Ellas no han mirado hacia otro lado

PRÓLOGO

PROGRESO, nunca una palabra ha marcado tanto la historia del ser humano. En su nombre se han hecho los mayores logros a la par que los sacrificios más traumáticos y dolorosos, a veces consciente y otras inconscientemente. En estos dos últimos siglos ha ido muy ligado a la industrialización y la modernización;  juntos  están logrando que todo vaya a una velocidad vertiginosa. Lo que hoy es lo más moderno y avanzado mañana deja de serlo. Se nos tiene siempre expectantes a lo último en la tecnología, en la ciencia, etc. Se investigan nuevos avances en todos los campos y para ello hay que encontrar nuevos materiales con los que fabricarlos. 

Toda esta tecnología, todo este avance, toda esta modernización…… ha sido a costa de los recursos que hay en nuestro planeta. La aceleración de este proceso no ha sido proporcional en toda la cadena involucrada. Hoy podemos ver y saber que si deseamos el móvil con la tecnología más avanzada, el aparato que ayuda a ver a el feto de nuestro hijo en color y 4D o la nave que nos permite construir una estación espacial carísima donde también se investiga en el nombre del progreso, muchos humanos –sobre todo niños de corta edad- han de estar esclavizados trabajando de sol a sol si quieren llevarse algo a la boca al final del largo y durísimo día de trabajo.

La ambición desmesurada se ha adherido a este avance siendo el detonante de muchas guerras y conflictos que no terminan de cicatrizar solo porque allí hay algún material necesario o imprescindible y hay que sacarlo al mínimo coste alcanzando el máximo beneficio. Todo vale con tal de ser los primeros. La realidad –aunque no queramos verla- es: la factura a pagar está siendo elevadísima y a largo plazo tendrá consecuencias imprevisibles.

Como los grandes éxodos de personas que van en aumento siendo ya los más numerosos desde la ll Guerra Mundial huyendo de esos conflictos solo para salvar sus vidas, dejándonos imágenes desoladoras de pateras masificadas que se hunden terminando con las expectativas, ilusiones y esperanzas de los refugiados; trenes abarrotados o colas interminables de exiliados en busca de la puerta que les abra un futuro mejor y en paz. Si logran escapar de ese infierno en el que les ha metido el egoísmo de unos pocos, su calvario seguirá estando marcado por él. En los campos se agolpan cientos, miles, decenas de miles de víctimas desprotegidas totalmente del más mínimo derecho, dejando vía libre para que los tentáculos del tráfico humano campen a sus anchas en este caldo de cultivo donde las víctimas son los más indefensos, las mujeres y los niños. Este grupo durante la historia ha sido blanco de todo tipo de ataques. Los niños soldados de África a los que brutalmente se les obligaba a matar a sus propios familiares con el objetivo de insensibilizarlos y prepararlos para lo que tendrán que ver y hacer más tarde. A las niñas se las ha utilizado de esclavas sexuales para los soldados y mercenarios. Las mujeres no han tenido mejor trato, -en ciertos conflictos se abusó sistemáticamente de ellas con el objetivo de que sus propios familiares las rechazaran solo por el hecho de estar ‘preñadas con hijos ‘bastardos’- o se las trae a nuestro ‘mundo avanzado’ con promesas falsas y luego se ven obligarlas a prostituirse durante jornadas maratonianas bajo amenazas y coacciones. Y siempre considerándolas el ‘sexo débil’, un ser inferior que es propiedad del macho que hace y deshace a su entero antojo.

El progreso también ha posibilitado que estemos viviendo en la llamada era de la ‘comunicación’. Podemos hablar en vivo y en directo con otra persona a miles de kilómetros y en contraste estamos sufriendo el mayor grado de soledad, individualidad y depresión por falta de contacto con los de nuestro entorno. Tanto nos ha influenciado que cada vez es más difícil la interacción del ser humano con el resto de congéneres. Hoy día las redes sociales están condicionando las relaciones personales. Los niños se relacionan a través de internet, los adultos buscan su pareja ideal en la red, se hacen ‘amigos’ con absolutos desconocidos desde el ordenador escondiendo su verdadera personalidad fabricándose una identidad falsa con tal de lograr sus oscuros objetivos.

Tampoco extraña ya que la familia – que tendría que ser un reducto de paz y felicidad- se haya convertido en el foco del maltrato, abuso y hasta muerte por culpa de la violencia de género. Cada vez es más doloroso y triste ver que ya no solo este tipo de violencia familiar la están sufriendo exclusivamente las mujeres sino también los hijos de la pareja,  muchas veces utilizados de arma arrojadiza o moneda de cambio infringiéndola un dolor indescriptible que la provoca una muerte en vida, al arrancarla lo que más quiere.

Afortunadamente los medios de comunicación han jugado un papel crucial en denunciar estos hechos, sensibilizarnos para que levantemos la voz en contra de todo este abuso. Las campañas publicitarias que se han lanzado sistemáticamente denunciando esos atropellos han logrado concienciarnos más a todos y evitar que miremos hacia otro lado.

Nos hemos centrado tanto en el progreso y la tecnología que hemos relegado de nuestras vidas y de nuestro entorno al resto de seres vivos. Así para que los hombres y mujeres del mañana sepan lo que es una vaca, una gallina o un simple corderito (algo que era cotidiano a sus abuelos) han de hacer una excursión a alguna granja, teniendo que viajar cientos de kilómetros.

La codicia y el egoísmo humano están influenciando al progreso no teniendo en cuenta que en este planeta no estamos nosotros solos, que hemos sido los últimos en llegar y nos estamos apropiando de él de manera escandalosa. En estas moles de asfalto y edificios no se ha tenido en cuenta a los pocos ‘animales’ que intentan sobrevivir en las duras calles, que durante la historia los hemos domesticado, han estado a nuestro lado y desean seguir allí. Por mucho tiempo los habitantes de estas ciudades han tenido la idea de que eran solo y exclusivamente de los humanos y que el resto tenían que buscarse la vida en el campo o la montaña. Con nuestra invasión de su hábitat esquilmando todos los recursos disponibles en pro de  ese monstruo mal llamado avance les hemos desprovisto de todo viéndose abocados a tener que acercarse a las grandes urbes en busca de lo esencial para su subsistencia.

Este ‘adelanto’ al ir unido a las tradiciones más arcaicas y enranciadas ha formado un tándem que ha sido el causante de provocar muchísimo sufrimiento en el resto de seres. A pesar de que nos ha llenado el día a día de tecnología que ocupa toda faceta de nuestra vida, incluso la diversión o distracción, se siguen practicando tradiciones salvajes donde –cual circo romano de hace veinte siglos- los ‘seres humanos’ disfrutan con el sufrimiento ajeno. Se utiliza a seres vivos en fiestas nacionales o locales hasta el grado de matarlos cruelmente. Se organizan cacerías en las que los ricos e influyentes disfrutan y pagan por matar al ejemplar más grande –sea de la especie que sea y en el continente que haga falta- con tal de hacerse un selfie y que el mundo entero lo vea. Esto no dista mucho de lo que hacían antaño, colgando sus cabezas disecadas en las paredes de sus mansiones de adorno y señal de prestigio y poder. Esa misma ambición, codicia y egoísmo ha llevado a algunos a querer hacerse ricos a costa de los ‘animales’. Es demasiado habitual ver en los noticiarios como se desmantelan criaderos ilegales en países lejanos donde se les tenía pariendo en condiciones terroríficas solo por saciar el deseo que tienen algunos humanos del primer mundo de mascotas de ‘raza’. Por dinero se les mata apropiándose de sus manos, colmillos, pieles, crías, etc., y se lleva a esas crías a mansiones de multimillonarios que desean ostentar su poderío luciendo una gran colección de raros especímenes enjaulados. Si el ser humano es capaz de ser cruel, sanguinario e insensible con sus propios congéneres, ¡peor aún se comporta con el resto! A pesar de que no los oigamos en los noticiarios o no podamos escuchar sus voces, el sufrimiento que les estamos infringiendo es monstruoso. Cada año se mata a centenares de millones de ellos de las maneras más crueles, les utilizamos a nuestro entero placer cual posesión. Les despojamos de lo único que tienen y que no nos pertenece ‘sus vidas’. Si ellos tuviesen el poder de rebelarse no nos quedaría otra salida que a cambiar el rol de amo y señor y pasar a ser sus esclavos. Gracias a que cada vez nos estamos concienciando más de que estos hechos son intolerables, la sociedad se está movilizando con el objetivo de conseguir erradicar cualquier signo de maltrato animal. Tal es el deseo de cambio que hasta los legisladores están incluyendo con más frecuencia leyes para protegerlos más y mejor.

Esta narración –basada en hechos reales- solo pretende añadir un granito de arena en ese creciente mar de solidaridad hacia el resto de seres vivos que está iniciándose y que le queda mucho camino por recorrer.

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