausos a pesar de no saber a ciencia cierta cómo se materializaría esa colaboración.

Días más tarde recibí una llamada sorpresa: eran mis padres, querían saber cómo me iba. Días antes les había contactado por whatsapp aprovechando la buena cobertura en el refugio para informarles, pero como todo lo ocurrido era largo de contar les convencí de que estaba bien y les invité a visitarme cuando pudieran. Me tomaron la palabra y comenzaron a hacer sus gestiones.

Casualmente, a las pocas semanas la Alcaldesa nos hizo una visita sorpresa. Quería compartir con nosotras una noticia transmitida por los responsables de la Xunta que nos habían visitado meses antes. Habían inscrito nuestro proyecto en un concurso europeo de iniciativas y ¡habíamos quedado finalistas! Eso suponía una subvención para hacer realidad nuestro tan ansiado nuevo refugio. ¡No salíamos de nuestro asombro! ¿Qué era lo que habíamos hecho para que una iniciativa de unas mujeres perdidas en uno de los innumerables valles del continente llamara la atención de los responsables de toda Europa? Algo muy bueno debía de ser, lo importante era que nuestros acogidos iban a tener todas sus necesidades cubiertas y nuestra labor cruzaría fronteras para beneficio de muchas víctimas más.

Gracias a la colaboración de todas las administraciones teníamos financiación para nuestro refugio. Este sería sostenible y respetuoso con el medio ambiente consumiendo el mínimo de materias primas, reutilizando el máximo de materiales desechados y reduciendo al máximo nuestra huella de carbono.

Como seguíamos sin creernos la gran atención despertada por esta iniciativa en un lugar perdido de un valle remoto enclavado en la profunda Galicia y sin conexión por AVE o Avión, la Xunta programó una charla informativa para todas las víctimas del valle. Iban a explicarnos las nuevas medidas aprobadas el Parlamento de la nación. Ahí fue donde pudimos entender plenamente las razones de tanto interés. Nos explicaron lo siguiente:

Debido al elevado índice de este tipo de violencia que afecta exclusivamente a mujeres y a sus hijos, todos los partidos políticos habían impulsado un ‘Pacto de Estado contra la Violencia de Género’; una serie de medidas encaminadas a paliar las graves consecuencias que tiene en la sociedad. Nosotras como afectadas cumplíamos algunos de los puntos de ese Pacto, a saber:

El punto 30 menciona:

  • Tener en cuenta en la realización de las campañas de sensibilización contra la violencia de género, la mayor incidencia de ésta en las mujeres que viven en el ámbito rural y sus circunstancias”*. Nosotras por estar en un entorno rural somos más proclives a sufrirla, necesitando más herramientas y ayudas para evitarla o salir de ella.

El punto 59 reza así:

  • Elaborar, desde la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, y en colaboración con el Instituto de la Mujer, un sello identificativo para los servicios públicos y empresas privadas que establezcan políticas de responsabilidad social corporativa respecto de la violencia de género, y manifiesten sensibilidad en el trato hacia las trabajadoras y personas que la hayan padecido, prestando atención especializada o dando facilidades a sus trabajadoras afectadas. Estos sellos deberán ser valorados positivamente en los pliegos de condiciones para la contratación pública”*. Por eso todos los entes responsables han aunado fuerzas para que las víctimas de este valle podamos trabajar en nuestro entorno fomentando la integración en empresas de la comarca comprometidas y sensibilizadas con esta causa ayudándonos a poder ser autosuficientes sin necesidad de emigrar a ninguna gran ciudad con la complicación que eso supone para nuestras vidas.

Algo que avaló el aspecto novedoso de nuestra iniciativa es lo que menciona el punto 60:

  • Mejorar la detección precoz de la violencia de género en los centros sanitarios, en colaboración y con respeto a las competencias de las Comunidades Autónomas, a través de una mayor formación especializada de los y las profesionales sanitarios difundiendo los protocolos de actuación”*. Y el punto 74 añade: “Integrará las referidas Unidades de Apoyo, el personal de los servicios sociales, sanitarios y de las instituciones encargadas de prestar asistencia jurídica que siguieran el caso en cuestión, y actuarán coordinadamente y en colaboración con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y Juzgados de Violencia sobre la Mujer, en el ámbito geográfico correspondiente”*. Esto ha refrendado el buen camino iniciado décadas atrás en el dispensario de la comarca cuando Carmiña decidió especializarse en este campo a pesar de la muy escasa información y la inexistencia de protocolos de actuación en aquella época. Ella, el doctor y la Garda Civil (Guardia Civil) que son los cuerpos de Seguridad del Estado responsables aquí han sido pioneros sentando las bases de lo que hoy es un referente a seguir, avanzándose décadas en la historia.

Otro dato interesante lo refleja el punto 75 que en parte dice:

  • Elaborar propuestas sobre la necesidad de un reforzamiento psicológico para con las víctimas, con el fin de atajar factores que pudieran incidir en su falta de autoestima y en su capacidad para romper la dependencia con el maltratador. Elaborar propuestas para mejorar el apoyo social, educativo, formación e inserción laboral, y también sobre la necesidad de articular ayudas, incluso económicas por carecer de recursos, o la prioridad para acceder a casas de acogida o pisos tutelados, viviendas públicas o residencias de mayores”. Refleja a la perfección la labor realizada por Carmiña y sus dos compañeras durante decenios con las sesiones de terapia grupales. Muestra también que toda la ayuda que ha comenzado a llegar no es algo raro o excepcional sino ajustada a lo establecido y aprobado a nivel legislativo. Máxime cuando nosotras ya tenemos habilitada en el refugio una zona donde las víctimas con mascotas puedan vivir allí protegidas sin tener que desprenderse de su querido ‘familiar’ animal quien también ha sufrido esa situación de violencia de género.

En el punto 78 añade:

  • “Nuevos Protocolos de Intervención, que incluyan todos los recursos existentes en el conjunto de las Administraciones Públicas”*. De ahí el interés que ha suscitado esta iniciativa en todas las administraciones -local, provincial, autonómica y estatal- para elaborar un protocolo basado en toda la experiencia acumulada aquí tanto con los grupos de apoyo como con la iniciativa del refugio que nos ayuda a sentirnos útiles y valoradas.

El punto 179 disipó algunas de nuestras dudas:

  • Incrementar la atención a las víctimas en las zonas rurales, con un mayor número de centros de acogida y/o de información, en coordinación con las Comunidades Autónomas”*. Aquí hemos entendido la importancia de nuestro refugio porque venía a paliar la carencia en nuestra comarca de uno de esos centros. Siendo conscientes de ello han decidido apoyarlo y subvencionarlo porque ahorran en costes, en plazos de construcción y de mantenimiento pues es mucho más económico subvencionar uno ya construido y gestionado por las propias víctimas.

El punto siguiente (180) también es muy interesante:

  • Impulsar las Asociaciones de Mujeres en el ámbito rural para ayudar a las víctimas.  Coordinación y campañas de sensibilización con las asociaciones de mujeres rurales para sensibilización, prevención y acompañamiento de las víctimas”*. Nuestra iniciativa tutelada ahora por la Asociación que formalizamos –enmarcada en el campo rural- es tan novedosa que han decidido exponerla como referente a otros lugares rurales de la nación.

Teniendo en cuenta lo apartado y discreto del refugio –muy difícil de encontrar aún buscándolo con gps- nos han incluido en una experiencia piloto para víctimas en peligro de muerte que han de ‘desaparecer’ salvaguardando su vida. Así podemos ayudarlas transportándolas en la distancia (y el tiempo) a un entorno agradable, sostenible y respetuoso con todos los seres vivos. La interacción de sus integrantes –humanos y animales- les hace mucho bien tanto a ellas como a sus hij@s facilitando la tranquilidad y la recuperación.

Como reza un slogan que creó la agencia Ogilvy Bassat para orientar los trabajos previos a las Olimpiadas del 92 en Barcelona: “La feina ben feta no té fronteres” o lo que es lo mismo “El trabajo bien hecho no tiene fronteras” ¡y el nuestro ya las traspasaba!

TRANSFORMACIÓN

Sin casi darnos cuenta comenzó la metamorfosis del refugio. Las obras lo fueron transformando. Cada día era más emocionante que el anterior. Veíamos algo nuevo, más práctico, y los animales también lo notaban a pesar del estrés causado por los continuos ruidos y cambios.

Nosotras seguíamos volcadas en lo nuestro, ayudarles y gestionar las adopciones, cada vez más numerosas para nuestra sorpresa y alegría, ¡incluso nos llegaban del extranjero, donde estaban dándonos mucha publicidad!

Una mejora que nos hizo mucha ilusión fue poder disponer de unos pequeños pero acogedores apartamentos para las compañeras víctimas con sus mascotas. Ésa era nuestra prioridad y lo que nos diferenciaba de los demás. Eran apartamentos sencillos, modestos pero decentes y bien acondicionados, con mobiliario donado o reutilizado. Se entraba directamente a una amplia cociña (cocina) de leña tipo americana con sala de estar, un ventanal desde donde se divisaban las diferentes instalaciones del refugio, partes del valle o las montañas colindantes. Disponían de un sofá-cama, una mesa con sillas, y un banco rinconero donde poder comer. El aseo era completo con ducha para ahorrar espacio y consumo de agua. La habitación disponía de un armario ropero y una cama doble. La Deputación decidió renovar su material electrónico e informatico por uno más nuevo y contactó con nosotras ofreciéndonos el viejo todavía en buen funcionamiento. Así fue como pudimos dotar a los apartamentos de televisiones planas grandes. También nos enviaron un proyector, lo instalamos en la sala donde recibíamos a los grupos visitantes para mostrarles nuestra labor. Además, aprovechando la buena conexión a internet brindada por el Concello también pudimos reutilizar ordenadores de sobremesa que instalamos en cada apartamento, gracias a un informático voluntario que puso al día con software libre ahorrando en costes de licencias. Así quedaron modestos pero prácticos y  ellas agradecían en muchas ocasiones. La Xunta decidió cambiar las sillas de una sala de actos, las reutilizamos acondicionando la nuestra para comodidad de los visitantes durante las charlas o proyecciones, también cambiaron el mobiliario de algunas oficinas viniéndonos de perlas para convertir nuestra oficina en un lugar profesional y moderno.  

Una de las cosas más necesarias y anheladas por nosotras fue tener un dispensario para poder dar atención básica a los acogidos, evitando continuos desplazamientos a las clínicas, distantes bastantes kilómetros. Aunque la subvención de Europa no dio para acondicionarlo, la universidad nos traspasó parte de sus donaciones regulares procedentes de las multinacionales, suficiente para tener lo indispensable. También iniciamos una difusión a nivel nacional invitando a los veterinarios recién titulados a pasar unos meses de prácticas en nuestro refugio, supliendo la permanente necesidad de atención especializada y urgente. De esta forma nos ayudarían, además de adquirir experiencia práctica disfrutando de la estancia gratuita en un entorno único.

Llegó el tan ansiado día de la inauguración oficial. No sabíamos cómo actuar ni qué hacer, porque todas las autoridades quisieron estar presentes para hacerse las correspondientes fotos. Los medios de comunicación se afanaban por entrevistarnos a todas; era un no parar. Daba la impresión de haber pasado de golpe de estar perdidas en un valle minúsculo y casi despoblado, a ser la capital mundial de la información. Nuestro email se llenaba de mensajes de ánimo y admiración por nuestra fuerza revertiendo una situación de maltrato en ayuda a otras víctimas.

Esa época fue muy especial, pues íbamos de sorpresa en sorpresa. Incluso llegaron reconocimientos internacionales de instituciones europeas. Asociaciones y grupos como el nuestro contactaban regularmente para pedirnos consejo e información. Tantas eran las peticiones que no me despegaba del ordenador desde la llegada a primera hora al refugio hasta la salida por la puerta bastante tarde. La pobre Wendy había veces que se cansaba de estar tumbada a mis pies y salía a jugar con otros amigos.

Marco Aurelio dijo: ‘El mundo no es más que transformación….’ Esa positiva transformación era la que nosotras estábamos viviendo y disfrutando.

AYUDA

Una de tantas mañanas en las que mi primera labor era leer todos los emails recibidos, quedé sorprendida con uno en especial. Provenía de la facultad de Psicología. Un profesor había hablado largo y tendido con mi tutor y quería hablar conmigo para proponernos algo. Le llamé y me comentó sobre un proyecto aprobado y subvencionado por la Universidad  para desarrollar en nuestro valle. Me explicó en qué consistía: De la misma manera que allí teníamos un grupo de terapia para las víctimas y tomando como referencia el ‘Pacto de estado Contra la Violencia de Género’ donde en su punto 190 dice lo siguiente: ”Impulsar con las Comunidades Autónomas competentes en la materia la asistencia psicológica a los agresores desde el momento de la denuncia, para reducir el nivel de estrés y agresividad y prevenir daños a la víctima”*; sería positivo tener un grupo de terapia para los maltratadores porque eso les ayudaría a rehabilitarse también. (Aunque –como siempre- hasta en este aspecto también nos adelantamos como se verá más adelante).  Pero antes de tomar una decisión quería saber nuestra opinión al respecto, por si preferíamos que siguieran yendo al centro de la capital, distante muchos kilómetros y muy limitado en horas y medios. Le agradecí el interés y quedé en responderle cuando supiera la opinión de todas las compañeras.

 Lo comenté en el grupo y, a pesar de haber algunas no muy conformes,  decidimos darle una oportunidad y ver cómo se desarrollaría ese proyecto.

El Concello dio todas las facilidades, incluso habilitando unas dependencias donde tendrían una pequeña sala de reunión y un apartamento para el psicólogo director del proyecto donde viviría el tiempo que durara.

Como es normal, los medios de un Concello pequeñito gestor de innumerables aldeas perdidas y repartidas por un valle tan grande son muy limitados. Nos pusimos manos a la obra y tiramos de contactos, solicitando materiales desechados para adecuar las instalaciones. Conseguimos sillas provenientes de un instituto cercano que habían cambiado gracias a una subvención (su estado era muy bueno), el proyector de una biblioteca municipal de Lugo y enseres para el apartamento del psicólogo donados por personas de la comarca.

Llegó el día de la llegada del psicólogo. Fuimos a la estación más cercana de tren (San Clodio-Quiroga) a recibirle; ni qué decir tiene que era un viaje largo. Como por aquí no aterrizan aviones ni pasa el AVE la única manera de llegar es el tren convencional; doce horas de largo trayecto con alguna avería incluida transportando al viajero del siglo XXI a inicios de la segunda mitad del siglo XX. Cuando conseguimos averiguar quién era de entre los pocos viajeros apeados en la estación, le dimos la bienvenida y marchamos de vuelta hacia el apartamento, pasando otra vez por las famosas curvas, poniendo a prueba hasta el más duro de los estómagos. Durante el viaje le fuimos preguntando si se mareaba, más que nada para no terminar todas salpicadas de un repentino vómito. Por si las moscas decidimos hacer alguna parada para estirar las piernas, irse familiarizando con el paisaje y el aire fresco de las montañas despejara el posible mareo.

Era un psicólogo joven y a primera impresión bastante tímido. Para complicar más la situación, se trataba de un catalán nacido en el Pirineo, se expresaba en “catañol” (mezcla de catalán cerrado de Lleida y español) y venía a una zona donde se habla el gallego más cerrado de las montañas.  Solo conseguimos sacarle monosílabos como respuesta a nuestras preguntas, entre ellas su nombre, Francesc (Francisco). Le dije que, sintiéndolo mucho allí, para evitar problemas con los idiomas sería Paco, si quería facilitar las cosas y ahorrarse dar largas explicaciones sobre la traducción del nombre y su complicada pronunciación para estas gentes aldeanas. Le dejamos descansar en su apartamento después de tanto trote y quedamos en recogerle al día siguiente para mostrarle su nuevo lugar de trabajo.

Fue muy madrugador, ya nos estaba esperando en la calle cuando llegamos. Le enseñamos la sala donde se reuniría con su grupo y le hicimos un tour por el refugio, donde pudo ver nuestro trabajo in-situ. El descanso en estos lares dió la impresión de haberle hecho más expresivo y un poquito más comunicativo, aunque no demasiado. El único problema era la conexión a internet, tendríamos que compartirla. Preparé un espacio en el pequeño despacho donde pudiese trabajar cuando lo necesitara.

No se hizo esperar mucho. A la mañana siguiente, para mi sorpresa, ya estaba allí cuando llegué. Por lo visto había madrugado bastante, pues ése era su proyecto y no quería dejar nada al azar. Wendy estaba tumbada a sus pies, aunque él no parecía hacerle mucho caso.

Pasaron las semanas. El grupo de terapia se puso en marcha y las visitas de Paco eran diarias preparando la información de las sesiones, casi pasaba desapercibido por lo callado que era. Uno de esos días me aventuré a preguntarle por el que era mi pareja, integrante de su grupo fruto de mi recomendación. Su respuesta, en vez de disipar mis dudas intentado escuchar lo que mi subconsciente quería oír, disparó en mi mente un sinnúmero de pensamientos contradictorios. Por lo visto, no terminaba de asumir y aceptar la realidad vivida desde pequeño. Le costaba reconocer la verdad,  llamar a sus padres por lo que verdaderamente habían sido: él, un maltratador, y ella, su  víctima. La terapia le iba sumiendo en un hermetismo impenetrable. Era como si estuviera en mitad de una tormenta en el océano, perdido, sin rumbo fijo.

Como el trabajo en el refugio era mucho me quedaba muy poco tiempo libre. La verdad sea dicha, el mismo que teníamos cuando estaba confinada en la casa, solo que ahora yo pasaba el mismo tiempo ocupada todo el día. Cuando coincidíamos gastaba el poco tiempo en intentos de entablar una conversación, lo menos parecida a un interrogatorio… a pesar de recibir monosílabos por respuesta.

Uno de esos días en que la ley del “maldito” Murphy se cumple a rajatabla, complicándose todo sobremanera, Paco soltó una frase corta frenándome en seco y dejándome con la cabeza llena de esas ideas fugaces pasando a la velocidad de la luz. Dijo:

  • Creo que necesitáis ayuda.

En mi mente no paraban quietas cuestiones como: ¿De dónde la íbamos a sacar? ¿Quiénes nos podían ayudar? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Al ver que me había quedado en shock, añadió:

  • Llevo semanas observando vuestra labor aquí; hacéis demasiado trabajo vosotras solas. No es bueno, porque la terapia de ayuda tanto para vosotras como para los animales termina siendo una carga agotadora hasta la extenuación, privándoles a ellos de recibir su necesaria dosis de cariño y mimos imprescindibles para su recuperación.

¡Y se quedó tan pancho!

Paco tenía la cualidad de acelerar mi cabeza. Una de sus peculiaridades era la de pasar en un solo instante de esa timidez que raya casi con la mudez a soltar afirmaciones equiparables a sentencias firmes, logrando descolocarme del todo. Algo no estábamos haciendo bien por desconocimiento… ¿y qué era? Me armé de paciencia y le pregunté:

  • ¿Tienes alguna idea, consejo o solución? ¡Porque yo ya tengo el cerebro derretido de tanto pensar!
  • Esa ayuda necesaria la tenéis más cerca de lo que pensáis.
  • ¡Vamos Paco, suéltalo de una vez que me van a estallar los sesos!
  • Tranquila, dona (mujer en catalán). El refugio necesita un mantenimiento constante. Ese trabajo requiere conocimientos de construcción y rehabilitación para irlo adecuando a vosotras, minimizando vuestro esfuerzo físico, porque cualquier despilfarro de energías es un lujo que no podéis permitíos. Quedaréis extenuadas y al final caeréis enfermas por largo tiempo.
  • ¡Vale, eso lo ve hasta un ciego, Paco! –interrumpí.
  • Déjame terminar y lo entenderás. Éste es un lugar especial donde además de cuidar animales se hace terapia como recuperación de una situación grave de maltrato. Vuestro objetivo debe ser ése: centraros en reparar los daños causados por los maltratadores, ellos son los responsables de que esto haya llegado hasta aquí, comprens (comprendes)?
  • Eso hace tiempo que lo entiendo; lo que no veo es a dónde quieres tú llegar.
  • Ara hi arribo (ahora llego). Los responsables de esta situación han de involucrarse en solucionar los problemas ocasionados. Mi propuesta es que los integrantes de mi grupo de terapia sean los encargados de mantener y mejorar las instalaciones del refugio. Eso les pondrá frente a la realidad causada, y el esfuerzo duro les hará desechar cualquier atisbo de repetirlo en el futuro. Será un trabajo doblemente útil, para vosotras y para mí, porque, como dice el dicho, una imagen vale más que mil palabras, y la imagen del coste que tiene esa ayuda, económico, emocional y físico –resarciendo los efectos causados por su violencia- seguro supondrán un fuerte golpe interno haciéndoles reaccionar.

Quedé paralizada. Mi cabeza estaba peor que una olla a presión. Acababa de proponer una solución para nuestro agotamiento extremo pero me invadían un montón de dudas y preguntas. Él, ajeno a mi terremoto mental, apostilló:

  • Ahora estás bloqueada y tendrás muchas dudas, llevo semanas preparando este proyecto y ha sido supervisado y aprobado por la Universitat (Universidad).

Él se quedó bien a gusto y yo con un terremoto, un tsunami y un volcán en erupción juntos en mi cabeza.

Transcurrieron los días y, como el proyecto de Paco era algo que iba a afectar a todas, nos visitó una tarde después de nuestra sesión de terapia. Al principio las caras de sorpresa fueron mezclándose con las de temor: algunas seguían conviviendo con los que habían sido sus maltratadores, pero otras no. Según fue aclarando, las dudas al final se transformaron en caras de alegría, alivio e ilusión. Los hombres harían las labores de mantenimiento una vez por semana, y ese día sería el sábado porque ellos tienen fiesta en la louseira (cantera) y nosotras estamos fuera en el mercadillo de la comarca vendiendo nuestras manualidades y difundiendo nuestros adoptables. Paco sería el encargado del grupo de obreros y la lista de trabajos se la pasaría yo. Tema cerrado y problema resuelto.

Todo hay que decirlo, fuimos un poquito meigas (brujillas) con los trabajos. Les encargamos cimentar bien las vallas de los cercados para que aguantaran mucho y reparar todas las puertas. También acondicionar espacios para que en invierno nuestros acogidos tuvieran un lugar seco y protegido donde resguardarse de la humedad, el frío y la lluvia, adaptado a las necesidades de cada especie. Incluso les encargamos la instalación con punto de agua en cada cercado ahorrándonos el agotador transporte de cubos para limpiar y reponer los bebederos.

Otra necesidad imperiosa era poder aligerar las cargas transportadas, otro trabajo sería allanar los pasillos de acceso a las diferentes instalaciones y alicatarlos con adoquines que el Concello sacaba de la vía pública cuando efectuaba obras de reparación. Eso evitaría que quedásemos hundidas en el fango durante las interminables semanas lluviosas. De esa manera podríamos transportar en un solo viaje las comidas y materiales necesarios a la ida, volviendo con las basuras a la vuelta. También nos trajeron unos contenedores de basura que un supermercado cambió a pesar estar en perfecto estado donde cargábamos todo lo necesario.

     Huelga decir que con unos operarios tan numerosos como nosotras y tan bien dirigidos por su psicólogo Paco en poco tiempo las mejoras aliviaron nuestro esfuerzo físico de manera notable. Los trabajos que continúan realizando han convertido el lugar en un paraíso. Cuidar de los acogidos es tan gratificante que hasta parecemos ‘privilegiadas’ porque todo se ha diseñado y montado minimizando el trabajo que tenemos que realizar recayendo lo más pesado siempre en ellos.

Como dijo William Sakespeare: ‘No es bastante levantar al débil, es necesario aún sostenerlo después’. Nosotras –como víctimas- éramos las débiles que necesitábamos ayuda y sostén.

LA DECISIÓN

Uno de esos días en que la rutina se empeña en escribir líneas similares a los anteriores, la casualidad, el destino, los sentimientos o el azar se encargaron de emborronarlo todo. Él, como cada noche, llegó a la cena. Estaba preparada y lista para tomar. Se repitió el mismo ritual, y cuando estábamos sentados tomando un buen tazón de sopa calentita dijo: Tenemos que hablar.

Esa frase escueta me sonó a despedida, fin de un ciclo o a conclusión de un relato.

Reconozco haber hecho muchas cosas mal. Huí de aquí creyendo que a alejarme de este lugar, los fantasmas de esta casa no me seguirían. Una vez allí me propuse iniciar una nueva vida, totalmente diferente de la anterior en la aldea.

Pensé incluso en tener una familia… una diferente, donde todo fuera paz y amor y los sufrimientos del pasado no tuvieran cabida. Llegué a aquella inmensa mole de asfalto y ladrillo dispuesto a iniciar una nueva etapa. Nuevo trabajo, entorno totalmente diferente, ciudad moderna, abierta…

Me agarré a lo primero que me salió, y como no me daba para alquilar un piso me conformé con una habitación. Allí fue donde te conocí. Aunque tú no lo sabías, yo siempre te observaba. Veía como te desenvolvías en la gran ciudad y me causaba admiración. Sabía que una mujer como tú no estaría dispuesta a pasar por ciertas situaciones y pensé en tí como una buena compañera porque ahuyentarías todos mis miedos. Por eso cuando comenzamos a conversar vi el cielo abierto.

Pero al quedarnos los dos sin trabajo todo mi mundo se hundió. Las oscuras sombras del pasado comenzaron a acecharme de nuevo. No sabía qué hacer o a dónde ir. Volver no entraba en ninguno de mis planes, sería como reabrir viejas y dolorosas heridas que creía haber cicatrizado con mucho esfuerzo. Pero como el azar es tan caprichoso, no quedó otra salida. Intenté convencerme de que traerte al hogar familiar sería diferente, porque los actores éramos otros y la época distinta. Ése fue mi primer y principal error.

Quise convencerme de que todos esos factores auyentarían los fantasmas del pasado acechando a mi alrededor. Muy a mi pesar solo sirvió me hizo ver la realidad; ellos no habitaban en un lugar exterior, sino en mi interior, aletargados esperando la ocasión más propicia para entrar en acción.

Empecé a sumirme en una amargura interna, solo se apaciguada con orujo y en la cantina. Aunque al llegar aquí formaban un cóctel peligroso, provocando su afloramiento con más facilidad. Solo gracias a tu determinación pude dar el paso necesario y empezar a mantenerlos a raya.

Ahora, soy consciente de que ellos me acompañarán durante el resto de mi existencia y en el momento menos esperado aparecerán detrás de mí cual sombra tenebrosa al acecho. Por eso no quiero volver a condicionar la vida de nadie más perpetuando esta pesadilla heredada.

Estoy en deuda contigo al haberme ayudado a ver mi realidad, por dura que sea, pero también por todo el daño causado. Sé que en tu gran bondad ya me has perdonado pero no estoy dispuesto a tenerte atada a mí por pena o compasión. Mereces ser muy feliz. Este proyecto te ha devuelto el brillo a los ojos y rodeándote de gente maravillosa, como tú. Yo necesito alejarme de aquí, poner tierra de por medio. Iniciar una nueva vida en otro lugar donde pueda seguir recibiendo la ayuda necesaria.

He hablado con Paco y me ha dado el contacto de un grupo cerca de su universidad. En cuanto me salga un trabajo, marcharé de nuevo a Barcelona. Tú no te preocupes por nada. Tienes esta casa a tu servicio el tiempo por tiempo indefinido. Entiendo quieras cerrar estas puertas y ventanas alejándote de los fantasmas encerrados entre estas paredes.

No supe qué decir. Seguí tomando la sopa, intentando tragar poco a poco toda aquella confesión en un titánico intento de digerirla. Esa noche no pegué ojo. Mi cabeza era un mar de dudas. A la mañana siguiente, cuando me miré en el espejo, ¡quedé horrorizada! Las ojeras eran tremendas. Tiré de maquillaje y marché en dirección al refugio.

Paco ya estaba allí, como era habitual en él. Al verme intuyó lo ocurrido, pues a su escueto “Bon día (buenos días)” habitual añadió un “has dormit poc” (has dormido poco). Mis escasas energías me impidieron contestarle. Así pasamos casi toda la mañana, hasta que rompió el hielo: Anit segur que va parlar amb tu (anoche seguro que  habló contigo).

Esa frase me contrarió y le pregunté:

  • ¿Cómo lo sabes?
  • Porque lleva días hablando conmigo sobre el tema y le he aconsejado cómo y cuándo hacerlo.
  • Vaya, así me quedo más tranquila. –contesté.
  • Es lo mejor para los dos: él ha de digerir muchas cosas, hacer los cambios pertinentes y adaptar su vida para que los fantasmas no vuelvan a controlarle, y tú has de vivir la tuya, ir tras tus proyectos y dejar atrás las malas experiencias.
  • Ya, pero ahora tengo la cabeza como un bombo.
  • Normal. Aunque no es tan difícil como piensas. Primero has de tener claro lo que quieres hacer y después tomar las decisiones oportunas.
  • Consejitos de psicólogo. – le repliqué.
  • Veiem (Veamos),¿tú quieres quedarte aquí y seguir contribuyendo a este proyecto?
  • ¡Pues claro!
  • Entonces lo más difícil está solucionado.
  • Vuelta con la Psicología. –musité entre dientes.
  • Si te quieres quedar, solo has de decidir el dónde.
  • Ése es el problema, no lo tengo.
  • Pues no es ningún problema. Él anoche te ofreció su casa aunque intuyo tus reticencias, los miedos a los malos recuerdos. Escoge la otra opción.
  • ¿Cuál? – pregunté.
  • ¡Acabáramos! Se le olvidó comentártela. Como intuíamos tu reacción, estas semanas pasadas él se ha encargado de adecuar en la parte de les golfes (las buhardillas) que quedaron sin acondicionar del refugio un pequeño apartamento donde vas a poder vivir, sin muchos lujos, con Wendy y Garfield.

Como siempre, Paco me volvió a dejar sin palabra y con la cabeza a mil por hora.

  • Vine, dona (ven, mujer), te lo enseñaré, y luego decide, no estás obligada a res (nada).

Cuando Paco abrió la puerta del apartamento quedé maravillada al ver todo su esfuerzo. Un lugar abandonado, viejo y casi ruinoso había llegado a ser un apartamento de estilo rústico, pequeño pero muy acogedor. Tenía unas ventanas desde donde se divisaba todo el refugio. Contaba con una sala de estar amplia y una cocinita abierta, separadas por un mostrador central. Colgaban del techo unas cadenas sosteniéndo la lámpara realizada a partir de una rueda de carro antiguo; debajo había una mesa hecha con un trillo y un vidrio en la parte superior, sostenida por unas patas de forja. La rodeaban dos sillas de anea por un lado y un banco de madera esquinero por el otro. Las paredes estaban decoradas con losa de la louseira (cantera) en la que trabajaba. Había colgado en una de las paredes un yugo y diversas herramientas restauradas para trabajar el campo. En la cocina supo poner lo realmente útil para mí: el microondas (compró uno bueno). La chimenea era muy moderna, enseguida miré a Paco con cara de pocos amigos.

  • Tranquila, dona (mujer), no hemos sacado ni un cèntim (céntimo) del presupuesto del refugio. Todo lo que ves ha sido ideado y pagado por él. ¿Recuerdas vuestras largas conversaciones en la ciudad?
  • Y tú, ¿cómo sabes eso?
  • Él conoció todos tus gustos porque durante vuestros paseos, antes de venir aquí pasasteis por muchos escaparates donde te parabas a mirar las cosas que te interesaban; se lo pusiste bastante fácil.   

Seguí observando. El dormitorio era una zona separada por una media pared, posibilitando la entrada de luz natural colándose por encima. El cabezal de la cama era de un hierro negro forjado precioso, un antiguo baúl lucía a los piés de la cama. En una pared lateral estaba el armario rústico con unos espejos biselados maravillosos en ambas puertas. Todas ésas cosas estaban en el almacén de la casa de sus padres y yo quería aprovechar luciéndolas restauradas en el refugio, pero se me adelantó conociéndo mis gustos y restauandolas con esmero. La lámpara era un viejo cedazo reutilizado. El baño era minúsculo aunque tremendamente funcional; tenía una buena ducha, como la de casa de mis padres, ¡algo que echaba tanto de menos…! No faltaba detalle. Incluso había adaptado una pequeña cubeta metálica antigua donde se transportaba la comida sobrante en las casas para alimentar a los animales de la granja como pica de lavamanos, un espejo de metal de la época hacía su servicio.

Tenía claro que cuando saliera de la casa de sus padres no iba a llevarme nada, comenté. Sonreí pensando que sería más temprano que tarde.

No pasaron muchos días cuando una noche, mientras cenábamos, sacó el tema de su marcha. Había encontrado un trabajo bastante interesante cerca de Barcelona. Le permitiría subsistir y seguir asistiendo a la terapia de la Universidad. En pocos días haría las maletas y se iría. En vista de las circunstancias decidí mudarme lo más rápido posible al apartamento en el refugio.

Aproveché un fin de semana y la ayuda de algunas compañeras para el traslado. Antes de hacer el último viaje me dirigí hacia donde estaba con el objetivo de despedirme. Le agradecí la ayuda que me había dado, pero él, cargado con el peso de la responsabilidad y la culpabilidad, me reiteró su pesadumbre por haber sido un lastre en mi vida y me reiteró su idea de merecer alguien mejor a mi lado. Cuando nos fundimos en el último abrazo de despedida, me susurró al oído: Paco es buen tío, muy polaco (así llaman el resto de españoles a los catalanes) pero con un gran corazón. Él te ayudará mucho, hazle caso y déjate llevar.

Esas palabras se grabaron en mi mente como a fuego; una y otra vez se rebobinaban en mi cabeza, repitiéndolas cual disco rayado, sin llegar a comprender el motivo.

Haroldson Hunt (magnate del petróleo americano) dijo: ‘Decide lo que quieres, decide lo que estás dispuesto a dar a cambio. Establece tus prioridades y ponte a trabajar’. Y eso es lo que hice. Decidí trasladarme y comencé a trabajar para lograrlo.

SORPRESA

Uno de esos días que el teléfono no para de sonar, poniendo mis nervios a prueba, lo agarré agotada y con la oreja colorada, casi fundida con el auricular. Después de hacer el saludo de rigor oí una voz familiar. ¡Era mamá! ¡Qué sorpresa y alegría!

Cuando pude calmarme -y después de lanzar a modo de metralleta un montón de preguntas- me comentó que mis hermanos, mi padre y ella habían buscado un hueco en sus agendas para hacerme una visita sorpresa en las cercanas navidades. Querían que estuviéramos todos juntos esas fechas tan señaladas, que les contara y ver de haberme quedado en estas perdidas tierras gallegas. Por lo visto seguían por internet el día a día del Refugio, se habían hecho fans de nuestras redes.

Como era normal en mí, comencé a ponerme nerviosa. ¿Dónde se alojarían durante su estancia? ¿Sería favorable su parecer sobre mi labor aquí? ¿Lo aprobarían?

Esa desazón se colocó en mi estómago y, cerrándolo cual muralla medieval protectora de la ciudad,  no dejaba entrar ni un solo bocado.

Llegó el día. Los fui a recoger a la estación de tren de Quiroga-Sanclodio. Cuando bajaron del vagón corrí hacia ellos y nos fundimos todos en un abrazo tan interminable como fuerte. Les ayudé con las maletas y marchamos hacia el refugio, donde se instalarían aprovechando algunos apartamentos vacíos por las fiestas.

Al pasar todo el día en el tren y llegar entrada la noche, les enseñé sus apartamentos para que colocaran lo indispensable, se dieran una ducha relajante con esa agua milagrosa proveniente de las montañas y después cenar tranquilamente.

Ya en la mesa no pararon de preguntar. Había tanto para contarles y tan poco tiempo que no sabía por dónde comenzar. Tampoco quise abrumarlos con muchos detalles, ya habría ocasión de minuciosas explicaciones. Terminamos tarde y nos fuimos a dormir agotados pero emocionados.

A la mañana siguiente les hice un tour por las instalaciones del refugio. Les fui presentando a las diferentes compañeras y, sobre todo, a mis tres queridas amigas. Mis padres, estando al tanto de toda la historia, no pararon de agradecerles todo lo que habían hecho por mí en ese tiempo. Ellas se afanaban en quitarle importancia repitiendo, cual estribillo de canción navideña pegadiza, que el mérito era mío y que era una chica con un corazón inmenso. También les presenté a Paco, aunque preso de su peculiar timidez no articuló mucha conversación.

Según transcurrieron los días las conversaciones adquirieron profundidad. Esa semana repartí mi tiempo entre el trabajo en el refugio y ellos, así vieron de primera mano nuestra rutina diaria y la estrecha colaboración. Durante las comidas se interesaron por los detalles de mi sufrimiento, al oírlos a duras penas conseguían limpiarse las lágrimas que brotaban de sus ojos, embargados por la emoción de las vicisitudes.

Llegó la última noche antes de su partida. Yo ya les había contado todo lo que querían saber. Ahora era su turno. Necesitaba estar al día sobre sus vidas y sentimientos. Mis hermanos habían terminado sus respectivas carreras y estaban trabajando. En uno de los silencios cuando has de ir disfrutando de los manjares preparados para la ocasión, pregunté a mis padres por sus respectivas vidas. Su reacción llamó poderosamente mi atención. Instintivamente se miraron mutuamente como para decidir quién de ellos rompería el hielo. Clavé mi mirada de manera alternativa hasta que mi padre comenzó a balbucear cual quinceañero pillado in fraganti. Me contó que a pesar de la separación y de los ajetreos propios de la gran ciudad habían seguido teniendo muy buena relación y amistad (la prueba era tenerlos allí a los dos juntos, en un viaje y compartiendo el mismo apartamento).

Esa relación tan cordial y estrecha les había ayudado a darse cuenta de todas las cosas en común por lo que continuar luchando. Yo, en mi tremenda ingenuidad, me emocioné; me parecía maravilloso que siguieran llevándose tan bien, aunque yo quería saber si ya tenían otras parejas. Sus miradas volvieron a juntarse intentando dirimir quién de ellos sería el que respondería. Mi madre, siendo clara y sin cortapisas, decidió tomar la palabra con la siguiente frase:

  • Hija, lo que tu padre quiere decirte es que hemos vuelto a ser una familia otra vez.

Presa de una dosis extra de ingenuidad comenté:

  • Ya veo vuestra buena relación, habéis venido los dos juntos a verme.
  • No, hija, tu madre no se refiere a este hecho puntual; se refiere a que volvemos a estar juntos como matrimonio. – puntualizó mi padre.  

¡En ese instante me pinchan y no logran hacer ni una mísera prueba de glucemia con mi sangre!

  • ¡Eso hay que celebrarlo! – apostillé, y cogiendo la botella de cava, alicaída hasta entonces en la mesa, llené todas las copas y lanzamos un brindis a la salud de la familia.

El día siguiente llegó el momento de la despedida. No parábamos de abrazarnos, intentando recuperar todo el tiempo transcurrido alejados. Mi madre me preguntó:

  • Hija, ¿y tú? ¿Tienes alguna pareja ahora?
  • No, mamá, estoy centrada en este trabajo que me llena y me da la vida. No tengo tiempo para pensar en amores. – le contesté.
  • Bueno, yo solo te digo que ese chico que se llama Francesc (Paco) se ve muy majo. Además, es un catalán de pura cepa, y solo hace falta mirarle cuando estás hablando para ver en sus ojos algo más que admiración por ti.
  • Mamá, te agradezco la información pero por ahora estoy servida. – contesté.

Nos fundimos en un último abrazo, subieron al tren y no me moví del andén hasta ver al convoy perderse por el horizonte.

Como cantaba Rubén Blades: ‘ La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida….’. ¡Y esta fue una de las más agradables!.

COLABORACIONES

Según iban conociéndonos en la comarca recibíamos más visitas de vecinos y asociaciones que querían colaborar con nuestro refugio.

Un día, mientras iba al Concello para arreglar papeleo oficial, me crucé con la directora de la escuela de la comarca. Me abordó porque le rondaba una idea por la cabeza y quería materializarla pero nosotros teníamos que dar el visto bueno.  Quería sensibilizar a los alumnos en el respeto hacia las personas y los animales; para ello había ideado un proyecto que deseaba poner en marcha. Quedamos para que lo expusiera una tarde en el refugio ante nuestra asociación y así decidir.

Llegado el día comenzó su exposición. El proyecto tenía varias etapas. Primero, una visita inicial al refugio, con charla en nuestra aula de reuniones explicando a los pequenos (pequeños) bien las instalaciones y el trabajo diario que realizamos. Después, unos talleres en la clase de manualidades donde fabricarían cosas necesarias para ayudar al refugio (abalorios para el mercadillo, etc.) y alguna excursión práctica donde participaran en tareas sencillas del día a día. Si durante el curso surgía algo más podría añadirse al programa, porque su objetivo era educarles en la empatía y la ayuda a los demás. Huelga decir tiene que nos encantó la idea, pues sabíamos que para cambiar a la sociedad la educación desde los más tiernos inicios es fundamental.

Transcurridos unos días recibimos otra solicitud de visita muy especial: el hogar de ancianos del valle. Querían ver el refugio. Una vez terminada la visita pasamos al aula de reuniones, donde les terminamos de dar todas las explicaciones. Una abuelita se levantó tomando la palabra. Creímos que tendría alguna pregunta, pero no fue así. Llevaban tiempo pensando cómo podían contribuir y, viendo a los más peques (sus nietos) haciéndolo ellas se habían propuesto montar un taller de manualidades en su centro. Crearían objetos para abastecer nuestro mercadillo. Nos quedamos estupefactas y emocionadas de recibir tanta ayuda y, como es normal, ¡aceptamos encantadas!

En Quiroga (una de las salidas por carretera del valle) hay una residencia de la tercera edad. Uno de esos días mientras nuestras voluntarias recogían alimentos sobrantes de los supermercados se les acercó una de las terapeutas. Les comentó su deseo de hablar con nosotras para poner en marcha un proyecto.

Como siempre, contactamos enseguida. Nos explicó un poquito de su historia. Como llegó de Lugo por una oferta de trabajo. Tiempo atrás había conocido a una asociación que unía la ayuda de perros abandonados con la terapia a personas de la tercera edad, y por lo visto con muy buenos resultados. ¡Quería ponerlo en marcha también aquí y con nuestros rescatados! Además, nos comentó haber observado cómo algunos gatos callejeros entraban cada día al patio donde los abueletes aprovechaban para darles alimentos del comedor que habían escondido en sus bolsillos. Enseguida aprovechamos para explicarle lo que son las colonias felinas y nuestra labor para cuidarlas dignificando su vida con materiales reutilizados. La informamos que sería una buena terapia para los abueletes el ocuparse de una de ellas dentro de sus instalaciones porque evitaría que merodearan ratones, los abueletes estarían activos y tendrían la ilusión de cuidarles. Quedó sorprendida gratamente y se marchó con el compromiso firme de poner en marcha ambos proyectos.

Poco tiempo después ya nos había vuelto a contactar para iniciar la terapia con los canes y comenzar a controlar la colonia felina mediante el CER-M (Captura, Esterilización, Retorno y Monitorización posterior); de esta manera no se dispararía el número de felinos y se minimizarían las peleas causadas por el celo. Para aligerar el coste ofrecimos nuestro dispensario donde los veterinarios en prácticas realizarían las intervenciones.

Por aquel entonces el Concejal de Quiroga responsable en temas de Saúde (Salud) contactó con nosotras ofreciéndonos unos viejos contenedores con forma de iglú desechados por el concello y “como vosotras sois expertas en reutilizar cosas, algo se os ocurrirá” nos dijo. Aquello pareció premonitorio; días antes una asociación de Barcelona llamada LlobreGats (www.llobregats.wordpress.com) nos había enviado un email informándonos su iniciativa puesta en marcha y funcionando en varias ciudades del área metropolitana de la capital catalana, Ibiza y Cascante (Navarra). Ellos aplican la economía circular para cuidar la biodiversidad urbana logrando una convivencia responsable. Uno de los ejes es precisamente ¡la reutilización de esos iglúes (desechados por los ayuntamientos por viejos u obsoletos) para dignificar las colonias felinas! Reutilizando materiales de los puntos limpios locales los convierten en CatHotels, donde los felinos pueden resguardarse de las inclemencias del tiempo, además de tener el pienso y el agua protegidos. Con materiales recuperados (como cajas de porexpan o neumáticos viejos) les hacen camas. Aprovechan cubos de basura de cocina para transformarlos en tolvas de pienso y con el vidrio de las puertas de lavadoras les hacen fuentes higiénicas y resistentes para el agua. Además les instalan iluminación led con materiales electrónicos reutilizados y luego los decoran con pinturas y mensajes fomentando la adopción. Como la iniciativa nos encantó les pedimos asesoramiento, aprovechando un viaje de su presidenta para visitar a sus familiares, que vivían cerca, pasó por nuestro refugio y muy gustosamente nos dio todo lujo de detalles. Hasta algunos de los residentes se encargaron de decorarlos con pinturas. Una vez terminados les enviamos fotos del resultado y ellos hicieron una difusión tan grande por sus redes que nuestro ‘CatHotel’ terminó inmortalizado –y nosotras a su alrededor- en varios artículos publicados en diarios nacionales.

El resultado de la terapia canina fue muy bueno y rápido. Eso les hizo decidirse a adoptar a dos de nuestros acogidos, compartiendo las 24 horas con los abuelos. Estas dos iniciativas, tanto la de perros como la de gatos, también salieron publicadas en los medios de la comarca.

Una mañana recibimos la llamada de la directora del colegio; quería comentarnos un problema que les había surgido. Fuimos a su despacho y nos llevó a uno de los rincones más apartados del patio donde, a distancia prudencial, vimos debajo de un banco una gata con una camada. El aviso lo habían dado los propios niños. Después de las charlas y talleres realizados con ellos estaban muy bien informados de cómo proceder. El problema era que algunos padres, por desconocimiento, estaban quejándose porque los gatos podían hacer sus necesidades en el parterre donde juegan los pequeños y además su cercanía les iban a causar alergia. Vimos la necesidad de contactar con la APA para informarles y consensuar una actuación satisfactoria para niños, padres y felinos.

En la reunión los padres nos trasladaron sus preocupaciones sobre los gatos. Nosotras les explicamos que nuestra actuación iba a ir encaminada en dos direcciones: una, controlar mediante el CER-M la colonia, acotando su número, y otra, paliar los posibles contratiempos. Les informamos acerda del posible contacto de los pequeños con los felinos, según expertos alergólogos sería muy beneficioso porque, según  estudios internacionales realizados, favorecería la creación de anticuerpos manteniendo a raya los posibles brotes de alergia. Además, ellos se iban a involucrar en su cuidado ayudándoles a ser más responsables y conscientes del respeto hacia todo ser vivo. En cuanto al tema del parterre infantil que tanto les preocupaba, íbamos a solventarlo mediante una instalación digna, bonita y funcional.

Visto el excelente resultado de la colonia en la residencia de la tercera edad, decidimos aplicar el mismo método. Solicitamos al Concello de Quiroga un iglú para adecuarlo e instalarlo en el colegio. Una vez listo, nos volvimos a reunir con la directora para trasladarle la propuesta de que fueran los alumnos los que decoraran el CatHotel con sus pinturas. Dicho y hecho. Lo engalanaron, lo trasladamos al lugar donde iba a ser instalado y una vez allí dentro pusimos la comida, el agua y unos neumáticos a modo de litera vertical donde los gatos se pudiesen resguardar del frío y la humedad invernal. En el tema del parterre, con cuatro troncos de antiguas vigas hicimos un cuadrado en el suelo y lo rellenamos con arena fina. Lo rociamos con un líquido -cuyo olor les encanta a los felinos- para atraerles a hacer sus necesidades allí. Las voluntarias del pueblo pasarían varios días a la semana comprobando que todo estuviera en orden y de paso limpiar el arenero. Una vez se terminó de instalar todo, la APA nos trasladó su felicitación por la manera de gestionar la situación. Todos contentos y los gatines protegidos.

Uno de aquellos días en los que los electrodomésticos “deciden estropearse por simpatía”, no sabiendo como adquirir nuevos sin tirar del presupuesto (ya de por sí bastante justo en lo básico), nos llegó un email un poco raro. Decía ser un trabajador de uno de los puntos limpios de la provincia. Se ofrecía a ayudarnos con materiales, utensilios y aparatos que necesitáramos según los fuera recibiendo allí y probando su correcto funcionamiento. Incrédulas, decidimos conocer el punto limpio y hacerle una visita. Resultó ser un voluntario y reutilizaba materiales para sus colonias. Nos explicó como en los puntos limpios entraban muchos artículos de todo tipo que la gente ya no usaba. Nos hizo un tour. Según íbamos viendo los diferentes depósitos más alucinábamos con el tremendo potencial de esos desechos en nuestras manos. Terminamos esa visita cargadas con muchas cosas necesarias, incluso sustitutos para algunos electrodomésticos estropeados que no habíamos podido comprar. Quedamos encantadas con esa nueva ayuda caída del cielo y nos intercambiamos los números de móvil para estar en contacto permanente. Desde ese día rara era la semana en la que no recibimos whatsapp’s suyos ofreciéndonos todo tipo de cosas. De hecho, cuando vienen visitantes a conocer nuestro refugio ya les avisamos de que gran parte de lo que ven es donado procedente de un punto de reciclaje (aunque algunos muestran su incredulidad, como nos ocurrió a nosotras al principio).

Henry Ford dijo: ‘Llegar juntos es el principio; mantenerse juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito’. Las colaboraciones y sinergias nos ayudan a poder seguir ayudando.

SENSACIONES

Hay días en los que todo sale al revés, el tiempo no acompaña, los problemas irresolubles se amontonan, la mente se satura perdida en un laberinto, pasan las horas y las energías imitan a la batería del móvil entrando en la zona roja predecesora del fin de la energía.

Paco al darse cuenta de cómo estaba, muy decidido me dijo: vamos a tomar algo. Me negué en redondo, no soy de esas que eluden sus obligaciones. Él cerró el libro de cuentas. Por desgracia es similar al resto de protectoras pues tiene siempre los números en rojo.  Cuando iba a recriminarle su gesto ya estaba muy cerca de mí y poniendo su pulgar en mi boca me obligó a callar. Tan solo dijo ‘no digas nada y ven’. Cogiéndome de la mano me levantó casi en volandas siguiéndole como buenamente podía. Nos dirigimos hacia el coche.

Antes de entrar en él recobré mi temperamento y comencé a ponerle todo tipo de excusas, enumerándole la gran cantidad de trabajo pendiente que tenía. Él –tan calmado como siempre- solo soltó por la boca ‘has de desconectar, verás cómo luego rindes más y solucionas los problemas con tu rapidez innata’.

Ya iba siendo habitual esta situación de bloqueo sobre todo como los años me iban cayendo cual sentencia inexorable. Mi estado general ya percibía otro más esperando al día siguiente para caer, significando menos energías restantes en mis reservas. Desde el inicido de esta andadura el paso del tiempo se había acelerado. 

Durante el resto del viaje intenté por activa y por pasiva convencerle. Intenté excusarme con la hora, era bastante tarde y solo me apetecía tomar algo caliente y caer rendida en la cama. Pero ajeno a todos mis pretextos siguió conduciendo. 

Llegamos a la cantina del río, era cerca de media noche, caía una helada que había dejado blanco todo el paisaje, iluminado por una gran luna llena. Me extrañó encontrarla abierta. De golpe se esfumó mi última opción para regresar a casa. Al ser viernes alargaban su horario habitual pues el sábado la louseira (cantera) da fiesta a sus operarios.

Paco pidió por los dos. Le habían hablado muy bien sobre una cerveza de castañas típica de este valle y quería probarla, accedí para acabar cuanto antes. Charlamos sobre mil cosas, con el refugio los temas nunca se acaban. Por el rabillo del ojo divisé el reloj de la pared del fondo, era medianoche en punto. Él al percibir mi cara demudada, consultó el móvil y dijo ‘ya es la hora’. La hora ¿para qué? le pregunté. Cogiéndome de la mano dijo ‘sígueme’ y comenzó a empujarme suavemente hacia la puerta del reservado. Dentro estaba oscuro, no veía nada. Cuando fui a abrir la boca para comunicarle mi deseo de marchar se encendieron todas las luces, cegaron mis ojos y un grito de ¡SORPRESA! ensordeció mis oídos momentáneamente. Al recuperarme del impacto repentino vi que aquello ¡era una fiesta por mi cumpleaños! Estaban mis queridas amigas (las responsables directas) y las colaboradoras de la Asociación. 

Después del riguroso ‘cumpleaños feliz’ o el ‘happy birthday’ re-versionado por la lengua de cada una de las allí presentes comenzó el baile. Todas –sin excepción- se encargaron de vigilar mi copa. Asegurándose de nunca estar vacía. Yo, en los primeros sorbos ya había comenzado a notar el efecto de las burbujas en mi cabeza. Me dejé poseer por esa sensación de alegría desmesurada. Una risa fácil y continua brotaba de mis adentros. No sé si era parte del efecto pero Paco parecía estar más desinhibido (y eso que al conducir no bebió alcohol), no dejándome parar ni un instante. Verlo bailar me sorprendió gratamente pues siendo tan serio no podía ni imaginarlo con ese desparpajo al moverse. 

Llegó el momento tarta. Las chicas se habían encargado de hacerla especial poniendo un toque personal. Era una mezcla explosiva de sabores dulces. Comenzamos a coger cada una su porción y como teníamos los sentidos bastante afectados por las burbujas terminamos todas con la cara manchada por la nata.

Después vino el momento hilarante de los regalos. Algunas, intuyeron cual sería mi estado. Los eligieron buscando provocarme el rubor; harto difícil pues el cava y la cerveza de castañas ya había aflorado en mis mejillas. Pero por si acaso eligieron artículos eróticos. Con el juicio seriamente afectado por las burbujas, le sacaba el punto chistoso a cada uno provocando las carcajadas colectivas.

La madrugada y el alcohol ya habían causado bastantes estragos en mí. Decidimos emprender la vuelta al Refugio. Por suerte Paco solo había bebido la cerveza de castañas horas antes y estaba sobrio, porque yo no atinaba ni a abrir la puerta del coche. Durante el viaje no paraba de mirar los regalitos subidos de tono y reírme a carcajada suelta imaginando cómo usarlos. 

Al llegar tuvo que ayudarme a salir del coche y a entrar a mi apartamento. No acertaba a abrir ni una sola puerta. En muestra de agradecimiento insistí que se quedara un ratito antes de marcharse a su alojamiento. Intenté buscar algo con alcohol para ofrecerle pero al no consumirlo habitualmente no compraba nunca.  Él me sorprendió con una botella de orujo del valle. La había traído expresamente desde la cantina a escondidas –algo bastante fácil dado mi estado-. Continuaba en la fase chistosa y picante creada en la fiesta y los artilugios eróticos repartidos por la mesa eran una tentación. Entre sorbito y sorbito comenzamos a imaginar cómo o en qué raras condiciones se podían usar. Las carcajadas se sucedían según íbamos cambiando de ‘aparato’. 

Con el tonteo de ‘este se usa así o asá’ comenzamos a acercarnos máxime cuando nuestras respectivas autodefensas estaban totalmente anuladas por la embriaguez. Cualquier roce que él me hiciera con uno de los artefactos provocaba en mi cuerpo un cosquilleo fulgurante, recorriéndolo en décimas de segundo desde la punta del pié hasta los cabellos de la cabeza. La temperatura iba subiendo, o quizás era nuestro fuego interior, obligándonos a desprendernos de partes del atuendo poco a poco. 

En uno de los tira y afloja con uno de esos vibradores decidí mostrárselo. Me tumbé en la mesa, ligerita de ropa como ya iba. Lo puse en marcha y comencé a pasármelo lentamente por mis piernas. Él, estando ya influido por el licor tampoco se quedó atrás. Decidió tomar cartas en el asunto y utilizar uno de esos geles de sensaciones e irlo extendiendo poco a poco. Comenzó por las plantas de los pies mientras yo seguía pasando el vibrador por mi abdomen camino de mis pechos. A la misma par, los ‘frotamientos’ se sucedían y la sensación era indescriptible. Notar las yemas suaves de sus dedos recorrer mis extremidades estaba avivando un fuego interior que por momentos me empujaba hacia el precipicio camino del abismo.

El ardor sin límite y su ‘arte’ me estaban metiendo en un mar de sensaciones desconocido hasta entonces para mí. Fue subiendo con el masaje por mis piernas camino del resto del resto del cuerpo. Yo ya no podía contener el virulento incendio interior. Bajé con el ‘juguete’ camino de mi entrepierna. Me desabroché el sujetador y lo lancé rápidamente al suelo. Era la penúltima prenda que me quedaba encima liberándole el camino para llegar con sus caricias sensuales a mis pechos.  Notar sus yemas rozando mis pezones con sutileza y sus manos frotando mis tetas con movimientos firmes y circulares subía mis pulsaciones a cada instante. El vibrador fue recorriendo mi piel bajando. Llegó al ombligo donde se dio varias vueltas. Paco, intuyendo mi intención los dejó momentáneamente y procedió a desposeerme de las braguitas –el último escollo para un desenfreno total.

Liberado el camino, el vibrador siguió hasta llegar a mi vagina impulsando otra tempestad de excitación. Aunada a las ya provocadas me lanzaron a una locura pasional desconocida. Él estaba centrado en potenciar mis zonas erógenas superiores y yo, a la misma vez, estaba concentrada en las inferiores.  Después de unos momentos placenteros en los que todo mi cuerpo se retorcía de puro placer llegó el zénit culminando con un apoteósico orgasmo acompañado de gemidos descontrolados como nunca antes. Mi cuerpo se inclinó de un lado al otro de manera incontenible, espasmódica.

Por un momento mi mente dejó de ser dueña convirtiéndose en esclava, soltando las riendas y lanzándome a lo desconocido, haciéndome sentir una descarga de energía, una relajación y un bienestar infinitos. Él viendo que había alcanzado el clímax dejó mis pechos para hacer con sus yemas unos sutiles roces (pases magnéticos) por todo mi cuerpo alargando todavía más el placer. 

Yo flotaba en el apartamento como si la gravedad hubiese desaparecido de golpe. Mi corazón seguía palpitando rápido y  sentía como mi sangre acelerada lo recorría todo.

Aprovechando ese estado volvió a comenzar con su ritual. Inició los masajes por mi cabeza calmando ese temblor libidinoso. Fue  recorriendo toda mi piel hasta llegar a los pies para centrarse en las plantas. Habiendo desoído todas las señales de alerta de mi conciencia -mermada por los licores ingeridos- y traspasado todas mis fronteras mentales decidí dejarme llevar de nuevo. Entonces se inició otro ciclo de sensaciones. Volví a sentir un fuego interno como el anterior y sin mover un solo dedo.

Mis manos estaban relajadas, mi mente libre de preocupaciones o interferencias y él -centrado en la misma zona- tocaba ciertos puntos, desatando por momentos otra ola de excitación y lujuria sin freno.  Yo -no logrando entender cómo mi deseo volvía a subir veloz y placenteramente- decidí seguir disfrutando. Al poco rato, después de aumentar mi tensión sexual de nuevo hasta el infinito estallé en otro largo y diferente clímax. Varias sacudidas de placer se sucedieron en mi cuerpo -cual terremoto de máxima escala- una tras otra. Días después concluí: ‘eso debe ser un multi-orgasmo’, algo que comentábamos con las amigas de la universidad pero ninguna había experimentado en la realidad.

Quedé relajada y desconectada. Con la sensación de estar fuera de la atmósfera terrestre. Paco me cogió en brazos y me llevó a la cama. Me arropó y se despidió de mí dándome un casto beso en la frente. Dormí todo el resto de madrugada sin despertar hasta mediodía. Cuando fui plenamente consciente de la hora, me levanté de un salto, me quité el pijama, me metí en la ducha y según iba despejándome el agua aproveché para hacer reminiscencia de lo sucedido. Cumpleaños, cava, baile, tarta, regalos y varios orgasmos ¿se podía pedir más? Pues mi cabeza, acostumbrada a ver siempre el punto negro en un folio blanco lo encontró: ¿cómo he tenido una descarga de adrenalina sexual tan brutal y él solo conformarse con ‘masajes’? Y digo ‘masajes’ porque eran totalmente diferentes a los sobeteos de los ‘salidos’ en las discotecas de la gran ciudad. ¿Cómo he podido abrir todo mi ser, mis más escondidos secretos, a un Psicólogo sieso, que me saca de quicio cuando abre la boca? Y lo más sorprendente, ¿qué tecla ha tocado para liberarme del bloqueo mental autoimpuesto después de haberme plegado a los abusos y voluntades sexuales de un maltratador?

Entré en la oficina con la cabeza agachada por un sentimiento pueril de vergüenza. Me había expuesto en exceso perdiendo todas las defensas. Él me miró de la misma manera. A pesar de no haber musitado ni una palabra parecía estar poseído por el mismo sonrojo. Pasó el tiempo sin atrevernos ninguno de los dos a romper la muralla glacial interpuesta. En un arrebato de valentía me decidí a darle las gracias, él atribulado lo agradeció y acto seguido comenzó la conversación:

·     ¿Por qué me das las gracias? Yo solo te llevé a la fiesta sorpresa, bailé contigo y te traje de vuelta.

·      Te olvidas del resto. 

·     ¿Qué resto? Ahhh si te refieres a dejarte dentro de la cama arropada, es lo mínimo que podía hacer.

·      Me refiero a lo ocurrido a nuestra vuelta de la fiesta, en mi apartamento, antes de dejarme en la cama.

·      Bueno, hablas de desvestirte y ponerte el pijama, no pasa nada. Miré lo indispensable.

·     ¿No pasó nada?

·      Que yo recuerde, no.

Quedé estupefacta, lo debía haber soñado. Menos mal que no proseguí con el relato. De haber explicado lo repasado justo antes en la ducha hubiera hecho un tremendo ridículo. Callé y continué con mi trabajo contrariada. 

Por más vueltas que le daba, mi cabeza no lograba encajar las piezas del puzle que él me había dado. Tantas sensaciones y emociones sexuales tan intensas…únicas en mi vida no podían ser fruto de un sueño azuzado por las burbujas del cava y los chupitos del orujo. 

Pasaron los días sin encontrar sentido a lo sucedido. Pero un simple hecho volvió a descolocarme. Garfield como era un gati-perro (así llamamos las voluntarias a los gatos mimosos como los canes) subió de golpe a la mesa de Paco. Anduvo sobre los papeles, comenzó a interponerse entre la pantalla del ordenador y él pasando de un lado a otro. Cuando le pareció se tumbó justo encima del teclado. Él estaba leyendo unos documentos impresos y no precisaba teclear, pero su reacción despertó todos mis sentidos. Comenzó a masajearlo –eso en sí no es ninguna noticia- del mismo modo –con los mismos movimientos circulares- que yo –supuestamente- había soñado la noche de mi aniversario. Después de un instante Garfield se levantó y se marchó. Yo deseché esa idea fugaz de mi cabeza. Una casualidad así solo podía ser fruto de una mente cargada con miles de burbujas estallando al unísono.

Los días se iban sucediendo y la obstinada rutina atrapándonos pegajosa, machacona, despiadadamente. El caprichoso azar jugó de nuevo con nosotros. Yo estaba realizando unas tareas en uno de los cercados del refugio cuando mi bota quedó atrapada por el barro y sin darme cuenta giré sintiendo un ‘crack’ en el tobillo seguido de un intenso y punzante dolor. Los veterinarios que estaban cerca, al escuchar mis quejidos vinieron rápidamente. Entendiendo algo de medicina vieron claramente un esguince. Debía guardar reposo. Como yo no podía quedarme todo el día encerrada en mi apartamento, pedí unas muletas prestadas. Gracias a ellas podía desplazarme a la oficina. Allí ponía un taburete y apoyaba el pié haciendo el prescrito reposo. 

Transcurridos unos días Paco me pidió dejarle echar un vistazo al tobillo. Su manera de tocarme y sobre todo el roce de las yemas de sus dedos volvieron a disparar mis alarmas, aunque el dolor rápidamente se encargó de absorber toda mi atención. Al haber pasado el tiempo prudencial, los masajes ahora ayudarían a recuperar la movilidad de la articulación y reforzarla preparándola para apoyarla de nuevo con normalidad. Accedí y las sesiones las fuimos realizando en la oficina misma. Cuando tenía un hueco se ponía manos a la obra fortificando los puntos clave y estimulando los músculos para acelerar la vuelta a la actividad. 

El último día de esta terapia, estando manos a la obra se le resbaló mi pie embadurnado de gel. Mientras lo cogía y volvía a colocarlo en la posición correcta -entre sus piernas- para proseguir, se despertó mi vena curiosa y le pregunté: 

·     ¿Cómo sabes hacer estos masajes? 

·     ‘Bueno, tuve un accidente hace algunos años y esta terapia me ayudó a acelerar la recuperación’

·     Pues has debido de quedar estupendo porque yo no te noto ninguna secuela a nivel funcional.

Él me miró, esbozó una leve sonrisa de asentimiento y prosiguió. Los días pasaron. Comencé a apoyar el pie acompañándome de las muletas a modo de ayuda. Me costaba horrores andar acompasada con esos artilugios. Más de una vez me lié y estuve a punto de terminar en el suelo. A causa de mi torpeza forcé la zona lumbar. Un día, pretendiendo levantarme de la silla de la oficina se oyó un fuerte ‘crack’. Yo me quedé clavada por un dolor tan agudo como el que debe producir una espada entrando directa en la columna vertebral bajando hasta la punta de los dedos del pié. Paco levantó la cabeza, asustado y me dijo: ‘Ni te muevas, te ha dado un crujido lumbar a causa de una sobrecarga secundaria a la lesión del tobillo. Te ayudo a apoyarte en tu silla y te trasladamos a tu apartamento. Has de hacer reposo absoluto y la enfermera te pondrá calmantes y antiinflamatorios pinchados’.

El dolor tan agudo no me dejaba casi ni moverme. Gracias a la ayuda de mis compañeras estuve asistida todo el tiempo. Paco también se lo tomó tan enserio como con el tobillo y en cuanto el doctor dio su aprobación comenzó con su terapia de masajes. 

Los primeros días tenía la zona adormecida entre el pinzamiento y los pinchazos, pero según fue avanzando Paco fui notando más sensaciones. Y no me refiero a la sensibilidad propia de esa zona sino a las sensaciones de algo conocido o ya experimentado. El último día de tratamiento, cuando me incorporé y me senté en la cama lo miré fijamente y le dije: ‘Si no quieres explicarme nada, lo entiendo, pero vuelve a negarme que me diste masajes la noche de mi cumpleaños aquí en este mismo lugar’. Él se ruborizó de golpe y bajó la cabeza dando unos leves rebotes de asentimiento. ‘Lo sabía, sabía que no había sido un sueño, que a pesar de estar embriagada con el cava aquello fue real. ¿Por qué me lo negaste?’. Él seguía cabizbajo pero hizo un leve movimiento de hombros a modo de no saber qué responder. ‘Pero si no es nada malo. Me hiciste sentir algo NUNCA experimentado, fue genial e inolvidable’ le repliqué. Después de un largo silencio dijo: ‘No siento vergüenza por aquello. Para mí también fue muy especial y lo hice plenamente consciente. Son otros los motivos que me llevaron a negarlo todo en un intento desesperado por evitar las consecuencias’. Pero ¿qué consecuencias? Somos dos personas adultas, libres y plenamente conscientes (bueno, yo no tanto si contamos las copas y los chupitos). ‘No es eso lo que me preocupa, el tema es parte de un secreto íntimo que nunca he desvelado a nadie’. Acabáramos –le respondí-, sabes todos mis ignotos más íntimos porque eran parte de la terapia con mi ex y nunca se me ha pasado por la cabeza sentir pudor o reparo. Sé guardar una confidencia y sobre todo a un amigo especial como te considero pues ya conoces todas las mías. Si quieres abrirte aquí me tienes. Eso sí, me gustaría saber cómo haces esas maravillas con las manos, porque lo de esa noche no es normal, te lo dice una mujer con bastantes experiencias a cuestas y de ese tipo ninguna. 

Verás, yo era un chico normal. Vivía en un pequeño pueblo del pirineo leridano donde disfrutaba entre la naturaleza y los animales de granja de mis padres, siendo como de la familia porque después de criarlos se nos partía el corazón pensar en matarlos para comérnoslos. Al terminar la enseñanza básica mis padres decidieron trasladarnos a una gran ciudad para proseguir con los estudios. Así fue como terminamos viviendo en la zona sur del área metropolitana de Barcelona. A los 16 años me saqué la licencia de moto para tener más autonomía a la hora de desplazarme al centro de estudios. Descubrí la sensación de libertad al pilotar y estuve deseando cumplir los 18 para poder tener entre mis manos las más potentes. Mientras, seguía estudiando secundaria teniendo claro que esa pasión me llevaría un día a diseñar las motos del futuro como ingeniero. Al llegar a la mayoría de edad mis padres –conocedores de mi pasión- me regalaron una Harley-Davidson. Me chiflaba ese rugido característico tantas veces escuchado atentamente en las series míticas americanas. Era mi tesoro, disfrutaba limpiando cada milímetro de su estructura, pero más lo hacía subido en ella. Un día de aquellos apeteciéndome sentir como la brisa de finales de primavera acaricia la piel decidí dar un paseo por las famosas cuestas del Garraf’. ‘Ostras, menudas curvas, pero las vistas del Mediterráneo merecen la pena’ (apunté). ‘Sentir el viento salado característico en la tez es todavía más impresionante para un buen motero. Todo iba sobre ruedas, pero de golpe, a la salida de una de las curvas con visibilidad casi nula me topé frente a un vehículo cruzado intentando acceder a uno de los ‘balcones’para disfruta de las espectaculares vistas. No pude esquivarlo. Choqué de frente y salí despedido por encima. Eso es lo último que recuerdo. Desperté días más tarde en un hospital, lleno de tubos, cables y demás. Poco a poco fueron explicándome la situación. Tenía varias fracturas, lesiones tendinosas y una amputación’. ‘Pues yo te veo entero’ –le comenté-. ‘En un primer momento yo también hice una inspección sensorial, notando las piernas, los brazos y todos los dedos, hecho tranquilizador. Pero según fueron sanando las heridas y quitándome los tubos me comunicaron una noticia traumática. Cambió por completo mi vida. Un chaval de 20 años, en la flor de la vida, disfrutando de manera sana de los placeres, las relaciones, etc., debía replantearse todo su mundo y su futuro de la noche a la mañana’.

     ‘A ver Paco, eres muy melodramático. No creo sería para tanto’ comenté.

Al salir despedido por encima de la moto, el manillar enganchó mi pene y testículos destrozándolos. Intentaron reconstruir la zona de la mejor manera posible para hacer una vida ‘medio normal’, pero las secuelas iban a acompañarme el resto de mis días’.

Quedé estupefacta, nunca había oído algo similar.

Me sumí en una profunda depresión. Rompí con mi anterior vida, amigos, ligues, etc., hasta mis padres tuvieron se vieron obligados cambiar la ciudad de residencia en un intento por ayudarme a empezar de cero. De ahí tengo este carácter introvertido y huraño. Me costó tiempo aceptar -un poco- la situación y comenzar a vivir. Mis objetivos, prioridades, hobbies, etc., habían sufrido un vuelco radical. Pasaba horas en mi habitación. El único contacto con el exterior era internet. Un día, en la última visita con el especialista, después de darme el alta me habló sobre una asociación de víctimas de amputaciones como la mía y me dio su web sabedor, notando lo mucho que necesitaba la ayuda. Al principio no pensé más, autoconvenciéndome de ser una pérdida de tiempo. Como iba a hablar con extraños de algo tan íntimo y vergonzoso para un veinteañero. Pero poco a poco la curiosidad me hizo investigar. Razoné: ‘Si están en mi misma situación no me verán raro, podré contar mis sentimientos y me entenderán’.

‘Contacté por teléfono y concreté una primera visita. Mi primera sorpresa fue encontrarme en la entrevista con una persona en mi misma situación. La impresión fue sorprendentemente agradable y positiva.

Regresé para las terapias grupales. Forjé buenas amistades ayudándome a salir del pozo donde me había sumido.

En una de las sesiones, el terapeuta comentó algo que nos llamó poderosamente la atención, dijo:Vosotros tenéis una cicatriz física pero la mental es más grave y os afecta más de lo que pensáis en vuestro día a día. Creéis que nunca llegaréis a intimar con nadie y que no podréis tener pareja como los demás y estáis muy equivocados’. Esas palabras me contrariaron, yo pensaba exactamente eso mismo, me veía como un bicho raro, incapaz de sentir placer y menos aún de poder llegar a darlo. Condenado a ser un ‘hombre’ solitario, introvertido e incapaz de relacionarme con los demás de una manera ‘normal’ por sentirme acomplejado, mutilado, incompleto.

Semanas después recibimos la visita de una persona. Resultó ser masajista profesional. Se había titulado y había montado su propio centro, y curiosamente también había recibido terapia en la Asociación. Gracias a los sus conocimientos en la materia había desarrollado unas técnicas de masaje íntimo. Aplicadas a ciertas zonas del cuerpo eran muchísimo más eróticas, excitantes, y estimulantes que el ‘mejor orgasmo producido por un ‘polvo convencional’. Algo así es difícil de asimilar de buenas a primeras. Viendo nuestros rostros de incredulidad dijo ‘necesito un voluntario para demostrarlo’. Nos miramos unos a otros y yo que era el más joven decidí ofrecerme para probar que mi recelo era fundado.

Nos citó en su centro, me dejó en una de las habitaciones donde había una cámara de video y una camilla de masaje. Me fuí desnudando. Los demás estaban en una sala anexa viendo todo por circuito cerrado aunque yo no lo supe hasta después. Era imprescindible crear un ambiente tranquilo e íntimo entre él y yo. De golpe me asaltaron pensamientos perturbadores sobre mi orientación sexual, pensaba: ‘dos hombres juntos en una habitación, tocándose y estimulándose….. a ver si ahora ‘voy a salir del armario’; pero ¡si carecemos de órganos sexuales! y ¡estamos en una sesión práctica! Además estamos en pleno siglo XXI y esa manera de pensar es un poco anticuada. Terminé de desvestirme a pesar de tener el pudor de un quinceañero desnudo ante sus progenitores. Me tumbé y cerré los ojos intentando evadirme con el pensamiento. Comenzó a extender por mis pies un gel.  Después pasó las yemas de sus dedos por ciertos puntos. Empezó a provocar en mí una sensación de excitación como antes del accidente; la misma que me provocaba una intensa y prolongada erección. Según iba subiendo por las piernas iba ‘in crecendo’. Mi respiración se aceleró a la misma par que mi pulso. Fue estimulando otros puntos terminando preso de una descarga de adrenalina similar a las sentidas antes del fatídico percance, pero sin necesidad de correrme por una relación sexual o manual. Gemí de placer como un auténtico novato. Mi cuerpo fue preso de un terremoto sensorial único causante de las mismas convulsiones placenteras experimentadas por tí.

A raíz de la experiencia decidí estudiar masaje. Él fue mi maestro, quien me enseñó todas las técnicas necesarias para conducir a la fruición tanto a hombres como a mujeres sin necesidad de tener coito tradicional o de otro tipo, además de poder provocarlo también en uno mismo. Después de eso decidí estudiar psicología para ayudar de manera más completa a otras víctimas como yo. Tiempo después surgió esta oportunidad en la Universidad y decidí cambiar de aires y de víctimas a las que ayudar también.

Como buen Psicólogo he estado analizándote mucho, he visto tus virtudes y defectos. La noche de tu cumpleaños pude trabajar ese bloqueo sexual característico de toda víctima de maltrato como tú. Este es mi secreto. Espero no haberte incomodado’.

Quedé estupefacta por unos segundos pero en cuanto reaccioné le comenté: ‘Tranquilo, tu secreto será NUESTRO secreto. Pero mi silencio tiene un precio’. Él quedó sorprendido y expectante no esperándose mi reacción: ‘No te voy a pedir nada a tu alcance, en tus ‘manos’… ¿entiendes?, tenemos que repetir esa sesión de masaje porque me hizo sentir VIVA y quiero volver a experimentarla. ‘¡Eso está hecho!’. Al final también has sido mi paciente –sin saberlo- y mi tratamiento emocional no iba desencaminado. Pero no esperaba que la terapia hubiera tenido un efecto tan positivo, rápido y adictivo. ‘Ahora te veo con otros ojos, además de buen especialista y terapeuta para todos, eres mi sexólogo particular conocedor de mis más íntimas necesidades y pasiones. ¡Este tratamiento personalizado lo voy a necesitar por bastante tiempo!

El famoso Marqués de Sade dijo: ‘Juzgo todo por las sensaciones’. Y ahora puedo entender la plenitud de esa corta frase.

HAY MÁS FELICIDAD EN DAR …..

El tiempo iba transcurriendo en paralelo a nuestra amistad-relación afianzándose día a día. Cada vez era más placentera, agradable, relajante……. Bueno, paro porque sino yo sola ¡me subo la libido nada más pensarlo!. A la misma vez  fui dándome cuenta de lo mucho que le necesitaba. Eso me hacía más consciente de mi obligación moral por devolverle una ínfima parte ¡era tanto lo que él me había dado en este tiempo!. Pero ¿Cómo? o ¿de qué manera?

Cualquier excusa era buena para pasar un rato juntos fuera de la oficina, del refugio, pues aunque estábamos físicamente en el mismo lugar nuestras mentes se hallaban absortas en un sinfín de quehaceres.

Realizar alguna compra o a trasladar algún animal, siempre estaba presto a acompañarme. Fue en esos desplazamientos donde percibí que su pasión motera seguía latente a pesar de estar ahogada por un aluvión de miedos y temores. ¿Cómo podría ayudarle a superar esa fobia? Por más vueltas de mi cabeza no conseguía encontrar la solución.

Durante la época estival siempre había candidat@s de la Universidad dispuest@s a ayudarnos a cambio de adquirir experiencia. Uno de esos veranos contactó con nosotros Aleix, un Psicólogo recién graduado. Quería centrar su TFC (Trabajo Final de Carrera) en las terapias para superar las fobias mediante la técnica 3D con gafas de realidad virtual. Nos pareció muy interesante y colocamos otra mesa más junto a las nuestras en el minúsculo despacho preparando su llegada.

Como era habitual, tuvimos que ir a buscarlo a la estación de tren porque es la única vía de comunicación con el resto del país (exceptuando las carreteras). Paco me acompañó, cosa habitual, no perdía ni una ocasión para estar juntos y charlar durante el trayecto, a pesar de terminarar mareado perdido por no fijar la vista en las curvas del camino.   

Al ser época de vacaciones la estación estaba más concurrida. Se nos ocurrió improvisar un cartel con su nombre, como hacen los chóferes en la capital para localizar a los ejecutivos que les han encargado recoger. Estábamos mirando hacia la parte final del tren cuando oímos una voz aguda, profunda, detrás nuestro. ‘Hola, soy Aleix. Creo que me buscáis’. Nos giramos y nuestras miradas fueron a toparse en una camiseta ajustada. Marcaba claramente todas y cada una de las onzas de la tableta de chocolate de un torso tremendamente masculino y perfectamente curtido en los gimnasios. Alzamos la cabeza boquiabiertos hasta llegar a establecer conexión visual con sus ojos. Eran de un azul intenso e inmenso haciendo palidecer al del mar mediterráneo. ‘Vosotros debéis de ser del refugio ¿verdad?’. Paco fue el único en articular un ‘sí’ pues yo seguía perdida en aquellas curvas tan magníficas y aquellos ojos tan profundos intentando averiguar si era humano o alguna estatua de esas tan reales realizada por un excéntrico artista.

‘Bueno, si os parece podemos irnos. El tren ya ha marchado y no queda nadie en el andén’ comentó. Habíamos perdido la noción del tiempo momentáneamente. Despertamos de nuevo a la realidad. Después de presentarnos, nos dirigimos al aparcamiento e iniciamos viaje de regreso.

En el trayecto nos contó sus dos pasione: el culturismo y la psicología. Pensé ‘lo primero no hace falta que lo jures y si lo segundo es igual de importante serás una eminencia’. Quería centrar su trabajo en la cura de las fobias que las víctimas han adquirido impuestas tras años de duro maltrato psicológico; para ello quería utilizar una técnica novedosa basada en la realidad virtual pues consigue ponerlas frente a ellas, pero en positivo. Casualidades de la vida en ese mismo momento, mientras nos hablaba de la terapia se cruzó con nosotros una de esas motos típicas de moteros (he de reconocer que no entiendo ni papa de ellas), una de tantas, atravesando el bello valle en los veranos, haciendo turismo. Pude ver como Paco –a mi lado de copiloto- volvió a clavar su mirada en ella desde verla aparecer al final de la recta y girándose para seguirla hasta perder su visión cuando nos adentrarnos en la siguiente curva. En ese preciso instante conecté: terapia 3D, fobias, motos, Paco, Aleix. Ya tenía el tratamiento para su problema, en cuanto se instalara se lo comentaría. Solo faltaba un pequeño detalle: el visto bueno del paciente.

Como los días eran más largos llegamos con luz solar. Al entrar nos topamos con algunas voluntarias y aprovechamos para hacer las debidas presentaciones. Las reacciones eran idénticas, se quedaban boquiabiertas, como abducidas por ese Adonis llegado directamente del Olimpo de los dioses (la estación de tren única conexión de transporte con el resto de la península). Su melena dorada, lisa, dejándose acariciar por la brisa atemperada estival elevaba aún más si cabe el éxtasis visual. Esos brazos tan robustos como troncos de castaños, esas piernas tan firmes como columnas de granito de O Porriño cuidadosamente vestidas con prendas ajustadas, esa piel dorada al cálido sol mediterráneo (o en los múltiples centros de rayos uvas de Barcelona) libre de cualquier vestigio del tipical spanish macho men siglo XX en forma de vello (o a base de una buena dosis de depilación láser masculina) eran música celestial en estos lares.

Al día siguiente, como Paco estaba ocupado aproveché el tour por el Refugio para comentarle la idea que rondaba mi cabeza. Le pareció perfecto, pero debíamos prepararlo muy bien. ¿Cómo, cuando, donde? Paco no podía enterarse hasta estar todo listo. Mi cabeza iba a mil por hora sin encontrar la solución.

El primer trabajo de Aleix fue someter a todas las voluntarias a un largo test para ver el grado de idoneidad de cada una de ellas a esta terapia. Yo también lo pasé y fui una de las elegidas, volviendo a las sesiones ese verano.

Llegó la primera. Después de la clase me abordó para saber cuándo íbamos a poner en marcha nuestro plan. Le dije la verdad: ‘Estamos todo el día juntos y no veo cómo escabullirme sin levantar sus sospechas’. Demostrando tener, además de un cuerpo escultural como tallado por el cincel de los mejores escultores, una mente rápida dijo: ‘Después de cada sesión podemos quedarnos 15 minutos e irlo planificando’. ¡En ese momento vi el cielo abierto! ¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí antes? Quedamos así.

Como es normal Paco se interesó por la sesión y yo le di todo lujo de detalles, salvo lo planificado después a la conclusión.

El problema vino al compartir los tres espacio común en el despacho. Aleix cuando tenía que decirme algo al respecto utilizaba otras palabras, intentando dar la impresión de estar tratando un tema de alguna de las voluntarias. Pero Paco, profesor de Psicología curtido, intuyó ‘gato encerrado’. A partir de ese momento las preguntas sobre las sesiones fueron aumentando poco a poco e intentando profundizar para averiguar más aunque yo no le daba mucha importancia.

Como soy tan curiosa, en una de esas reuniones con Aleix, comencé a preguntarle sobre su vida para conocerlo mejor. Recuerdo en una de ellas hablar sobre su figura y el efecto en sus conquistas. ‘Tendrás que llevar escolta’ apostillé. Su respuesta y la posterior charla fueron muy ocurrentes y terminamos a carcajada suelta, sin darnos cuenta del inexorable paso del tiempo. Se había echado encima la hora y Paco acababa de entrar por la puerta, pillándonos en el punto más hilarante de la conversación. Él tenía terapia con los maltratadores y a nosotros se nos había ido el santo al cielo. Al vernos tan alegres se quedó helado y nosotros de golpe callados. Sorteamos como mejor pudimos la situación (algo similar al típico: ‘cariño no es lo que parece’ pero con dos psicólogos de por medio y una novedosa terapia 3D en ciernes) y salimos rápidamente.

El reencuentro en la oficina fue todo un poema. Nosotros con actitud de cazados y Paco más serio, callado y ocupado que de costumbre cuajaban el ambiente. La tensión podía cortarse con una daga de Samurái. Pero como en realidad aquello ‘no era lo que parecía’ pasé página puesera algo simplemente anecdótico.

Aleix y yo seguíamos absortos preparando la terapia sin darnos cuenta de que poco a poco Paco iba perdiendo su naturalidad característica. Su rostro dejó de reflejar relajación para estar tenso, forzado.

Una tarde de viernes Aleix rompió el hielo soltando una proposición: ‘¿Por qué no me lleváis a esa cantina? He oído hablar de ella mucho. Tomamos algo y nos distraemos un poquito. Me apetece probar esa famosa cerveza de castaña’. A mí me pareció una idea estupenda y rápidamente contesté: ‘¡Vale!’. Acto seguido clavamos la mirada en Paco esperando su respuesta. Se estaba haciendo el remolón, como si la cosa no fuera con él. ‘Venga Paco, vamos a distraernos un poco, no nos irá mal’ le dije. Él musitó entre dientes algo sonando a reproche pero terminó accediendo. Corrimos la voz y algunas voluntarias poseídas por el éxtasis del divino Adonis Aleix y acrecentado con los calores típicos de la canícula accedieron rápidamente.

En el trayecto hacia la cantina intentamos varias veces añadir a Paco a la conversación sobre los recuerdos de tiempos universitarios pero fue harto difícil.

Como la temperatura era muy agradable, incluso un pelín elevada para esas horas nocturnas decidimos sentarnos en la gran terraza, junto al cauce del riachuelo buscando aliviar el sofoco. 

Las voluntarias centraron la conversación en el recién llegado. Preguntas picaronas, curiosas, ingeniosas, que unidas a la graduación de la bebida de cada cual provocaban oleadas de risas interminables. Y él con una chispa más propia de otras comunidades autónomas del sur que de la catalana, junto con una sonrisa sugerente y una mirada penetrante las tenía a todas entregadas.

Durante una de esas conversaciones alguna de ellas le lanzó un reto, ‘No eres capaz de meterte en la piscina’. Viendo como todas habían abierto los ojos hasta el grado de emparejarse a lechuzas buscando presa en una noche oscura y provocador como él solo, aceptó.

Según se subía la ajustada camiseta iban quedando al descubierto una a una las diferentes onzas de la perfecta tableta de chocolate escondida junto a una piel áurea charolada con el mismo brillo de la pizarra bruñida arrancada de las entrañas de estas montañas. Después vinieron los pechos, exuberantes y perfectamente moldeados por el ejercicio físico y con dos pezones voluptuosos. Por último llegaron a completar el cuadro unos espectaculares bíceps. No pude reprimir el impulso de soltar en ese momento de silencio ‘¡parece el increíble Hulk!’ -pero en vez de verde, dorado-. Él esbozó una sonrisa y comenzó a desabrocharse las bermudas. Primero el botón superior y después uno a uno los de la bragueta. Ellas comenzaron a jalearlos cual streaptease de un boy como guinda a un espectáculo de despedida de soltera o bienvenida al divorcio.

Poco a poco se fue mostrando lo que escondían esos pantalones….. unos slips de Calvin Klein. Marcaban perfectamente los atributos. Comenzó a bajar las bermudas, a la vez fue girándose despaciosamente hasta mostrar su costado y poder pasmarnos con la sorpresa: ¡el slip se había transformado en un exiguo tanga! Ese momento desató los vítores, gritos y silbidos de todas. A la misma vez otr@s client@s se iban uniendo a la exhibición. Comenzaron a verse los glúteos: esas dos dunas perfectas, musculosas y bien cinceladas por los ejercicios regulares, con el mismo color dorado del resto del cuerpo, dejaban solo dos opciones: 1) O tomaba el sol en la playa de la Mar Bella (nudista en plena ciudad), 2) O se doraba -de cuerpo entero- como los sándwiches, en las máquinas de UVA.

Una vez libre y desposeído de las bermudas, frente a nosotras pudimos percibir el calibre de sus masculinidad. Aunque a mí me pareció un poco exagerado. Algo en esa forma y volumen me era familiar. Comencé a darle vueltas a la cabeza, mientras él iba introduciendo su aterciopelada piel poco a poco en las gélidas aguas intentando no cambiar el rictus y estropear el caluroso momento que estaban disfrutando todo el grupo de observador@s.

Cuando decidió salir del agua –más pronto que tarde por la temperatura- volvió el espectáculo con las innumerables gotas de agua bajando por su afelpado busto. Él las acompañaba pasando sus manos de arriba hacia abajo, mientras seguía emergiendo cual dios Poseidón de las profundidades marinas. Al ver de nuevo su entrepierna aumentó el jaleo y los silbidos. Volvía a salir el mismo volumen que había entrado. Estas gélidas aguas tenían la propiedad de disminuir esas partes viriles. ¿Cómo era posible ese milagro? ¿Sería realmente un ‘dios’ libre del efecto de la física? En uno de los momentos, sus manos bajaron por el abdomen y rozaron la protuberancia. En ese momento noté algo, me era familiar, ya lo había visto antes y fue entonces cuando entendí la explicación lógica del enigma fuera de especulaciones mitológicas o metafísicas. Tiempo después él mismo corroboraría mi conclusión. Pero como no quería estropear el momento, ni ser el jarro de agua fría cortando un calentón de este tipo, decidí dejarme llevar por el espectáculo.

Por suerte alguna de nosotras llevaba una toalla en el coche y se la prestaron para que se secara alargando la exhibición aún más si cabe.

Miré buscando a Paco pero no lo encontré. Pregunté a las compañeras, ninguna pudo decirme nada porque estaban absortas con Aleix. Por fin el camarero me dijo: ‘en un momento de la velada se levantó, me dijo que estaba cansado y se marchó’. Y así, sin más, nos dejó allí tiradas. Gracias a una voluntaria cuyo vehículo iba medio vacío pudimos apretujarnos y volver al refugio.

A la mañana siguiente aprovechando el retraso de Aleix en incorporarse a la oficina decidí romper el témpano de hielo en que se había convertido Paco. Él seguía con cara de pocos amigos, eludiendo cualquier conversación o contacto visual. Decidí cruzar la poca distancia entre ambos, aparté los papeles de su mesa y me senté encima. Con las yemas de mis dedos empujé delicadamente su mentón hacia arriba y cuando sus ojos se fijaron en los míos le pregunté:

Paco ¿qué te pasa? ¿por qué estas tan raro últimamente? ¿tienes algún problema? ¿puedo ayudarte?

Volvió a bajar la mirada y dio la callada por respuesta. Pero echando mano de mi tenacidad volví al ataque de nuevo:

-Paco, sabes que no voy a parar hasta saber lo que te pasa. ¿He hecho algo que te ha dolido? Dímelo por favor.

Tras unos eternos segundo balbuceó y dijo:

-‘No eres tu, soy yo’. (Eso me sonó al estribillo machacón de la archi conocida canción de Luis Fonsi).

-Pues cuéntame la causa para estar así porque es algo relacionado conmigo seguro.

-‘Verás, tu conoces mi secreto más íntimo. Sabes todo mi sufrimiento pasado pensando que jamás llegaría a ser un ‘hombre’ normal, los sentimientos de inferioridad  y baja autoestima …..

-Claro que lo sé, hemos trabajado juntos. Yo te he ayudado a superarlos y tu me has enseñado una parte nueva en mí desconocída. Nunca me planteé tener una relación con un chico de esta manera, y menos aún llegué a imaginar ser tan placentera y enriquecedora.

-Me alegro. Pero estos días me han vuelto a asaltar esos miedos. Tiendo a compararme con otros hombres y siempre salgo mal parado en la comparación. Cuando me enteré de la llegada de ‘Aleix’ empecé a inquietarme. En la estación mis temores se confirmaron por completo. Es un hombre con un historial académico brillante, muy seductor…….. escandalosamente atractivo diría. Su ‘sexapil’ lo inunda todo y revoluciona a tod@s sin excepción. Nada más verlo me quedé atónito, tu no te fijaste en mi reacción. Aleix es tan varonil y atrae tanto la atención de tod@s, incluida la tuya, que ha disparado de nuevo mi inseguridad y la ha elevado al límite.

Es cierto, es un chico joven, con un tipazo y una chispa en sus ojos que capta las miradas, esa sonrisa peculiar, una conversación picantona…….

-¿Ves a lo que me refiero? ¡Hasta tu sientes atracción!.

Una cosa es diferenciar la belleza y la inteligencia (algo difícil de conjugar en los ‘top model’) y otra sentir atracción. Paco, yo ya tengo una edad como para embelesarme o amartelarme por un ‘Petit Suisse’ como él. Además mi intuición femenina me dice que detrás de esa fachada milimétricamente cuidada se esconde un ser con miedos e inseguridades; y mi presentimiento falla pocas veces.

Bienvenido sea al mundo real. Entonces está en el lugar idóneo donde se da todo tipo de ayuda posible. Pues mi sagacidad masculina –y sabes que también acierta mucho- me dice que vosotros os traéis algo entre manos y eso también me escama.

Vaya, pensé que no te darías cuenta, eres muy observador. No te lo voy a negar, estamos dando forma a algo pero no puedo ni debo decirte más hasta estar terminado para no quitarle emoción.

-Bueno, pues ya me dejas un poco más tranquilo aunque expectante.

Todo a su debido tiempo Paco.

Terminamos la conversación fundiéndonos en un largo abrazo diluyendo la tensión ambiental y relajando nuestras atribuladas mentes.

Siendo una curiosa nata atraída sobremanera por lo desconocido aproveché las reuniones con Aleix para intentar conocerlo mejor.

Un día, sin la presión de Paco con su terapia le miré fijamente a los ojos y le dije:

-Un tío tan enrollado como tu, con ese porte de dios griego y esa cabeza tan bien amueblada tiene que tener una agenda repleta de contactos.

-Eso sería lo normal, pero no es mi caso.

-Vaya, debe haber una razón de peso. Un hombre tan joven y atractivo (yo seguía alagándole más y más esperando que se soltara y me explicara) sin cientos de contactos. Me da la impresión que detrás de esta imagen hay una historia muy interesante.

-Interesante no lo creo, traumática sí que es.

-¿Por qué dices traumática? A veces solemos ver nuestros problemas más aumentados, como con lupa, dándonos la impresión de ser más graves o serios de lo que realmente son. Ayuda mucho compartirlos porque se llegan a ver en su justa medida.

Puede ser. Aunque también podría ocurrir que cuando lo cuentes la otra persona se escandalice o te coloque un marbete, provocando el rechazo y la discriminación de los demás.

-Ostras, muy serio debe ser el asunto si piensas así. Tranquilo, a mí me van los temas escabrosos y los problemas aparentemente ‘irresolubles’. Como puedes ver, a pesar de ser una mujer de ciudad y con carrera universitaria he sido víctima de violencia de género y estoy aquí rodeada de personas que han soportado todo tipo de inconvenientes.

Esa es la razón de mi presencia aquí. Bueno para ser más exacto, una de ellas. El TFC es la oficial, dándome la coartada perfecta.

-¿Me estás dando a entender que ya te has informado antes sobre nosotros y has venido porque crees que aquí vas a encontrar solución a tu problema?

Sí (contestó tímidamente).

-Pues has despertado más mi curiosidad. ¿Qué es eso tan serio para lo que tenemos el remedio?

Verás, mi infancia se desarrolló con toda normalidad. Mis padres se volcaron en mi crianza como hijo único. La inocencia y la pureza de esa época me ayudaron a sentar las bases para todo el torbellino que vendría después.

-Jolín Aleix me estás asustando.

-No es nada terrorífico pero sí traumático. Cuando llegó la pubertad mi cuerpo empezó a sufrir los cambios típicos. Crecí bastante, como se ve a primera vista. De hecho mis padres tienen cierta estatura, es herencia familiar.

-Pero creo que ese cuerpo escultural no fue fruto de ese desarrollo (apunté).

-No, eso vino después. Yo notaba que algo no terminaba de desarrollarse en mi organismo a la misma velocidad del resto. No me salía vello en los brazos, piernas ni pecho. Tampoco me salía la pelusilla previa a la barba.

-¡Ostras yo pensaba que te gastarías un pastón en depilación láser!

-Nunca he pisado un centro para eso. En todo mi cuerpo no hay ni un solo pelo, exceptuando los que ves en la cabeza, cejas y pestañas.

-Pues serás la envidia de los ‘metrosexuales’.

-Visto desde esa óptica…. sí. El problema vino con otra parte de mi anatomía. Una íntima, solo al descubierto cuando compartía vestuarios con compañeros y se fijaban –como es normal- en los atributos de los demás para comparar.

-Aleix, a tu edad ya sabrás de sobra que los tamaños varían una barbaridad y dependen de los ojos y la mente de los demás . La medida no es lo más importante.

Es que ya no eran unos centímetros de más o de menos, era mucho más serio. Avergonzado y traumatizado por los comentarios jocosos, hirientes, humillantes y hasta demoledores cuestionando mi sexualidad terminé no pudiendo volver a clase. Cada vez que intentaba acercarme al instituto se me ponía un nudo en la boca del estómago, aumentando paulatinamente hasta provocarme el vómito cerca de la entrada del poco desayuno ingerido en casa. Mis padres asustados por la situación decidieron llevarme al especialista. Allí fue cuando comenzó un largo periplo, por los diferentes hospitales y expertos de la ciudad. Duró años. Sin contar con la pérdida del curso por cambiar de centro escolar intentando comenzar de cero para mantener mi secreto a buen recaudo.

-Pero al final ¿encontraron la solución?

Pues eso es lo peor, no hubo solución. Mi cuerpo sufre ausencia total de testosterona. Carece de testículos (ni externos ni internos) lo que conlleva unos problemas añadidos, unos efectos sencundarios que tengo que evitar a toda costa durante el resto de mi vida.

-¿Cuáles?

Por ejemplo pérdida de masa muscular, aumento en la masa mamaria, aumento de la grasa corporal, baja libido, imposibilidad para la erección, dificultad para el orgasmo, esterilidad, depresión, etc.

-No pensaba que fuera tan serio. ¿Cómo los has controlado?

-Atajando uno a uno los efectos. Lo primordial era mi aspecto exterior por ser lo que primero se ve y mi carta de presentación a esta sociedad cargada de estereotipos. Mi ambigëdad sexual debía potenciarla a base de fortalecer la masa muscular con una alimentación rica en proteínas y suplementos dietéticos para fortalecer los huesos evitando la osteoporosis. Debía mantener un nivel alto de actividad para no caer en depresión y contra la obesidad mucho ejercicio físico.

-Madre mía, vaya calvario te esperaba.

No lo sabes bien. Con todo este panorama decidí estudiar un grado superior de educación física, de gran ayuda para vigilar mi cuerpo al milímetro y estar muy activo. Me hice socio en un gimnasio especializado. Iba todos los días. Allí me ayudaron a lograr este cuerpo con muchísimo esfuerzo. Una vez acabé los estudios decidí aprender a trabajar también la mente. Me matriculé en la Universidad donde acabo de terminar Psicología. Después de empaparme con el escaso material publicado referente a mi situación decidí buscar  ayuda en alguna asociación especializada. La encontré y he sido testigo de los estragos causados por esta discapacidad cuando se añade a un entorno familiar poco sensible y a  un ambiente escolar duro, carente de la más mínima empatía.

El tono de mi voz también era otro agravante. Seguía siendo agudo….. a medio camino y sin definición. Cuando la gente veía mi físico y me escuchaba hablar su rostro reflejaba la sorpresa de no saber a qué hacer caso, si a la vista –denotando masculinidad- o al timbre bucal –mostrando más bien feminidad-. Visto lo visto me puse en manos de un logopeda trabajando las cuerdas bucales a la misma vez del cuerpo. Logré adquirir un registro variado que me ayuda a dar una imagen de ‘normalidad’.

Para quitar un poco de tensión comenté:

Ahora entiendo como ese vozarrón que me dejó en shock en la estación ha ido bajando hasta hacerse más suave.

Por suerte trabajé duro, adaptándola para las primeras impresiones y no llamar la atención por lo dispar. La gente todavía tienen muchos clichés preestablecidos desde bien pequeños catalogando a los demás en grupos preestablecidos. Cuando uno no cumple esos cánones comienza un proceso mental culminando con el rechazo o la estigmatización y yo tenía claro que eso no quería sufrirlo.

Y ¿esos pectorales tan voluptuosos?.

Son la envidia de muchos culturistas que no consiguen tenerlos igual ¡a pesar de machacarse a diario! Es también un efecto de la falta de hormona masculina, y he tenido que solventarlo del mejor modo posible.

-Utilizar un protector testicular también es muy ingenioso.

¿Cómo lo has notado?

-Es la ventaja de tener un hermano jugador de rugby durante muchos años. Al principio de verlo con él me llamó tanto la atención que a la mínima oportunidad lo observaba. Cuando hiciste el streptease hubo ciertos pases de tus manos y al contacto provocaron movimientos característicos muy familiares para mi.

Eres una gran observadora.

-Y curiosa. Porque también percibí claramente que ese no era tu primer espectáculo ante un grupo de féminas.

-Cierto. Una vez moldeado mi cuerpo de esta manera y gracias también a mi melena y estos ojos tan azules como dos gotas de agua del mediterráneo, se abrieron ante mí nuevas oportunidades de trabajo. Actúo en discotecas selectas y algunas despedidas de solteras. Este ‘trabajo’ me ha ayudado a pagar mis estudios y mantener mi cuerpo dentro de los límites óptimos. Pero siempre impongo una clausula innegociable.

-Que no sea un streptease total para no quitarte el tanga ¿cierto?

-Afirmativo.

-Y en el terreno amoroso ¿cómo te ha ido?

Bueno, la falta de testosterona disminuye el deseo sexual e imposibilita la erección. Además el tamaño no daría para satisfacer a nadie. He huido de las relaciones. En ese campo no he podido encontrar ninguna manera de paliar sus efectos. Por desgracia todavía no he sentido un orgasmo y eso me  ha frustrado mucho. Alguien me comentó en una terapia grupal de la Asociación acerca de un masajista que lo lograba mediante una técnica propia desarrollada para estimular tanto la libido ajena como la propia sin necesidad de utilizar los órganos sexuales, llegando ha tener incluso orgasmos más intensos.

Comencé a buscarlo como loco hasta encontrarlo pero por desgracia trasladaba su despacho en unos días a otra comunidad autónoma. En la breve conversación que tuvimos me habló de uno de sus alumnos, había desarrollado una técnica más concreta en ese campo. Me informó que daba clases en la Universidad de Psicología ¡donde yo estudiaba!.

A pesar de no sonarme su nombre, esa información fue como un soplo de aire fresco después de años de búsqueda estéril ¡podría llegar a tener intimidad total con una pareja sin necesidad de practicar sexo tradicional!. En la Facultad busqué y pregunté hasta enterarme que se había trasladado a Galicia para llevar a cabo un proyecto sobre víctimas de violencia de género. Eso supuso un nuevo jarro de agua fría. ¿Cómo lo encontraría?

Un día por casualidad mirando el tablón de anuncios vi uno donde solicitaban recién titulados dispuestos pasar unos meses en un entorno rural, colaborando con una asociación y de paso realizar su TFC. Casi aparto la vista cuando leí Lugar: ‘Galicia’. Me informé bien y me confirmaron que Francesc estaba aquí. Preparé todo para –nada más terminar en junio la carrera- marchar a su encuentro.

Aunque tú no hayas buscado pareja seguro que muchas lo hayan intentado.

-Sí, candidatas siempre hay, y también candidatos.

Ostras, pues es verdad, para los gays debes resultar igual de atractivo.

Claro. El problema es al no haber podido desarrollar nunca esa faceta de mi no he logrado saber hacia quienes siento atracción, si hacia los hombres o las mujeres. Cuando veo un varón guapo me gusta observarlo igual que me sucede con una mujer.

-Bueno, hoy por hoy ¿qué más da? Cada uno es libre para ser hetero, lesbiana, gay, bisexual, persona transgénero, intersexual o asexual. Lo importante son las cualidades y tener bien amueblada la cabeza.

Totalmente de acuerdo.

-Ahora, sabiendo tu secreto ¿quieres que hable con Paco para ver cómo puede ayudarte?

-Te lo agradecería mucho. Porque la timidez en este campo es otro de mis problemas, no sabría como abordarle para no meter la pata.

-Eso está hecho. Tranquilo, no es tan fiero el lobo como lo pintan. Tenéis muchas cosas en común y seguro que de aquí saldrá una gran amistad.

El día siguiente amaneció con un aviso urgente. Paco y yo salimos disparados. Como los desplazamientos aquí son largos aprovechamos el tiempo conversando. Yo le expliqué todo lo que Aleix me había contado. ¡No salía de su asombro!. En circunstancias ‘normales’ su intuición psicológica le habría llevado a ver más allá de la fachada pero al tenerla alterada por los sentimientos se quedó en la superficie ‘montándose una película’ alejada de la realidad.

No hizo falta terminar de transmitirle la petición de ayuda, Paco –con su gran corazón- empatizó rápidamente y se ofreció a ayudarlo.

Las siguientes semanas fueron un no parar, terapias 3D para las víctimas y Paco, mientras que Aleix necesitó tratamiento psicológico y sensitivo a la vez.

Como mi curiosidad es genética aprovechaba toda oportunidad con Paco a solas para preguntarle por los avances de Aleix. Me explicaba como iba enseñándole los puntos sensoriales clave para potenciar la libido y lograr el éxtasis total, los diferentes tipos y técnicas de masajes. Pero era tanto su afán de aprendizaje que le bombardeaba con un aluvión de preguntas.

Llegado el momento comenzó la parte práctica. Como es normal Paco preparó un entorno tranquilo, relajado e íntimo donde realizar el primer masaje. No se quién de los dos tenía más presión, si Paco por tener un ‘paciente’ con unas características ‘peculiares’ o Aleix por ver el resultado. Lo cierto es que con los músculos tan bien ‘culturizados’ la fuerza necesaria para masajearlos iba a ser superior a la normal, lo que dejaría al pobre Paco exhausto máxime cuando su complexión es más bien enjuta.

Debían estar bien concentrados, sin distracciones. Aleix nunca había podido explorar esa parte de su persona, –si la falta de testosterona no la había anulado por completo- estando obligado a prestar más atención a cualquier sensación o sensibilidad.

Paco tenía que aplicarse al máximo utilizando todo el conjunto de técnicas desarrolladas por él para intentar saber si podría sentir su excitación y la posterior descarga de adrenalina del orgasmo.

Esa tarde se me hizo eterna. Como no era yo la ‘paciente’ me dio la impresión de extenderse mucho más que en mis sesiones. También se añadía la expectación y el deseo fijado en esas manos dotadas de tanto poder intentando ‘curar’ el mal arrastrado por ese ser más propio de la mitología que de la realidad.

Cuando vi salir a Paco de la habitación donde llevaban horas encerrados corrí a su encuentro. Estaba literalmente bañado en sudor, iba secándose con una toalla empapada. Le acompañé a su apartamento a darse una ducha. Por el camino no aguanté la curiosidad y le pregunté: ‘¿Qué, cómo ha ido?’ Él con cara de circunstancia –similar a la de un cirujano cuando sale del quirófano a informar a la familia del paciente- me dijo: ‘Ha sido muy duro para ambos. He tenido que adaptarme a su fisionomía y entrambos la hemos explorado poco a poco. ‘Pero, entonces ¿lo habéis logrado?’ pregunté. ‘Tiempo al tiempo, la terapia 3D no es milagrosa ¿verdad? Tus lesiones en el tobillo y la zona lumbar no se solucionaron en el primer masaje ¿cierto? Pues esta tampoco. Es una persona que nunca ha sentido un orgasmo, el clímax ni la excitación. Su discapacidad no es funcional sino hormonal y eso se ha de estudiar y ver cómo paliarlo’. Mi gozo en un pozo, pensé.

Yo que creía que sus manos eran como las de un Mesías bastándole tocar una vez al paciente para sanarlo, ahora me daba de bruces con la realidad. Pocas cosas tienen una solución rápida. El que yo sintiera con sus masajes no era garantía para los demás. Cada persona es un mundo diferente y único, con sus pros y contras, defectos y virtudes, sintiendo y padeciendo de manera distinta. Aleix no iba a ser menos, aunque al final terminarían por conseguirlo, sin duda.

Todo sea dicho, los resultados de las sesiones de Paco también iban lentos. Y con un hándicap añadido: llegado el momento tendría que practicar con alguna moto real y ver si conseguía vencer esa fobia. Pero como antes de correr hay que andar, Aleix decidió iniciar ese proceso con una bici, así volvería a tener esas sensaciones placenteras del pasado: la brisa acariciando su rostro, la velocidad aunque limitada y la libertad  tan valorada por los ‘moteros’; libre de los miedos atenzantes desde el fatídico accidente. Fuimos al punto limpio a ver si allí tenían había alguna por casualidad y tuvimos suerte. Requirió algunos arreglos pero al poco tiempo ya estaba lista para inciar sus primeros paseítos por los pasillos del refugio. Elegimos el sábado evitando que las voluntarias sufrieran algún ‘atropello’, en sus idas y venidas atendiendo a los acogidos, y Paco estuviera más relajado dando sus primeros pinitos.  

En pocos días se hizo habitual el ring de la bici avisando de su presencia. Íbamos por buen camino. El siguiente paso fue desplazarse al pueblo para algunas gestiones, cosa que agradecimos bastante porque le colmábamos de encargos. Al final le acoplarmos un remolque prestado. Parecía un bedel. Algunas veces hasta se mosqueaba con la cantidad de comandas y decía ‘estoy haciendo terapia no soy el chico de los mandados’. Nosotras no hacíamos ni caso.

El siguiente paso fue conseguir una pequeña moto. Como por estos lares hay una en casi cada almacén cogiendo polvo, una compañera nos la prestó. Este cambio ya resultó un poquito más difícil. No es lo mismo circular sobre el asfalto de una gran ciudad o de vías en perfecto estado que por calles hormigonadas irregularmente y salpicadas –a mala leche- con agujeros que le ocasionaron alguna caída necesitando las curas de nuestros veterinarios en prácticas, siendo un paciente un poco quejumbroso, todo hay que decirlo.

La siguiente parte de la terapia era más seria. Debia circular con la moto por la carretera sinuosa  de un pueblo a otro. Yo iba delante con la furgoneta del refugio vigilando su marcha. No pocas veces me vi obligada a dar media vuelta a causa de un ataque de pánico del que solo se reponía cuando subíamos la moto en la furgo y dábamos media vuelta.

Una vez superada esta parte de la terapia, con la ventaja de que aquí cruzarse con otro vehículo no es muy habitual, debíamos preparar el siguiente y definitivo paso. Estábamos adentrados en la segunda quincena de agosto y Aleix marchaba el último día del mes. En la etapa final íbamos a necesitar una ‘moto’ para Paco aunque no sabíamos ni como y de dónde saldría.

Recibí la llamada habitual de los padres de Paco para interesarse. Él había salido. Les expliqué la terapia y el objetivo de ayudarle a superar el pánico a las motos. Pude explayarme gracias a haber mandado a Paco a hacer unos recados al pueblo. Ellos, ni cortos ni perezosos, quisieron poner su granito de arena. Me pidieron dejar el tema en sus manos, ellos se encargarían de solucionarlo. Quedamos en comunicarnos por whatsapp para no levantar sus sospechas.

Días más tarde recibí un mensaje donde me comunicaban haber hecho la reserva de una moto en un concesionario de Lugo capital. Solo debíamos ir y recogerla.

Hablé con Aleix. Lo mejor sería traerla con el objetivo de iniciar aquí la parte práctica minimizando los nervios de Paco debido a la novedad y la distancia.

LLegó el día para que Aleix informara a Paco de su paso a la última fase. Solo le restaba practicar con una moto más grande. Paco soltó una carcajada en señal de sorna. ‘¿Dónde vamos a encontrar una?’ Aleix y yo nos miramos y esbozamos una sonrisa picarona. Paco respondió: ‘Me estáis dando pánico’. Le condujimos hacia el cobertizo y señalando a un bulto tapado con un plástico le dijimos: ‘Ahí la tienes’. Cuando la destapó no supo cómo reaccionar: sorpresa, ilusión y emoción como la de un niño pequeño en el día de reyes ante sus regalos deseados pero a la vez miedo por reencontrarse de nuevo con sus fantasmas. 

Le desvelamos el papel de sus padres en esta sorpresa y la emoción se apoderó de él hasta hacerle saltar algunas lágrimas. El primer día fuimos despacito, parecíamos una autoescuela en plena sesión de prácticas. Como era de esperar realizamos bastantes paradas, unas para comprobar que iba bien y otras porque caía presa del pánico.

 La terapia de Aleix llevó un desarrollo similar a la de Paco. Ambos fueron ayudándose a dar pequeños pasos encaminados a sortear sus respectivos miedos y fantasmas. Compartían el mismo reto, lograr enfrentar a su paciente a esos gigantes imaginarios que tenían a los dos presos en la cárcel del miedo. Aleix además de su discapacidad necesitaba imperiosamente probar, madurar y profundizar su parte sexual para liberarse de esa losa. Las sesiones prácticas con masajes se sucedieron paralelas a las teóricas, debía vencer el bloqueo psíquico autoimpuesto causado por esta sociedad…. discriminando, autoexcluyendo lo considerado ‘fuera de la norma’. Desprenderse de sus respectivos lastres fue una labor conjunta, ayudándose a salir de esa condena mental que les impedía disfrutar la vida en su plenitud dentro de sus circunstancias. Esto además forjó una profunda amistad fruto de la intimidad mutua.

Una tarde, estando enfaenados con una de sus sesiones pasé por casualidad por la puerta de la habitación convertida en sala de masaje  íntimo. De golpe escuché unos gemidos. Me asusté, paré un instante para asegurarme y pude escuchar cómo Aleix gemía….. ¡de placer! Terminó experimentando en toda su plenitud un orgasmo, llegó al clímax. Descubrió un universo nuevo de sensaciones libre ya de las ataduras mentales. Su rostro reflejó esa nueva etapa abierta ante él. Se determinó a estudiar quiromasaje y reflexología podal para complementar lo aprendido, con el firme deseo de ayudar a otr@s compañer@s de discapacidad. Estaba exultante y agradecido de haber tenido esta oportunidad. Además también practicó el masaje con Paco dejándole muy satisfecho y complacido. Y sin olvidar el TFC debajo del brazo bien documentado y probado habiendo sido de gran ayuda  para sus pacientes (nosotras).

Paco por su parte volvió a retomar su gran pasión, disfrutar de la libertad que sienten los moteros pilotando sus máquinas. El valle serpenteado por una carretera plagada de curvas y salpicada de balcones con vistas espectaculares, pero libre del infernal tránsito de las zonas turísticas, le devolvió la ilusión por salir y conocer. Y como deseaba compartir esa pasión conmigo me tocó iniciarme en la tarea de ser copiloto a pesar del pánico que me daban las motos.

Como dijo alguien de la antigüedad: Hay más felicidad en dar….. que la que hay en recibir. Ayudarles a ambos fue para mí la mayor de las satisfacciones y ayudarse entre ellos el mejor de los pagos jamás recibidos. Una vez más queda probado que ‘el amor todo lo cura’. 

 

EL TALMUD

Un dicho reza así: ‘No sintamos que el niño enfermó sino la reliquia que le quedó’. La terapia de Paco había tenido muy buenos resultados. Rara era la ocasión en que no nos desplazábamos a atender algún asunto a lomos de su moto.

Nos llegaban numerosas invitaciones para visitar Asociaciones y explicarles nuestra labor. Una, en especial venía del sur y nos hizo mucha ilusión. Un grupo de voluntarias querían realizar algo parecido a lo a lo nuestro con las víctimas de violencia de género pero por tierras andaluzas. Querían información, asesoramiento y demás. Habían logrado el visto bueno del Ayuntamiento y necesitaban saber los pasos seguir para ponerlo en marcha. Pensamos que sería buena idea aprovechar el viaje, visitar las demás Asociaciones de la comunidad atendiendo las numerosas solicitudes llegadas y de paso hacer un poquito de turismo.

Era tiempo de verano, apetecía sentir la brisa en vez de cocerse dentro de la furgoneta del refugio. Decidimos hacer el viaje en moto a iniciativa de Paco; yo no puse ninguna objeción a pesar del respeto que me causaba un viaje tan largo a lomos de un sillín. Preparamos todo y salimos dispuestos a recorrer la distancia con tranquilidad, saboreando los diferentes paisajes según fuéramos atravesando la península de norte a sur.

Al llegar a la capital Paco decidió hacer un poco de turismo y a la misma vez estirar las entumecidas extremidades llevando recorrido medio camino. Visitamos el skyline con las 4 torres, el Faro de Moncloa y el pirulí. Después de años alejados del infernal ruido de la gran ciudad parecíamos peces fuera de su hábitat. La interminable sucesión de edificios nos produjo una sensación de ahogo (eso sin mencionar el famoso smog de la gran urbe). Después de intentar esquivar el denso tráfico recibiendo algún que otro improperio decidimos retomar de nuevo el viaje.  Para nuestro alivio, a los pocos kilómetros volvimos a recuperar la naturaleza como compañera silenciosa dejando atrás la civilización en su expresión más salvaje.

Llegamos al lugar de hospedaje ya entrada la noche. Era una antigua estación de tren perdida en medio de la nada –cerca de Puerto Serrano provincia de Cádiz- reconvertida en un hospedaje con casitas individuales enclavadas en medio de interminables plantaciones de olivos. Por cierto cada casita tenía el nombre de una provincia andaluza y la nuestra era ‘Jaén’.

Enclavada casi en el centro de Andalucía y rodeada de naturaleza rezumaba paz todo en derredor nuestro. Era el lugar idóneo para descansar y desplazarnos a los diferentes puntos donde nos habían invitado. Salíamos por la mañana y regresábamos bien tarde.

Una de las primeras noches, cenando en el jardín de nuestro alojamiento-casita apareció una perra jovencita. Siendo tan tarde y en un lugar alejado de cualquier casa o pueblo nos sorprendió la presencia de la tusa. ‘Quizás sería propiedad del hospedaje’ pensamos. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando al ofrecerle un pedacito de comida comenzó a comer como si llevara días sin probar bocado. Era de tamaño más bien pequeño, blanco con alguna mancha negra. Cuando sació su necesidad se dejó acariciar con excesiva sumisión. Después de compartir un rato de mimos, caricias y carantoñas nos fuimos a dormir.  

A la mañana siguiente, al salir de la casita para seguir con nuestro periplo la sorpresa fue mayúscula al verla durmiendo bajo la moto. Marchamos en dirección a las citas programadas para ese día con el reconcome de si a nuestra vuelta seguiría allí

De regreso, cansados y con un calor sofocante decidimos refrescarnos en la piscina del alojamiento. Mientras estábamos disfrutando del chapuzón Paco señaló detrás de mí. Al girarme quedé asombrada al verla allí de nuevo.

Esa fue la tónica durante los 3 días de estancia en Andalucía. Siempre aprovechábamos por la mañana y por la noche para compartir vianda y querencia.

Al llegar el día de la marcha el dilema fue mayúsculo pues volvíamos haciendo una parada adicional en Toledo. No podíamos llevarla en la moto por seguridad ni hospedarla en el hotel de la capital castellano-manchega. Después de darle muchas vueltas decidimos hablar con Andrés, el responsable del hospedaje. Le pedimos nos hiciera el favor de alimentarla y mantenerla por los alrededores pues se nos partía el alma pensar que en medio de la nada no podría sobrevivir. Él accedió no sin antes mostrarle nuestro firme compromiso de responsabilizarnos de ella si regresaba.

No sabíamos ni cómo ni qué hacer pero teníamos claro no queríamos dejarla allí abandonada. Su final con toda seguridad sería bastante lúgubre después de habernos elegido a nosotros de entre los pocos humanos de aquél inhóspito páramo. 

La despedida fue un mar de lágrimas. Ella solo nos miraba con cara de: ‘No me dejéis aquí sola’.

Esos dos días en Toledo fueron muy tristes. No podíamos parar de pensar en ella.

La mañana siguiente a nuestra llegada al Refugio, nada más entrar en la oficina llamamos a Andrés en busca de nuevas sobre lo ocurrido. Para nuestra sorpresa nos confirmó que volvía cada día por la mañana y de noche ansiosa buscando el alimento. Intuíamos que su regreso era, no solo por el alimento, ella sabía que nos había robado el corazón, ya no podríamos vivir sin tenerla cerca. Pero ¿cómo lo haríamos? Esa noche, en la oficina no parámos de darle vueltas.

En cuanto amaneció Paco, cogió la furgoneta del Refugio y marchó a Cádiz a buscarla. A altas horas lo habíamos planeado y preparado todo.

Llegó de noche y sin tomar un respiro comenzó a buscarla. Yo mientras tanto estaba atacada de los nervios temerosa de un desenlaze negativo. De repente sonó el móvil. Concluí: ‘Ya la han encontrado’. Al descolgar lo primero que escuché fue la voz rota de Paco llorando a lágrima viva y diciéndome: ‘la hemos perdido’. No siendo suficientes sus llamadas por los alrededores pidió la ayuda de Andrés –el responsable del hospedaje- y juntos volvieron a rastrear la zona, pero siendo noche cerrada y sin iluminación, decidieron descansar y comenzar de nuevo con los primeros rallos de sol matutinos.

Nada más amanecer iniciaron de nuevo la búsqueda. Recorrieron los campos y las fincas preguntando a todo el que encontraban laborando. Pasaban las horas, no había ni una señal de ella mientras yo a distancia estaba en una tremenda desazón.

Volvió a caer la noche. Paco me llamó para decirme que si a la mañana siguiente no aparecía emprendería el regreso con todo el dolor de su corazón.

Esa noche ninguno de los dos pudimos pegar ojo. ¿Se habría acercado aquellos días pidiendo socorro y nosotros –a causa de las circunstancias- se lo negamos? Pero ella volvió los siguientes días tras nuestra marcha. ¿Le habría ocurrido algo malo entonces?

Amaneció sin señales de ella. Paco agotó las últimas horas matutinas buscándola. Sobre medio día sonó el teléfono. Yo temía escuchar que abandonaba la búsqueda y regresaba pero cuando me lo acerqué al oído escuché: ¡Ha aparecido ahora mismo! Exultante de alegría Paco me contó como al verla la llamó y ella loca de contenta corrió hacia él.

Emprendieron la vuelta rápido aprovechando las horas de luz solar. El camino de regreso fue largo, 15 horas salteadas de paradas repostando, descansando y aprovechando para alimentarla.

A pesar de estar la noche muy avanzada yo esperaba en la oficina su llegada. Nada más entrar al Refugio, corrí hacia la furgoneta. Ella al verme se volvió loca de contenta. Ya volvíamos a estar otra vez los 3 juntos como en ‘Jaén’ nuestro apartamento. Los veterinarios le hicieron un exhaustivo examen. No tenia chip, estaba en el primer celo. Para parárselo y esperar a esterilizarla decidieron ponerle una inyección.

El primer contacto con Wendy nos preocupaba, ¿cómo reaccionarían? ¿se tolerarían? Como siempre los mal llamados ‘animales’ volvieron a darnos una lección de ‘humanidad’, tolerancia y aceptación. Wendy procedió a inspeccionarla olfateándola y ella se agachó hasta tumbarse en el suelo mostrando su sumisión.

Una vez todo normalizado decidimos ponerla nombre. Después de dar algunas vueltas la llamamos ‘Mila’ diminutivo de Milagro. Eso era lo que había sido nuestro encuentro en aquella estación abandonada y perdida en medio de las interminables plantaciones de olivos andaluzas. Todavía me pregunto cómo llegaría allí, si fue victima de un cruel abandono. Lo único claro es fueron sus muchos miedos y temores, pero a fuerza de cariño los ha ido perdiendo.

Transcurridas tres semanas notamos algo raro. Su vientre empezaba a estar más inflado. Nuestros aprendices de veterinario hicieron una primera revisión encontrando el motivo. Decidimos trasladarla a la clínica veterinaria, colaboradora habitual con nuestro refugio, a ver si con alguna prueba podían sacarnos de la duda y desazón.

Después de una exhaustiva revisión decidieron hacerle una ecografía. Al pasar el aparato por su vientre vieron algo. Insistieron en la zona y después nos comunicaron el resultado. ¡Mila estaba embarazada!. ¿Cómo? ¿Si la habían puesto una inyección al día siguiente de llegar? Lo ocurrido no tenía explicación. La realidad era que llevaba dos peques dentro.

Transcurrieron las semanas. Llegó el momento del parto. El primer chiquitín salió muerto, pero el segundo estaba en perfecto estado. Lo alimentó y cuidó como una buena madre a pesar de ser primeriza. Le enseñó a llevarse bien con el resto de habitantes del Refugio como hizo ella al llegar. Por cierto al peque le pusimos Barry por su panchota cuando se inflaba con toda la leche ingerida de la madre.

Desde sus primeros correteos ha sido el azote de Wendy y su madre Mila. Bien alimentado por Wendy está lleno de energías. No para de corretear y hacer trastadas. Gracias al resto de habitantes dispone de más entretenimiento y las deja descansar de vez en cuando.     

Una frase del Talmud dice: ‘Quien salva una vida salva al mundo entero’ Así nos sentimos nosotros al ayudar a Mila y Barry.

LA VIDA SIGUE

Ya ha pasado un tiempo. He podido graduarme aunque lo he hecho a distancia.  Aquí, en este remoto valle enclavado en la Galicia más profunda, he encontrado una manera diferente de aprovechar la carrera. Sigo gestionando  todo lo relacionado con el refugio en las redes y la web. Ayudar a todas las víctimas acogidas, sean humanas o animales, es algo que me llena de satisfacción. Aunque las ayudas a duras penas llegan para cubrir los incontables gastos del Refugio, vivir en un entorno idílico como este y tener todas las necesidades básicas cubiertas me ha hecho replantearme los objetivos en mi vida. Ahora valoro mucho más lo realmente importante y se distinguir rápidamente entre lo superfluo y lo prescindible. Mis queridas amigas también continúan en la lucha. Ellas, por su edad, ahora están más centradas en el grupo de terapia, aunque no olvidan su visita diaria para traer donaciones, materiales y demás cosas como el repartir toneladas de cariño a los rescatados. Paco continúa con su grupo. Ya no es tan tímido y retraído como a su llegada. Ahora está más abierto, más seguro de sí mismo, más comunicativo con todo el mundo y conmigo siempre pendiente de cuidarme, mimarme y satisfacer mis pasiones más salvajes de la manera como solo él sabe hacerlo…… La verdad es que nunca me hubiera podido imaginar este resultado a nivel general ni a nivel personal.

He sido testigo de la transformación de víctimas en personas con coraje y decisión y también he sido testigo del cambio de maltratadores en hombres normales, incluso diría vulnerables. Esa fachada de rudeza o violencia en la intimidad del hogar solo es un reflejo de su debilidad emocional y de la carencia de verdadero amor en su infancia, causante de su visión de pareja distorsionada y alejada de la realidad. Aquí todo el mundo se conoce, y ponerle nombre a las cosas ha ayudado mucho a que nosotras vayamos con la cabeza bien alta y ellos pierdan ese halo de hombría, masculinidad o machismo rancio donde se parapetaban dentro de su círculo de amigos.

También he podido constatar el cambio radical en la mentalidad de las gentes de estos lares. Ahora es más adelantada que la de los urbanitas de pleno siglo XXI. En este valle ya no vienen los ‘machos’ con sus todoterrenos cargados de perros de presa dispuestos a cazar cual seres del paleolítico, saciando sus instintos violentos con bacanales sangrientas. Las visitas son de turistas comprometidos con el medio ambiente, reconocen la labor que estamos realizando, y los únicos disparos son los de sus cámaras fotográficas preparadas para ‘cazar’ cualquier cosa o ser inmortalizándolo. Este valle se ha convertido en un reducto de paz y armonía para todos los seres vivos sin distinción de raza o género.

La verdad sea dicha, no ha sido nada fácil, pues en numerosas ocasiones hemos tenido que señalar a familiares de integrantes de los grupos de terapia porque maltrataban a sus animales, fueran de granja, perros para el cuidado del rebaño o o los animales salvajes del monte. En no pocas ocasiones hasta hemos montado operaciones de rescate, coger al animal a espaldas del “dueño” y trasladarlo al refugio para tratarlo y salvarlo. Después lo hemos dado en adopción lejos imposibilitando su localización (aunque eso que quede entre nosotr@s, pues no es muy legal que digamos).

También hemos podido ver cómo los maltratadores perdían esa dura capa de su corazón al verse frente a los efectos causados por sus malas acciones y derrumbarse entre lágrimas provocadas por el sentimiento de culpa al efectuar los trabajos de mantenimiento en el refugio.

Espero y deseo que este relato narrativo con tintes de la realidad más cruda sirva conciencie más sobre el maltrato y la violencia de género. Que se logre erradicar, librando así a las víctimas (humanas y animales) de esa esclavitud. Mientras tanto seguiré luchando porque ‘El amor todo lo cura’ o ‘El amor es todo locura’.

Fuente: Documento refundido de medidas del Pacto de Estado en materia de Violencia de Género. Congreso y Senado (http://www.violenciagenero.igualdad.mpr.gob.es/pactoEstado/docs/Documento_refundido_PEVG_.pdf)

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