Ellas no han mirado hacia otro lado

Aquí comenzamos a publicar cada semana un capítulo del primer libro que escribimos. Su título es “Ellas no han mirado hacia otro lado”, es un homenaje a l@s voluntari@s que cuidan colonias felinas. Sus desvelos salvan muchas vidas y mejoran la calidad de otras muchas más. Este libro es la narración en primera persona de las vicisitudes que una gatita cachorra pasa desde que es abandonada, rescatada, conoce a otr@s compañer@s de acogida y finalmente adoptada en un hogar definitivo. Esperamos que os guste.

PRÓLOGO

PROGRESO, nunca una palabra ha marcado tanto la historia del ser humano. En su nombre se han hecho los mayores logros a la par que los sacrificios más traumáticos y dolorosos, a veces consciente y otras inconscientemente. En estos dos últimos siglos ha ido muy ligado a la industrialización y la modernización;  juntos  están logrando que todo vaya a una velocidad vertiginosa. Lo que hoy es lo más moderno y avanzado mañana deja de serlo. Se nos tiene siempre expectantes a lo último en la tecnología, en la ciencia, etc. Se investigan nuevos avances en todos los campos y para ello hay que encontrar nuevos materiales con los que fabricarlos. 

Toda esta tecnología, todo este avance, toda esta modernización…… ha sido a costa de los recursos que hay en nuestro planeta. La aceleración de este proceso no ha sido proporcional en toda la cadena involucrada. Hoy podemos ver y saber que si deseamos el móvil con la tecnología más avanzada, el aparato que ayuda a ver a el feto de nuestro hijo en color y 4D o la nave que nos permite construir una estación espacial carísima donde también se investiga en el nombre del progreso, muchos humanos –sobre todo niños de corta edad- han de estar esclavizados trabajando de sol a sol si quieren llevarse algo a la boca al final del largo y durísimo día de trabajo.

La ambición desmesurada se ha adherido a este avance siendo el detonante de muchas guerras y conflictos que no terminan de cicatrizar solo porque allí hay algún material necesario o imprescindible y hay que sacarlo al mínimo coste alcanzando el máximo beneficio. Todo vale con tal de ser los primeros. La realidad –aunque no queramos verla- es: la factura a pagar está siendo elevadísima y a largo plazo tendrá consecuencias imprevisibles.

Como los grandes éxodos de personas que van en aumento siendo ya los más numerosos desde la ll Guerra Mundial huyendo de esos conflictos solo para salvar sus vidas, dejándonos imágenes desoladoras de pateras masificadas que se hunden terminando con las expectativas, ilusiones y esperanzas de los refugiados; trenes abarrotados o colas interminables de exiliados en busca de la puerta que les abra un futuro mejor y en paz. Si logran escapar de ese infierno en el que les ha metido el egoísmo de unos pocos, su calvario seguirá estando marcado por él. En los campos se agolpan cientos, miles, decenas de miles de víctimas desprotegidas totalmente del más mínimo derecho, dejando vía libre para que los tentáculos del tráfico humano campen a sus anchas en este caldo de cultivo donde las víctimas son los más indefensos, las mujeres y los niños. Este grupo durante la historia ha sido blanco de todo tipo de ataques. Los niños soldados de África a los que brutalmente se les obligaba a matar a sus propios familiares con el objetivo de insensibilizarlos y prepararlos para lo que tendrán que ver y hacer más tarde. A las niñas se las ha utilizado de esclavas sexuales para los soldados y mercenarios. Las mujeres no han tenido mejor trato, -en ciertos conflictos se abusó sistemáticamente de ellas con el objetivo de que sus propios familiares las rechazaran solo por el hecho de estar ‘preñadas con hijos ‘bastardos’- o se las trae a nuestro ‘mundo avanzado’ con promesas falsas y luego se ven obligarlas a prostituirse durante jornadas maratonianas bajo amenazas y coacciones. Y siempre considerándolas el ‘sexo débil’, un ser inferior que es propiedad del macho que hace y deshace a su entero antojo.

El progreso también ha posibilitado que estemos viviendo en la llamada era de la ‘comunicación’. Podemos hablar en vivo y en directo con otra persona a miles de kilómetros y en contraste estamos sufriendo el mayor grado de soledad, individualidad y depresión por falta de contacto con los de nuestro entorno. Tanto nos ha influenciado que cada vez es más difícil la interacción del ser humano con el resto de congéneres. Hoy día las redes sociales están condicionando las relaciones personales. Los niños se relacionan a través de internet, los adultos buscan su pareja ideal en la red, se hacen ‘amigos’ con absolutos desconocidos desde el ordenador escondiendo su verdadera personalidad fabricándose una identidad falsa con tal de lograr sus oscuros objetivos.

Tampoco extraña ya que la familia – que tendría que ser un reducto de paz y felicidad- se haya convertido en el foco del maltrato, abuso y hasta muerte por culpa de la violencia de género. Cada vez es más doloroso y triste ver que ya no solo este tipo de violencia familiar la están sufriendo exclusivamente las mujeres sino también los hijos de la pareja,  muchas veces utilizados de arma arrojadiza o moneda de cambio infringiéndola un dolor indescriptible que la provoca una muerte en vida, al arrancarla lo que más quiere.

Afortunadamente los medios de comunicación han jugado un papel crucial en denunciar estos hechos, sensibilizarnos para que levantemos la voz en contra de todo este abuso. Las campañas publicitarias que se han lanzado sistemáticamente denunciando esos atropellos han logrado concienciarnos más a todos y evitar que miremos hacia otro lado.

Nos hemos centrado tanto en el progreso y la tecnología que hemos relegado de nuestras vidas y de nuestro entorno al resto de seres vivos. Así para que los hombres y mujeres del mañana sepan lo que es una vaca, una gallina o un simple corderito (algo que era cotidiano a sus abuelos) han de hacer una excursión a alguna granja, teniendo que viajar cientos de kilómetros.

La codicia y el egoísmo humano están influenciando al progreso no teniendo en cuenta que en este planeta no estamos nosotros solos, que hemos sido los últimos en llegar y nos estamos apropiando de él de manera escandalosa. En estas moles de asfalto y edificios no se ha tenido en cuenta a los pocos ‘animales’ que intentan sobrevivir en las duras calles, que durante la historia los hemos domesticado, han estado a nuestro lado y desean seguir allí. Por mucho tiempo los habitantes de estas ciudades han tenido la idea de que eran solo y exclusivamente de los humanos y que el resto tenían que buscarse la vida en el campo o la montaña. Con nuestra invasión de su hábitat esquilmando todos los recursos disponibles en pro de  ese monstruo mal llamado avance les hemos desprovisto de todo viéndose abocados a tener que acercarse a las grandes urbes en busca de lo esencial para su subsistencia.

Este ‘adelanto’ al ir unido a las tradiciones más arcaicas y enranciadas ha formado un tándem que ha sido el causante de provocar muchísimo sufrimiento en el resto de seres. A pesar de que nos ha llenado el día a día de tecnología que ocupa toda faceta de nuestra vida, incluso la diversión o distracción, se siguen practicando tradiciones salvajes donde –cual circo romano de hace veinte siglos- los ‘seres humanos’ disfrutan con el sufrimiento ajeno. Se utiliza a seres vivos en fiestas nacionales o locales hasta el grado de matarlos cruelmente. Se organizan cacerías en las que los ricos e influyentes disfrutan y pagan por matar al ejemplar más grande –sea de la especie que sea y en el continente que haga falta- con tal de hacerse un selfie y que el mundo entero lo vea. Esto no dista mucho de lo que hacían antaño, colgando sus cabezas disecadas en las paredes de sus mansiones de adorno y señal de prestigio y poder. Esa misma ambición, codicia y egoísmo ha llevado a algunos a querer hacerse ricos a costa de los ‘animales’. Es demasiado habitual ver en los noticiarios como se desmantelan criaderos ilegales en países lejanos donde se les tenía pariendo en condiciones terroríficas solo por saciar el deseo que tienen algunos humanos del primer mundo de mascotas de ‘raza’. Por dinero se les mata apropiándose de sus manos, colmillos, pieles, crías, etc., y se lleva a esas crías a mansiones de multimillonarios que desean ostentar su poderío luciendo una gran colección de raros especímenes enjaulados. Si el ser humano es capaz de ser cruel, sanguinario e insensible con sus propios congéneres, ¡peor aún se comporta con el resto! A pesar de que no los oigamos en los noticiarios o no podamos escuchar sus voces, el sufrimiento que les estamos infringiendo es monstruoso. Cada año se mata a centenares de millones de ellos de las maneras más crueles, les utilizamos a nuestro entero placer cual posesión. Les despojamos de lo único que tienen y que no nos pertenece ‘sus vidas’. Si ellos tuviesen el poder de rebelarse no nos quedaría otra salida que a cambiar el rol de amo y señor y pasar a ser sus esclavos. Gracias a que cada vez nos estamos concienciando más de que estos hechos son intolerables, la sociedad se está movilizando con el objetivo de conseguir erradicar cualquier signo de maltrato animal. Tal es el deseo de cambio que hasta los legisladores están incluyendo con más frecuencia leyes para protegerlos más y mejor.

Esta narración –basada en hechos reales- solo pretende añadir un granito de arena en ese creciente mar de solidaridad hacia el resto de seres vivos que está iniciándose y que le queda mucho camino por recorrer.

CAPÍTULO 1: MI HISTORIA

Mis primeros recuerdos se remontan a sentir algo húmedo, rasposo y caliente que recorría todo mi cuerpecito, varias veces al día y en sesiones que se prolongaban. Era la lengua de mi mamá limpiándome y acicalándome; ¡con qué dedicación se pasaba horas uno a uno con todos mis hermanitos y conmigo! Entre limpiarnos y alimentarnos no tenía tiempo ni para ella por lo que en pocos días se quedó muy delgadita.

Éramos 6 hermanitos, todos arremolinados en la barriguita de mamá. Había que coger el mejor lugar cuando llegaba la hora de la toma, además de que así manteníamos el calor pues hacía frío. Ni qué decir tiene que era toda una odisea, estaba el más tragón que nos pisoteaba a los demás con tal de coger la mama más rellenita o la más quejica que chillaba antes de que la tocaran para que mamá nos regañase y pudiese elegir sin estorbos. Yo me conformaba con el lugar que me tocaba o quedaba, lo que más me gustaba era lo que venía después:  mamá –con mucha delicadeza y dedicación- nos cogía uno a uno de forma cuidadosa con su dentadura de nuestro cuellecito para acercarnos a su regazo y poder lamernos con esmero.

Recuerdo que cuanto tocaba limpieza de orejitas me hacía unas cosquillas que no podía soportar y comenzaba a moverlas muy rápido; los ojitos era otra parte donde se centraba, una y otra vez pasaba su lengua quitándonos las lagañas secas y la mucosidad acumulada que a veces hacían que despertáramos con los párpados pegados. Después pasaba a limpiar los costados y por fin venía el momento pancha, me pasaba su gran lengua de arriba hacia abajo y de un lado al otro lo que me provocaba unas cosquillitas agradables, además de sentir como algo se movía en el interior señal de que el masaje surtía su efecto. Con todo esto lucíamos bien gorditos y limpitos.

Al principio era un no parar, una toma se juntaba con la sesión de acicalamiento y masaje y volvíamos a empezar con la siguiente toma. Según pasaban los días las sesiones se iban espaciando y entre toma y toma -con el acicalamiento incluido- ya quedaba un espacio para que mamá descansara un poquito y nosotros empezáramos a juguetear unos con otros.

Cuando pude abrir los ojos vi lo guapa que era, un mismo color le recorría todo el cuerpo que era musculoso y estilizado. Un pelaje espeso y largo la hacía más elegante y señorial, incluso el tono gris azulado tenía reflejos plateados. Sus mofletes eran pronunciados haciendo que sus bigotes parecieran más largos de lo que eran pues le daban un aire de elegancia sin igual. Su carácter era cariñoso, juguetón, tranquilo y dulce. Había elegido a la humana adulta de dueña y en cuanto tenía un poquito de tiempo la seguía por toda la casa rascándose con sus piernas. Pero en cuanto aparecían humanos desconocidos volvía a ocultarse.  Tiempo después supe que mamá pertenecía a ‘la raza azul ruso’, una de las más antiguas. Huelga decir que yo no sabía distinguir ninguna raza, los veía a todos iguales, solo diferenciaba entre machos y hembras.

Estaba en un lugar cómodo y calentito gracias a unos seres a los que mamá llamaba ‘humanos’. Los había de varias edades; los más pequeños se pasaban horas mirándonos, observándonos y toqueteándonos, nos ponían en su pecho, nos metían en sus cacharros, nos paseaban por todos sitios y después cuando se cansaban nos dejaban bien mareados a punto de devolver lo comido, mamá bufaba intentando que nos dejaran tranquilitos y reposáramos bien la comida. Los humanos mayores eran menos impulsivos, se nos acercaban, susurraban sonidos que yo no entendía y al mirarme a mí el tono se volvía frío y distante.  Después entendería el por qué.

Poco tiempo pasó hasta conocer lo que es el sufrimiento y la muerte aunque huelga decir que mi joven cabecita no lo entendió del todo. Uno de mis hermanitos, el más débil y delgadito dejó de comer y de jugar con nosotros. Apenas se movía. Yo me acercaba a él rozando mi cabecita con la suya para que se animara pero no surtía ningún efecto. A las pocas horas mamá empezó a lamerlo con mucho esmero sollozando. No sabíamos qué pasaba, intuíamos que no era bueno así que el resto de hermanitos intentámos animarla sin éxito alguno; ella no podía dejar de acariciar el cuerpecito inmóvil de nuestro hermanito derramando un mar de lágrimas y diciéndole ‘adiós mi pequeñín’ ‘siento que tu vida haya sido tan corta’ ‘te llevaré siempre en mi corazón’ ‘descansa en paz’. Al escuchar los maullidos de dolor de mamá vinieron los humanos a ver qué ocurría, cuando percibieron que mi hermanito no se movía lo cogieron le miraron por todos lados emitieron sonidos fríos moviendo la cabeza de un lado a otro y se lo llevaron. Pregunté a mamá dónde lo llevaban y me contestó que iba a cruzar el arcoíris, cosa que no entendí.

Nosotros –los peques- seguíamos ajenos al dolor jugueteando y comiendo a todas horas además de echarnos unas siestas bien largas. Entre comer, dormir y las sesiones de acicalamiento que nos seguía dando mamá teníamos todo el tiempo ocupado. ¡Eso sí que era vida! Los juegos habitualmente terminaban con la intervención de mamá porque el hermano más tragón y corpulento  siempre imponía su fuerza sobre el resto al que solo le quedaba la opción de maullar fuerte y rápido para que mamá lo regañara librándonos de esa situación. Cuando ella se daba la vuelta aprovechábamos lanzándonos todos sobre él devolviéndole los mordiscos y zarpazos que nos había dado antes. Los juegos entre nosotras eran más livianos, giraban en torno a aprender a lamernos igual que mamá y a intentar cogernos con la boca de la misma forma que ella hacía. Al verla perfecta intentábamos copiar todo a pesar de que pocas veces lográbamos que se pareciera remotamente.

CAPÍTULO 2: PRIMERAS LECCIONES

Mamá siempre aprovechaba el tiempo en que estábamos alimentándonos para darnos instrucciones y prepararnos para lo que vendría después, sin embargo nosotros preferíamos relajarnos apretando la mama con nuestras patitas e ingerir un buen trago de leche que prestar atención a sus discursos interminables. Ella sabía que era vital dárnoslos debido a que el tiempo corría en nuestra contra y según fuéramos creciendo, madurando y experimentando los íbamos a necesitar. A pesar de que no entendíamos nada ahora.

Las lecciones de mamá se sucedían una detrás de la otra. Decía: ‘de lo malo también se aprende’; ¿lo malo? si a ella la trataban como una reina en un hogar en el que todos la querían y respetaban. Tenía alimento de calidad. Un lugar muy confortable donde poder descansar –aunque ella elegía el que le apetecía-, sesiones de acicalamiento, belleza y todo lo que necesitara;  y a nosotros con ella no nos faltaba de nada. Sin embargo poco tiempo después descubrí la razón. Un día mamá nos puso a todos en fila;  nos dijo que nos observáramos unos a otros y después le dijéramos las diferencias que veíamos entre nosotros. Cuanto más miraba a mis hermanitos  más iguales les veía: al ser la más impulsiva contesté la primera: ‘mamá yo veo que todos tenemos cuatro patitas, dos orejitas, dos ojitos, unos cuantos bigotitos….. ¡ah, ya lo sé, yo tengo el rabito más largo!’ ‘Observa mejor’ me dijo. Seguía esforzándome por ver esas supuestas diferencias que ella quería que viese pero no las encontraba. Hasta que una de mis hermanitas dijo ‘ella –refiriéndose a mí– tiene el pelo de colores. ‘¡Anda tonta! ¿qué tendrá que ver eso?’ repliqué.  ‘Mucho’ dijo mamá. ‘Te hace diferente del resto de tus hermanitos. Eso no está bien visto entre los humanos que buscan gatos de nuestra raza y te traerá problemas’ contestó mamá. ‘¿Raza? ¿Problemas?’ pregunté. Mamá pasó a explicarme: ‘La raza es un grupo de seres vivos que tienen las mismas características: el pelo, la forma de la cabeza o del cuerpo, etc.,  y estas se transmiten de padres a hijos’.

‘Los humanos que nos cuidan lo hacen porque les gustan los gatos de esta raza en concreto. A mí me acicalan, cepillan, limpian, etc., para que luzca lo mejor posible en unos lugares donde nos exponen, si soy la más guapa les dan premios que colocan orgullosos en sus estanterías además de ganar algo llamado dinero con lo que adquieren cosas que necesitan o desean, ¿ves todas esas copas que hay ahí arriba en la pared? Pues esos son los premios que yo les he ayudado a ganar. Ellos se sienten orgullosos e incluso los enseñan a sus visitantes, les hacen creerse mejor; incluso otros de su entorno, piensan que tener un ser vivo de ‘pura raza’ les da algo que los demás no tienen. Y para ellos es una oportunidad de negocio haciéndonos parir y vendiendo nuestros cachorrillos, por eso si sale alguno diferente –igual que tú- lo rechazan, no lo quieren y se deshacen de él lo más rápido posible’.

‘Cuando ves que me meten en esa caja y me sacan de aquí, me llevan a un lugar en el que miran que mi salud esté bien y después me hacen una sesión de belleza lavándome el pelo, secándolo con un aparato que sopla aire caliente y cepillándolo hasta la saciedad quitando el pelo muerto y los enredones’. ‘¡Vaya vida que nos espera!’ dije yo interrumpiéndola, ‘sí esa vida les espera al resto de tus hermanitos, por desgracia a ti no’, ‘¿por qué no? ¿he hecho algo malo y me van a castigar?’ Pregunté. ‘No, no has hecho nada malo, la única razón es porque tu pelo no es el que lucimos los gatos de esta raza, ¿ves ahora que tus hermanitos y yo somos diferentes a ti?’ ‘Bueno, lo veo aunque no lo entiendo’ contesté. En mi cabecita no cabía algo tan nimio como el que por el color del pelo se llegase a discriminar a otros. Debido a que todavía no podía procesar bien toda la información pensé que mamá exageraba.

En otro momento mamá decidió volver con el tema y me dijo: ‘¿Has visto a los humanos pequeños señalar tus mechones de colores a los mayores?’ ‘Sí mamá’ ‘hasta para ellos eres diferente, lo que han visto en esta casa desde que yo estoy es que aquí solo se quedan los que son del mismo color; bueno se quedan hasta que ya pueden comer solitos y dejan de mamar. Vienen otros humanos y se los llevan muy ilusionados. En todos los años que llevo con ellos he visto a mis hijos ‘diferentes’ desaparecer antes de poder valerse solos y mi intuición me dice que tu vas a seguir ese mismo camino, ¡come todo lo que puedas, aliméntate mucho! dentro de poco te separarán de nosotros y conocerás lo que es el sufrimiento y el hambre. Ahí afuera impera la ley del más fuerte, la calle está llena de peligros y seres malvados que hacen todo tipo de fechorías’. Huelga decir que a pesar de no entender muy bien la gravedad de la situación ‘solo unos mechones’ mamá logró meterme el miedo en el cuerpecito y seguí sus instrucciones alimentándome todo lo que podía.  A partir de ese momento empecé a observar cada visita de los humanos –fueran mayores o pequeños- y a percibir lo que mamá me había estado avisando. Cuando los pequeños señalaban mis mechones los mayores hablaban en tono serio mientras que al ver a mis hermanitos su rostro se distendía hasta sonreir. Es más, algo que también pude notar en el momento en el que los pequeños iban a coger a algún hermanito mío es que los mayores les daban un aviso para que lo hicieran con cuidado, rápidamente se los quitaban de las manos y se los devolvían a mamá; cuando me cogían a mí no había ninguna señal de aviso y me tocaban, manoseaban, paseaban, jugaban y volteaban todo lo que les venía en gana, ¡así quedaba de cansada! Lo que antes veía como una señal de preferencia, -siempre era yo la que estaba con los humanos pequeños- ahora se había convertido en una señal de preocupación, miedo y hasta pánico. Las palabras de mamá daban vueltas continuamente en mi cabeza a la misma velocidad que me movía estando en las manos de los pequeñajos.

De repente ocurrió algo que me volvió a cambiar los esquemas. Uno de mis hermanitos –que era de raza según el criterio de mamá- tenía un ojito que le lagrimeaba, lo que le provocaba que después de dormir el párpado lo tuviera pegado y ella tuviera que lamerlo insistentemente para despegarlo. Por más que intentaba curárselo, el ojito parecía crecer y crecer. Mamá se esforzaba en ocultarlo cuando los humanos venían a vernos, un día que decidieron coger a mis hermanitos uno a uno observándoles, vieron que algo no iba bien en su ojito. Pusieron rostro serio, susurraron fríamente y se fueron llevándoselo rápidamente. Mamá rompió a llorar desconsoladamente. No había lametón que la consolase, solo repetía una y otra vez: ‘No es justo, es un ser vivo igual que los demás, tiene derecho a la vida, es mi hijo, ¿le haríais eso a uno de vuestros cachorros?’

Cuando se calmó decidió ampliarme la lección, me dijo: ‘¿Has visto lo que han hecho los humanos?’ Yo la dije, ‘sí mamá, se lo han llevado a un lugar mejor, él si que tendrá una familia que lo querrá porque es de raza ¿no?’. Ella me explicó: ‘No hija no, el ojito de tu hermanito se ha hinchado debido a una enfermedad que muchos de nosotros pasamos al ser pequeños, hay que tener cuidado debido a que se puede contagiar entre chiquitines, pero si se vigila no es mortal y se cura’. ‘Entonces’ -repliqué yo- ‘¿por qué se lo han llevado?’ ‘Ha sido por la misma razón que un día te llevarán a ti, los humanos que vienen alegres a llevarse al resto de tus hermanitos solo buscan gatitos sanos y de pura raza, los que tienen algún defecto como tu hermanito que le iba a quedar el ojito un poco diferente o tu que tienes el pelo lleno de mechones de colores no los quieren’. ‘¿Por qué a él tampoco si es de esa raza que dices?’ pregunté. ‘Consideran que ya tiene un defecto a pesar de que solo se le verá un ojito de un color diferente al otro. Estéticamente no serán iguales’, me contestó. ‘No lo entiendo mamá, repliqué’. ‘Hija, en este aspecto los humanos dejan mucho que desear. Entre ellos mismos se hacen todo tipo de desprecios y distinciones: la raza, el lugar de nacimiento,  el color de su piel,  el nivel de vida,  los estudios, el sexo, la discapacidad, etc. Cariño tu nunca desprecies a nadie por cosas de tan poca importancia’. ‘Mamá, no entiendo que se pueda despreciar a algún ser vivo por todo eso. ‘A ver cielo, los humanos son diferentes al igual que nosotros los felinos somos diferentes, unos son de piel blanca y otros de piel negra’, ‘¿solo por el color de su piel ya se desprecian?’ ‘Sí hija, por esa trivialidad. Además lo hacen con el lugar de nacimiento, se creen mejores los que han nacido en un lugar que lo han hecho en otro; ‘¿cómo? ¿solo por el lugar de nacimiento se desprecian?’ ‘Sí hija sí. Luego está el color de su piel, los hay que la tienen un poco más tostada que otros o que tienen pequeñas diferencias en la forma de sus ojos, boca o nariz’; ‘¡Mamá, es que despreciar a mis hermanitos porque tengan los bigotes más largos, las orejitas más puntiagudas, o el pelito de otro color no lo veo normal!’ ‘Hija yo tampoco, pero es así de raro. Hay más todavía, están los que se ven superiores debido a que tienen un nivel de vida alto’, ‘¿qué es eso?’ ‘Son los cacharros que pueden adquirir o la casa más grande que pueden tener. Además también se discriminan por los estudios que tengan; los humanos van a unos lugares donde aprenden y aprenden, cuantos más años se pasen aprendiendo más elevado creerán que es su nivel y más superiores se sentirán de los demás –aunque sean de su misma raza, lugar de nacimiento, etc.’ ‘O sea mamá que ¿cuanto más estudian más discriminan?’ ‘Parece contradictorio mi niña’. ‘¿De qué sirven tantos estudios si solo los divide más?’ ‘Bueno, eso le ocurre a la gran mayoría, aunque siempre hay una minoría que no se deja llevar por esas distinciones. Luego están los que discriminan a otros solo por su sexo, hay muchos machos humanos que piensan que las hembras son menos inteligentes, menos fuertes, etc., y las ven inferiores. Y como conclusión a esta lección están los que ven a los que tienen alguna parte de su cuerpo diferente debido a un accidente o una enfermedad –igual que el ojito de tu hermanito- inferiores’. ‘Mamá, creo que el mundo de los humanos es demasiado complicado, con lo sencillo que es el mundo gatuno’. ‘Tienes toda la razón cariño, tu nunca discrimines a nadie, todos somos seres vivos y merecemos la vida, el cariño y el respeto’.

Otra lección que nos enseñó mamá fue a compartir. ‘No tenéis que ser egoístas buscando la mama más llenita o el lugar más cómodo en mi regazo. En esta vida –por desgracia- las cosas no son fáciles a pesar de estar tan bien cuidados. ¿Creéis que es fácil aguantar las largas sesiones de acicalamientos a las que me someten con todo tipo de artilugios y productos con que me rocían el pelo para que luzca brillante y sano? ¿Pensáis que es fácil aguantar que me traigan a un ‘don juan’ que te han escogido, que me deje embarazada, parir cada poco tiempo y que los ‘dueños’ hagan negocio con unos hijos míos y a otros los abandonen simplemente porque no son como ellos quieren? Si mi vida cómoda no es fácil, la vida de los que son abandonados es muchísimo más difícil todavía. Nuestro instinto nos hace juntarnos en manadas o grupos en los que todos colaboran, se apoyan y se ayudan. Tenéis que aprender la generosidad que es el hacer a los demás lo que te gustaría que ellos te hicieran, hoy pueden necesitar ayuda ellos, mañana la necesitaréis vosotros y si no habéis compartido antes no esperéis que ellos compartan entonces’.

Algo que también nos enseñó es que a diferencia de los humanos que solo ven el exterior de los demás seres vivos y eso les lleva muchas veces a equivocarse, nosotros no nos fijamos en el exterior, si es alto o bajo, gordo o delgado, blanco o negro, guapo o feo, macho o hembra, si tiene una discapacidad o es normal. Nosotros vemos sus cualidades y podemos percibir si ese humano nos va a ayudar o por el contrario nos puede hacer daño, esto es parte de nuestro instinto y nunca nos falla. ‘Utilizad bien ese sentido y que os lleve a escoger bien al humano al que acercaros solo así os ahorraréis muchos desengaños, sufrimientos físicos y dolor emocional’ nos dijo.

CAPÍTULO 3: MALTRATO

En cierta ocasión mamá me explicó como satisfacen los humanos su deseo de tener ‘animales de raza pura’, las pieles de los seres vivos o lo que ellos llaman trofeos que no son otra cosa que animales difíciles de ver porque su hogar está en la otra parte del planeta y desean tener su cabeza colgada de la pared de sus casas. Al estar dispuestos a pagar mucho dinero por ese capricho otros humanos se aprovechan consiguiendo –por ambición- el máximo beneficio de ellos. He de decir que yo no sabía qué era eso del dinero pero debe de ser muy importante para llegar a hacer lo que algunos hacen solo por conseguir un puñado de esos papeles. Si lo que estos humanos utilizan para conseguirlos son seres vivos, esa ambición les lleva a no darles los cuidados necesarios sin importarles todo el daño que les infrinjan debido a que esa atención especializada cuesta ese dinero que tanto ambicionan. Me relató lo que una gata de raza la contó durante uno de esos certámenes en los que participaba, ella fue una víctima más pues nació allí:

 Verás ‘le dijo a mi mamá’, mis primeros recuerdos antes de abrir los ojos se reducen a oír el sonido de muchos pequeños –de diferentes razas y especies- pidiendo o suplicándole a sus respectivas madres y a los humanos gritando y chillando muy enfados; también muchos lamentos profundos a los que casi siempre precedían golpes. Cuando abrí los ojos, lo que vi me fue impactando cada vez más y me hizo entender el porqué de esos sonidos. Mamá, mis hermanitos y  yo estábamos en una jaula tan chiquita que nos impedía movernos por lo que mamá estaba tumbada del mismo lado y nosotros en su regazo. Aquel lugar era una gran estructura muy vieja y decrépita, mal ventilada, mal iluminada y sobre todo mal –muy mal- higienizada. Se mezclaban los olores que –con el tiempo- he podido ir distinguiendo: el olor de partos recientes y los restos que dejan, el olor de los excrementos acumulados, el olor de heridas infectadas que supuraban y………… el temible olor del que emprende su viaje a cruzar el arcoíris no solo por descomposición sino también por escaldado. Aquel lugar era demasiado frío para que pudieran estar mamás recién paridas y sus chiquitines, tristemente la desgracia de la muerte recorría cada jaula no una, sino varias veces en una misma camada.

Con una higiene nula, los cuerpecitos inertes de los pequeñines –o a veces de la mamá y los pequeñines debido a la desatención- allí se quedaban días junto a los de otros seres vivos a los que les quitaban algo que ellos consideraban valioso, su piel . Cuando ya no se podía soportar más el hedor un humano venía con un cubo y los echaba allí sin control ni cuidado, luego lo vaciaba en un contenedor donde tiraban el resto de basuras. Ese era su triste fin. Con tanta falta de limpieza y cuidados especializados la enfermedad campaba a sus anchas, era demasiado extraño ver una camada entera sobrevivir de la misma manera que era más raro todavía ver a un humano de la bata verde atender a los enfermos o las mamás. Las enfermedades contagiosas causaban muchísimos estragos, a veces dejaban aquel lugar vacío de pequeñines. Y los que lograban sobrevivir con alguna secuela corrían la misma suerte que los que fallecían pues iban a parar al mismo cubo……

Aquel lugar era un centro al que llegaban otras crías de seres vivos diferentes. Mientras estuve allí recluida pude ir conociendo a muchos ya que mi jaula estaba situada muy cerca del lugar donde les ponías a ellos el corto tiempo que permanecían allí.

Una vez pude comunicarme con una que llegó sola. La vi muy triste y decidí preguntarla qué la ocurría, me contó que su mamá era una gorila y la habían hecho cruzar el arcoíris porque los humanos utilizan sus manos de adornos en sus casas y su carne es muy apreciada por los poderosos con dinero. Yo me quedé helada y la pregunté cómo era posible. Ella me dijo que en el lugar del que procedía está prohibido matarles o llevárselos con el objetivo de venderlos pero que hay humanos que están dispuestos a todo con tal de conseguir eso a lo que llaman ‘trofeo’. Y debido a que las crías son muy valiosas a ella la capturaron y la trasladaron en lugares ocultos pinchándola algo que la hacía dormir. Estaba claro que era una víctima más de la ambición de algunos. A pesar de todo lo que había sufrido en su corta vida intenté animarla durante el poco tiempo que coincidimos. Unos días más tarde la volvieron a pinchar, la ocultaron en una caja con un asa que se cerraba y que tenía ruedas y se la llevaron muy contentos.

Más adelante trajeron otra cría, esta era bastante más grandecita, la pregunté y me dijo que su mamá era una osa y que donde vivían los humanos tenían la extraña creencia de que si se bebían un líquido que tienen dentro de la barriga llamado bilis iban a tener una mejor salud. Como mamá sabía lo que la esperaba a ella y a mí (primero la amputación de los colmillos y las uñas quitándonos toda defensa  y luego estar en una jaula sin posibilidad de movimiento con un tubo metido dentro del vientre día y noche para conseguir ese líquido), intentó con todas sus fuerzas liberarse. No lo consiguió, la apuntaron con unas cosas que los humanos a veces llevan en las manos, se oyeron tres ruidos ensordecedores y mamá cayó desplomada. Yo me tiré encima de ella gritándola pero lo único que pudo decirme fue: ‘Cuídate mi pequeña, sé fuerte y aléjate en cuanto puedas de esos seres diabólicos, te usarán y cuando no sirvas te matarán’, y cerrando los ojos dejó de respirar. Después de eso a mí me cogieron y me metieron en una jaula pequeña. Me tuvieron semanas enseñándome a hacer cosas a base de crueldad, maltrato, palos y sangre hasta que las he aprendido a hacer cuando ellos quieren. ‘¿Sangre?’ la pregunté, sí porque me han arrancado los dientes y me han perforado la nariz esta es la manera en que me muestran quienes son los que mandan y que sepa lo que me ocurrirá si no obedezco. ‘¿Toda esa maldad por qué?’ pregunté, ahora me llevarán a lugares llamados circos a alegrar a otros humanos que se creen que yo lo hago por mi instinto o que soy así, no miran lo que verdaderamente hay detrás de esas exhibiciones. Si eso se lo hicieran a alguno de sus cachorros esto seguro que se terminaba. Pocos días después la hicieron lo mismo que a la gorila cachorra y se la llevaron.

Llegaron unos seres vivos que eran muy chiquititos todos hermanitos de una misma camada. Me dijeron que les habían metido en lo que los humanos llaman equipaje, dormidos con una sustancia que es la que utilizan para dormir a otros seres vivos muchísimo más grandes que ellos, los caballos. Ellas eran nutrias, pueden vivir en el agua y en la tierra. Tenían una carita muy alegre a pesar del mucho sufrimiento que llevaban en sus pequeñas espaldas. Con lo duras que eran las condiciones en las que viajan algunas habían muerto y ellas estaban muy débiles. Me explicaron que las capturaban porque su piel es muy deseada entre algunas humanas con dinero y que otras tienen la extraña creencia que les ‘da prestigio’ el tenerlas de mascotas encerradas en jaulas toda su vida. A los pocos días se repitió la misma secuencia que con los anteriores y se las llevaron.

Otro de los cachorros raros que llegó a aquel lugar infernal fue uno que se parecía a nosotros aunque bastante más grande, ¡era un cachorro y abultaba más que nuestros adultos! Le pregunté y me dijo que era de una rara especie de tigre de los que solo hay algunos en todo el planeta; ‘¿por qué solo sois unos pocos? ¿por culpa de alguna enfermedad que ha matado al resto?’ No, los humanos nos han estado cazando y matando por varios motivos: para quitarnos nuestra piel y que la luzcan sus familiares, lucirla de alfombra en el suelo o colgar nuestra cabeza de trofeo en sus paredes. ‘¿Tanta maldad puede tener el ser humano? ‘Eso no es nada’ me contestó. ‘A mí me han capturado para llevarme a la casa de alguien que tiene el capricho de exhibirme ante sus amistades como una ‘mascota’ rara; dentro de lo malo estaré en una gran jaula solo y sin compañía de mis iguales toda mi vida. Me asaltó una duda: ‘¿no hay humanos buenos que os defiendan?’ Él me dijo que sí que los había y que muchos al intentar ayudarles se habían encontrado que los que están detrás de toda esta maldad son muy poderosos llegando a ser víctimas también de esa misma maldad por intentar ayudarles. Había escuchado como a una pareja de humanos, muy conocida, que se dedica a ayudar a los seres vivos, había conseguido quitarles otro cachorro similar a él y devolverlo  a su hogar. Los poderosos les habían fastidiado bien la vida separando a la humana de sus cachorros y su pareja y metiéndola en una jaula donde se meten a los humanos que hacen cosas malas, ‘¿y cómo lo han logrado si lo único que quería es ayudar y hacer el bien a un ser vivo?’ pregunté yo; ‘con la ayuda de otros humanos influyentes, mentiras, engaños y falsedades. Todo les vale a esos ‘inhumanos’ con tal de salirse con la suya o vengarse de los que intentan pararles los pies y ayudar a sus víctimas’.

Había otros que tenían unas orejitas puntiagudas largas y un pelo blanco precioso. Les pregunté y me dijeron que eran conejos. Tenían zonas de su cuerpo en las que les faltaba el pelo y al preguntarles me contaron que a ellos no les llevaban a ningún lugar. ‘¿Por qué estáis aquí?’ pregunté, ‘nos quitan nuestro pelo y hacen prendas de vestir para que los humanos puedan abrigarse y presumir de ellas’. ‘¿Os lo cortan cada vez que crece?’ pregunté, ¡Ojala! Eso sería una caricia comparado con lo que nos hacen, nos lo arrancan a lo vivo, y si sobrevivimos cuando vuelve a crecer nos lo vuelven a arrancar de la misma manera. ‘¡Eso debe de ser horrendo!’ dije, ¡sí, horrendo y dolorosísimo la mayoría mueren a causa del dolor que les provocan innecesariamente! Me contestaron.

Otro grupo eran los visones,  ellos también estaban allí porque su piel les da mucho dinero a esos humanos. Les atontan con un gas y estando vivos les rompen el cuello. Lo más triste es que algunos estando aún vivos les arrancan la piel. ‘¿Por qué tanta crueldad?’ solté de rabia. Las hembras humanas piensan que llevar un abrigo hecho de nuestra piel les da más clase y elegancia. No quieren saber que ese abrigo está manchado de sangre y sufrimiento tremendo, un solo abrigo provoca la atroz agonía de 60 hembras de visón.

Un día vi a unos seres diferentes a los que había visto hasta entonces, me dijeron que eran Mapaches asiáticos y que su piel era muy parecida a la del zorro, yo no podía ya con tanta atrocidad, cuando me contaron cómo les hacían sufrir a ellos ya no pude más y comencé a llorar descontroladamente sin poder parar. ¡Los pegan hasta dejarlos aturdidos y aún vivos les despellejan porque así la piel sale mejor! ¡Mueren en una agonía terrible! ‘¿Estos humanos han probado estas técnicas con ellos? ¡Si lo probaran seguro que no se lo hacían a ningún ser vivo nunca más!’ comenté. Tiempo después me enteré de que la historia del hombre está plagada de maltrato, violación y tortura con todos los artilugios imaginables, solo por ser o pensar diferente.

Aún otros me contaron que con el objetivo de entrenar a los soldados humanos (que son los que se pelean en las guerras que tienen entre ellos),  para que puedan hacer que más congéneres viajen al arcoíris  y  su conciencia no les diga que están obrando mal utilizan les utilizan como víctimas en sus prácticas, cuantos más ‘animales’ maten más inmunizados estarán al matar después a sus iguales. También nos usan para probar los artilugios que usan en esas guerras y que sean más mortales y hagan daño al mayor número de humanos. Inventan un artefacto que explota, ponen a un montón de los nuestros allí y ven cuántos viajan al arcoíris en la explosión.

No solo los soldados humanos nos utilizan de experimento, las empresas que desean fabricar algún producto del cuidado de su piel, de su hogar,  maquillaje, etc., solo tienen que probarlos con nosotros haciéndonos las mil y una perrerías. Nos meten líquidos en los ojos, nos arrancan parte del pelo untándonos cremas en la piel a ver si se nos hacen heridas. Incluso nos hacen respirar toda clase de humo. Luego están los temidos laboratorios en los que prueban los remedios a sus enfermedades metiéndonos todo tipo de bichitos, provocándonos enfermedades y luego probando potingues a ver si se cura y la reacción que provoca. Y si es necesario nos abren en canal viendo lo qué sucede dentro de nuestro cuerpecito sin necesidad de habernos hecho viajar al arcoíris antes.

Era tan variada la cantidad de especies que aquello parecía un arca de Noé ¡pero de los horrores!. De las que más había –con diferencia- era de gatos y perros de todas las razas. Pude ver que a ellos les ocurría lo mismo que a nosotros los gatos, unos eran criados –en condiciones pésimas- para la venta de cachorros con pedigrí –que es como lo denominan ellos- Habitualmente entraban unas cajas grandes que dentro contenían unas veces perros y otras gatos todos ellos adultos. Los descargaban, los conducían a otra nave donde empezaban los lamentos y quejidos fuertes y profundos a los que seguía el temible olor a escaldado. Un día un perrito se escabulló de entre el grupo y vino a esconderse debajo de nuestra jaulita, yo –como soy tan curiosa- le pregunté y me contó que la mayoría de ellos eran perros o de la calle o con dueño que  se los habían cogido sin su consentimiento y los habían traído aquí. El viaje había sido infernal en esas jaulas atestadas, sucias, sin agua ni comida y que muchos habían cruzado el arcoíris aunque al parecer eso no les importaba porque de lo que se aseguraban era si la piel estaba bien o tenía cicatrices. Le comenté lo que veía que ocurría desde que llegaba cada cargamento pues era la misma secuencia de hechos y él me dijo que ya le habían advertido de que esos humanos ‘inhumanos’ se dedican a quitarles la piel y venderla por la ambición de ganar mucho dinero.

Ya llevaba un tiempo en aquel campo de exterminio y maltrato y había observado donde estaban situados los agujeros por los que escapar si veía la oportunidad.  Le indiqué la salida además de informarle de todo lo que aquí se hacía para que lo contara fuera a todos con los que se cruzara. Siguió mis instrucciones y pudo escapar sin que se dieran cuenta los humanos.

Todo esto ya era muchísimo más de lo que yo podía entender –aunque no haya razón posible que justifique tanta maldad y ensañamiento-  pero había más, mucho más, que iría escuchando y oyendo de sus propias víctimas.

Crecí y llegó el temido momento de la separación de mamá y el largo viaje al comercio. Me sacaron de la jaula y me metieron en otra similar en la que éramos muchos más cachorrillos. Estábamos hacinados, no podíamos ni movernos y como hacía mucho frío estábamos congelados. Aquel lugar era mucho más pequeño que lo que había sido mi hogar hasta ahora, las paredes eran de una tela gruesa que se cimbreaba según soplara el viento gélido. En un momento que pude mirar a través de uno de los agujeros que tenía esa tela lo que vi estaba cubierto por un manto blanco pero no sabía lo que era ni donde me encontraba. Seguían entrando jaulas repletas de más pequeños de todas las razas y especies variadas. El silencio era sepulcral pues no sabíamos a qué lugar nos iban a llevar ni qué sería de nosotros. Cuando aquel pequeño habitáculo se llenó de jaulas repletas, empezó a moverse y cogió velocidad. Los golpeteos y movimientos eran continuos lo que provocó en más de uno un mareo tal que los vómitos se esparcían por doquier. La tela que nos tapaba tenía agujeros y entraba mucho frío por todos lados. No tardaron en aparecer los primeros estornudos a los que siguieron poco a poco los malestares y las fiebres.

Pasaban las horas y aquello no paraba. Teníamos hambre, sed y frío. Algunos ya habían enfermado y la situación se complicaba por momentos. Por fin aquél cajón paró de su traqueteo. Abrieron las puertas y empezaron a mirar cada jaula. Sacaban a los que era evidente que estaban enfermos y los metían en un cubo grande que me recordó el del lugar donde nací ¡un escalofrío recorrió toda mi espalda!, ‘¿los estarán tirando a la basura?’ Era evidente que solo los sanos se quedaban.  Nos fueron introduciendo en otro habitáculo, este no iba con tela sino que llevaba algo rígido en las paredes, ‘¡por lo menos no pasará el frío!’ pensé. La cosa no mejoraba, esta vez nos fueron pinchando a todos para que cayéramos en un sueño profundo, al llegar a mí alguien llamó al humano y le distrajo pasando al siguiente. Gracias a ese despiste pude estar atenta a todo lo que ocurría y la duración del viaje.

Los cambios de caja se fueron sucediendo y como todos iban dormidos miraban a ver si su vientre se movía para saber si respiraba o había muerto debido al hacinamiento o la enfermedad. La imagen volvía a repetirse, el cubo y después el contenedor de basuras. La comida y el agua no se veían y mi debilidad aumentó.

De repente la caja se paró. Abrieron las puertas y la luz me cegó la vista por unos instantes, escuchaba a unos humanos gritar a otros, no sabía lo que ocurría. Cuando pude ver bien el número de humanos era tremendo: los que nos habían estado cambiando de cajas, unos con uniforme que eran los que les gritaban y detrás había otras humanas que tenían en sus manos guantes. Comenzaron a sacar jaulas y a cada cachorrillo. Dos humanas de bata verde iban con un aparato en las orejas escuchando la barriguita de cada uno, si respiraba o había dejado de hacerlo. Si lo hacía se lo pasaba a otras que directamente le pinchaban con una aguja un líquido transparente y si no lo metían en una cajita y la cerraban. Así hicieron con todos hasta que llegaron a mí. Al percatarse de que no dormía empezaron a hablar más rápido, trajeron un cacharrito con agua, ¡no paré en bastante rato de la sed que tenía! Después me trajeron otro cacharrito con una comidita blanda buenísima, ¡tenía tanta hambre que lo devoré en un abrir y cerrar de ojos!. Noté que mientras yo bebía y comía la humana que me sostenía no paraba de pasar su mano por mi espalda, no sabía lo que significaba aunque me pareció que era una buena señal porque me gustaba. Cuando terminé quedé tan exhausta que me metió en otra jaulita esta vez sola y me tapó con un trapito para que no pasara frío.

Caí rendida gracias al atracón y el cansancio de todo el traqueteo que nos habían dado. Al despertar me encontré en un lugar donde estábamos todos los sobrevivientes del viaje infernal. Aquél lugar era mucho más acogedor a pesar de la sencillez, creo que lo que lo hacía acogedor era el ambiente, se notaba que se preocupaban por nosotros pues a cada momento venían y nos colmaban de caricias y sonidos agradables además de tener más espacio y disfrutar de comida decente y agua limpita, sin olvidar la atención especializada de nuestra salud.

Poco a poco fui descubriendo que ese lugar era un refugio que ayudaba a  seres vivos, a recuperar su salud y a encontrar un hogar en el que vivir decentemente. Allí no estábamos solo los que habíamos sido rescatados de aquel viaje infernal, había un gran numero de rescatados de especies diferentes. Unos eran bastante grandes, parecían perros gigantes. Le pregunté al que tenía más cerca y me dijo que eran caballos, yo no sabía nada de ellos y me dio una explicación. Me dijo que desde siempre habían estado al lado de los humanos ayudándoles en sus tareas laborales cotidianas. Los hay de muchos tamaños, colores, y de pura raza. ‘Además de ayudar en las tareas domésticas nos han utilizado en carreras y en muchas competiciones deportivas que practican. Los de raza pura somos usados de sementales, se paga muy caro una monta de un caballo así. Requerimos de unos cuidados y un lugar amplio llamado caballerizas donde dormir y poder estar tumbados cuando estamos descansando o convalecientes’ me contó. ‘El que los humanos tengan caballos de raza es símbolo de prestigio y poder. Por uno de ellos se llegan a pagar cantidades elevadísimas de dinero de ahí que solo nos puedan tener los poderosos y ricos. Como nada es eterno, ha habido poderosos que han perdido todo el dinero y han tenido que abandonar todas las cosas que tenían incluidos nosotros los caballos. Su aprecio era solo por el prestigio que les dábamos delante de sus congéneres. Nadie se hacía cargo de todo lo que había allí y de nosotros menos. Se nos fueron terminando las provisiones de cereales y la comida se acabó. Mis compañeros équidos comenzaron a rascar la pared con sus patas y comerse la cal que las enlucía. Hasta que se acabó y ellos se fueron apagando e iniciaron el viaje al arcoíris. Yo aguanté como pude aunque estaba en las últimas. Comencé a sentir que la poca fuerza que me quedaba empezaba a salir de mi cuerpo y a abandonarme, pensé que era el final así que cerré los ojos’ siguió.

‘No se cuanto tiempo estuve inconsciente, me despertaron unas caricias y unos susurros de una humana en mi oreja. Concluí ‘ya lo he cruzado y debo de estar en el paraíso de los seres vivos, aquí nos respetarán y cuidarán’. De golpe sentí un fuerte pinchazo en una de mis patas delanteras que me hizo abrir un ojo y mirar. Vi varias personas alrededor mío con artilugios. Al principio me asusté pero la humana seguía acariciándome y susurrándome cosa que me tranquilizó. Otra se encargaba de lo que me habían pinchado en la pata y otras comprobaban si se podía ayudar a mis compañeros, aunque por su tono intuí que ya era tarde’ continuó. Volví a abrir un ojo y vi a la humana mirándome fijamente, al ver que yo la miraba acercó su cara susurrándome a la vez que me seguía acariciando el morro y el cuello, además me dio un beso con sus labios ¡hacía tanto tiempo que no sentía una muestra de cariño así! ¡Estos sí que eran humanos ‘humanos’!’ comentó.

‘Debido a que estaba muy débil y no podía siquiera hacer el intento de levantarme, movilizaron un camión parecido a los que nos trasladaban a las competiciones y me trajeron aquí para atenderme y vigilarme todo el día. Con tantas muestras de cariño y atención la mejoría ha sido más rápida de lo esperado y muy pronto podré trasladarme a las caballerizas con los demás compañeros equinos. Por suerte aquí los humanos que vienen a adoptar algún ser vivo son muy solidarios y buscan darnos una segunda oportunidad de vida mejor, no simplemente objetos de prestigio como mis anteriores amos o de semental para perpetuar la ‘raza pura’. Nos querrán y respetarán igual que otro miembro más de la familia’ terminó. Esta es la historia que me contó el caballo que estuvo junto a mí en la enfermería del refugio mientras estábamos convalecientes recibiendo tratamiento.

Pasaron los días y empezaron a venir humanos grandes y pequeños con el objetivo de “darnos una verdadera familia” y se fueron llevando a mis compañeritos del viaje infernal. Me llegó el turno a mí y gracias a todos los humanos buenos que se cruzaron en mi camino puedo hoy disfrutar de una vida cómoda y una familia humana que me adora.

Quizás te preguntes por qué estoy en estos concursos si solo son un escaparate donde lucir seres vivos de razas puras, contactar con otros propietarios con el propósito de concertar embarazos y ver quién tiene el más espectacular o raro; verás, mis compañeros humanos averiguaron que soy de raza pura y por lo visto poseo alguna característica rara de encontrar y muy apreciada en estos certámenes por lo que han decidido hacerme participar en ellos por dos razones: primero dar a conocer mi historia y que se conozca que el negocio del tráfico de seres vivos de raza que está lleno de maltrato y segundo dedicar ese dinero que ganan a ayudar a los refugios que se cuidan de los abandonados o rescatados –como al que fui a parar yo y de allí me adoptaron- porque los gastos son muchos y las ayudas escasas. Esta fue la historia que me contó la gatita en un concurso en el que coincidimos, terminó mamá.  Ella agradeció tanto esta experiencia que no perdía la oportunidad de compartirla con todos los pequeñines que iba criando ‘para que abran los ojos y estén bien atentos a todo lo que sucede a su alrededor’ me dijo.

Mamá también me contó que había humanos que hasta se divertían con los demás seres vivos, yo me alegré pensando que eso era bueno pero ella me dijo: ‘¿Por qué te alegras del sufrimiento ajeno?’ ¿Sufrimiento? Pregunté, ‘Sí, se divierten a costa del sufrimiento de los demás seres vivos. Tienen fiestas en las que los utilizan en sus diversiones hasta el extremo de provocarles mucho dolor y la muerte y las llaman ‘la fiesta nacional’, donde la gente ovaciona al humano que ataca y provoca al ser vivo y luego lo va matando poco a poco, en otros se nos utiliza de comida en fiestas, en otros se nos mata de regalo a cierto ser superior y en otros por simple tradición’.

No creas que es solo a nosotros a los que nos hacen estas barbaridades, todas las especies sin excepción están sufriendo este atropello y masacre. Todos los seres vivos raros o poco comunes son el objetivo de cazadores furtivos porque  humanos ricos pagan mucho dinero con tal de conseguir su cabeza y luego colgarla en la pared de sus grandes casas. Los elefantes son masacrados por sus colmillos, les encantan lucirlos en sus paredes o labrados de figuras. Muchos por sus pieles o son criados en criaderos –similar al que te acabo de contar en el que estuvo esa gatita- o directamente los matan en su hábitat y no tienen contemplaciones, ¡incluso a golpes! ‘¿Cómo pueden ser tan crueles mamá?’ pregunté. Se les ha educado así desde cachorrillos. No se les ha enseñado el respeto a los demás aunque no sean de su misma especie, han visto a sus progenitores disfrutar con la violencia y ellos han seguido el ejemplo no mostrando ni el más mínimo respeto por la vida ajena.

CAPÍTULO 4: EL ABANDONO

No pasaron muchos días cuando vino el humano mayor y me arrebató del regazo de mi mamá. Yo no sabía lo que ocurría, era tarde y no se veía nada. Durante un tiempo estuve en un lugar en el que me movía mucho. Poco después empecé a sentir frío y hambre. Al tranquilizarse todo llamé a mamá pensando que estaría cerca, no vino. Intenté moverme pero una cosa transparente me cubría todo el cuerpo impidiéndome cualquier movimiento además de estar asfixiándome. Traté con todas mis fuerzas deshacerme de esa envoltura pero cuanto más lo intentaba más me cansaba. Las fuerzas comenzaron a fallarme. Necesitaba los cuidados de mamá urgentemente si quería seguir viva. Lo único claro es que me había llegado el momento de la separación de ella. ¿Por qué razón? Ah, porque mi pelaje era diferente. Entonces todas las charlas que me había dado pasaron rápidamente por mi mente. Había llegado el momento del abandono, ¿dónde estaba? ¿quién me ayudaría? ¿qué sería de mí ahora?

Maullé tan fuerte como pude hasta que las fuerzas me abandonaron, no hubo respuesta, sentí que era el final. Noté que me elevaba y que una brisa fría recorría todo mi cuerpecito; ‘¿habré ’traspasado el arcoíris’ que mamá mencionó cuando nuestro hermanito falleció?’ Era lo más probable, hasta comencé a escuchar esos sonidos que emitían los humanos que me sonaban a música celestial. Eran agradables e iban acompañados de caricias parecidas a los lengüetazos maternales. Me costó un gran esfuerzo abrir los ojitos y comprobar que era una humana. Recordé todas las advertencias de mamá sobre ellos; un escalofrío recorrió todo mi cuerpecito pero no podía moverme por las pocas energías que me quedaban. A pesar de ello mi cabecita no paraba, ¿será una de esas humanas que no han aprendido a querer y respetar a los seres vivos? ¿qué me hará ahora? ¿Me despellejará y usará mi piel para fabricar un peluche con el que se entretenga su cachorro? ¿Voy a ser su cena? ¿Me va a torturar como diversión?

Me llevó a su casa donde empezó a hablar a través de un artilugio que tenía en la oreja en tono preocupado. Yo seguía muy débil. A pesar de todas las preguntas que me daban vueltas en mi cabecita algo me hacía sentir que me encontraba junto a mi ángel de la guarda. Al momento se presentaron otros humanos, volvieron a emitir esos sonidos ininteligibles de tono agradable al verme, acompañados de suaves caricias. En poco tiempo empecé a recibir un líquido blanco parecido a la comida de mamá, me frotaron la barriguita con una cosa húmeda que imitaba su lengua limpiándome y ayudándome a digerir el alimento. Había dado con una humana solidaria, con conciencia, que se conmovió al verme abandonada y decidió ayudarme. Si mamá me viera ahora descansaría aliviada al saber que su niña ha caído en las mejores manos posibles.

La mujer se esforzaba en suplir a mamá dándome todos los cuidados necesarios y no dejaba ni un momento de atenderme, poco a poco me recuperé de la situación extrema en la que me abandonaron. Queriendo asegurarse de mi estado de salud; un día me metió en un bolso cerrado similar al que metían a mamá para  llevarla a sus sesiones de belleza; cuando me sacaron vi un humano vestido de color verde que empezó a tocarme por todos lados, me abrió la boca, me metió una cosa fría en el culito y terminó comunicándose con mi ángel de la guarda en tono agradable. ¡Ahora recuerdo que esto era lo que mamá llamaba su visita regular al que cuida su salud! Sentí que todo iba bien a pesar de estar malhumorada por el toqueteo al que me había sometido. Como necesitaba ingerir alimento y los masajitos que estimulaban mi tripita muy a menudo varios humanos tuvieron que turnarse las primeras semanas debido a que mi cuidadora y salvadora tenía muchas cosas importantes que hacer, ir a un lugar al que llamaban trabajo, atender la casa y al resto de compañeros que había allí y también ir a ayudar a otros compañeros que sobrevivían en las calles. Nunca me dejaron sola o desatendida.

CAPÍTULO 5: LA REALIDAD

En esa casa tan solidaria no era extraño que yo no fuera la única que estaba allí, encontré a compañeros más mayores que me contaron sus historias. Hablaban de lo difícil que es la vida en las calles, son lugares llenos de humanos, sin cobijos donde poder guarecerse y unas cosas que van a mucha velocidad. Todo aquello me asustó mucho, yo no creía que la vida pudiera ser tan complicada. Aunque recordé que lo repetía insistentemente mamá.

Zipi (el más mayor) llevaba años intentando sobrevivir entre esas cosas veloces. En invierno con el frío y la humedad no había otro lugar en el que pasar la noche calentito y resguardado que dentro de esos cacharros. En unos era más fácil guarecerse que en otros pero en todos había que tener mucho cuidado porque en cualquier momento podía ponerse a funcionar y todas sus piezas comenzaban a girar y moverse a mucha velocidad convirtiéndose en una trampa mortal. De hecho una de las veces su rabito quedó enganchado en una de esas piezas que se lo arrancó de cuajo. Salió como pudo aunque casi pierde la vida por la hemorragia y el intenso dolor que eso le provocó.

Además de huir de esos cacharros endemoniados también tenía que huir de los cachorros humanos debido a que a la gran mayoría de ellos, sus progenitores, no les habían enseñado el respeto a los demás seres vivos. Por esta causa había recibido numerosas patadas y hasta pedradas, dejándole  huesos mal soldados y frecuentes dolores. La época del año más peligrosa de esos cachorros es el verano, al no tener que ir a estudiar al colegio, se pasaban todo el día en la calle ingeniándose trastadas y gamberradas a cual más grave. Comparadas con esas salvajadas las trastadas que nos hacían a mis hermanitos y a mí los cachorros humanos cuando estaba con mamá eran bromitas y jugueteos, algunos de dudoso gusto y con algún dolorcillo, todo hay que decirlo.

Noa me contó que a ella la echaron de casa por culpa de la crisis, ‘¿crisis? ¿qué es la crisis?’ pregunté. Es un cambio en la vida de la gente. ‘¿Qué tipo de cambio?’ Un cambio a peor me contestó Noa. Es un cambio que les lleva a tener que desprenderse de todo gasto que vean innecesario. ‘¿Innecesario?’ pregunté, sí lo que ellos crean que menos falta les hace. Cada humano tiene una escala de valores o una lista de cosas importantes en la que se gasta el dinero que tiene, si ese dinero se reduce tienen que prescindir de lo que no esté en los primeros lugares. ‘Eso ¿qué tiene que ver con nosotros?’ pregunté, pues que algunos que tienen una mascota lo primero que está en su escala de valores es el divertirse, los vicios y disfrutar por delante de seguir compartiendo su vida con ese ser vivo. Entonces se convierte en un lastre que les impide tener el mismo dinero que gastar en sus distracciones habituales. Yo no entendí lo que eran esas cosas y Noa me explicó que los humanos cada vez dedican más tiempo y dinero al esparcimiento -salir de la rutina diaria- y a los vicios (el tabaco, alcohol, etc) cosas que solo hacen daño a uno mismo. ‘¿Como pueden ver más importante el perjudicarse o el salir de la rutina durante unas horas que el disfrutar de la compañía de su mascota?’ repliqué. ‘Es el orden que establecen de cosas, ahí demuestran lo insensibles, inhumanos y vacíos que están abandonando a un ser vivo que ha sido parte integrante de su familia’, me contestó.

O han de cambiarse de vivienda y –con la excusa de que en la nueva no les permiten animales de compañía- se llevan todas sus pertenencias y a ti te dejan en la calle sola y abandonada. ‘¿Por qué no nos dejan vivir en esas casas? pregunté’ Hay humanos que son muy indisciplinados y en vez de cuidar la propiedad ajena lo dejan todo lleno de basura y suciedad y si hay seres vivos más todavía. Aunque esto está cambiando; conocí en una visita rutinaria a los batas verdes a unas compañeras que las rescataron de la calle y fueron a vivir a un piso. Tiempo después el dueño del piso tuvo que meter a otros congéneres para que le ayudaran a pagar los gastos. En su escala de valores nuestras compañeras ocupaban el primer lugar, tenía clarísimo que los candidatos tendrían que convivir con ellas. El único requisito que les puso fue que las cuidaran igual que si fueran suyas, aunque él les suministraría todo lo ellas necesitaran: la comida, el agua y la atención veterinaria. La convivencia –transcurridos los años- fue muy satisfactoria para ambas partes. ¡Incluso el dueño les rebajó el precio que tenían que pagar solo por cuidarlas!

La mala suerte hizo que a Noa le tocaran los humanos insolidarios. No la habían esterilizado y se quedó embarazada teniendo que buscarse la vida. Según el embarazo iba avanzando el hambre hacía más mella. Una de las veces que se acercó a un humano a pedirle un pedacito de comida, en vez de ayudarla recibió tal puntapié que quedó tirada y sin conocimiento. Cuando pudo recobrarlo el dolor abdominal era tan intenso que no podía moverse, tiempo después en un esfuerzo titánico levantó un poco su cabeza y vio que estaba tumbada en un charco de sangre; mal herida y con una hemorragia debido al aborto que a punto estuvo de enviarla a cruzar el arcoíris.

Rex (el más joven) había sido abandonado jovencito en la calle por culpa de las ‘vacaciones’. Yo no entendía que era eso tan importante de las ‘vacaciones’ que había llevado al abandono de un ser indefenso como Rex, él me explicó que es un período de tiempo en el que los humanos descansan, se relajan, recuperan fuerzas para volver a la rutina diaria. ‘¿Cómo podía alguien descansar y recuperar fuerzas con la conciencia tranquila habiendo abandonado a la mascota que es parte integrante de  su familia?’ Pregunté enfadada. Rex me comentó que los humanos tienen la extraña costumbre de hacer regalos en el invierno, el cachorro humano se encaprichó de un cachorrillo gatuno y eso es lo que le regalaron; el cachorrillo gatuno creció y lo que era una diversión se convirtió en una carga de la que había que deshacerse en cuanto se pudiera. Llegado el tiempo de las ‘vacaciones’ Rex quedó solo y abandonado en la difícil ‘calle’. Nadie le había explicado los peligros a los que tendría que enfrentarse, aunque sus anteriores compañeros humanos tranquilizaban sus muertas conciencias pensando que el instinto de Rex le guiaría pues ya se preparó hace miles de años con el objetivo de que supieran esquivar los peligros que la ciencia moderna ha inventado. Él no conocía esos cacharros veloces, no sabía lo peligrosos que eran. Tampoco sabía que los humanos no son todos buenos, que los que le habían abandonado no eran de fiar, pero otros son peores, peligrosos y malvados teniendo que ser muy vigilante y cuidadoso. Sin embargo su problema vino por esos artilugios del demonio que algunos humanos llevan a toda velocidad sin tener ningún tipo de cuidado. Un día  mientras intentaba llevarse algo a la boca recibió un golpe dejándole al borde de cruzar el arcoíris.

Estos relatos me hicieron temblar de miedo al pensar qué me ocurriría cuando me abandonaran en la temible ‘calle’. ¿Me golpearán esos cacharros veloces? ¿recibiré puntapiés al pedir algo de comer? ¿Me cogerán los cachorros humanos y harán conmigo perrerías hasta enviarme a cruzar el arcoíris? ¿Serán de fiar los humanos que decidan adoptarme o me abandonarán en vacaciones o por la crisis? ¿Tendré que esconderme dentro de esos artilugios del demonio y dormir con un ojo abierto por si se pone en marcha repentinamente? Eran tantas las dudas y el miedo tan grande que sin darme cuenta comencé a temblar. No podía parar, era un temblor nervioso de terror. Miedo a lo desconocido, a la soledad, a los peligros que acechaban, a no tener alguien que te proteja……. MIEDO en toda su amplitud y profundidad como nunca lo había sentido.

Al ver el pánico reflejado en mi rostro y mi cuerpo temblando incontroladamente Zipi, Noa y Rex empezaron a tranquilizarme. Según ellos no todo es negativo en la temible calle. También hay cosas buenas. Me hablaron de una humana perteneciente a un grupo de ‘voluntarias’ que les había ayudado a los tres.

CAPÍTULO 6: VOLUNTARIAS

Yo no entendía eso de las voluntarias. Ellos me explicaron que son un grupo de humanas, que en vista de su tesón y constancia en ayudar a los callejeritos (como ellas llaman a los gatitos abandonados que sobreviven en las calles), se han ganado el respeto de los demás humanos, incluidos los que mandan en el conjunto de calles que es la ciudad; debido a que la ley humana impide que se nos alimente sin seguir unas pautas. Así que nuestro ‘ángel de la guarda’ forma parte de uno de los muchos grupos de voluntarias que se encargan de ayudarnos. Haga frío o calor, llueva o nieve, estas ‘voluntarias’ no faltan a su cita en la que llevan buena comida, agua limpia, alguna latita y ayuda de los humanos de las batas verdes cuando enferman o sufren alguna agresión o accidente.

Zipi me contó que fue una de esas ‘voluntarias’ la que le socorrió justo en el momento que artilugio le arrancó su rabito y lo llevó a curarse. Allí tuvieron que operarle y curarle las heridas, estuvo varios días recibiendo esos cuidados, después decidió llevárselo a casa y que dejara de sufrir. ‘No pienses que esos cuidados se los dan a todos o no cuestan nada’ me dijo Zipi, ‘son muy costosos’, pero gracias a que en esta ciudad donde le pasó hay mucha solidaridad de las humanas responsables y las voluntarias  hacia nosotros, pude recibirlos sin que ella tuviese que pagarlo ella’. 

Aunque su relación con esta voluntaria se remontaba a algunos años antes de ese suceso, cuando él buscando un bocado qué comer la vio dejar debajo de esos cacharros veloces un cuenco con unos granos y otro con agua fresquita y limpia, se acercó y comenzó a comer. Zipi vio reflejado en mi rostro alegría y me dijo: ‘No creas que a partir de entonces todo fue más fácil, lo único que tenía seguro es que esa humana voluntaria no fallaba ni un solo día a su cita conmigo y otros callejeritos de la zona. Fueron numerosas las veces que justo después de dejar ella la comida y el agua venía otro humano y lo arrebataba tirándolo a la basura con rabia, provocándole una profunda tristeza que hacía que se fuera llorando después de recibir amenazas e insultos. Comida que había tenido que pagar de su bolsillo’.    

‘En cierta ocasión escuché a un humano decirla: ‘Si tanto le gustan esos bichos: ‘LLÉVESELOS A SU CASA’. Otra vez le dijeron: ‘Esos animales abandonados traen enfermedades, son una plaga igual que las ratas, hay que exterminarlos’. O parar un cacharro de esos veloces y decirle: ‘Voy a pegar un tiro a cada gato y después te lo voy a pegar a ti’’.

No fueron pocas las veces que Zipi se encontró con algún otro callejerito que agonizando le avisó de que no ingiriera el alimento que un humano desconocido había dejado pues contenía algo que le provocó un sufrimiento terrible y poco después le hizo cruzar el arcoíris. Con el tiempo descubrió que eso era veneno y que los humanos lo usaban para deshacerse de los seres vivos que no querían en su entorno. Por todo esto y demás –me dijo Zipi-, ‘No tengo mejor manera de devolverle todo el cuidado y atención que me ha dado desde aquel día que cuando la veo lanzarme a sus pies y rascarme todo lo que puedo con ella ronroneando de gratitud’.

Noa también me contó su experiencia con la voluntaria. Ella me dijo que deambulando alrededor de la que había sido su casa hasta el día del abandono y marcha de su anterior familia vio a una humana a la que otros congéneres increpaban y aunque ella les decía que tenía autorización ellos no paraban de amenazar con denunciarla.’ No eran pocas las veces que al ir a comer a ese lugar me encontré restos de comida humana, deshechos y hasta basura’ –dijo Noa- ‘con el objetivo de denunciar a la voluntaria e impedirle seguir alimentándonos. Pero ella con mucho cariño retiraba esos restos y nos ponía el pienso, el agua y la latita cada día sin ofenderse ni enfadarse; siempre con una expresión cariñosa y agradable. Cargaba a diario con una garrafa de agua y una bolsa grande en la que llevaba todo lo necesario: los artículos de limpieza que hiciera falta y los recipientes con los que comer limpiamente para no dejar rastro. Así los individuos a los que no les gustamos no podrían quejarse’.

Llegó el fatídico día en el que hambrienta por el embarazo se acercó a un humano que, viendo que estaba comiendo algo, con la esperanza de que se compadeciera de ella y le diera un pedacito, lo único que recibió fue tal puntapié que la dejó tirada y malherida, con una gran hemorragia. Una de las humanas que vivían allí, conociendo a la voluntaria que nos alimentaba la llamó a toda prisa y  llegó a socorrerme. Me cogió y rápidamente me llevó al lugar donde atienden a los que nos ponemos malitos. Allí tuvieron que abrirme la barriguita y sacarme a los pequeñines que habían muerto debido al fuerte golpe y alguna cosa más.

A causa de la flojedad en la que me encontraba por la gran hemorragia la voluntaria decidió llevarme a un refugio que se encarga de atender a los callejeritos que han sufrido agresiones o los que están en lugares peligrosos mientras les encuentran un buen hogar. A pesar de que recibí todo tipo de cuidados la recuperación fue lenta. Veía muy a menudo a la voluntaria porque esta también iba regularmente a ayudar allí.

Cuando estuve recuperada me pusieron en un recinto vallado junto a varias decenas de compañeros y compañeras en mi misma situación que me explicaron todo tipo de penurias, padecimientos y sufrimientos, lo que hizo que me sumiera en una gran tristeza. Perdí el apetito, las ganas de vivir, luchar y cada vez estaba más apagadita hasta el punto de perder mucho peso de golpe. La voluntaria me llevó de nuevo a la clínica. Allí me hicieron varias pruebas rápidas que mostraron lo que le ocurría, todo lo que la había sufrido me hizo perder la alegría y las ganas de vivir, provocándome una disminución del hambre tal que mi cuerpo se iba debilitando hasta el punto de casi emprender el viaje para cruzar el arcoíris .

La aconsejaron ingresarme en un hospital –que es un lugar en el que vigilarían nuestra salud todo el día dándo los cuidados necesarios- a pesar de que no le aseguraron mi recuperación por lo que le dieron a la voluntaria la posibilidad de atenderla en su hogar debido a que el tratamiento iba a ser largo y agotador pues había que darle mucha medicación muy a menudo y alimentarla varias veces al día. La voluntaria decidió intentarlo, me llevó a su casa junto con todo un arsenal de medicinas y alimentos especiales. Durante un par de meses tuvo que obligarme a comer, le costó mucho lograrlo, además de tener que darme todas las medicaciones en forma de jarabes, pastillas, inyecciones, etc. Poquito a poquito fui ganando peso y aumentando las ganas de vivir. Hasta el día en que la dieron la buena noticia de que me había curado gracias a uss cuidadosos cuidados. Podía estar orgullosa, ya que con mejores atenciones ingresados en el lugar donde los vigilan y cuidan no habían sobrevivido. Gracias a su tesón y cariño logró darme las fuerzas necesarias con las que seguir luchando. Tal fue el vínculo que se creó entre ambas que la voluntaria decidió adoptarme definitivamente.

Noa me dijo que estaba tan agradecida de haber encontrado un hogar ‘de verdad’ junto a ‘la voluntaria’ que aprovechaba cualquier oportunidad para acurrucarse en su regazo y ronronear cuando después de alimentar a los callejeritos llegaba y caía rendida y se sentaba en el sofá.

Rex me explicó que él también dio con una de las ‘voluntarias’. Deambulando en busca de un poquito de cariño y comida vio como una mano dejaba debajo de un coche un cuenco con pienso y otro con agua y allí que fue a husmear descubriendo que era comida. Ella al verme percibió que había sido abandonado y comenzó a acariciarme y a colmarme de halagos y expresiones agradables. Desde ese día no falté a nuestra cita diaria ni ella faltó. No sé lo que más me gustaba si la comida o las sesiones de mimitos y caricias que me regalaba cada día, creo que le hacían mucho bien dármelas, le cambiaba la cara al verme y se alegraba un montón.

Un día durante esas sesiones de mimos antes de la comida otro humano que pasaba por allí quiso ‘hacer una gracia’ y asustarme repentinamente, tal fue la magnitud del susto que salté plantándome en medio de la calle y un artilugio que pasaba velozmente me golpeó la cadera. Sentí un fuerte crack pero el miedo me hizo correr rápido y esconderme lo más lejos posible del lugar del accidente. Entonces noté el alcance del golpe. El crack no era otra cosa que mi cadera rompiéndose, al ir pasando las horas el dolor fue aumentando tanto que apenas podía moverme. Mis patas traseras no tenían movilidad y solo podía desplazarme un poquito arrastrándome. Pasaron las horas y los días. Estaba exhausto por la falta de alimento y el intenso dolor. Sentí una llamada y pensé que soñaba; volví a sentirla, me era familiar. A duras penas levanté la cabeza y presté toda la atención que mis mermadas fuerzas me permitieron, ¡ERA LA VOLUNTARIA BUSCÁNDOME DESESPERADA! Arrastrando salí como pude y maullé a ver si me oía aunque eran tan pocas las fuerzas que me quedaban que no me oyó. Mi último recuerdo antes de desvanecerme de dolor e inanición fue verla venir corriendo hacia mí y acariciarme suavemente derramando un mar de lágrimas. Después me desperté en un lugar llamado clínica donde había estado recibiendo todos los cuidados necesarios para restablecerme. Recuerdo que estuve metido en una jaula y tumbado varios días. Habían clavado en mi patita delantera una cosa similar a una astilla por la que entraba un líquido. Además alrededor de mi cadera tenía unas tiras enrolladas que me impedían el movimiento. Cada día venía la voluntaria a visitarme varias veces. Al principio solo podía meter su mano y acariciarme muy suavemente; he de reconocer que me ayudó muchísimo ese cariño que me daba, me dio las fuerzas para seguir luchando. Según pasaron los días y la mejoría fue evidente ya pudo empezar a tenerme en sus brazos durante sus visitas; ni que decir tiene que era todo un placer estar colmado de mimos, caricias y halagos. Llegó el día en el que me dejaron marchar de la clínica y mi ángel de la guarda me trajo a su hogar pues había llegado a ser parte de su familia. Del golpe me ha quedado una leve cojera que se acrecienta cuando va a cambiar el tiempo, aún así aprovecho los pocos instantes que ella tiene de relajación y me lanzo a su cara colmándola de lametones y ronroneos en muestra de agradecimiento.

CAPÍTULO 7: EL TIEMPO

Algo tan simple como el tiempo meteorológico puede provocar en las voluntarias una variedad tan amplia de sentimientos, sobre todo inquietud y angustia. Me contaron mis compañeros de acogida.

En invierno, los días son más cortos y han de salir antes a alimentarles. Tienen que estar atentas, si anuncian lluvias para proteger el pienso y que no se moje. Es habitual que haga mucho frío por lo que les dan más ración de comida seca y húmeda para que tengan un aporte extra de energía. Si la lluvia va a durar se las ingenian debido a que ellos no faltan a su cita. Algunos se guarecen bajo los coches esperándolas y aguantando el chaparrón. No es raro que en esos días  las voluntarias y los callejeritos terminen mojados hasta los huesos intentando alimentarse.

Como en invierno nacen pequeñines llevan mucho cuidado por si la madre no aparece pudiendo cruzar el arcoíris del frío. Además están más propensos a enfermar, vigilan al máximo y actúan rápidamente. Sobre todo con las infecciones víricas en los ojitos que pueden dejarles ciegos con mucha rapidez y contagiarse a todos los hermanitos de la camada. Para que puedan guarecerse del frío, las voluntarias reutilizan cajas de corcho blanco y les hacen cobijos aislados. Las limpian, las adaptan, les abren una entradita y las recubren de plástico negro aislándolo del agua. En primavera y en otoño están también alerta ya que son las épocas del año en que más callejeritos emprenden su viaje al arcoíris. Están atentas a las amenazas de lluvia porque pueden ser torrenciales y en un momento ponerse chorreando y su salud resentirse.

En verano efectúan su labor más tarde debido a que los días son más largos y la gente sale a tomar el fresco evitando confrontaciones con los que no les caemos bien. Han de estar más vigilantes, con las hormigas trabajando a marchas forzadas la comida puede volverse inservible y el agua todo el día al sol crea moho que quitan con un cepillo con el que frotan el recipiente evitando que nos contagiemos de parásitos intestinales. Todos estos inconvenientes meteorológicos los palían poniendo en las colonias los comederos y bebederos dentro de garrafas con una ventana así  pueden meter la cabecita, comer y beber, teniendo el suministro siempre asegurado haga el tiempo que haga.

CAPÍTULO 8: EXPERIENCIAS

Con tantas cosas vividas los tres se fueron turnando y me fueron explicando diferentes historias que habían conocido de primera mano en los lugares donde habían estado recuperándose. Historias –todas ellas- que reflejan las dos caras de la moneda: la amarga y la dulce, la dura y la gratificante. Intentaré recordar algunas e irlas plasmando aquí.

Me contaron que una voluntaria que se desplazaba a una de sus colonias en uno de esos cacharros veloces, después de montarse en él y ponerlo en movimiento fue al lugar en el que adquieren los alimentos y cosas necesarias. Una vez allí al bajarse un humano la dijo: ‘lleva arrastrando a un gato atado a su coche’. ¡EL SUSTO DE LA VOLUNTARIA FUE MAYÚSCULO! cuando al agacharse y mirar…… allí estaba nuestro hermano agonizando, quemado por el roce con el suelo negro. La voluntaria lo llevó a toda prisa al lugar donde les atienden y después de interminables sesiones de curas logró salir adelante y seguir luchando. Ni qué decir tiene que la voluntaria no volvió a montarse en su artilugio sin antes mirar debajo.

Hubo otra voluntaria a la que angustiaba ver que otro de nuestros compañeros era demasiado cariñoso con todos los humanos y el peligro que esto suponía si daba con algún enemigo nuestro. Decidió llevarlo a un refugio al que van a parar todos los callejeritos que están en lugares peligrosos. Allí lo intentaron poner en una jaula con más congéneres, al ver que se ponía muy nervioso decidieron ponerlo en la enfermería a ver si iba acostumbrándose. Pasaron los días y él no se movía de la ventana de la enfermería ni a comer así que la  voluntaria decidió traerlo de vuelta a su calle. Desde entonces está la mar de feliz e incluso ha encontrado un hogar que le acoge con total libertad pudiendo salir si desea dar una vuelta y ¡visitar a los humanos que le dan alguna chuche! De esto la voluntaria aprendió que nuestra mentalidad es muy diferente a la de los humanos, mientras que nosotros vivimos el día a día sin preocuparnos por el mañana y sin temer los peligros que pueden acecharnos los humanos siempre están pensando en qué les podrá pasar, angustiándose y preocupándose buscando una solución.

Otra de nuestras compañeras fue atropellada por uno de esos trastos. Un humano que la vio, la llevó urgentemente a que los batas verdes la atendieran. La tuvieron que operar varias veces debido a un problema en su cuerpecito. Si volvía a la calle peligraba su recuperación así que una voluntaria decidió tenerla en su casa y que se acostumbrara a vivir con humanos. Encontró un hogar definitivo y está recuperada del todo, más feliz que una perdiz.

Un compañero comenzó a acercarse a pedir comida a un lugar donde los humanos van a coger cosas que necesitan. Allí una humana que trabajaba comenzó a darle una latita todos los días, él iba y se tumbaba en una mesa que ponían en la entrada llena de papeles, hasta el día que ese lugar cerró. Él siguió yendo a pedir comida a los vecinos consiguiendo que algunos le dieran algo. Una pareja empezó a dejarle latitas y este cuando les escuchaba salir a la calle o llegar en su cacharro veloz salía de su escondite y les seguía esperando que le hicieran unos mimitos; ni qué decir tiene que se encariñaron con él y decidieron subirlo a su casa, pero claro, nuestro compañero era callejero y quiso esa noche darse una vuelta así que insistió con su maullido. Le abrieron la puerta y se fue tan tranquilo. Al día siguiente se apostó frente a la puerta esperando que le abriesen para volver a su hogar de acogida. Una vecina lo vio, llamó a la puerta de la pareja y les dijo: “mirad quien tenéis aquí”. Huelga decir que desde ese día ya no volvió a salir y vivió feliz por muchos años. Hasta el día en que comenzó a tener problemas con su boquita. A pesar de darle las medicinas que dan los señores de la bata verde no mejoró y decidieron llevarlo directamente a que lo vieran. Al hacerle pruebas vieron que era una mala enfermedad y que no le esperaba nada bueno pues ya no podía casi ingerir alimento. Lo mejor que podían hacer era dormirle, que cruzara el arco iris lo antes posible y dejara de sufrir. La pareja lo acompañó en el inicio de ese duro viaje a pesar de que terminaron en un mar de lágrimas.

En una de las colonias una voluntaria alimentaba a una gatita jovencita que tenía un ojito blanco por una enfermedad de cachorrita lo que le impedía tener visión completa. Cada vez que venía la voluntaria ella se rascaba con sus pies ronroneando. Solo quería mimitos. Cuando esta se marchaba se quedaba sentada viéndola alejarse. Preocupada porque estaba en una zona peligrosa en la que muchos artilugios veloces pasan, decidió llevársela a su casa y allí sigue viviendo la mar de feliz y contenta.

En otra colonia había una cachorrilla jovencita que siempre que veía a la voluntaria se tumbaba en el suelo meneándose de lado a lado en señal de alegría. Esto alegraba y preocupaba en partes iguales a la voluntaria, era un halago que la recibiese así pero una preocupación ya que si se lo hacía al humano equivocado podría peligrar su vida. Por desgracia sucedió. Un día no apareció a su cita con la comida, extrañada comenzó a llamarla hasta que la vio salir tambaleándose de entre unos matorrales y dirigirse a otros sin prestarle atención. Muy preocupada intuyendo lo peor la cogió y la llevó con urgencia a que la vieran los que se cuidan de nuestra salud. Allí la dijeron que iba ‘apagándose’ y que no sobreviviría mucho tiempo porque bajaba de temperatura su cuerpecito, señal que en pocas horas cruzaría el arcoíris. La voluntaria se negó a devolverla a su lugar en la calle, eso habría significado su  viaje seguro y se la llevó a su hogar a pesar de que tenía alguno más. Ni que decir tiene que esa noche la pasó en vela con la cachorrita envuelta en una cosa que llaman manta y que es muy calentita. En contra de lo que había dicho el señor de la bata verde, sobrevivió y hoy está feliz formando parte de su familia.

Otras veces las cosas no salen como se planean. Una de nuestras compañeras se alimentaba en una colonia, la voluntaria viendo que era muy dócil decidió darle una oportunidad y llevarla a una casa. A pesar de que estos humanos tenían un perro enorme querían tener un gato. Ella les explicó el lento y largo proceso de adaptación sufrir. La voluntaria lo acomparuzara el arco iris lo antes posible y dejara de sufrir. La voluntaria lo acompano podcidique le  que tenían que hacer para asegurarse de que no hubiera ningún problema y todos pudieran convivir en paz. Los humanos decidieron desoír esos consejos y que nuestra compañera conociera lo más cerca posible al gigantón perruno. Lo único que pudo hacer la callejerita fue esconderse lo más alejado posible de él. Pasaron los días y los humanos no prestaban atención a la situación, ella enfermó y decidieron llamar a la voluntaria diciéndola que nuestra compañera estaba mal, algo la pasaba. Al llegar se la encontró muy debilitada debido a todo el tiempo que llevaba estresada por la situación y la dejadez de los humanos. Con este panorama montó en cólera, la cogió y se marchó rápidamente dirección a los batas verdes. Estuvo en tratamiento fuerte durante bastante tiempo en su casa. También tuvieron que sacarle todos los dientes de su boca debido a que los rechazaba,  provocándola mucho dolor y problemas al comer. Al final decidió adoptarla a pesar de que el trauma que pasó la afectó por muchos años, la hizo tan desconfiada que a pesar de haber otros callejeritos allí ella no se relacionaba con nadie. A veces las cosas se tuercen y las consecuencias son imprevisibles.

Una de las veces hubo que acudir a una llamada de urgencia porque un cachorrillo había quedado encerrado en un lugar donde guardan los artilugios veloces. Allí encerrado malvivía y la humana que lo alimentaba acrecentaba el problema, en vez de minimizar los efectos los esparcía por todo el lugar generando las quejas de los otros congéneres. La voluntaria cogió al pequeñín, lo metió en una jaulita y juntas lo llevaron a un lugar en el que –según la humana que hizo la llamada de urgencia-  estaría muy bien porque tenían otros más allí. Al acercarse la voluntaria pudo ver que era una casa grande con bastante jardín. Al hablar con los humanos de allí les explicó que lo mejor para que el pequeño se habituara era ponerlo en una habitación cerrada unos días y poco a poco irle mostrando el lugar. Comenzaron a poner en duda esos consejos diciendo que las cosas allí se hacían como ellos querían. Intentó explicarles de nuevo las consecuencias si decidían hacerlo a su manera mientras la humana que hizo la llamada abrió la jaula y el chiquitín salió a toda prisa escapando y perdiéndose por el monte. La voluntaria se enfadó muchísimo, mientras los demás la decían ‘ya volverá cuando tenga hambre’. Ella no quiso saber nada más y advirtiéndoles que no volvieran a contar con ella si luego decidían hacer las cosas a su forma. Ni que decir tiene que se marchó con una sensación de amargura y preocupación tremendas por el pequeñín.

Otra voluntaria encontró a un callejerito malherido, lo llevó rápido para que recibiera atención y allí estuvo días ingresado porque tenían que curarle una herida que tenía en su nariz y que no sanaba. En vista de la situación decidió llevárselo a su casa y hacerle las curas necesarias pero continuaba sin curarse a pesar de que había ganado peso en ese tiempo. Pasaron los días y la herida seguía igual, sin embargo el callejerito parecía estar cambiando de carácter y por momentos no conocer a su cuidadora. Decidió volver a llevarlo para que los humanos de la bata verde lo vieran. Después de hacerle cosas con unos aparatos vieron que algún humano salvaje le había disparado con una pistola y tenía una bola metálica alojada en su cabecita por lo que tuvieron que ayudarle a traspasar el arcoíris y que dejara de sufrir, provocando una profunda tristeza en su cuidadora.

CAPÍTULO 9: LA MOTIVACIÓN

Algo que diferencia al humano del resto de seres es que está dotado de la conciencia: ‘es una voz interior que les ayuda a distinguir lo bueno de lo malo’ ‘les puede acusar o excusar’. Para que avise de la manera correcta ha de entrenarse, igual que se hace con los cachorrillos para lleguen a ser adultos que puedan valerse por sí mismos. La entrenan normalmente cuandoles enseñan con palabras y hechos qué es el respeto hacia los demás seres vivos, cómo ayudarles y lo que no se les debe nunca hacer. También se puede entrenar de adulto dependiendo de con quien uno se asocie, si lo hace con humanos respetuosos y solidarios su conciencia se irá poco a poco impregnando de esos valores y los copiará; pero si se asocia con congéneres violentos, maleducados y egoístas terminará viéndolo normal y lo pondrá en práctica sin ningún tipo de remordimiento.

Se han dado casos de humanos que han sido violentos y al cambiar de compañías se han vuelto más solidarios y empáticos con los demás seres.  Esa conciencia les hace no quedarse impasibles ante el dolor ajeno porque es como un golpe interno que les impulsa a la acción sin poder remediarlo. Una conciencia molesta puede ser muy dolorosa de soportar.

En esta era tan avanzada los humanos en su conjunto están pasando por una crisis de sentimientos y valores. Han silenciado tanto la voz de esa conciencia que la han llegado a matar convirtiéndose en seres capaces de cualquier cosa sin ningún complejo, remordimiento o freno. Hoy la mayoría de ellos solo piensan en sí mismos sin importarles los demás, se creen superiores por raza, color de piel, lugar de nacimiento, etc., carentes de amor tratan a los demás bruscamente, con falta de consideración y despotismo. Han perdido hasta el cariño natural que debe de imperar en la familia y si para conseguir algo que desean han de engañar a otro no dudan en hacerlo sin escrúpulos ni remordimientos. Su objetivo en la vida es solo ellos. Si se comportan así con sus congéneres peor aún lo hacen con los demás seres vivos a los que consideran inferiores.

En esta generación deshumanizada los cachorros humanos se divierten con máquinas -relegando el contacto con sus iguales a un segundo plano- en las que practican todo tipo de violencia, algo que poco a poco les va inmunizando la conciencia porque cada vez es más gráfica y sádica, de ahí que se den tantos casos de ataques y maltratos hacia nosotros, los ‘animales’ que ellos consideran inferiores, con auténticas salvajadas que me ponen los pelos de punta hasta del rabito. El verdadero problema es que si no ponen soluciones rápidas esos cachorros irán creciendo y sus fechorías aumentando en gravedad y cantidad además de que llegarán a sufrirlas sus propios congéneres. No son extraños los ataques a otros cachorros humanos a los que amedrentan, pegan, amenazan y hasta los hacen cruzar el arcoíris en algunos casos graves. Tampoco son extraños los casos de cachorros que tienen asustados a sus progenitores con todo tipo de coacciones, presiones, expresiones, amenazas y agresiones.

No se dan cuenta de que todos –indistintamente de la especie a la que pertenezcamos- nacemos de forma similar, crecemos, nos reproducimos y después envejecemos y morimos. Nada nos diferencia porque de la misma manera que venimos a este mundo nos vamos de él. Debido a esto hay humanos que deciden suplir esta falta de valores y cualidades en sus congéneres ayudando a otros seres vivos, en este caso a los callejeritos.

La gran mayoría de humanos que deciden compartir su vida adoptando un callejerito terminan reconociendo que tiene sentimientos superiores a muchos humanos y los llegan a querer incluso más que a algunos de sus consanguíneos. ¿Exagerado, desmesurado? Bueno, sentimientos como el amor, la compasión, la fidelidad, la empatía y la gratitud que deberían verse entre los humanos son lo que las voluntarias dan y reciben a diario en su trato con nosotros.

El amor:  Es –según lo describen los propios humanos- el afecto y apego que existe entre seres. Un humano respetado lo describió así hace muchos de años: ‘el amor es sufrido, bondadoso, no se hincha, no es celoso, todas las cosas las aguanta y nunca falla’. Todo esto se plasma en la diaria labor de ‘la voluntaria’. Los callejeritos sabemos lo sufridas que son ya que todos los días –sin excepción- vienen a alimentarnos no importa si llueve, hace frío o mucho calor. Sabemos que son bondadosas porque vienen a ayudarnos compartiendo lo que ellas tienen para que podamos sobrevivir. El orgullo estropea muchas relaciones, hace que los humanos se hinchen y se crean superiores a otros, pero las voluntarias están dispuestas a ayudarnos ‘humillándose al tratar con seres inferiores’ como algunos de ellos  nos consideran. Su amor hacia nosotros les ayuda a aguantar todos los improperios que reciben de los que no nos quieren. Y sabemos que ese amor es verdadero y no fallará por lo que acudimos a la cita diaria seguros de que allí ellas estarán.

La compasión: hace –según lo mencionan los propios humanos- que uno sienta lástima con el sufrimiento ajeno y esto crea en él el deseo de hacer algo para paliarlo. Esta compasión que nos tienen las voluntarias hace que les sea imposible no ayudar hasta a los callejeritos que se cruzan en su camino aunque no los conozcan. Todas llevan en sus carritos o artilugios veloces ‘comida por si acaso’. Se asocian en grupos para poder ayudar a más, incluso colaboran entre esos grupos para lograr más en esta titánica labor.

La fidelidad: hace –según ellos mismos- que el humano cumpla con sus compromisos y los mantenga aún con el paso del tiempo y las distintas circunstancias de la vida, ellas demuestran día a día y que tienen un compromiso firme y sólido de ahí que nosotros estemos tan agradecidos. Ellas lo comparan a un fuego interior que les impide quedarse en su casa haciendo otras cosas debido a que su conciencia les dice una y otra vez ‘estarán allí esperándote a la intemperie y hambrientos’.

La empatía: es –según los humanos- sentir el dolor de otro ser vivo dentro de ti y hacer algo por aliviarlo. Ellas sienten nuestro sufrimiento al intentar sobrevivir en las difíciles calles, buscarnos el alimento, aguantar las inclemencias del tiempo y esquivar los peligros que nos acechan, de ahí que esa empatía les mueva a venir en nuestra ayuda, alimentarnos y darnos la ayuda especializada si la necesitamos. Todo su afán es mejorar nuestra vida y que sea más llevadera.

La gratitud: que sentimos los callejeritos al verlas venir cada día nos hace corresponderlas con lo poco que tenemos que es nuestro agradecimiento. Unos se dan volteretas en el suelo, otros nos frotamos con sus pies, otros hasta se ponen a  juguetear pero todos al unísono salimos de nuestros escondites con los rabitos tiesos de alegría. Ese momento es el más agradable para ellas ya que es una bienvenida y un ‘muchísimas gracias por acordarte de mí’ con el que las obsequiamos.

La regla del dar poco y recibir mucho se cumple a rajatabla con nosotros los callejeritos. A diferencia del ser humano, que por mucho que le des o más favores que le hagas, cuando no le interese –o el esfuerzo sea mayor de lo que está dispuesto a hacer– te abandonará o traicionará dejándote un vacío y una sensación de desengaño muy difícil de paliar; nosotros estaremos igual de agradecidos siempre y no nos olvidaremos nunca aunque pase mucho  tiempo.

Hay callejeritos que tienen alguna discapacidad y los demás no los vemos diferentes ni los discriminamos; ellos mismos tampoco se sienten inferiores o se deprimen pensando en lo que no pueden hacer o qué será de ellos el día de mañana. Son felices viviendo el hoy y teniendo alimento con el que saciar su apetito. Un humano relevante dijo hace muchos años ‘suficiente para cada día es su maldad’. Los humanos por el contrario suelen discriminar a los que tienen alguna discapacidad sean de los suyos u otros seres vivos. Es demasiado usual ver que la mayoría de los callejeritos que están en los refugios son discapacitados y llevan mucho tiempo allí porque adoptan a pocos.

Los humanos basan su felicidad en las cosas que poseen y que han de pagar un alto precio de tiempo y esfuerzo. Una vez conseguidas o quedan obsoletas enseguida o pierden el aliciente y la ilusión. Nuestra felicidad no depende de nada material, solo con la porción de alimento imprescindible y un lugar donde cobijarnos ya tenemos suficiente. Nosotros llegamos a ser agradecidos hasta el punto de acudir a la cita con ellas solo porque nos vea. Han habido casos en los que el compañero ha ido solo a despedirse de la voluntaria, su instinto le decía que pronto iba a cruzar el arcoíris. La voluntaria lo ha percibido y le ha dedicado sus últimos halagos y caricias con el corazón roto de dolor y tristeza.

Hasta los humanos que se dedican a estudiarnos han llegado a la conclusión de que tenemos sentimientos iguales o ‘superiores’ a ellos. Ha habido casos en los que el adoptante ha enfermado gravemente y el callejerito también ha desarrollado la misma enfermedad debido a la conexión tan fuerte que establecemos. Por lo que no es de extrañar que las voluntarias se sientan tan bien a nuestro lado porque se sienten recompensadas con creces.

CAPÍTULO 10: SU LABOR

Según me contaron Zipi, Rex y Noa la labor de las voluntarias era muy dura y costosa. Ellas no solo se encargan de sus casas y sus familias; muchas han de ir a un lugar que llaman trabajo. Pero ‘cada día’ sin excepción preparan su bolsa y salen a su visita diaria con los callejeritos. A pesar de que los demás –incluidos sus familiares– no las comprendan o hasta las cataloguen como  ‘la loca de los gatos’.

Compran de su bolsillo comida seca y húmeda con la que colma de atenciones a nuestros compañeros cada día. Llevan garrafas con agua fresca, cacharros limpios donde podamos comer y beber sin temor a coger parásitos o por si los humanos los han tirado porque no les caemos bien. Los abuelitos tienen su ración especial, llevan expresamente alguna latita de comida blandita para que no mastiquen mucho. Controlan que todos acudamos a la cita y si alguno falla lo buscan en los alrededores por si ha quedado atrapado o encerrado. Se aseguran de que tengamos buen aspecto y no presentemos heridas. Han de estar atentas incluso a los sonidos leves. No es la primera vez que las voluntarias escuchan maullidos suaves de chiquitines en una de sus colonias y al investigar se da cuenta de que alguien ha abandonado una camada en una cajita deshaciéndose de ellos, acallando su moribunda conciencia pensando que allí se les alimenta y cuida, y ellas los sacará adelante. Otras veces el problema viene porque la madre en su búsqueda de alimento sale, tiene algún accidente y no regresa, quedando los pequeños abandonados y en grave peligro de emprender viaje al arcoíris. En cada grupo de callejeritos a los que llaman colonias están atentas a  nuevos miembros. Una parte importante de su cometido es controlar el número de integrantes, que no se desborde y terminemos malnutridos y enfermos. Para esto ponen en práctica el método internacional CER que es Captura Esterilización y Retorno. Se familiarizan con los integrantes de esa colonia dándoles de comer en una zona y hora determinadas. Esto les da confianza y hace que se acerquen más. Cuando van a capturar preparan lo necesario, se aseguran de que la jaula funciona y que no hiera al compañero que entre, que esté colocada en el lugar idóneo, bien asentada y que dentro tenga comida apetitosa como atún natural, sardinas, paté, etc. Ellas se sitúan a una distancia idónea para no asustarle con su presencia.

Una vez ha entrado lo mejor es tapar lo más rápido posible la jaula con una sábana o manta y que no se estrese debido a que la oscuridad nos tranquiliza. Lo trasladan a la clínica lo antes posible minimizando el susto. Una vez esterilizado y desparasitado hace el postoperatorio que pauta el señor de la bata verde. Después sale en un trasportín camino de su colonia. Las voluntarias se aseguran de que esté bien cerrado y tapado. Al llegar a su colonia observan cual es el mejor lugar libre de peligro pues saldrá disparado a esconderse. Algunos callejeritos son fáciles de capturar, otros son muy desconfiados y han de agudizar el ingenio utilizando diferentes herramientas, cambiando el cebo que nos ponen para atraernos y manteniendo limpias esas herramientas para no percibir el olor a miedo que otros compañeros han dejado al pasar por ahí. Vigilan   que se les vea lo mínimo posible; teniendo la comida segura y estando esterilizados pasamos mucho tiempo descansando de ahí que ellas salgan de noche no exponiéndonos más de lo necesario.

Si hay algún pequeñín que necesite cuidados buscan un hogar temporal – llamado casa de acogida- en el que recibe todo lo necesario incluida  la medicación. Si es dócil y cariñoso buscan una nueva familia que lo adopte, lo único que piden es que regularmente la envíen fotos del compañero para ver lo lindo que está. Extienden esos cuidados a los mayores, nuestros compañeritos viejecitos necesitan en sus últimos días un lugar tranquilo en el que poder descansar y quitarse del frío, la humedad, el calor abrasador y sobre todo los peligros de la calle. A veces hay que llevar a alguno al veterinario y ‘ayudarle a que cruce el arcoíris’ debido a alguna enfermedad terminal o algún accidente grave sin posibilidad de recuperación; en esos momentos lo acompañan dejándolas el corazón roto de dolor del el cariño que le tienen.

Si la colonia está en un lugar protegido y poco accesible a otros humanos  se esmeran en acondicionarles lugares donde poder descansar resguardados del frío y la lluvia reutilizando materiales que otros humanos tiran a la basura, cuidando el medio ambiente, manteniéndolo  lo más limpio posible porque este planeta es la casa de todos y tenemos que conservarlo en las mejores condiciones. 

Además han de cuidarse de vigilar que otros congéneres ‘con su buena fe’ no provoquen más daño pues algunos no comprendiendo esta ardua pero necesaria labor limpian sus conciencias poniendo los restos de sus comidas caseras –crudas o cocinadas- sin ningún cuidado ni control, fomentando que lo que era alimentar a uno o dos callejeritos llegue a ser un grupo numeroso, descontrolado, enfermo y desnutrido que provocan tanto las quejas de los que no les caemos bien como las de los que les gustamos, unos porque ven el gran número y otros el deplorable estado. Sin mencionar la acumulación de suciedad, grasa, cucarachas, hormigas y ratas que atrae la falta de control y limpieza.

CAPÍTULO 11: UN HOGAR DEFINITIVO

Poco tiempo transcurrió en la casa de acogida cuando llegó el día en que encontré una verdadera familia. Vinieron a buscarme a la casa de ‘la voluntaria’ -mi ángel de la guarda-. Por lo visto se conocían ya que había mucha familiaridad entre ellas, cosa que me tranquilizó bastante, estoy segura que no me dejaría en manos de alguien desconocido o en quién no confiara. Me metieron en una jaulita y emprendimos el viaje hacia mi nueva vida.

Estuve un buen rato metida en esa cosa veloz. Aunque me tumbé, los vaivenes no paraban y terminaron provocándome un buen mareo. Por fin paró y me sacaron. Lo que pude ver y oler me llamó la atención, no eran olores comunes a los que estaba acostumbrada desde pequeña, siempre había estado en unos lugares en los que humanos viven hacinados unos sobre los otros llamados edificios. Aquí había amplitud, mucho verde y mucho espacio. Hasta llegar recorrimos un trecho a pesar de que fuimos directos a una habitación donde tenía todo lo necesario, allí comencé mi adaptación al nuevo hogar.

Me fui familiarizando con los nuevos olores; había uno que me inquietaba y que no conseguía descifrar a qué ser vivo pertenecía. Fui investigando la habitación y cuanto más la conocía más vueltas la daba. Los humanos iban entrando para que me fuera acostumbrando a ellos, la verdad es que me lo pusieron muy fácil, eran muy solidarios y me ayudaron en todo. Llegó el día en que dejaron abierta la puerta de la habitación para que hiciera la primera inspección al nuevo hogar. Fui visitando todos los rincones familiarizándome con los nuevos olores, la situación de mi comida, de mi arenero,……… hasta que me topé con la fuente de ese olor que me inquietaba ¡POR TODOS LOS GATOS DEL MUNDO MUNDIAL! ¿Quién es esta?, era grande, muy delgada y de color negro. Ella se quedó mirándome fijamente y olfateando la situación. Los humanos no hacían nada, esperando ver cómo íbamos a reaccionando.

Me dejé guiar por mi olfato y lo usé tanto como pude, ¡casi me mareo!. No percibía ningún olor a rabia, celos, posesión, hostigamiento o dominación. Me di media vuelta y me fui hacia mi habitación a tumbarme en mi camita. Estuvimos así varios días, nos olfateábamos, nos observábamos y nos tolerábamos. Lo cierto es que me extrañó no encontrar un ápice de sentimiento negativo en ella, todo era bondad, amor y sumisión. Dejé estar esa situación debido a que no intuí ningún problema a la vista.

Soy felina, la curiosidad me corroía, y la táctica de no mostrar el más mínimo interés no funcionó por lo que un día que pasé junto a ella me paré y mirándola la dije: ‘Hola, me llamo Yuè’, seguido me contestó: ‘y yo Xuàn’ y soy hembra,. Xuàn significa negro por el color de mi pelo. ¿Qué significa el tuyo? ‘Yuè significa luna llena igual a la que había la noche en qué me rescataron. ‘Vaya, ya tenemos algo más en común, que nuestros nombres tienen significado’ me contestó.

Pregunté a Xuàn: ‘¿Y tu como llegaste aquí? ¿Te compraron o te adoptaron?’ ‘Esta es una historia igual de larga que dolorosa, el final ya lo puedes ver, si quieres te la cuento’. ¡Sí, sí, que me encanta escuchar historias, mi madre empezó y desde entonces no he parado de escucharlas, y más si tiene buen final!

Verás, yo soy una perrita de una raza que a los cazadores les encanta utilizar para capturar las presas que abaten con sus armas en el bosque. ‘Si tu eres muy delgada, ¿podías coger esas presas que los cazadores matan y cuelgan a modo de trofeos en sus casas?’ repliqué. ¡No! no me refiero a ese tipo de cazadores; son los que cazan en la montaña por placer –matan y se comen sus víctimas-. ‘¡No sabía yo que había cazadores de varios tipos!’ comenté. Tienes toda la razón, sin embargo estos parecían diferentes. El cazar para satisfacer una necesidad vital como es el alimentarse es lo que hacemos el resto de seres vivos, pero en este caso –y después de todo lo que viví- me di cuenta de que el cazador no caza por la necesidad de alimentarse, caza para saciar su ego de superioridad, por el placer de ver en la mesa lo que él ha conseguido y agasajar a sus compañeros de cacería o amistades más apreciadas con el resultado que le da la superioridad de sus armas de fuego en el bosque. No se diferencian nada del cazador que caza por –lo que ellos denominan- deporte -de eso tiene bien poco- o lucir luego el trofeo en la pared de su mansión con la retorcida idea de que eso les da un prestigio que el resto de humanos no tiene.

La raza a la que pertenezco se llama galgo. Mi mamá era una señora esbelta, de color negro azabache. Nací en uno de tantos cortijos que hay en aquella zona. Los cortijos son grandes casas con extensiones de terreno inmensas donde viven bastantes humanos, los dueños –que son los ‘señores’- y sus sirvientes. Como es una zona montañosa, desde siempre les ha gustado a los señoritos ir a cazar seres vivos y después comérselos –aunque no es necesidad sino placer-. Después colgaban la cabeza en las pareces de su cortijo a modo de trofeo, por lo que las paredes están repletas de sus víctimas. Me contaba mi madre que desde tiempos muy antiguos a los humanos con cortijos o dueños de grandes casas en otras partes del planeta les encantaba venir y pasar unas semanas participando en cacerías que terminaban en bacanales. ‘¿Qué son bacanales?’ pregunté, son grandes comilonas que duran muchas horas. ‘¿Y todo ese tiempo se pasan comiendo?’ Sí, comiendo y bebiendo. Ten en cuenta que esa gente son y han sido humanos muy influyentes, con poder y esa era una manera diferente de divertirse para ellos. ‘¡Vaya diversión más macabra!’ apuntillé. Es verdad Yuè.

Mamá ya de muy chiquitines nos fue instruyendo en lo que teníamos que hacer y lo que no. Llevaba toda su vida con el ‘señorito’ cazador lo conocía bien y quería ahorrarnos problemas. Decidió darnos unas charlas que al final se convertían en sermones. ‘¡Sí, a mí me pasaba lo mismo con mi mamá!’ apunté.

Ella nos decía que el cazador cuidaba muy bien de sus galgos siempre que ellos hiciesen bien su trabajo que era estar muy atentos a donde apuntaba él con el rifle, fueran rápido a por la presa y la trajeron a su mano sin hacerla ningún desgarro con los dientes. Le encantaba la caza, tenía todo tipo de artilugios y –claro está- cuantos más galgos mejor. A las hembras las tenía de cría, a mamá la hacía parir siempre. ‘¿Seríais muchos no?’ pregunté. No Yuè, de eso se encargaba él mismo. La selección empezaba siendo todavía cachorrillos, los que enfermaban o tenían alguna discapacidad los metía en una bolsa y se los llevaba, a veces cogía ese rifle con el que mataba sus presas y oíamos a lo lejos el sonido de disparos similares a los de cazar………., otras veces simplemente decía que los había llevado a un lugar donde les iban a cuidar. ‘¡Vaya, mis primeros amos hacían algo parecido!’ comenté. Sí Yuè, por lo visto la mayoría hacen lo mismo, carecen de los sentimientos que han de hacer diferente al ser humano y carecen del más mínimo remordimiento al deshacerse de lo que ellos consideran ‘problemas’.

En el cortijo había muchos tipos de seres vivos, sobre todo de granja. ‘¡Ah!, esos son los que ellos utilizan de alimento, ¿verdad?’ Sí Yuè. Había muchos gatos que campaban a sus anchas, así los ratones brillaban por su ausencia. De ahí que al verte me asustara, os conozco bien y sé como he de trataros. ‘¡Con razón al cruzarnos tú ni te inmutabas!’ apunté. Bueno, también es parte de nuestro carácter. Somos de gentiles y sociables con los humanos y otras mascotas, a pesar de que nos utilizan para cazar, a vosotros no os vemos como presas. Mamá comenzó a entrenarnos en las diferentes labores que tendríamos que hacer cuando llegáramos a la madurez, siempre estaba enseñándonos –o intentándolo- porque la verdad es que o terminábamos dormidos del aburrimiento o nos enzarzábamos en jugueteos unos con los otros. He de decir que según fue pasando el tiempo todas aquellas charlas que parecían caer en saco roto fueron entrando en nuestras cabecitas y grabándose; más tarde, al llegar a la edad adulta nos fueron viniendo a la memoria dependiendo de las circunstancias y situaciones.

A mis hermanitos machos les fue dando las directrices para que fueran buenos galgos cazadores; los mejores. Los machos adultos la contaban todo lo que ocurría en el bosque así ella sabía muy bien lo que el amo quería y lo que no quería en un galgo. Algo que nunca entendí es la manía que tenía en tiempo de caza de alimentar lo mínimo a los machos con la creencia de que correrían más deprisa, llegarían los primeros a coger las presas y no se les escaparían, total si los pobres no iban a probar ni un solo bocado de la caza ya que todos esos seres muertos iban a la cocina, donde las cocineras se esmeraban en aderezarlo para que los invitados del señorito disfrutaran de su bacanal ¡saliendo con sus tripas a punto de reventar! Eso sí, después de haberles dado el paseo de rigor por los salones en los que las paredes están repletas de las cabezas disecadas de los ‘trofeos de caza mayor’: ciervos, lobos, venados y alguno que otro protegido pero que después de pagar una cantidad de dinero o de hacer algún favor le habían dejado matar. A nosotras las hembras nos fue enseñando a cuidar y preparar a nuestras crías para que fueran adultos de los que el amo pudiera estar orgulloso. A veces entre los cazadores se creaba un vínculo muy estrecho de amistad, había alguno que quedaba atónito con la obediencia y eficiencia de los galgos del amo y le pedía alguno, entonces venía a donde nosotras teníamos nuestros cachorrillos, escogía al que a él le parecía el mejor y se lo regalaba como si fuéramos meros objetos de su posesión.

Según pasaba el tiempo fui viendo que cada día podía ser el último en el que viera a un compañero galgo, fuera macho, hembra, cachorro o adulto; todo dependía de si le era útil o dejaba de serlo debido a vejez o enfermedad. Recuerdo que conocí a un galgo, un poquito más mayor que yo, que me impresionó. A él no le gustaba la caza y su mamá ya no sabía qué hacer para sacarle esa idea de la cabeza debido a que se acercaba el tiempo en el que tendría que acompañar al amo y se daría cuenta. Él me decía que por qué tenía que correr tras unos seres vivos que no le habían hecho nada y cogerlos para que el señorito, que no los necesitaba, agasajara a sus ilustres invitados quienes tampoco tenían ninguna necesidad. Yo le decía que la vida era así y nosotros teníamos que seguir lo que estaba establecido. Él me repetía lo mismo una y otra vez, eso lo ha establecido el señorito porque le gusta y le conviene, pero nosotros no tenemos por qué obedecerle, si quiere cazar que vaya él solito ¿a ver cómo vuelve? Además el señorito te dejará vivir siempre que le hagas el trabajo que él quiere bien o muy bien, en el momento que no puedas hacerlo serás una carga de la que deshacerse lo más rápido posible. Piensa que como ordena a sus empleados y le obedecen nosotros también tenemos que hacerlo, que somos posesión suya con la que hacer y deshacer a su entero capricho.

Llegó el día en el que tuvo que ir a cazar. Al ir llegando la hora del regreso estábamos todos expectantes. Vimos la manada acercarse por el horizonte y cuanto más intentábamos ver si volvía menos lo conseguíamos. Al llegar los primeros les  preguntamos y nos dijeron que al primer disparo salió corriendo en dirección opuesta y desapareció en la montaña. Un sentimiento agridulce me invadió, tristeza de no volver a verle y alegría porque escapó vivo pudiendo elegir su camino.

Fui creciendo y llegó el momento de ser mamá. El amo escogió al macho más activo de su manada, el que mejor cazaba, el más obediente y atento y me lo trajo para que me montara. Así ocurrió una vez tras otra hasta que en uno de los embarazos algo empezó a ir mal. Yo no me encontraba bien, tenía fuertes dolores en mi barriga, el amo no quería llevarme a que me vieran los humanos de las batas verdes porque ‘total tengo más hembras y parir lo están haciendo a cada momento’. Un día que vino por casualidad, vio que en vez de mejorar empeoré y empecé a perder sangre. Me cogió en sus brazos y me metió en uno de esos cacharros que usaba al desplazarse de un lugar a otro. Yo no sabía donde iba, recordé las charlas de mamá en las que decía que una veces se llevaba su rifle y se oían disparos a lo lejos y otras se iba sin él. Esta vez no lo llevaba –cosa que me tranquilizó- pero sabía que me iba a abandonar en algún lugar. ¿Qué sería de mí tan enferma y débil como estaba? ¿Se apiadaría alguien y me ayudaría o moriría sola, en medio de la nada desangrada?

Después de un rato el cacharro se paró. El amo volvió a cogerme y me llevó andando hasta una valla. Fue tan delicado que se subió al cacharro y como no tenía techo me cogió y me lanzó por encima hacia el interior del recinto sin contemplaciones. El golpe fue tremendo y la hemorragia empeorando por momentos, además de unos dolores intensos por todo el cuerpo. Me dejó allí sola, abandonada y malherida bajo un sol infernal sin una sola gota de agua. La gran debilidad que tenía me impedía abrir los ojos. Tuve tiempo de repasar todas las charlas de mamá sobre lo crueles que llegan a ser los humanos cuando algo no les interesa y ahora yo lo sufría en mis propias carnes esa crueldad. Poco a poco entré en un sueño profundo según me iba debilitando.

Al tiempo comencé a escuchar unas voces humanas. Al estar acostumbrada a oírlas y descifrarlas por el tono intuí preocupación. Comenzaron a acercarse más rápidamente. Me empezaron a observar, y vieron que todavía respiraba. Me cogieron en brazos y me introdujeron en una habitación. Pude escuchar los ladridos de otros muchos galgos allí, ladridos lastimeros de dolor a causa del abandono y la mayoría de veces debidas al dolor físico de alguna lesión mal curada por falta de atención especializada. Debía de estar bastante mal en un instante que pude abrir uno de mis ojos haciendo un tremendo esfuerzo vi que me habían colocado sobre una mesa de metal y estaba toda encharcada de sangre. Me clavaron algo en una de mis patas delanteras y empecé a notar como pasaban su mano sobre mi cabeza y espalda y me decían con tono cariñoso: ‘Duérmete bonita que vamos a curarte, para que puedas recuperarte y vivir’.

Logré despertarme muy aturdida, dolorida y agotada. Notaba algo en mi vientre, era una tremenda cicatriz que lo recorría todo de arriba hacia abajo. No podía casi moverme y seguía muy débil, mis salvadores venían a todas horas a ver cómo me encontraba debido a que seguía con eso clavado en una de mis patas metiéndome un líquido. Estuve allí convaleciente una semana aunque no estaba sola, había más perros en otras jaulas. De noche cuando todo se quedaba más tranquilo podíamos intercambiar vivencias y pareceres. Todos teníamos en común el mismo denominador, a saber: el ser humano como causante de nuestra situación aunque también es cierto que habíamos tenido la misma suerte de toparnos con esas humanas tan solidarias que nos curaban y cuidaban.

Cada día me encontraba un poquito mejor y empezaron a darme comida suave para ver si la toleraba. Al fin pude salir de esa jaula y comenzar a moverme poco a poco, la gran debilidad que tenía impedía que aguantara mi peso, se me doblaban las patas y me quedaba tendida en el suelo. Una de las veces que vino uno de mis salvadores me dijo: ‘Tranquila bonita que te hemos curado, tenías una infección tremenda en tu matriz que te provocó un aborto y hemos tenido que limpiarte muy bien.. Intuí por ese tono que podía contarlo a pesar de haber perdido a mis chiquitines y no poder volver a tener más.

Al principio noté ese vacío, otras galgas que estaban allí recuperándose me dieron muchos ánimos. Ellas me contaron que ese lugar es un refugio que recogen galgos abandonados porque el abandono y el maltrato que sufrimos es tremendo. Su preocupación primordial es nuestra salud, aquí llegamos en muy malas condiciones.

El refugio está en la zona donde más galgos son utilizados para la caza también es el lugar en el que más se nos mata y abandona en pésimas condiciones cuando enfermamos o nos accidentamos. Algunos cazadores tienen tan pocos sentimientos que lavan sus conciencias dejándonos moribundos por encima de las vallas refugio de la zona y que otros nos curen porque ellos no quieren cargar con un galgo discapacitado o no asumir el coste del tratamiento. Les pregunté que si existían más refugios como este, ellos me dijeron que de estos refugios hay pocos debido a que las humanas que ahí ayudan son voluntarias y han de pagarlo de su propio bolsillo, además están saturados con tanta cantidad de casos que hay cuya causa es la negativa de los cazadores a esterilizar a muchas de las hembras, ha hacerse cargo de los galgos heridos o discapacitados y a no querer cuidar de los que ya no pueden serles útiles por la edad.

Allí me contaron muchas experiencias. Los galgueros no siempre nos abandonan en un refugio, la mayoría de veces nos hacen morir atrozmente y con tanta saña que todo el mundo entero ya es consciente de sus atrocidades. Hubo un caso que me impactó: Un humano acompañó a unos familiares suyos a ver como cazaban a pesar de que a él no le gustaba. De repente oyó un disparo y un quejido lastimero de un galgo que cada vez parecía más cerca de ellos hasta que el galgo fue a parar a sus piernas. El humano le hizo un reconocimiento en todo su cuerpo para ver qué le ocurría y vio que había recibido un tiro que ‘solo’ le había rozado la cabeza. Cuando este humano preguntó a sus familiares qué era eso, ellos sin ningún sentimiento en su rostro le dijeron que era un galgo al que sus dueños acababan de intentar matarlo debido a que ya no les servía. El humano no comprendiendo tanta atrocidad les dijo que ese galgo se lo llevaba a su casa a pesar de ver que ponían cara de asombro e incredulidad. Poco tiempo después se fueron acercando dos cazadores que al pasar por su lado y ver al galgo quejarse lastimeramente entre las piernas del humano dijeron: ‘¡Anda si hasta ha sobrevivido, no si encima tendrá suerte!’ El humano que no pudo reprimirse les preguntó: ‘¿Este galgo es de ustedes? ¿Le han intentado asesinar?’ A lo que el dueño le contestó afirmativamente. El humano descargó toda su rabia e ira en él y después llamó a las autoridades, les contó lo que le habían confesado y se lo llevaron acusado de un caso de maltrato, aunque poco le iba a ocurrir gracias a las leyes tan suaves que hay.

         También me contaron la cara buena de todo esto y es que desde lugares muy lejanos hay cada vez más humanos que les duele ese trato tan cruel que recibimos y solicitan adoptar uno a pesar de que conlleva un alto coste debido al papeleo y el largo viaje que han de hacer en esos artilugios que van por los aires. Incluso quieren adoptar los que están más necesitados de hogar y cariño que son los discapacitados. ‘¡Vaya! Eso no es lo que ocurre en los refugios de gatos, aquí se quedan sin hogar los más necesitados’ repliqué.

         ‘¿Y como te adoptaron?’ pregunté. Bueno, un día de tantos vinieron unos humanos –que pasaban las vacaciones cerca- a adoptar uno de nosotros ya que estaban al corriente de todo el sufrimiento que nos hacen pasar, querían dar hogar y cariño a uno, dieron varias vueltas y cada vez su rostro reflejaba más la tristeza y el desespero de no poder ayudarles a todos. Se pararon delante de mí y el humano pequeño les dijo a los mayores: ‘Papis ¿Habéis visto el color negro tan bonito que tiene este?’ acto seguido extendió su mano para acariciarme, yo agaché la cabeza para que pudiera hacerlo, después le obsequié con unos lametones en su mano. ‘¡Este es muy cariñoso! ¡Vamos a llevarnos este!. Y después de arreglar todas las cosas me sacaron del refugio y me trajeron aquí. Desde ese día vivo muy feliz, muy querida y respetada  no solo por los humanos mayores, el pequeño es mi delirio porque damos largos paseos al aire libre. Ah Yuè, verás que aquí tienes mucho espacio, fuera hay una gran extensión de terreno que investigar, descubrir y disfrutar. También verás que no somos las únicas. ‘Ah ¿no?’ pregunté. No, esta familia es muy solidaria y tienen contacto y amistad con muchas voluntarias que les han ayudado a hacer un verdadero Arca de Noé en el que se protege, cuida y mima a sus adoptados sin importar la raza o especie que sea.  ‘Vaya, estoy deseando poder salir, conocerles a todos y que me cuenten sus experiencias’ comenté.

CAPÍTULO 12: LOBOS CON PIEL DE OVEJA

Un día que llovía y no apetecía nada pasear para volver chorreando y llena de barro, Xiàn me contó lo que otro compañero de refugio la explicó sobre humanos que se hacen pasar por solidarios y que en realidad son ‘lobos con piel de oveja’. Ella comenzó así: ‘‘Estando en el refugio pude conocer a muchos compañeros perrunos que me contaron sus vivencias. Las que más me impactaron fueron las de los falsos animalistas que se aprovechan de los corazones sensibles consiguiendo ganancias fáciles. Es triste que haya muchos que no se solidaricen ni con sus congéneres, ¡cuánto menos con nosotros –los seres vivos que consideran inferiores-! Pero lo más aberrante aún es que –movidos por una ambición sin límites- se aprovechen de nosotros y nuestro sufrimiento obteniendo dinero rápido. Además de que una vez que estas estafas y engaños salen a la luz los que tienen corazones solidarios quedan tan decepcionados que al final dejan de ayudar a las verdaderas voluntarias debido a la desconfianza, pagándolo nosotros los inocentes’.

         Uno de los compañeros víctima de esos lobos disfrazados me contó su vivencia. ‘Cuenta, cuenta, que me tienes intrigada’ le dije. Ese compañero fue a parar allí cuando le abandonaron junto con sus cinco hermanitos; alguien solidario y sensible pensando que en ese refugio cuidarían de ellos.

Terminamos todos juntos en la misma jaulita sin siquiera ver nuestro estado de salud. Era una habitación fría, húmeda, poco ventilada y llena de jaulitas que estaban a rebosar de pequeñines. Los gemidos eran interminables, el brazo de la enfermedad abrazaba todos los rincones y el que sobrevivía o tenía o una estrella en el cielo que lo protegía o muy buena salud. Los 5 hermanitos nos arremolinamos para darnos calor y seguridad ya que el miedo impregnaba el ambiente. Cada día era el último de muchos cachorrillos allí. A nadie parecía importarle. El único que entraba era un humano con un cubo de comida mugrienta y en malas condiciones que después de vaciar hasta donde llegara (los demás ese día ayunaban) lo iba llenando con los cuerpecitos sin vida de los fallecidos. El olor era insoportable y debido a la ausencia total de higiene los excrementos se acumulaban en todas las  jaulas. Al estar unas sobre otras las que había más arriba eran las que estaban menos sucias; las peores eran las del suelo pues la acumulación de tanta suciedad las había oxidado. Sobra decir que los pobres cachorrillos que estaban allí eran los primeros en cruzar el arcoíris. Cualquier herida, infección o irritación de la piel en esas circunstancias era peligrosísima porque de ahí a la infección era cuestión de tiempo, muy poco tiempo.

         Algo que sobraba en ese ‘refugio’ eran los malos tratos, sin ningún motivo había veces que entraba algún humano con un palo en la mano y comenzaba a repartir golpes y gritos a diestro y siniestro. Todos intentábamos escapar de esa violencia, por desgracia el más débil no podía, caía víctima y cruzaba el arcoíris. Debido a que la pésima alimentación hacía de las suyas en nuestro organismo, no teníamos ni energía para jugar con otros compañeritos. Desgraciadamente mis hermanitos fueron cayendo uno a uno sin poder remediarlo. Llegó el día en el que el último de ellos me dijo: ‘sé fuerte, eres el único sano que queda de nosotros y has de sobrevivir como sea. Intenta no juntarte con los que estén enfermos. Come todo lo que puedas y no le hagas asco a nada, todo esto terminará algún día y podrás salir de este infierno’.

A pesar de las condiciones en las que nos tenían, no paraban de entrar nuevas víctimas. Había unas preguntas que giraban sin parar en nuestras inocentes cabecitas: ¿nos habremos portado mal y esto es algún tipo de castigo? ¿o es que somos tantos que nos traen aquí y que la naturaleza sea la que escoja el que ha de vivir y el que no, valiéndose de la ley del más fuerte? Tiempo después obtuve todas las respuestas a esas duras cuestiones.

         Empezamos a ver movimiento en el refugio. Cada cierto tiempo abrían las celdas. De los más activos y movidos por ver qué ocurría se llevaban a unas decenas; yo al estar junto a los más viejitos y desvalidos dándoles compañía y ánimo no me cogieron. Pensé que esos ya marchaban a una vida mejor, sin penurias, sin privaciones de lo más necesario, sin sufrimiento……. El tiempo se encargaría de refutar ese pensamiento. Las salidas de miembros jóvenes fue en aumento y las entradas de nuevos también, lo curioso es que la alimentación mejoró un poquito para los que estábamos en esa franja de edad. Daba la impresión de que querían que luciéramos lo mejor posible y que gustáramos a los adoptantes. Las condiciones del resto seguían terroríficas.

         La curiosidad nos corroía a todos los jóvenes, ¿cuándo será nuestro turno? ¿nos adoptarán humanos solidarios y bondadosos? El desespero por salir de aquel lugar llevó a que un día al abrir la jaula para una nueva selección algunos  salieran corriendo en busca de sus supuestos adoptantes. Ni qué decir tiene que el enfado que cogieron los humanos unos con los otros fue monumental y al final el que lo terminó pagando fue el más débil de la jaula que recibió la última golpiza de su triste y corta vida.

         Como esta vez el silencio fue sepulcral al ver la que se había formado con la estampida pude agudizar el oído y escuchar la secuencia. Mis compañeros iban ladrando exaltados, les introducían en algún lugar cerrado porque disminuía mucho la fuerza de su ladrido, se oía una puerta cerrarse, después un motor ponerse en marcha y alejarse poco a poco. Los escogidos eran trasladados a algún lugar, ¿estarían allí los adoptantes? ¿o sería algún refugio con mejores cuidados y alimentación? Más adelante estas dudas se disiparon. Por lo visto habíamos pasado de ser meros objetos indeseables metidos en un trastero y dejados a su suerte, a ser importantes. Escuché a un grupo de humanos salir del ‘refugio’ justo después de que el ruido del motor se perdiese en la lejanía buscando a los compañeritos que se habían escapado.

Al tiempo volvieron con uno y lo encerraron en mi jaula. Cuando todo se calmó me acerqué a él y le pregunté qué había ocurrido. Me explicó que nada más salir se escondió y pudo ver que había dos humanos a los que no había visto ni oído nunca. Eran diferentes a los que habitualmente nos maltrataban, mucho más altos y corpulentos, además se comunicaban entre ellos con unos sonidos diferentes a los que emitían los de aquí. Estaban junto a una caja grande, oscura y hermética llena de jaulas pequeñas donde introdujeron a nuestros compañeros. Lo último que hicieron los extraños fue darles un fajo de papeles todos iguales y del mismo color a nuestros ‘cuidadores’, se montaron en la caja y se marcharon. Mientras aquí comenzaron a repartirse esos papeles muy contentos.

Las visitas de esos extraños se sucedían cada vez con más frecuencia, y los días  en los que ocurrían nuestros ‘cuidadores’ se volvían más alegres, aunque eso no mejoraba ni un ápice nuestras condiciones de vida.

Un día recibimos una visita inesperada. Unas humanas empezaron a recorrer las jaulas, tomando notas y haciendo fotos, solo a los que ellos dejaban. Se notaba que lo que veían las afectaba, la preocupación y el dolor se percibía en sus miradas.  Yo me acerqué a los barrotes para llamar su atención y si buscaban un ser vivo que adoptar que me eligieran a mí. Debí de gustarlas porque me dedicaron unas caricias muy suaves en mi hocico y una me dijo bajito: ‘Tranquilo guapetón que hemos venido a ayudaros’. Los humanos del ‘refugio’ las vigilaban muy de cerca. Una vez que terminaron de recorrer las jaulas empezaron a hablar con ellos. Parecía una negociación, no tan agradable como la que tenían con los extraños de la caja. Al final llegaron a un acuerdo, les dieron de esos papeles que tanto les gustan y se llevaron a algunos de los que peor estaban y que tuvieron que cargar en brazos; debían de llevar alguna caja similar a la que nos visitaba regularmente pues escuché un ruido que se iba alejando poco a poco.

El día a día seguía igual, ausencia casi total de alimento –solo nos tiraban sobras y cosas en estado de putrefacción- ración habitual de golpes, gritos, excrementos, enfermedades y bajas. Lo que nos daba algo de esperanza eran las visitas de los humanos que traían esa caja en la que se llevaban a compañeros, era la única manera de salir de allí vivos.

Pasaron algunas semanas, volvieron las humanas solidarias, ¡y traían uno de los compañeros que se llevaron en brazos andando solo y con un aspecto impresionante! Le llamé y cuando se acercó le pregunté a qué se debía ese cambio, me contó que esas humanas tienen un verdadero refugio, que nada más llegar le llevaron a una habitación muy limpia donde una de ellas con una bata verde le miró con muchos artilugios, le tuvieron una semana allí acostadito con un tubito pinchado en una de sus patitas. Me contó que le dan de comer 3 veces al día  unas bolitas llamadas pienso y que están deliciosas. Las jaulas son muy limpias y les sacan a pasear cada día por el campo. Allí reciben las visitas de otros humanos que desean adoptar y muchos marchan a sus nuevos hogares, a veces hasta han de hacer viajes largos pero siempre les acompaña una voluntaria que se asegura de que todo vaya bien y que los compañeritos estén tranquilos.

Me comentó que las fotos que nos hicieron las meten en un lugar llamado internet y al que pueden entrar todos los humanos en todas partes para vernos, así las posibilidades de encontrar hogar –cerca o lejos- se multiplican. ‘¿Me están buscando hogar? ¡A mí me hicieron una de esas fotos!’ le dije exaltado. Me contestó que el primer día que vinieron solo se pudieron llevar a los peores debido a que nuestros ‘supuestos cuidadores’ les pidieron esos papeles que les ponen tan contentos y ellas -como son voluntarias- tienen muy pocos, pudiendo llevarse solo a los más moribundos por su escaso valor para nuestros ‘cuidadores’. El resto de fotos las han metido en ese internet contando cómo vivimos para que otros humanos solidarios nos ayuden. Gracias a esa difusión están recibiendo ayuda de todas partes y han podido preparar un lugar en su refugio acondicionado especialmente para los que puedan ir sacando de este infierno. ‘Aguanta y sobre todo evita que te cojan los extraños de la caja que vienen cargados de esos papeles porque no son buenos’. ‘¿Cómo que no son buenos esos extraños? ¿Es que no se llevan a nuestros compañeros a sus nuevos hogares? ¿Cuánto tiempo más he de aguantar? ¿Cómo evitaré que me cojan esos extraños?’ Pregunté, no hubo respuesta debido a que llegó la hora en que tenían que marcharse.

Quedé aturdido con esas palabras, ‘cuidado con los extraños, que no te cojan, cuídate……’ ¿cómo lo haría? Si esa era hasta hace poco la única esperanza de salir de aquí. ¿Querría decirme que esos extraños realmente no se llevaban a los compañeros a sus nuevos hogares de adopción? ¿Para qué se los llevaban y a donde?

Las dudas y el temor iban apoderándose de mí cada vez más. Según pasaban los días y se acercaba la posibilidad de otra visita yo me ponía más y más nervioso. Se me ocurrió ir repasando mentalmente la secuencia de sonidos que había memorizado minuciosamente y ver si encontraba algo. Repasé una y otra vez, cada detalle…….. ¡Hasta que di con la clave!. Mi compañero me había abierto los ojos y ahora lo veía claro. En esas visitas solo desaparecían los que se mostraban más activos y deseosos de salir, al no preocuparles nuestro estado de salud, cogían los que se arremolinaban en las puertas de las jaulas pues era lo más fácil. Como yo me hallaba en el interior junto a los más viejitos y debiluchosa se llevaban a unas decenasqu visita de las voluntarias, ya no me interesaban lo malud los extraños pensaban que buenos’s y sac, nunca me cogían, ahí pude ver el valor de la solidaridad y la ventaja de no ser egoísta, el preocuparme por los más necesitados fue mi providencial salvación. La clave era pasar lo más desapercibido posible, siempre rodeado de los más débiles de esta manera  ni me verían. Sin embargo esa fue la razón que llevó a la voluntaria a acercarse a mí, me acarició y me hizo la foto, porque se solidarizó con los más necesitados y concluyó que yo –estando junto a ellos- también lo era. La preocupación, el nerviosismo y el temor dieron paso a la excitación por que llegara la siguiente visita de las voluntarias, ya no me interesaban lo más mínimo los extraños y su caja.

Pero desafortunadamente esas visitas continuaron, y en una de ellas ocurrió algo inusual. Uno de nuestros ‘cuidadores’ abrió mi jaula y se vino derechito hacia mí. Venía con un palo, pensé que ese día me iba a tocar una buena paliza y posiblemente cruzaría el arcoíris. Cerré los ojos y comencé a temblar. Noté una cuerda alrededor de mi cuello y un tirón que me obligó a ponerme en pié y abrir los ojos. Resultó ser un lazo con el que cogían al compañero que querían. Me puse a caminar y me llevó hasta aquella caja. Pude ver a los extraños y sus manos llenas de esos papeles que tanto alegraban a nuestros verdugos. Me metieron en una de esas jaulitas en la que íbamos hacinados un buen grupo y la cerraron. Mil pensamientos corrieron por mi cabeza en esos instantes. ¿A donde me llevarían? ¿Qué me harían?….. no tenía respuestas y nada bueno intuía, lo que sí estaba claro es que mi estrategia no había dado resultado debido a alguna razón que yo no sabía. Seguían trayendo compañeros y metiéndolos en estas mini jaulas. Algo que me llamó la atención es que esta vez todo sucedía mucho más rápido, aunque como era la primera vez que lo veía desde este lado no sabía si esa impresión era correcta.

Siguieron cargando compañeros hasta que ya no cabía ni uno más. Cerraron las puertas de la caja. La oscuridad era total, la sensación de asfixia grande y el silencio sepulcral. Empezó a vibrar y a moverse. El traqueteo era tremendo y los vaivenes insoportables, solo nos paraban los barrotes de hierro clavados en nuestras costillas. De golpe se paró todo el movimiento. Escuchamos a los extraños gritarse entre ellos y de fondo el grito de unas humanas.

No pasó mucho tiempo cuando las puertas de la caja se abrieron. La luz del sol nos deslumbró de tal manera que estuvimos unos minutos sin ver nada de nada, lo que sí que pude escuchar fueron las voces de las voluntarias. ¿Qué hacían ellas allí? ¿Qué relación tenían con la caja y los extraños?

Cuando recobré la visión pude ver como estaban acercándonos cacharros con agua para que bebiéramos. Por el tono de voz que tenían, las voluntarias les dieron unas serias advertencias a los extraños y volvieron a cerrar las puertas de la caja. De nuevo la oscuridad lo invadió todo. La caja volvió a ponerse en movimiento y volvieron los vaivenes infernales, hasta que volvió a pararse todo. Las puertas se abrieron otra vez y me di cuenta de que  habíamos vuelto al ‘refugio’. Los ‘cuidadores’ y los extraños esta vez tenían muy mala cara. Les exigieron algo, debían ser esos papeles que acababan de darles los de la caja con ruedas a nuestros ‘cuidadores’ y que tan alegres les ponían al recibirlos.

Parecía que ellas tenían el mando ahora. Empezaron a abrir las jaulitas y a sacarnos de allí. No había estado mucho tiempo y aquello parecía un horno asfixiante y agobiante. Pude ver al compañero que me advirtió del peligro de los extraños y me fui directo a preguntarle. ‘¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué esta vez me han escogido a mí a pesar de haber seguido tus consejos?’. Todo esto es un plan que han trazado ellas para desenmascarar a estos ‘falsos cuidadores’ que son ‘lobos vestidos con piel de oveja’. Me explicó que ellas habían puesto mi foto y la del resto de compañeros que estábamos en esa caja en ese internet a sabiendas de que se montaría tal revuelo que llegaría a los oídos de nuestros verdugos el aviso de que iban a venir muchos voluntarios de otras partes y si comprobaban que estábamos allí en esas pésimas condiciones se lo harían pagar muy caro. Por el desespero y la ambición –que era lo único que les movía-  decidirían deshacerse de todos así cuando vinieran no nos encontrarían y las voluntarias quedarían mal por mentirosas. Claro, no querían perder la oportunidad de conseguir un buen puñado de esos papeles decidiendo deshacerse de todos vosotros vendiéndoos a los extranjeros. ¿Vendiéndonos?’ Sí, compañero. Eso es lo que ellos hacían con todos los que sobrevivíamos en ese campo de tortura llamado ‘refugio’. Nos vendían a esos extraños que nos llevaban a lugares lejanos, unos en dirección a los laboratorios clandestinos para experimentar sus productos y otros hacia unos lugares fuera de la legalidad en los que humanos pervertidos están dispuestos a dar muchos de esos papeles con tal de hacer cosas muy feas con nosotros; cosas que no harían ni entre ellos y que además de hacernos mucho daño físico también nos deja otro tipo de daño más difícil de soportar.

Nos devolvieron a nuestras respectivas jaulas y el compañero me dijo que con los papeles que les habían quitado iban a ampliar y adecuar su refugio para acogernos a todos pues estaban preparando la entrada de las autoridades, recopilando información y pruebas. Una vez que se parara el funcionamiento de este ‘refugio’ tendríamos que pasar al suyo y recibir todo tipo de atención especializada que no habíamos recibido aquí. ‘Aguanta, vigila y pasa desapercibido. Solo así podrás sobrevivir. En cuanto esté todo listo vendremos aquí y os liberaremos. Pase lo que pase no salgas corriendo, mantén la calma y no te muevas porque os liberarán’ me advirtió.

Huelga decir que desde ese momento los ‘cuidadores’ no se atrevieron a ponernos una mano encima, la comida y bebida no nos faltaba. Yo fui avisando a los compañeros que pude de la situación y de lo que tenían que hacer pero los humanos que nos ‘cuidaban’ se encargaron de acelerar los acontecimientos. Ellos prepararon su huida para evitar caer en manos de las autoridades.  Una noche de invierno vinieron a una hora no habitual, hacía frío y estábamos todos ya arremolinados unos con otros para aguantarlo. De repente uno de ellos  empezó a abrir las jaulas y todos empezaron a huir despavoridos. También abrió la jaula donde había algunos gatos. La que se armó no fue pequeña. Todos, perros y gatos, salían disparados corriendo en todas direcciones, con el agravante de que algunos compañeros al ver a los gatos correr les entró el instinto y comenzaron a perseguirlos. En las inmediaciones había una carretera muy transitada, de noche con frío y niebla se convirtió en una trampa mortal. Muchos compañeros tanto perros como gatos fueron atropellados y cruzaron el arcoíris. Cuando en el verdadero refugio recibieron la llamada urgente debido la situación que se estaba viviendo movilizaron a todos los voluntarios preparados para la acción y fueron rápidamente. Se encontraron con un espectáculo dantesco: animales atropellados, otros accidentados y muchos desaparecidos. Dentro solo quedábamos un gato que por estar enfermo no pudo salir huyendo y yo que hice caso de la advertencia. Los vecinos de la zona colaboraron todo lo que pudieron, muchos acogieron a perros escapados y después los adoptaron. A mí me llevaron al refugio de las voluntarias – allí sí que recibí todo tipo de atenciones y mimos.

Esta fue la historia que me contó Xiàn acerca de los falsos humanos que se aprovechan de los buenos sentimientos y la solidaridad de otros congéneres con el objetivo de conseguir muchos papeles de esos.

Estos falsos animalistas utilizan una herramienta muy potente a su alcance, internet, que no es otra cosa que una red de humanos conectados a través de unas máquinas. Esa red alcanza a miles de millones de ellos, lo que les posibilita contactar con muchísimos a la vez. Conocedores de este potencial estos humanos egoístas y ambiciosos, sedientos de esos papeles se escudan tras el anonimato fabricándose una identidad falsa. Se relacionan con los verdaderos amantes de los animales y van lanzando peticiones de ayuda para falsos casos de maltrato o situaciones límite de seres vivos, así mueven los corazones de los verdaderos animalistas que les envían sus ansiados papeles. Se han dado casos de peticiones que han llevado las mismas fotos distanciadas en el tiempo, con la misma historia o diferente y con un denominador común: tocar la fibra sensible. Cuando se les ha preguntado por el estado del ser vivo o su situación han callado o han desaparecido.

En otros casos hacen fotos a los callejeritos de tal manera que el problema parezca más serio de lo que es y los humanos solidarios se movilicen y donen todos los papeles que puedan. Así logran conseguir más y vivir del engaño. Aún otros han llegado a ser responsables de refugios donde -en vez de ayudarles- se lo han quedado privándoles esa ayuda imprescindible. En ocasiones hasta haciéndoles cruzar el arcoíris anticipadamente, con mucha agonía y sufrimiento. Todos estos humanos ‘inhumanos’ son dignos de recibir el pago justo por todo el sufrimiento que causan. Llegan a desmoralizar y desengañar a los verdaderos animalistas de tal manera que ya no confían en nadie y dejan de ayudar a los que verdaderamente lo están haciendo bien privando a los seres vivos abandonados de la ayuda que merecen y que los humanos solidarios han decidido donar.

CONCLUSIÓN

De aquel fatídico día del abandono solo me quedan unos vagos recuerdos y el nombre que me puso la voluntaria YUÈ. Parece imposible que de una experiencia traumática a tan temprana edad haya podido extraer tan buenas lecciones y conocer tan buena gente: las voluntarias, los callejeritos, etc. Como decía mamá: ‘De lo malo se aprende….’ ¡y tenía toda la razón!. He aprendido muchísimas lecciones, a saber quién me puede ayudar y quién hacerme mal, a no mirar hacia otro lado y ver que hay muchos en mi situación o peor aún y a creer en que hay humanos buenos y solidarios como las voluntarias. Ellas merecen una mención especial, son bastantes humanas, en muchos lugares, en diferentes épocas y en distintos puestos de responsabilidad que se apiadan de nosotros, los seres vivos. Por toda la historia han sido las adalides de sentimientos como: el amor, la compasión, la empatía, la ternura, la solidaridad, etc. Siempre se han esforzado por ayudar a los demás independientemente de su género, raza, creencias, lugar de nacimiento o posición social. No es extraño ver que en la historia de las guerras que han tenido los humanos entre ellos, las que han estado curando, cuidando y ayudando han sido ellas, a pesar de que se las ha utilizado como carne de cañón sufriendo violaciones y todo tipo de abusos.

Hoy día ellas son las más activas en la ayuda a sus propios congéneres que están pasándolo mal a causa del egoísmo desmesurado de algunos. A veces esa necesidad imperiosa de ayudar les ha llevado a exponer hasta sus vidas o dedicarlas enteramente a ese fin tan loable. Estas ‘voluntarias’  han llegado a ganar premios tan prestigiosos como el Nobel por su tremenda labor de solidaridad y difusión. Mujeres como la madre Teresa de Calcuta o Jane Goodall son un claro ejemplo de dedicación a los demás sean humanos o primates.  Y organizaciones internacionales como Greenpeace, Cruz Roja, Médicos sin fronteras, etc., día a día están allí donde se necesita ayuda a pesar de los peligros y las limitaciones que impone la falta de recursos. Gracias a ese ejemplo de humanidad y solidaridad ya no es extraño ver a humanos varones uniéndose a este grupo y solidarizándose de manera activa. Cada vez son más los que se apuntan al carro de poner su granito de arena e intentar hacer de este mundo un lugar mejor en que vivir y convivir. Ellas, por no mirar hacia otro lado, son las causantes de que el género masculino haya aparcado el cliché del machismo, la rudeza y la dureza y se haya impregnado de valores tan necesarios e imprescindibles como la empatía, el amor y la compasión.

Algo que diferencia al ser humano del resto de seres vivos son la conciencia e inteligencia. Estas son las que deberían haberse entrenado bien desde la infancia y que al llegar a la madurez esos valores les motivaran a ayudar al prójimo, por ende al resto de seres y así hacer de este mundo un lugar mejor para vivir. Pero la ambición desmesurada de unos pocos nos está conduciendo a todos hacia un callejón sin salida, sin retorno. Está provocando diferencias abismales entre nosotros mismos y se está convirtiendo en la gasolina que alimenta el fuego de la rabia y la venganza. Este egoísmo desmesurado está haciendo que no haya día en que a la lista de especies extinguidas se sume como mínimo una nueva. No hay día en que a la interminable lista de maltratos y vejaciones -que están infringiendo al resto de seres vivos se sumen en un número interminable y exageradamente horrendo.

De ahí que hayamos decidido poner por escrito todas estas vivencias basadas en hechos reales, para poner nuestro granito de arena en remover conciencias y denunciar abusos. Y la hemos querido dedicar a las ‘voluntarias’ indistintamente de a qué o a quienes ayuden ni donde lo hagan, porque lo importante es el aporte que han hecho y siguen haciendo a esta sociedad enferma y necesitada de recuperar los valores perdidos.

Y como broche final me gustaría hacer mías las palabras del escritor y filósofo irlandés Edmund Burke que dijo: Para que triunfe el mal, sólo es  necesario que los buenos no hagan nada”.

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